San Lázaro, 21 de noviembre de 1642
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Hace quince días que no le he escrito. Desde entonces he recibido dos cartas suyas desde el sitio en que ha hecho la primera misión, que me han dado motivos para darle gracias a DiOS por la bendición que le ha dado su bondad, y no he podido menos de demostrárselo también a esta pequeña familia en la repetición de la oración, especialmente por esa reconciliación, que me parece un milagro, teniendo en cuenta el carácter de ese país. No tengo mucha facilidad para entender el italiano; sin embargo, si eso le sirve para facilitar su estilo, in nomine Domini! No sé si lo entiende la señora duquesa, su fundadora. A veces la consuelo leyéndole las cartas de usted. Si hay algo especial, sobre todo en lo que se refiera a las personas de la compañía, póngalo en una nota aparte.
Le he enviado dos cartas de recomendación del señor nuncio para el señor cardenal de San Onofre Y para el vicegerente; le ruego que me indique el efecto que han tenido.
La penúltima de usted, así como la anterior a la misma y la última, me hacen ver cierto cambio en su conducta en la cuestión de los ordenandos y de los ejercitantes, con el pretexto de que esos señores han dejado a todos en libertad de ir o de no ir. Le diré que me parece que habría hecho usted bien siguiendo de la forma que la providencia de Dios lo disponía, que quizás requería este acto de paciencia y de sumisión para atraer la abundancia de sus gracias sobre usted. Creo que hubiera sido mejor emprender las misiones en lugares más pequeños, y quizás la de los pastores hubiera contribuido a ello. Hay dos o tres razones para eso: una, que nuestro Señor rebaja para levantar luego y hace sufrir penas interiores y exteriores para dar luego la paz. El desea muchas veces las cosas más que nosotros; pero nos quiere hacer merecer la gracia de llevarlas a cabo mediante varias prácticas de virtud y conseguirlas con nuestras oraciones.
La segunda razón es que conviene que nuestros proyectos principales, en lo que se refiere a Roma, se vayan ejecutando en Roma con paciencia y longanimidad ya que allí los espíritus son pacientes y observan la conducta de las personas, y como son sólidos, no les gusta confiar las cosas importantes a las personas que siguen y se apegan a sus imaginaciones secundarias, muchas veces en detrimento de las primeras. ¡Qué pacientes y longánimos son y cómo les gusta la paciencia y la perseverancia en los primeros proyectos!
La tercera razón es por parte de aquí, donde la persona que le indiqué y un prelado amigo nuestro, han dado en qué pensar al ver ese cambio de conducta. Además, mientras andamos volando de rama en rama en nuestros proyectos, Dios se encarga de suscitar otras personas, que hacen lo que antes se nos pedía a nosotros. No se enfade si le digo que siempre he advertido este defecto en nosotros dos que fácilmente seguimos y nos apegamos a veces con demasiado interés a nuestras nuevas imaginaciones. Esto me ha obligado a imponerme el yugo de no hacer nada importante sin pedir consejo; por eso Dios me concede todos los días nuevas luces para que comprenda la importancia que tiene el obrar de esta manera y me da la devoción de no hacer nada sin consultar. En nombre de Dios, padre, no haga usted nada importante, sobre todo cuando se trata de alguna novedad, sin darme aviso de antemano, para que yo le pueda aconsejar. Veo gran número de razones que podría usted presentarme en contra de lo que le digo. Pero créame, padre, que las veo todas desde aquí, que podría responder a todas ellas y que mis sesenta años y mis propios errores me han proporcionado una experiencia, que le podrá ser útil también a usted.
Las dos razones principales que le han llevado a obrar de esa manera son: la primera, la que le he dicho, que no puede hacer usted las dos cosas a la vez, la misión y dejar hombres suficientes para los ordenandos. A ello le respondí ya que hubiera sido mejor tener misiones más pequeñas, como la de los pastores, aparte de que Dios bendice siempre mejor los comienzos más humildes que los que pregonan y publican nuestros committimus. La otra es que, al llevar con éxito las misiones y los ordenandos de Velletri, el señor cardenal Lenti vería la conveniencia de dar realce a la compañía y resolver el asunto de los ordenados. A eso le diré que quizás pudiera ser allí; pero que, como esto me parece en contra de la sencillez cristiana y contra [lo] que creo que Dios pide de nosotros, siempre he huido de realizar acciones piadosas en un lugar para presentar mi recomendación en otro; excepto una vez que tuvimos la misión en un sitio por consideración con el difunto señor presidente de París, con el que teníamos un asunto que tratar; Dios permitió que esto produjese el efecto contrario, ya que la compañía hizo ver en aquel sitio más que en todos los demás las pobrezas y las miserias espirituales de sus miembros, y fue menester que yo volviese después de la misión a pedirle de rodillas perdón a un sacerdote por ciertas ofensas que le había hecho uno de la compañía, de forma que nuestro Señor me dio a conocer entonces claramente, por experiencia, lo que hasta entonces había pensado siempre en teoría, que Dios pide de nosotros que no hagamos nunca un bien en un lugar para obtener favores en otros, sino que le miremos siempre a él directamente, inmediatamente y sin ninguna otra intención en todas nuestras acciones, dejándonos conducir por su mano paternal.
Le escribí ya sobre nuestros votos, pero me olvidé de decirle que los que ya están en la compañía son libres para hacerlos o no hacerlos, ya que esto se refiere a los que vengan en el futuro; como la mayor parte de los que están con ustedes ya los han hecho, no es necesario que les hable de ello. Me parece que el padre de Ploesquellec es el único que no los ha hecho. Actúe usted con su habitual prudencia con los que se presenten en el futuro.
No sé si esos seis clérigos de que me habla, que se le han presentado, son ya sacerdotes o lo serán pronto. Si así es, in nomine Domini; pero si son demasiado jóvenes, acuérdese de que no puede usted esperar más que lo que se le ha prometido por fundación, y haga cuentas solamente con ello.
Recibí las indulgencias y el altar privilegiado para La Rose.
Estoy preocupado por el mucho trabajo que usted tiene y temo que sobrecargue su espíritu y su cuerpo por encima de sus fuerzas. Cuídese, padre, por amor de Dios.
Soy en su amor s.
VICENTE DEPAUL
Dirección: Al padre Codoing, superior de los sacerdotes de la Misión de Roma, en Roma.







