Enero de 1643.
Hace algunos días, nuestro hermano Mateo me escribía desde Lorena; y su carta, empapada en lágrimas, me indicaba las miserias de aquel país y especialmente el de más de seiscientas religiosas: «Padre, el dolor de mi corazón es tan grande que no puedo decírselo sin llorar, ante la enorme pobreza de esas buenas religiosas que manda socorrer su caridad, y que es tan grande que no podría describirla en su mayor parte. Sus hábitos casi no pueden reconocerse… Están remendados por todas partes de verde, de gris, de rojo, de todo lo que pueden encontrar. Han tenido que ponerse zuecos».







