Octubre de 1641.
Reconozco que estoy obligado para siempre con usted y con sus queridos hijos, los buenos padres de la Misión, que cada vez van trabajando mejor y ganando más almas para el cielo. Ciertamente, padre, no dejaré nunca de admirar la protección de la divina providencia sobre esta pobre diócesis, por habernos enviado a esos buenos obreros por medio de usted; por eso no dejaré nunca de agradecérselo, ya que sería un ingrato si no lo hiciera.
¡Ay! Hemos perdido, con gran pena por nuestra parte, al señor comendador de Sillery, nuestro gran bienhechor.







