Jueves, a las dos [7 de febrero de 1641].
Me parece, señorita, que no me he expresado bien en lo referente a la hermana que hay que enviar a Saint-Germain. Le escribí que esas damas piden a la que usted les quitó y envió a San Esteban. Le corresponde a usted ver si es posible enviársela, o bien ‘a alguna otra que tenga poco más o menos la misma experiencia; pues si se la envía usted, el señor párroco me dijo ayer que dejaría marchar a María hoy mismo.
La verdad es que la necesidad que tenemos de hermanas bien preparadas me llega al corazón.
Para el alojamiento en esa parroquia, es preciso buscar un alquiler al precio que sea, esperando que se presente la ocasión de comprar una, que por lo visto resulta bastante difícil de conseguir.
La encuentro siempre a usted con sentimientos un poco humanos desde que me ve usted enfermo, al pensar que se ha perdido todo, si no se encuentra casa. Oh, mujer de poca fe y poco aficionada al ejemplo y a la conducta de Jesucristo! El Salvador del mundo, al pensar en toda su Iglesia, confía en el Padre para sus reglas y su dirección; y para un puñado de mujeres, que tan claramente ha suscitado y reunido su Providencia, ¡le parece a usted que nos fallará!
Vamos, señorita, humíllese usted muy por debajo delante de Dios, en cuyo amor soy
V. D.
Me han sangrado hoy, pero me encuentro bastante mejor, gracias a Dios.
Dirección: A la señorita Le Gras.







