1642.
Padre:
Desde hace varios años esta pobre ciudad se está viendo afligida por la peste, la guerra y el hambre, que la han dejado reducida a la situación extrema en que ahora se encuentra. Y en vez de consuelo no hemos recibido más que rigores por parte de nuestros acreedores y crueldad por parte de los soldados, que nos han quitado a la fuerza el pan que teníamos, de forma que parecía como si el cielo no tuviese más que dureza con nosotros, cuando uno de sus hijos en nuestro Señor llegó hasta aquí cargado de limosnas y templó mucho el exceso de nuestros males, haciendo que resurgiera nuestra esperanza en la misericordia del buen Dios. Ya que nuestros pecados fueron los que provocaron su cólera, besamos humildemente las manos del que nos castiga y recibimos así los efectos de su divina dulzura con unos sentimientos extraordinarios de gratitud. Bendecimos los instrumentos de su infinita clemencia, tanto a los que nos socorren con sus limosnas tan oportunas, como a los que nos las procuran y distribuyen, y especialmente a usted, padre, de quien creemos que es, después de Dios, el principal autor de tan gran bien. El misionero que usted nos ha enviado podrá decirle con menos egoísmo que nosotros que estas ayudas han sido muy bien aplicadas a este lugar, en donde hasta los principales se han visto reducidos a la mayor miseria. El ha visto nuestro desamparo, y usted verá delante de Dios la eterna gratitud que le debemos, por habernos socorrido en esta situación.







