Vicente de Paúl, Carta 0292: El Abad De Saint-Cyran A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1972 · Source: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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Padre:

Desde la última vez que tuve el honor de verle he estado siempre enfermo, durante, un mes, de una impresión maligna que me había producido, según creo, una persona moribunda a la que asistí durante toda una noche. No sabiendo cuándo terminaría mi mal, que soportaba sin irme a la cama, he tenido diversos pensamientos, en el caso que pluguiese a Dios ponerme en vísperas de mi muerte, y como entonces tenía en el espíritu los últimos discursos que conmigo tuvo, deseaba hacerle saber por escrito que, por la gracia de Dios, no sentía ni mucho menos mi corazón cargado con esas cuatro cosas que me vino a decir, pero que tenía otras en el alma, que usted ignora, por las que tengo motivos para temer los juicios de Dios, que reciben una especie de lenitivo en la acusación de esas verdades católicas, que pasaban por mentiras y falsedades entre los que preferían el destello y el resplandor más que la luz y la verdad de la virtud. La disposición de humildad que tiene usted en el fondo de su corazón para ver lo que se le hiciera ver en los libros santos me da a conocer bastante bien que no había nada tan fácil como hacer que consintiese, por el testimonio mismo de sus ojos, en lo que ahora detesta como error. Pero cuando le oí, tras su fraternal admonición, que lo veía mal y añadió esa quinta corrección a las otras cuatro, porque yo le había dicho alguna vez en particular que deseaba hacer un buen servicio y a toda su casa, creí entonces que no era aquel el mejor tiempo para defenderme y para demostrarle, incluso con pruebas sensibles y artificiales, esas cosas que juzgan malas hasta llegar a condenarlas audazmente sin entenderlas. Esto ha sido causa de que estuviese como en una pendiente, en medio de la gran pasión y agitación que sentía por hablarle y hacerle ver la falsedad de las cosas que me reprocha, más bien para excusarle por haberme abandonado en el tiempo de la persecución, como a un criminal, que por alguna mala opinión que tuviese de mí. Esto lo he soportado fácilmente de un hombre que me había honrado largo tiempo con su amistad y que estaba considerado en París como un perfecto hombre de bien con una fama que no podía empañarse sin herir la caridad. Sólo ha quedado en mi alma la extrañeza de ver cómo usted, que hace profesión de mansedumbre y es considerado como tal por todos, haya tomado pie de una conjuración que han tramado contra mí una triple cábala y por intereses harto conocidos, para decirme cosas que no se habría atrevido a decir antes, y que así, en lugar del consuelo que podía esperar de usted, haya demostrado una osadía extraordinaria, contra su inclinación y costumbre, uniéndose a los demás para hundirme, añadiendo eso de más al exceso de los otros, que ha osado venir a decírmelo a mí mismo en mi propia casa, como ninguno de los otros se ha atrevido a hacer.

He creído que faltaría a la franqueza de la amistad e incluso a la caridad del Evangelio, si, después de haber dejado pasar el tiempo necesario para evaporar el calor que se me había subido a la cabeza, no le manifestase a usted sólo esta queja, desde la casa de un excelente obispo, desde la que le escribo, Y que dará de mí un testimonio muy distinto, si es preciso, en toda la Italia, donde es conocido, sin hablar de Francia, donde por gracia de Dios no tengo ninguna necesidad; porque, cuando la facción desaparezca y hayan pasado los intereses bastardos, fuente de las pasiones y de los discursos que se han tenido contra mi, yo quedaré por ese lado tan limpio e irreprochable delante de los hombres como pretendo serlo delante de Dios que, por ser la verdad esencial, siente una especial oposición a toda clase de ignorancia y de falsedad que de allí deriva; y esto me lo permite decir la duquesa de Longueville, a la que habían sublevado contra mí, sin orgullecerme de la copiosa reparación que me ha ofrecido, un mes antes de morir, ante una persona de renombre que gobierna a algunas otras que no le son totalmente desconocidas; y después de ella, el señor Cardenal de La Valette, quien habiendo sido informado detalladamente de estas acusaciones, las ha despreciado y he dado en mi favor, sin que yo me haya mezclado en ello, un testimonio de mí y de lo que se me imputa tan ventajoso que me daría vergüenza decirlo. Prefiero designar a uno de sus amigos al cual se lo dijo. y de quien puede saberlo cuando quiera: y me atrevo a decirle que no hay ninguno de esos señores prelados que tratan con ustedes, con el que no esté yo de acuerdo y con cuyos sufragios no pueda yo rubricar y autorizar todas mis opiniones, cuando pueda hablar despacio con ellos, porque, al ser tan luminosos y la verdadera fuente, gracias a sus predecesores, de toda la disciplina que hay que observar con las almas, tan lejos estarán de oponerse a mi que, por el contrario, se sentirán arrebatados y me darán las gracias. Se lo digo solamente para hacerle saber con cuánta seguridad le hablo, sin que pretenda en lo más mínimo alterarle en el honor que ellos le manifiestan y en el reposo de que goza en su trato y conversación. Pues, por lo que respecta a su casa, usted ha creído que le hacia un buen servicio impidiendo el que yo deseaba hacerle. Tan lejos estoy de haberme molestado por ello, que le agradezco afectuosamente por haberme librado de ese trabajo, sin disminuir quizá por ello el favor que Dios me ha concedido de la buena voluntad que me había dado de poder servirle tanto en lo espiritual como en lo temporal, aunque bien sabe que lo hice sin haberme mezclado en los comienzos por los que se estableció usted en los lugares en que está, en los que no hubiera querido participar por nada del mundo. Esto, más que cualquier otra cosa, le debería dar a conocer cuán poco apegado estoy a mi sentir y dispuesto a ceder ante mis amigos, contra el juicio de mi conciencia, que no me permitiría jamás hacer tales cosas. Yo las he sostenido por medio de una discusión pública, hasta hacer cambiar de opinión, a base de razones y de importunidades, a aquel ante quien está tan obligado. Todo esto lo alego solamente por necesidad y en esta sola ocasión, para hacer que recuerde mi condescendencia y que ceda de la opinión que los otros le han dado de mi rigidez y severidad. Porque me atrevo a decir que merezco tan poco esta reputación, a juicio de los que me conocen y de la verdad, que si le propusiese a ese mismo personaje y a su colega los cuatro o cinco reproches que me ha hecho, se reirían de ellos y de ese modo, sin decir una palabra, aplacarían toda la cólera que por ello he tenido. Tengo mucho interés, señor, en perdonarle y en decirle dentro de mi corazón una parte de las palabras que el Hijo de Dios les dijo a los que le maltrataban. Espero, y lo digo con confianza, que no será eso lo que me hará enrojecer en su juicio, y que, por el contrario, espero algún favor de su misericordia si sigo manteniendo y adorando en mi corazón lo que la sucesión de la doctrina apostólica, por la que condenamos a los herejes y sin la que no puede subsistir la Iglesia, me ha enseñado, por el órgano de esa misma Iglesia universal y católica, desde hace 25 ó 30 años.

Le ruego que tome a bien lo que tan pronto como he podido, y después de una dolorosa enfermedad que me sorprendió en Cléry y que todavía me dura, le he dicho salido del corazón, a fin de tratarle como amigo y como cristiano, sin dejar en el fondo del alma nada amargo que pueda alterar en lo más mínimo nuestra amistad, que me gustaría conservar hasta el fin de mi vida. Le he dado testimonio de ello, después de este sensible disgusto, por la carta que le he escrito al señor Obispo de Poitiers, y le hubiera dado otro testimonio mayor, si hubiese sentido que se acercaba mi muerte, dirigiéndole algunos artículos sobre algunas cosas que encuentro inaceptables en su instituto, a fin de hacerle ver, al menos después de mi muerte, las causas que tenía para ofrecerle mis servicios, que usted ha estimado en tan poco que ha tomado la simple propuesta que le hice por una prueba de la verdad de las cuatro cosas de que me ha acusado. Y muy feliz me siento si Dios no me acusa, sino que acepta como suya la caridad con la que pretendía separarle de ciertas prácticas que siempre había tolerado en su disciplina, viendo el apego que les tiene, con una resolución tanto más fuerte de mantenerse en ellas cuanto que estaban autorizadas por el parecer de los grandes personajes que consultaba, Después de lo cual, yo no me recato en manifestar mi pensamiento de que a Dios, según creo. no le agradan.

Pues solamente se las puede realizar con una verdadera simplicidad, que es más rara que la gracia común de los cristianos, y tan rara que me atrevería a decir de ella lo que un bienaventurado de nuestro tiempo ha dicho de los directores d e almas d e este tiempo, que de diez mil que hacen profesión de tales, apenas puede escogerse a uno que haga a los demás excusables ante Dios. Sin embargo, yo tendré la misma paciencia que él tuvo de dejar hacer a usted, y permanecer en la misma voluntad que le he testimoniado de servirle por condescendencia, ya que no con una aprobación total, dejando aparte la cualidad de maestro, para tomar la de muy humilde y muy obediente servidor…

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