París, 24 de febrero de 1645.
Señor arzobispo:
Le renuevo por la presente el ofrecimiento de mi obediencia con toda la humildad y la sumisión que me es posible, y Dios sabe con cuánto corazón lo hago.
Ese buen eclesiástico del colegio de Mage sigue insistiendo, según acaba de decirme, en la propuesta que le ha hecho el buen señor Flous, mediante alguna cosa que espera se podrá hacer por él desde aquí, y se ofrece a marchar allá cuando se quiera, y a obtener el consentimiento de cinco o seis colegiados, que le han dado palabra de aceptar, creyendo que los demás irán consintiendo poco a poco. Le ruego muy humildemente, señor arzobispo, que me indique si es factible la cosa de esta manera, si es menester que el reconocimiento sea anterior al beneficio, o por el contrario, y qué es lo que habrá que hacer para que se den todas las probabilidades de que el asunto salga bien. Parece un hombre honrado y de conciencia y está en disposición de establecerse en esta ciudad.
Tenemos aquí al señor abad de Beaulieu, hermano del difunto señor obispo de Vabres, que insiste mucho en obtener el obispado; nos hablan de él de varios modos; en nombre de Dios, señor arzobispo, haga el favor de escribirme qué tal es, si es capaz y piadoso, y si tiene en definitiva las cualidades que convienen a esta dignidad, y especialmente si es sacerdote; él dice que lo es, pero algunos que me han hablado y que lo conocen, no saben nada. Esperaré a tomar una decisión hasta que usted nos haga la caridad de escribirnos. Me atrevo a suplicar muy humildemente que me indique todo lo que sepa lo antes posible, y le aseguro que nadie lo sabrá nunca en lo que a mí respecta.
También está por aquí el señor de Campels desde hace tiempo representando al señor obispo de Montauban en contra del de Utica. ¿Qué podemos hacer, señor arzobispo? ¡Cuánto me gustaría por muchas razones que fuera designado usted, para resolver este asunto! Les propondré, lo mismo que hice con la parte contraria,
que se pongan en relación con usted, para ver qué es lo que tiene que darle el primero de esos señores al segundo, y en qué consentirá que trabaje en su diócesis.
¡Dios mío! ¡Cuánto siento la enfermedad de su hermano! [Lo] esperan aquí muchas buenas personas que lo tienen como protector. Le pido a Dios que nos lo devuelva pronto en perfecto estado de salud, y que me haga digno de la gracia que usted me concede el considerarme su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Indigno sacerdote de la Misión







