6 de agosto de 1644.
Veo por su carta del día 10 que sigue usted pensando en educar a los niños hasta la edad de 18 años en las humanidades, mientras que desecha la idea del seminario de eclesiásticos, así como también las propuestas relativas al trabajo con la juventud de Cataluña. Le diré, padre, lo que ya le he dicho en otras ocasiones, que me parece que resuelve usted con demasiada prisa las cosas. Ahora se pone a darle vueltas a la idea de los externos; y no le ocultaré que un señor de elevada condición me ha dicho lo mismo. Esto le pasa porque se preocupa usted continuamente de las ideas y de los medios para lograr algún progreso, y se apresura en su ejecución. Y cuando emprende usted alguna cosa que no le sale luego a su gusto, habla de cambiar, apenas se presentan algunas dificultades. En nombre de Dios, padre, piense en esto y en lo que le he dicho tantas veces, y no se deje llevar por los ímpetus de los movimientos del espíritu. Lo que nos engaña ordinariamente es la apariencia de bien según la razón humana, que nunca o muy raras veces se conforma con la divina. Ya le he dicho otras veces, padre, que las cosas de Dios se realizan por sí mismas y que la verdadera sabiduría consiste en seguir a la Providencia paso a paso. Esté seguro de la verdad de esta máxima, que parece paradójica: en las cosas de Dios el que anda con prisas, retrocede.







