¡Bendito sea Dios, señorita, por todo lo que ha querido hacer en usted durante el retiro y porque ha querido privarme del consuelo de ir a verla!
Me encuentro bastante bien, gracias a Dios, y [estoy] dispuesto a ofrecerla mañana a nuestro Señor en el nuevo estado exterior e interior, para el que la ha ido preparando el divino amor; él suple y realiza divinamente lo que los hombres no pueden hacer humanamente. Quizás haya permitido expresamente que no haya ido a verla a usted, para que no meta mi hoz en su cosecha. Le ruego que la anime con su espíritu, lo mismo que a las dos hermanas y a todas las enfermas.
Hará bien en despedir a esa joven de Anjou inmediatamente después de las fiestas. Luego veremos la obra de nuestro Señor en usted; y el cielo la contemplará a usted mañana en el hábito externo de penitencia, que por mucho tiempo ha llenado el espíritu de usted y el suyo propio, según su misericordia, en cuyo amor soy su…
Me enteraré de lo que usted quiere saber del señor Le Gras.







