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Me gustaría encontrar palabras que fueran suficientes para expresar el consuelo y la edificación que han recibido no solamente los ordenandos, sino también todos los miembros de la conferencia, por las pláticas que nos ha dado el padre N., de su compañía. Ha tocado hasta tal punto los corazones, que esos señores no acabarían nunca de hablar de ello. Y entre los ordenandos había algunos que, molestos porque se les obligaba a hacer esos ejercicios, se habían propuesto ya antes de entrar no hacer la confesión general, y otro no hacerla con sus padres; pero después de haber oído las pláticas se sintieron tan impresionados que confesaron y declararon en voz alta en presencia de los demás sus malas intenciones y la resolución contraria que luego habían tomado de hacer confesión general, e incluso dehacerla con esos padres misioneros; todos lo decían, derramando lágrimas, pues se sentían realmente impresionados. Le doy, pues, infinitas gracias por su caridad con nosotros, tanto de parte mía, como de la de estos señores, que me han encargado que le escriba para testimoniarle la satisfacción que han recibido.







