Enero de 1644.
Aunque ya le di las gracias por el envío de sus padres misioneros a esta diócesis, he creído que no debería dejar pasar la carta de nuestra humilde Conferencia sin acompañarla de estas nuestras, aunque débiles del vivo sentimiento que tengo ante el gran fruto que recibe esta diócesis, por la caridad que usted ha tenido con nosotros al darnos estos obreros. Sin embargo, mi consuelo será siempre imperfecto hasta que usted no colme esta felicidad, que no es más que pasajera, con una Misión estable y permanente en esta diócesis, mucho más necesitada que las demás. Cuando yo sepa que está usted en disposición de concedernos este favor, procuraré encontrar por aquí los medios para hacer esa fundación, de la que espero que Dios recibirá mucha gloria y la Iglesia no pocas ventajas para la salvación de las almas, que ya sé que es lo único que usted busca como finalidad de todas sus acciones.







