He recibido su carta de Toulouse y he dado gracias a Dios por haberla conducido allá. Yo llegué a Richelieu dos o tres días después de su partida y sentí mucho no encontrarlo allí. He hecho la visita y he visto el estado de las cosas y lo que ha pasado hasta ahora. Le suplico, padre, en nombre de Nuestro Señor, que vuelva a tomar el espíritu que El le había dado en san Lázaro. Nadie jamás ha edificado allí tanto. Pido a Dios que le conceda la gracia de dar también allí el mismo ejemplo. El padre de Sergis le ha deseado más que a ningún otro; eso tiene que darle a conocer la estima y el afecto que por usted tiene. Me indica que vivirá con usted como con un hermano. Le suplico, padre, que honre la dirección de Nuestro Señor en su persona, que lo estime, lo quiera con cariño, y le obedezca como tal. (Oh, cuán dulce es la dirección de los que nos aman y estiman y qué atractivo tan grande produce en nosotros para que nos compenetremos con todos sus sentimientos! Si fuéramos mortificados, seríamos indiferentes en este punto; y según la regla de la voluntad de Dios, deberíamos preferir a los que son más exactos antes que a los que mejor condescienden con nuestro humor; y como le he visto muy tiernamente aficionado a la dichosa práctica de la divina voluntad, espero que, cuando su naturaleza no encuentre satisfacción en la exactitud de un director, la práctica fiel de la voluntad de Dios le hará soportar, por su amor, todas las pequeñas dificultades que puede encontrar; pues nunca jamás faltamos a esa voluntad, sea cual fuere la persona y el lugar en que nos encontremos. Si muchas veces somos contrarios a nosotros mismos, )cómo no vamos a tener pequeñas aversiones, disensiones y antipatías con los demás? Uno de los principales actos de la caridad es soportar a nuestro prójimo; y hay que considerar como una máxima muy segura que las dificultades que tenemos con nuestro prójimo proceden más bien de nuestros humores poco mortificados, que de ninguna otra fuente.
Solamente le digo esto, padre, aunque tendría que decirle muchas otras cosas sobre la santa dilección, ya que es un estado tan perfecto que los que tienen la dicha de poseerlo pueden vivir como en un pequeño paraíso en este mundo y tener luego la gloria eterna en el otro, etc.







