París, 13 de noviembre de 1640
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Recibí la suya, que leí con gran consuelo, al ver la delicadeza de su conciencia, y por otra parte con cierta pena, al saber que no se somete usted al consejo de ese santo prelado y a lo que yo le dije sobre esos malos sentimientos que sufre en la confesión. En nombre de nuestro Señor, aténgase firmemente a lo que le hemos dicho. ¿Quién podría manifestarle mejor la voluntad de Dios que ese santo prelado y, con permiso de la santa humildad, aquél que es el intérprete de la voluntad de Dios sobre usted? Ay Jesús! Absit que vuelva a dar más vueltas al asunto y se ponga a pensar de nuevo en esos movimientos de gula ni en las ideas que se le ocurren a veces sobre el matrimonio, ni en los sentimientos de desesperación; todas estas cosas no son más que ejercicios para su purgación, iluminación y perfección, y para que pueda usted compadecer luego a los que vea con semejantes pensamientos. ¡Ay, padre! Dios quiere que los que tengan que ayudar espiritualmente a los demás caigan en todas las tentaciones espirituales y corporales que pueden sufrir los otros. Someta, por tanto, su juicio a lo que el señor obispo y yo le hemos dicho, y no piense más ni se confiese de esas cosas; desprecie esas sugestiones diabólicas y la malicia de su autor, que es el diablo; manténgase siempre alegre y humíllese todo cuanto pueda. De ordinario Dios permite que sucedan todas estas cosas para librarnos de cierto orgullo oculto y para engendrar en nosotros la santa humildad. Esto irá disminuyendo a medida que se vaya humillando su entendimiento, y pasará cuando haya usted conseguido un notable progreso en esta virtud; trabaje, por consiguiente, en su adquisición.
Ninguna regla obliga bajo pecado si la sustancia del acto prohibido no es de suyo pecado, o no interviene en ello ningún desprecio, mal ejemplo o desobediencia, cuando la cosa se manda en virtud de la santa obediencia; pero obramos bien cuando procuramos ser fieles tanto en las misiones como en casa.
Por lo que se refiere a la genuflexión en las habitaciones, basta con que se haga de vez en cuando y no siempre que se salga o se entre; y esto solamente en donde uno duerme.
Y en lo referente a sus cartas, siempre las veré con cariño. Me parece que será conveniente que las haga más cortas y en pequeños párrafos, para que pueda poner al margen mi respuesta.
Mis pequeñas molestias de una doble cuartana me han impedido escribirle a su madre; lo haré en cuanto pueda y le enviaré las libras que usted me indica.
Bien, padre, acabaré diciendo que me da usted un consuelo que no puedo expresar. Ya lo verá usted delante de Dios, en cuyo amor y en el de su santa Madre soy su muy humilde servidor.
VICENTE DEPAUL
Dirección: Al padre Tholard, sacerdote de la Misión, en Annecy.







