15 de julio de 1644.
Quiero creer que las condiciones que ponen para el seminario del señor cardenal Barberini no son tan opuestas a nuestro género de vida que alteren lo esencial. Si así fuera, ¡Dios mío!, más valdría encerrarnos dentro de nuestra pequeña concha. ¡No quiera Dios que ningún motivo humano nos haga aflojar en ningún asunto que hayamos creído de Dios! La máxima que han dejado aquellos que han sido llamados por Dios a alguna nueva obra, es que no se cambie nada bajo ningún pretexto que sea. El bienaventurado obispo de Ginebra se lo inculcó mucho a sus buenas hijas. La naturaleza tiene sus maneras de obrar, el arte tiene sus reglas y la Santa Sede sus precauciones Cuando los papas aprueban alguna Orden y les dan facultad para fundar, entre otras condiciones ponen siempre ésta: que ellos han de aprobar las reglas que establezcan estas Ordenes, con tal que no sean contrarias a los fines del Instituto. Así pues, hemos de guardarnos mucho de tratar con cualquiera que sea, ni por cualquier ventaja que pudiera haber, si esas condiciones no están conformes con nuestro género de vida.







