Vicente de Paúl, Carta 0506: A La Madre De La Trinidad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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París, 1 de octubre de 1640

Mi queridísima madre:

¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!

Le doy gracias a la bondad de Mos, mi querida madre, por haberle devuelto la salud, y le ruego que se la conserve largos años para bien de su santa Orden y de sus queridos hijos, los misioneros, a quienes ha engendrado usted en nuestro Señor en la diócesis de Troyes.

La madre superiora de Santa María me ha dicho que le ha comunicado por escrito la nueva vida del difunto señor comendador de Sillery. Dios dispuso de él el día de san Cipriano, 26 de septiembre, a eso del mediodía, con una muerte preciosa.

Al principio de su enfermedad sufría en las crisis una pequeña alteración mental, que sólo se daba a conocer de vez en cuando en ciertas acciones infantiles. Seis días antes de morir se puso tan juicioso, tan firme y tan entero como nunca lo habíamos visto, siguiendo así hasta la hora bienaventurada en que se marchó a Dios con una plenitud del espíritu de Dios y una sumisión a su voluntad continua y digna de admiración a mis ojos.

Se confesó con una confesión casi general de las faltas más graves de su vida con el señor cura de la parroquia Y comulgó públicamente de su mano en forma de viático aquel mismo día, el sexto antes de su muerte; seis horas antes de morir empezó a fatigarse y a no poder respirar ni expectorar. Recibió con agrado la extremaunción, que me había dicho que se la administrara cuando lo creyese oportuno. Recibió este sacramento con una devoción muy grande, firme y tierna a la vez; empezó y continuó formulando en alta voz actos muy frecuentes de fe, de esperanza, de caridad, de contrición, de gratitud a su ángel de la guarda por todas las veces que le había asistido durante su vida, pidiéndole perdón del mal uso que había hecho de sus favores y rogándole que le asistiese en la última acción que le quedaba por realizar; le dio gracias a Dios varias veces por la elección que había hecho de su santa Madre por las gracias que le había concedido a él, y a la Virgen por todas las que le había alcanzado, especialmente por la de haberle recibido como esclavo, y le dio gracias a Dios por haber entregado san Juan a la santísima Virgen y la santísima Virgen a san Juan. Le agradeció también varias veces la encarnación, la vida, la muerte de nuestro Señor, el que nos hubiese dejado su cuerpo en la tierra para que nos pudiésemos unir a él y, además, porque su reino no tendría nunca fin, y le pidió perdón por todas las veces que había usado mal de los divinos misterios. Le dio gracias luego al Espíritu Santo por todas las inspiraciones que le había concedido y le pidió perdón por el mal uso que había hecho de ellas. Le agradeció al Padre eterno por el ser que le había dado y a la divinidad en la Trinidad por la gloria que posee; le pidió que la aumentase, lo mismo que la que había dado a nuestro Señor, a la santísima Virgen, a los ángeles, a los santos y especialmente a nuestro bienaventurado Padre. Le dio también gracias a Dios por haberlo sacado de la masa corrompida del mundo desde hacía ocho o diez años y por haberle hecho vivir una vida más retirada. Le dio gracias además por la gloria que había dado a san Juan, patrono de su Orden, y a todos los bienaventurados religiosos y pidió perdón por no haber vivido como un verdadero religioso; y en medio de todo esto, que repetía con frecuencia, manifestaba frecuentemente deseos de ver a Dios con aquellas palabras de san Pablo: Cupio dissolvi et esse cum Christo; veni, Domine, veni et noli tardare.

Una hora antes de morir, mandó llamar al señor de Cordes, uno de sus tres ejecutores testamentarios, y le hizo distribuir a sus servidores, en dinero, todo lo que les había legado por testamento uniéndose a la división de los vestidos de nuestro Señor antes de su agonía, y les dio a todos su bendición y algunos Miserere. Finalmente, entregó a Dios su alma bienaventurada con una gran dulzura.

Esta es, mi querida madre, la disposición que la bondad de Dios ha querido guardar con este servidor suyo, que tenía tanta confianza en usted y al que usted tanto quería y estimaba delante de Dios.

Le pedí la bendición para usted, mi querida madre, como lo hice también para Santa María, y para nosotros. ¡Ay Señor! Nos la dio, mi querida madre, con todo su corazón, hablando de su caridad con una estima y una confianza verdaderamente filial. La que demostró conmigo ha sido para mí un consuelo especial y me da esperanzas de que me alcanzará misericordia delante de Dios.

Durante esas seis horas manifestó su deseo de que yo estuviera continuamente a su lado, de forma que no podía sufrir que yo pasase a otra habitación, ni siquiera para que me pasasen algún recado, y quiso que comiese al lado de su cama, una media hora antes de su muerte. Esto es en resumen, mi querida madre, lo que ocurrió en aquel bienaventurado tránsito de este siervo de Dios.

Después de su muerte, se temía que su Orden empezase a formular quejas; pero no fue así. Todo ha sucedido con la misma paz y tranquilidad como si hubiera tenido hijos. Sus ejecutores testamentarios acudieron al mismo tiempo, lo pusieron todo en orden, y al día siguiente por la tarde lo enterraron, según el deseo de sus parientes, ya que él había dejado ordenado en su testamento que sus funerales se celebrasen sin pompa y sin armas. Durante el cortejo fúnebre, mucha gente decía: «¡Ay, Dios mío! ¡Qué gran perdida para los pobres!»; y otros: «¡Que encuentre ahora en el cielo todo el bien que ha hecho a los pobres!».

Por todo París se comenta estos días esta muerte tan hermosa y la forma con que ha dispuesto de sus bienes, alabándola todos, a no ser los que pretendían alguna cosa. Ha dejado cien mil francos para su Orden, y a nosotros lo que le puede haber dicho el padre Dufestel, y ha hecho herederos suyos a los pobres del Hospital. Me olvidaba de decirle que ha dejado cincuenta mil libras para un sobrino pobre, a fin de que compre algún oficio en el parlamento o en el gran consejo, con la carga de que revierta dicha cantidad al Hospital si no lo hace, y a otro mil quinientas libras de renta, con la misma carga de reversión al Hospital. No ha tenido ningún pensamiento sobre lo visitadores de las dos órdenes que usted sabe, ni yo tampoco lo tendré jamás a no ser más que para agradecer las infinitas obligaciones que tenemos con la caridad de usted, a quien renuevo el ofrecimiento de mi obediencia, siendo, en el amor de nuestro Señor, su muy humilde servidor

VICENTE DEPAUL

Como no les puedo escribir a las queridas madres de Santa María, ruego a su caridad que les haga ver la presente.

Dirección: A la reverenda madre de la Santísima Trinidad, priora del monasterio de carmelitas de la ciudad de Troyes, en Troyes.

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