Mi queridísima hermana:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
El señor Comendador y nuestra querida Madre la Superiora de la ciudad me han concedido el honor de proponerme el pensamiento que Nuestro Señor les ha inspirado de que usted serviría a Dios útilmente en la Magdalena y, habiendo considerado la cosa con todas sus circunstancias, le diré simplemente que creo que tienen razón [al desear] que, después de considerarlo delante de Dios, sienta también usted este atractivo. He aquí las razones que me inducen a esta opinión.
En primer lugar, que la obra de suyo es muy santa, ya que consiste en dar la mano a las almas que se van perdiendo, que van deshonrando continuamente a Dios y llenando los infiernos, para sacarlas de la masa de perdición, hacerlas vivir según Dios y finalmente para desempeñar el oficio de su segundo redentor y llevarlas como de la mano a la gloria que Nuestro Señor ha adquirido para ellas por su preciosa sangre, empleo que es tan grande delante de Dios que lo ha estimado digno de su Hijo y el único capaz de atraerlo a la tierra.
En segundo lugar, porque este pensamiento ha caído en el espíritu de un grande servidor suyo, al cual le ha dado gracia para su santa Orden y para la Magdalena, y en el de nuestra querida Madre, que la conoce, aunque quizás no tanto como yo, y tanto el uno como la otra la estiman con singular afecto.
En tercer lugar, porque me parece que Nuestro Señor le ha concedido bastante parte en su espíritu para conocer la importancia de esa obra, para quererla y para servirla con utilidad.
En cuarto lugar, porque creo que su vocación de ahí, como me lo dijo usted, no parece tan importante para la gloria de Dios como la de aquí.
No le expongo más que estas cuatro razones, por las que debe prestar una gran atención a esta propuesta, aunque podría ofrecerle algunas más.
Y ahora voy a considerar, si le parece, las razones contrarias que la pueden hacer dudar de que Dios lo quiera:
Primero, que es su Superiora la que la envía a una casa que la ha pedido. A lo cual yo respondo que usted es hija de esta casa, y no del arrabal, aunque resida allí, y que esta casa tiene derecho, según creo, a llamarla en caso necesario y que, interviniendo en ello la obediencia de su Superiora, tiene usted obligación de volver; en segundo lugar, que la buena Madre del arrabal le ha indicado al señor comendador que le parecía bien y que ella misma le escribiría, como lo ha hecho, y que, si la piden de ahí, no por eso es usted aquí menos deseada.
Segundo, me dirá usted que el empleo de la Magdalena no parece conveniente a las hijas de Santa María. A lo que le diré que el empleo por la salvación de las almas es propio de los hijos de Dios y que, si Nuestro Señor ha juzgado que el cuidado de la Magdalena podía ser digno de su bondad y la de la Virgen María, no hay que dudar de que es también conveniente a las hijas de Santa María.
Tercero, me indicará que quizá sea necesaria en Angers. Y yo le responderé que ya se proveerá con alguna otra que quizás no sea menos agradable y útil que usted.
Cuarto, le parecerá que quizás no tiene suficiente espíritu para servir en la dirección de una casa tan grande y tan difícil. A lo que responderé que serán dos para ello, Nuestro Señor y usted, y que con El lo podrá todo.
Quinto, pensará usted en sus parientes, que quizás no lo creerán conveniente. Pero a eso le contestaré que se sabrá antes de que la cosa se le haya cargado en cuenta y que, aunque sientan repugnancia, me parece que debería pasar por encima de todo, como generosamente lo hizo cuando el viaje a Angers.
Sexto, que si el pensamiento de la estima del mundo pudiese afectarla en algo, lo cual no creo, responda, mi querida hermana, que tan lejos está de ser menos estimada la comunidad de Santa María, ni las hermanas que allí están, por dedicarse al cuidado de aquella casa, que por el contrario jamás he oído hablar tan bien de su santa Orden, ni de las que están en la Magdalena, como después de haberse encargado de esas pobres criaturas, y que hemos de considerar como muy honorable todo lo que Nuestro Señor y la santa Virgen han hecho; y que, habiéndose aplicado el uno y la otra al cuidado de la Magdalena, también usted puede servir honorablemente según Dios y según el mundo a la salvación de esas chicas.
Estas son, mi querida hermana, las objeciones que creo podrían presentar la carne y la sangre, el mundo y el diablo; y las respuestas a las mismas me parecen tan razonables y tan conformes con la voluntad de Dios que, si yo fuese mi hermana María-Eufrosina y otra persona ocupase el lugar que yo ocupo con usted y tuviese tanta caridad conmigo como yo tengo con usted y la quiero en Nuestro Señor, me parece que bajaría la cabeza y aceptaría esta proposición. Es esto, mi querida hermana, lo que yo espero que hará si Nuestro Señor no le da a conocer manifiestamente que El desea lo contrario; en ese caso, yo acepto lo que usted haga, con tan buen corazón como que soy, en el amor de Nuestro Señor y de su santa Madre, mi querida hermana, su muy humilde servidor,
VICENTE DEPAUL
Sacerdote muy indigno de la Misión
Le ruego presente nuestros muy humildes saludos a nuestra querida Madre Superiora de Orléans Y que me ayude a darle las gracias por la acogida tan caritativa que me hizo, hace poco tiempo, en su casa.
París, vigilia de San Matías 1637.
Dirección: Mi querida hermana María-Eufrosina Turpin, religiosa de Santa María.







