San Lázaro, 25 de julio de 1640.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Le pido muy humildemente perdón por haber tardado tanto tiempo en contestar a la suya, y le prometo que me enmendaré en adelante, con la ayuda de Dios.
Su carta me ha proporcionado un consuelo que no soy capaz de expresar, al ver el celo que le da nuestro Señor por su progreso en la perfección y por el de toda la compañía. En nombre de nuestro Señor, siga usted, padre, pidiéndole esta gracia a su divina bondad y trabajando decididamente en ello, tempus enim breve est, et grandis nobis restat via. ¡Ay, padre Escart, a quien quiero más que a mí mismo! ¡con cuánto agrado le hago esta petición a Dios por usted y por mí! Pero ¡ay!; mi miseria es tan grande que siempre me encuentro con el polvo de mis imperfecciones y, en vez del poderoso aguijón que deberían ser para que trabajara en corregir mi mísera vida los sesenta años que he cumplido, no sé lo que me pasa que cada vez es menor mi progreso. Sus oraciones, padre Escart, mi querido amigo, me ayudarán en esta empresa, junto con las de todas esas buenas almas que por ahí conoce. Le pido una misa por esta intención sobre el sepulcro de nuestro bienaventurado Padre.
No sé si la visión tan clara de mis faltas me permitirá decirle lo que le voy a escribir; pero desearía decírselo delante de Dios y con el espíritu de sencillez con que lo he pensado esta misma mañana en la presencia de Dios.
Le diré pues, padre, que me parece que el celo que usted tiene por el progreso de la compañía va siempre acompañado de cierta aspereza, que incluso en ocasiones llega a ser acritud. Lo que usted me dice y que designa con el nombre de flojedad y de sensualidad en algunos, me lo hace ver, y sobre todo el espíritu con que usted lo dice. ¡Dios mío! Hay que tener mucho cuidado con esto. Resulta fácil, mi querido padre, pasar en las virtudes del defecto al exceso, convertirse de justo en riguroso y de celo inconsiderado. Se dice que el buen vino se transforma fácilmente en vinagre y que la salud en su grado excesivo indica una enfermedad próxima. Es verdad que el celo es el alma de las virtudes; pero también es verdad que debe ser un celo según la ciencia, como dice san Pablo; esto quiere decir: según la ciencia experimental; y como los jóvenes carecen de esta ciencia experimental de ordinario, por eso su celo resulta excesivo, especialmente en aquellos que tienen cierta aspereza natural. ¡Ay Jesús! Es menester tener mucho cuidado con esto y desconfiar de la mayor parte de los movimientos y sacudidas de nuestro espíritu, mientras que uno es joven y tiene este temperamento. Marta murmuraba contra la santa ociosidad y la santa sensualidad de su querida hermana Magdalena y creía que obraba mal al no afanarse como ella en el trato de nuestro Señor. Quizás usted y yo mismo hubiéramos creído esto mismo si hubiésemos estado presentes; sin embargo, o altitudo divitiarum sapientiae et scientiae Dei! quam incomprehensibilia sunt judicia ejus!: he aquí que nuestro Señor declara que esa ociosidad y sensualidad de María Magdalena le agradan más que el celo menos discreto de santa Marta. Quizás me diga usted que es diferente escuchar a nuestro Señor, como hacía la Magdalena, y escuchar nuestros propios caprichos, como hacemos nosotros. Pero, padre, qué sabemos nosotros si no habrá sido nuestro Señor el que inspiró la idea del viaje de esas dos personas de que me habla y la de esos pequeños esparcimientos que se toman? De lo que estoy totalmente seguro, padre, es de que diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum, y no dudo de que esas personas quieren mucho a Dios. Cómo iban a dejar a sus padres, a sus amigos, sus bienes y todas las satisfacciones que en ellos encontraban, para ir a buscar a la pobre oveja extraviada entre esas montañas, si no amasen a Dios? Y si está en ellos el amor de Dios, ¿por qué no vamos a creer que Dios les inspira lo que hacen y lo que dejan de hacer, y que todo lo que hacen es para mayor bien lo mismo que lo que dejan de hacer? En nombre de Dios, entremos en esos verdaderos sentimientos y en esas prácticas, y tengamos miedo de que el espíritu maligno se empeñe, con nuestro celo excesivo, en llevarnos a faltar al respeto a nuestros superiores y a la caridad que hemos de tener con nuestros iguales. Allí es, padre, donde va a parar de ordinario nuestro celo poco discreto, con la consiguiente ventaja para el espíritu maligno. Por eso, padre, le ruego en nombre de nuestro Señor que trabajemos por superar nuestros celos, sobre todo aquellos que chocan con el respeto, la estima y la caridad. Y como me parece que es esto lo que pretende de usted y de mí el espíritu maligno, esforcémonos en humillar nuestro espíritu, interpretando bien las maneras de obrar de nuestro prójimo y soportando sus pequeñas debilidades.
Sí, pero si las soporto, adiós todas nuestras normas y reglamentos; ya no se guardará ninguno. Y además usted sabe, me dirá, que me h a encargado de que sea rígido en mantener su observancia.
Respondo a la primera dificultad, que se refiere a]a destrucción de la observancia de nuestro reglamento, diciéndole que nos tiene que bastar con comunicar a nuestro superior, con todo el respeto y la reverencia que es debido, las faltas que se vean y los inconvenientes que de allí se siguen esperando que nuestro Señor lo remedie, o bien por medio de la próxima visita, en la que hay que notificar las faltas de la compañía en general y las de cada persona en particular, incluso del superior, sobre todo su falta de diligencia en hacer observar el reglamento, o bien por medio de una comunicación al superior general, quedando luego tranquilo, con la confianza de que nuestro Señor proveerá o por el cambio de superior, o porque ellos mismos cambiarán de opinión en algún retiro o en alguna oración, en la que Dios les dé luz y fuerza para remediar ese defecto. En una palabra, hay que poner esto en manos de la divina Providencia y quedarse tranquilo.
En cuanto a la segunda objeción, que es que se le encargó a usted velar por el reglamento, le diré que es verdad; pero que esto se entiende de que hay que velar en la forma que antes indiqué, o sea, advirtiendo al superior con espíritu de humildad, de mansedumbre, de respeto y de caridad, y luego, si él no lo remedia, pasando aviso al superior general. Esto es lo que usted ha hecho, pero con cierto espíritu de agitación, de aspereza e incluso de acritud; y esto es, padre, lo que tenemos que sospechar siempre en todo lo que hacemos; non enim in commotione Dominus, sed in spiritu lenitatis. Y si, después de todo esto, las cosas siguen como antes, hay que quedarse en paz; esto es, padre, lo que le pido que haga.
A finales de este otoño espero poder ir a visitarles, y entonces hablaremos más particularmente, así como también del viaje que usted me propone. Entretanto, le pido a nuestro Señor que sea él la alegría y la paz de su corazón,
Bien, padre, es preciso que termine diciéndole expresamente que le quiero más que a mí mismo y que tengo absoluta confianza en que, después de haber honrado de una forma especialísima la humildad y la mansedumbre de nuestro Señor durante algún tiempo, con su afecto, con sus actos sazonados de este espíritu de mansedumbre y de humildad, llegará a ser, con la ayuda de Dios, un hombre plenamente apostólico. Es lo que le pido con todo el afecto que me es posible y soy, en el amor de nuestro Señor, su muy humilde y muy obediente servidor
VICENTE DEPAUL
Dirección: Al padre Escart, sacerdote de la Misión, en AnnecY







