París, 14 de noviembre de 1640.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Recibí la suya con un consuelo especialísimo, al ver la forma como ha recibido usted lo que le escribí sobre la preocupación que siente usted por lo del padre C[odoing]. ¡Ay, padre! ¡Cuántas gracias le doy a Dios por ello, así como por el celo que le ha dado en la observancia de la reglas y por el progreso en la virtud de la persona de que me habla! Pero como el celo, lo mismo que las demás virtudes, se convierte en vicio por exceso, hay que tener mucho cuidado para no perderse en este laberinto; porque el celo que se sale fuera de los límites de la caridad con el prójimo, ya no es celo, sino pasión de antipatía. Confieso que al principio pudo ser celo, pero que el exceso lo ha hecho degenerar en lo que acabo de decirle; y la señal de ello es que ni lo que le dijo a usted nuestra reverenda y digna madre, ni lo que yo le he escrito, ni lo que le dijeron de que no querrían firmar la carta que usted me escribió últimamente, ha podido quitar de su espíritu esos sentimientos (¡basta ya de sentimientos!), ni siquiera ha conseguido disminuir la opinión que tenía usted de él. Por eso, padre, le ruego con toda humildad que piense muy seriamente en esto delante de Dios y en lo que le voy a decir: 1.° que nuestro Señor considera como hecho a él mismo ese desprecio que usted tiene por esa persona: qui vos spernit, me spernit; 2.° que lo que más parece condenar el evangelio son precisamente los juicios temerarios: 3.° que hay un montón de maldiciones contra las personas que juzgan temerariamente a su prójimo, 4.° que también él fue acusado de ser un hombre vanidoso, egoísta, amigo de que derramaran ungüento sobre su cabeza; que los que se acercaban a él lo tachaban de que le gustaba comer bien, de bebedor de vino y de que no observaba ninguna de las reglas de Moisés, ni se las hacía cumplir a los apóstoles, permitiendo que tomaran espigas y se comiesen los granos en día de sábado; que no enseñaba a sus discípulos a orar, como san Juan, ¿quiénes eran los que hacían correr semejantes rumores? Eran sus mismos discípulos, o alguno de ellos. ¿Por qué? Porque al principio no habían reconocido el espíritu con que nuestro Señor hacía estas cosas. Y como este espíritu no se parecía en nada al suyo, no supieron refrenar al principio sus sentimientos, que llegaron a ofuscar hasta tal punto su razón que ya no pudieron distinguir lo que había de verdad o de falso en ello. La imaginación acoge de buena gana los pensamientos que son conformes con sus sentimientos y con su razón desviada, y luego va naciendo poco a poco el desprecio y el odio y todo lo que de allí se sigue. ¡Dios mío! Padre, el que veía todo esto, tenía razón para gritar tanto en contra de los juicios temerarios; y usted tiene motivos para temer que lo que me dice de esas personas ha comenzado por cierta antipatía natural o por un afán excesivo de celo que, en un espíritu demasiado áspero, ha podido llegar a ser indiscreto. En nombre de Dios, padre, piense usted en todo esto; y aunque no crea usted lo que le digo, admita por lo menos la duda de que puede ser así, dado que es usted el único que tiene esta opinión, y que el señor obispo, nuestra digna madre, los que están a su lado y lo ven y observan como usted, me dicen todo lo contrario. Con esta duda, ¡Dios mío!, está usted obligado a hacer todo lo posible por apartarse de esa opinión, humillándose mucho en ello y no tolerando ningún pensamiento contrario a la estima, la caridad y la sumisión de espíritu que le debe a dicho padre. Entretanto, bendiga a Dios de que usted no peque por defecto, sino por exceso de virtud, ya que será menos costoso moderar su celo que poder dárselo si no lo tuviera Pida a Dios por mí, que tan poco hago por progresar en la virtud y que no tengo para ello más que lo que él me da.
Soy en su amor y en el de su santa Madre su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Indigno sacerdote de la Misión
Le ruego, padre, que medite algunas veces sobre lo que le he dicho y que me diga las resoluciones que nuestro Señor le inspire sobre ello.
Dirección: Al padre Escart, sacerdote de la Misión, en Annecy.







