Vicente de Paúl, Carta 0735: A Guillermo Gallais, Superior De Sedan

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: Vicente de Paúl .
Estimated Reading Time:

13 de febrero de 1644.

Sus dos últimas cartas me hablan de la dificultad en que se encuentran ustedes; como respuesta, les diré que es raro hallarse en cualquier condición que sea, especialmente en la que ustedes están, sin caer en lenguas de murmuradores o en quejas de descontentos, y que es menester entregarse a nuestro Señor Jesucristo para hacer buen uso de todo en unión con el que él hizo de las contradicciones y calumnias que sufrió para enseñarnos a obrar como él en circunstancias parecidas. Y como no he podido comunicarles mis sentimientos de viva voz a propósito de la forma de comportarse en tales ocasiones, se lo voy a poner por escrito con toda sencillez.

No es conveniente, padre, que nos mezclemos en negocios seculares, aunque tengan alguna relación con las cosas espirituales:

1.° Porque san Pablo les aconseja a los eclesiásticos que no se mezclen en cosas temporales y seculares

2.° Porque nadie puede servir a dos señores, a Dios y al mundo, a lo espiritual y temporal, según dice nuestro Señor

3.° Porque los asuntos en que nos mezclamos se referirán solamente a los católicos, o solamente a los de la religión, o a las relaciones entre un católico con un hugonote. Pues bien, mezclarse en un asunto de un católico contra otro católico, como por ejemplo intervenir ante el señor gobernador o ante los administradores de justicia, parece que un corazón paternal no puede actuar de esta forma con sus hijos. Si es entre dos personas de la pretendida religión, quid tibi de filiis Belial? Y si es de un católico en contra de un hugonote, que sabe usted de si el católico tiene justos motivos en su demanda? Hay mucha diferencia entre ser católico y ser justo.

4.° Aunque estuviera usted seguro de que es justa su demanda, por qué no creer que el señor gobernador y los magistrados juzgarán de ese asunto según su conciencia, especialmente si no se refiere a una cuestión puramente religiosa?

5.° Además, ¿de qué se trata? Ordinariamente, de dinero o de honor. Pues bien, a usted le toca exhortar, en particular y en general, a las almas que Dios le ha encomendado, a despreciar los honores y a soportar la pérdida de sus bienes, como hacía san Pablo, y no le corresponde a usted solicitar para que consigan o conserven su honor y sus bienes. ¡Ay, padre Gallais, mi querido hermano! ¡Qué buenos misioneros seríamos usted y yo si supiésemos animar a las almas con el espíritu del Evangelio, que debe conformarlas con Jesucristo! Le aseguro que es ése el medio más eficaz que podríamos utilizar para santificar a los católicos y para convertir a los herejes, y que nada podría hacerlos tan obstinados en el error y en el vicio como obrar de otra manera. Acuérdese, padre, de lo que dijo nuestro Señor a aquel que se quejaba de su hermano: Quis me constituit judicem inter te et fratrem tuum?. Y a los que quieran servirse de usted para que recomiende sus asuntos, dígales: «Quis me constituit advocatum vel negotiatorem vestrum?»

6.° Estas consideraciones y otras semejantes son las que me obligan a no mezclarme, en el cargo que la reina ha querido darme en su consejo de cosas eclesiásticas, más que en las cosas que son de esta naturaleza y que se refieren también al estado religioso y a los pobres, aunque los demás asuntos que me proponen tengan cierta apariencia de piedad y de caridad.

Pero entonces, me dirá usted, ¿a qué me voy a dedicar?

He aquí, padre, lo que se refiere a su vocación y en lo que únicamente tiene usted que trabajar: 1.° en su propia perfección; 2.° en la de su comunidad; 3.° en anunciar la palabra de Dios al pueblo católico de Sedán y, durante las misiones, a las pobres gentes del campo; 4.° en administrar los santos sacramentos; 5.° en los oficios de la iglesia; 6.° en procurar el bien de los pobres, visitar a los enfermos, a los prisioneros civiles y también a los criminales, después de que se hayan enfrentado con ellos los testigos o, al menos, después de que se les haya formado proceso, y no antes, por miedo a que se quejen de usted, si les acusan de alguna cosa que le hayan confiado o confesado, o bien los jueces, si no confiesan la verdad. Un criminal, a quien yo había oído en confesión y que me había confiado su crimen, creyó en varias ocasiones que debería ahorcarse, por el miedo que le metió el demonio de que yo lo descubriera a los jueces. A todas estas ocupaciones puede usted añadir la de enseñar las cosas necesarias para la salvación a los pobres que pidan limosna por la ciudad o en casa, y la de reconciliar a las personas que tengan algunas diferencias entre sí y a las propias familias. También le corresponde el deber de dar consejo espiritual a las personas que se lo pidan y amonestar a los que vivan desordenadamente.

¡Pero qué!, me dirá usted, ¿podré ver a un católico oprimido por uno de la religión sin hacer nada por él? Le contestaré que esta opresión será por algún motivo y que se deberá a alguna cosa que el católico le deba al hugonote, o por alguna injuria o perjuicio que le haya hecho. Pues bien, en ese caso, ¿no es justo que el hugonote acuda a la justicia para que ponga remedio? ¿Será menos digno de censura el católico por ser católico? ¿O tendrá usted más razón para meterse en esos asuntos que la que tuvo nuestro Señor para no tocar los asuntos de aquel hombre que se quejaba de su hermano?

Sí, pero los jueces son hugonotes. Es cierto, pero son también jurisconsultos y juzgan según las leyes, las costumbres y las ordenanzas; y aparte de su conciencia, hacen profesión de honor. Además, si usted se mete en los asuntos del católico, los ministros harán lo mismo con los de su partido; y usted debe juzgar que les atenderán a ellos más que a usted y que de esta forma perjudicará al católico, ya que al interceder por él, provocará usted en su contra a otro más fuerte.

No es con los jueces, me dirá usted, con los que intercederé; me dirigiré al señor gobernador, para que interponga su autoridad ante los jueces. Le responderé a esto dos cosas: la primera, que el señor gobernador, que es tan bueno, escuchará al pobre hombre que se dirija directamente a él, y le apoyará, si ve que tiene razón; 2.° que al hacer de esto una intriga religiosa ante el gobernador, se enfrentará usted con los ministros, y de esta forma se verá comprometido, y en vez de beneficiar al católico, lo pondrá en peligro de ser tratado peor.

Quizás me diga usted también que no pretende sostener a una persona que tenga que vérselas con un proceso, sino sólo a algún católico que se haya visto maltratado por el señor gobernador, por haber sido mal informado. Aquí es donde tengo que decirle, padre, que el señor gobernador es más clarividente en su cargo que usted y que yo, y que no soy del parecer de que se meta usted en todo esto.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *