10 de julio de 1643.
Padre:
Ya le dije que lo que usted me escribe sobre la residencia del superior general en Roma tiene muchas dificultades, que usted ve las de ahí y que yo veo ésas como usted y las de toda la compañía. Entre las consideraciones de un particular y las de un general existe la diferencia de que el primero no ve ni siente más que las cosas que le están encomendadas y no tiene una gracia especial más que para ésas, mientras que la bondad de Dios se las da al general para el bien de toda la compañía. No se trata de que un particular no pueda ver las mismas cosas que el general, y quizás mejor; pero su humildad tiene que hacerle desconfiar de sí mismo, mientras que el general ha de tener confianza en que, como Dios le dio la gracia de la vocación, le dará también la de escoger lo que sea mejor para la compañía, sobre todo en las cosas de mayor importancia, en las que ha estado pensando mucho tiempo y por las que ha rezado mucho. No es que no pueda engañarse ni que el inferior no pueda quizás hacerlo mejor; pero este no debe presumir de ello ni aferrarse en contra de lo que el superior cree que es mejor delante de Dios. Así pues, no hablemos más, por favor; pidámosle a Dios por ello y humillémonos como es debido. Dios no permitirá que]as cosas dejen de hacerse a su debido tiempo, si así lo quiere, según espero.







