Vicente de Paúl, Carta 0486: A Santa Juana Francisca Fremiot De Chantal

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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París, 30 de julio de 1640

Mi dignísima y queridísima madre:

¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!

No puedo expresarle, mi dignísima madre, la confusión que siento por haber tardado tanto tiempo en contestarle y el enorme deseo que tengo de enmendarme, de forma que espero que esta vez nuestro Señor me concederá la gracia de corregirme para siempre. La verdad es, mi dignísima madre, que lo consideraría ya como cosa hecha si usted le pidiese a Dios para mí la virtud de la diligencia, que con tanta abundancia le ha concedido a usted; así lo espero de su caridad y de la divina bondad. Hablemos del visitador.

En esta ocasión, mi querida madre, se ha manifestado usted con toda claridad, tanto en la carta que le ha escrito a nuestra madre de la ciudad, como en las líneas que escribió en la parte inferior de la carta del padre Codoing, al decir que no podía usted aprobar la autoridad que yo le decía que necesitaba el visitador. ¡Bendito sea Dios que sea así! Me someto a ello con todo mi corazón y me parece que es esa la voluntad de Dios, que se da a conocer por medio de la de usted.

Siendo esto así, le confieso, mi dignísima madre, que mi opinión era la que le había escrito, pero con dos condiciones: la primera, que ese visitador no usaría de su autoridad más que en casos extremos y que para eso se escogiese a una persona amable, prudente y llena de respeto para con los señores prelados, como por ejemplo el padre Coqueret, doctor de la Sorbona, en quien había puesto sus ojos el señor obispo de Sens, y que hace poco ha sido elegido como uno de los tres superiores de las carmelitas, habiendo aceptado esta elección tras las incesantes súplicas del señor cardenal; este padre tiene en alto grado las tres cualidades que acabo de señalar, y podría servir de ejemplo a los demás. La otra condición es que no tendría ningún poder sobre ninguna casa más que en el acto de la visita. En esos dos casos él habría tenido el poder necesario para remediar ciertas cosas que difícilmente se podrán arreglar de otra manera; y en segundo lugar, jamás podría arrogarse el derecho de superior general ni realizar los actos que a dicho superior podría competir. Pero en lo que se refiere a la dificultad de disgustar a los señores prelados, no tenga usted duda, mi querida madre, que por muy poco que usted haga podrán disgustarse y levantar una tempestad. Es cierto que entonces no sería tan grande.

¡Jesús!, mi querida madre; ¿qué es lo que digo?, ¿Hasta dónde se ha marchado mi espíritu, al decirle lo que le acabo de decir? La verdad es que me parece que, aunque someto mi voluntad, no logro someter mi juicio. ¡Dios mío! Sea como usted quiere, absolutamente, y teniendo en cuenta solamente la voluntad de Dios, a quien someto mi voluntad y mi juicio, sin dudar de que es esa la voluntad de Dios, ya que es la de nuestra digna madre, que es tan madre mía como si fuera la única, a quien honro y amo con más ternura que jamás hijo alguno tuvo para con su madre después de nuestro Señor; y me parece que este afecto llega hasta el punto de que tengo suficiente estima y amor para dar a todo el mundo; y en ello no creo que haya ninguna exageración.

Así pues, con este espíritu filial, mi querida madre, le envío mis saludos y le doy las gracias continuamente por esos grandes favores maternales que les concede a esos sus queridos hijos misioneros, y soy en el amor de nuestro Señor y de su santa Madre su muy humilde y muy obediente hijo y servidor.

VICENTE DEPAUL

Dirección: A la reverenda madre de Chantal, superiora del primer monasterio de Annecy.

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