El proyecto que usted me propone de ir a empezar las misiones por las tierras de los señores cardenales me parece demasiado humano y contrario a la sencillez cristiana. ¡Ay, padre! ¡Dios nos guarde de hacer nada por unas consideraciones tan rastreras! Su divina bondad quiere de nosotros que no hagamos jamás ningún bien en ningún sitio para que nos tengan en consideración, sino que miremos siempre la gloria de Dios directamente, inmediatamente y sin segundas intenciones en todas nuestras obras. Esto me ofrece la ocasión de pedirle dos cosas, prosternado en espíritu a sus pies y por el amor de nuestro Señor Jesucristo. La primera, que huya usted todo lo posible de darse a ver; y la segunda, que no haga usted nunca nada por respeto humano. Según esto, es sumamente importante que honre usted por algún tiempo la vida oculta de nuestro Señor. Debe haber allí encerrado algún tesoro, ya que el Hijo de Dios estuvo durante treinta años en la tierra como un pobre artesano, sin darse a conocer. Además él bendice siempre mucho más los comienzos humildes que los esplendorosos.
Quizás me diga usted: ¿qué sentirán de nosotros en esta corte y qué pensarán en París? Deje usted que piensen y que digan todo lo que quieran y esté seguro de que los principios de Jesucristo y los ejemplos de su vida nunca nos llevan al desastre, sino que dan su fruto a su debido tiempo, que todo lo que no es conforme con ellos es vano, y que al que sigue las máximas contrarias todo le saldrá mal. Tal es mi fe y tal es también mi experiencia. En nombre de Dios, padre, tenga esto por infalible y ocúltese bien.







