Miércoles, 8 de julio de 1643.
Padre:
Habrá podido ver usted por una de mis últimas cartas cómo le escribieron, sin saberlo yo, sobre el asunto de la Vaurette sin ninguna necesidad; me ha molestado mucho, ya que no quiero recurrir a usted más que para lo que no podamos hacer sin usted; por el contrario, me gustaría poder ayudarle en todo lo que pudiera. El padre Dufestel ha recurrido ante el señor intendente para obtener su ayuda, que es lo que necesitamos; ya que, hablando de derechos, Delom no tiene ninguno.
Le ruego que no me pida nunca que vaya a París; es para mí peor que un purgatorio. Si usted supiese la necesidad que tiene mi diócesis de mi presencia, me aconsejaría usted que no saliera de ella jamás. Me atrevería a decirle que incluso es aquí donde puedo serle útil al rey; al menos así ha ocurrido con ese desorden de Villefranche, en el que habría caído este país si no hubiera estado yo.
Por lo demás permítame decirle que me he quedado muy sorprendido al haber leído en la suya que le había presentado usted un placet a la reina, escrito y firmad o por su mano en favor de mi secretario, para la primera canonjía vacante después del gozoso acontecimiento de la coronación real. ¿Ha podido hacerse esto sin violentar ni forzar en nada su rectitud natural? Permítame que le diga más todavía: ¿Debería haberlo hecho usted? Por el honor de Dios, incline mejor el afecto de la reina hacia su congregación y hacia sus buenos amigos para asuntos de mayor importancia y que neceSiten realmente el favor y la protección de Su Majestad. Tengo miedo de que el motivo para ello haya sido la consideración que tiene usted conmigo; si así fuera, lo sentiría mucho; le aseguro que, si supiera que mi secretario se ha servido de mi nombre para obligarle a ello, sería capaz de despedirlo, inmediatamente. Por eso le ruego, en nombre de Dios, que de ahora en adelante no haga nada por consideración hacia mí en favor de ninguna persona, si no le escribo yo personalmente para ello.
Espero que no tendré que molestarle más, a no ser en el asunto de nuestros buenos religiosos, a quienes recomiendo con todo mi corazón. Para ellos sí que me gustaría obtener el apoyo de la reina si fuese necesario, y pedirle a usted su ayuda, pero no para pedir una canonjía; esa ocupación sí que sería digna de usted y de la piedad de la reina. Así pues, le conjuro que les conceda su asistencia y que atienda al padre de Recules, su delegado, que marcha a París para varios asuntos.
También me complace mucho que vaya el señor Authier a realizar esa unión que me parece que Dios desea. Le aseguro que, si hubiera podido dejar mi diócesis, no habría encontrado motivo más poderoso para ello que la consecución de esa unión. Pero no soy digno de ello. Por favor, hable de ello al señor arzobispo de Arles para que solucione cualquier dificultad que se presente. Yo le escribiré al señor Authier para indicarle mi manera de pensar.
Es menester que le diga que nuestros pobres misioneros y seminaristas se creyeron que iban a ser ofrecidos todos ellos a nuestro Señor en holocausto el sábado pasado, al incendiarse, a eso de las ocho de la tarde, el horno de un vecino junto a la puerta del seminario, donde había una leñera con trece cargas de leña, en la que se prendió fuego y hubo un incendio tan grande durante toda la noche que es extraño no se viese reducido todo el seminario a cenizas, como hubiera sucedido sin el socorro y la diligencia que todos pusieron en apagarlo. El padre Dufestel se distinguió por su valentía y coraje; pero no se hubiera hecho tanto sin el miedo tremendo que todos tenían de que se quemara la casa y sin algunos barriles de vino para que bebieran los que apagaban el fuego.
Hay en nuestro seminario catorce jóvenes eclesiásticos, que se portan bien. Lo único que me preocupa es que no estén alojados con mayor holgura y cerca de alguna iglesia donde puedan hacer las funciones; pero no podemos remediarlo por ahora; habrá que tener paciencia. Le ruego que no me conteste cuando le escriba, a no ser que haya algo necesario y tenga usted tiempo para ello. Ya sé que tiene poco tiempo y le tengo compasión; dedíquelo a asuntos de mayor importancia y esté seguro, padre, de que soy su muy humilde y muy cariñoso servidor.
ALANO obispo de Cahors







