Vicente de Paúl, Carta 0178: Francisco Du Coudray, Sacerdote De La Misión, En Roma

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Paúl · Año publicación original: 1972 · Fuente: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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25 julio 1634

Padre:

La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Recibí ayer la suya del 2 de este mes, en la que me hablaba de san Lázaro y de cómo han arreglado ese asunto. Me habla además de la versión de la Biblia siriaca al latín y del joven maronita, y me envía la copia de una parte de los privilegios que ha obtenido. Pues bien, le diré que vi ayer al señor abogado general Bignon, considerado de los más sabios y piadosos y de los más capaces en su cargo de toda la cristiandad, y le hablé de san Lázaro. Su parecer es que, aunque no cree necesario que recurramos a Roma, conviene que lo hagamos, para arrancar, como él dice, todos los pretextos que luego pudieran inquietarnos, pero que procuremos sacarlo lo más barato que sea posible; que son mucho mil escudos; que haga un esfuerzo para que cobren lo menos posible; que les dé a entender que este beneficio no depende del papa, ni tampoco de los religiosos de san Agustín; que está en la ciudad de París y que su colación le ha pertenecido siempre al obispo de París; que los priores le han rendido cuentas todos los años de la administración de sus rentas; que dicha administración se les ha concedido hace sólo ochenta o cien años; que dichos bienes fueron administrados antes por sacerdotes seculares y algunas veces por laicos, porque era un hospital de leprosos; que está averiguado que hace unos trescientos años un obispo de París, llamado Fulco, quitó esta administración a unos sacerdotes seculares, que vivían en común en aquella casa, siendo uno de ellos el administrador, y se la dio a otros, sin más autoridad que la suya; que Poncher, obispo igualmente de París, se la quitó a unos sacerdotes seculares, que vivían también en común y de los que uno era prior, nombrado por el obispo ad nutum fíjese en esto y la puso en manos de los canónigos regulares de san Agustín, el año mil quinientos diecisiete, y dio la administración a uno de ellos, a quien nombró prior, que podía ser depuesto ad nutum, sin autoridad del papa, ni de ninguna otra más que de la suya, n; siquiera del rey o de la corte; que la provisión de esos priores ha sido siempre ad nutum; que todos han rendido cuentas al obispo de París y finalmente que jamás ningún prior ha tomado la provisión en la corte de Roma más que éste, con intento de perpetuarse. ocho o diez años después de haber sido hecho prior por el señor obispo de París, y puede ver eso mismo por sus provisiones, cuya fecha le he enviado; que le ruego mantenga y considere bien esta observación que aquí le hago, sobre la naturaleza de san Lázaro, y para que la consideren los oficiales de esa corte; y, aunque el beneficio no depende del papa, sin embargo, por la devoción que tenemos de no poseer nada sin su autoridad, hemos deseado en esto su aprobación y su bendición. El señor abogado general, que conoce la corte de Roma, por haber estado allí, cree que, si usted representa bien todo esto a los oficiales, saldrá bien parado y a buen precio; que si, después de todo, no ha podido tener razón de ello un mes después de la recepción de la presente, él opina que esto no impide volver sobre el asunto; porque la confianza que debemos tener en la buena voluntad del señor Marchand, y las recomendaciones que desde aquí le haremos, nos permitirán llegar a un acuerdo razonable, tal como se hace a la larga en cosas semejantes.

Por eso, padre, le suplico muy humildemente que actúe de este modo y que no se detenga en ello, como tampoco en la proposición que se le hace de trabajar en la versión de la Biblia siriaca al latín. Sé muy bien que la versión serviría para la curiosidad de algunos predicadores, pero no, según creo, para el bien de las almas del pobre pueblo, al que la Providencia de Dios ha predestinado a usted desde toda la eternidad. Debe bastarle, padre, el que, por la gracia de Dios, haya empleado tres o cuatro años en aprender el hebreo y que sepa lo bastante para sostener la causa del Hijo de Dios en su lengua original y confundir a sus enemigos en este reino. Piense, pues, padre, que hay millones de almas que le tienden la mano y le dicen así (Ah, padre du Coudray, que ha sido escogido desde toda la eternidad, por la providencia de Dios, para ser nuestro segundo redentor, tenga piedad de nosotras, que estamos sumidas en la ignorancia de las cosas necesarias a nuestra salvación y en los pecados que jamás nos hemos atrevido a confesar y que, sin su ayuda, seremos infaliblemente condenadas. Imagínese más aún, padre, que la compañía le dice que hace tres o cuatro años que está privada de su presencia, que empieza a disgustarse y que usted es de los primeros de la compañía, y que por eso necesita de sus consejos y ejemplos. Y escuche, por favor, padre, que mi corazón le dice al suyo que se siente sumamente agitado por el deseo de ir a trabajar y a morir en los Cévennes y que se marchará para allá, si no viene pronto a estas montañas, desde donde pide ayuda el obispo y dice que este país, que en otro tiempo era de los más devotos del reino, está ahora muriendo de hambre de la palabra de Dios; que no hay ninguna aldea donde todavía no queden algunos católicos entre los hugonotes, excepto cinco o seis; y que hay muchas en las que no hay sacerdotes, ni iglesias, que quizás esperan la salvación de usted y de mí.

Venga, pues, padre, y no tarde, por favor, a no ser un mes o seis semanas para realizar algún esfuerzo en el asunto de san Lázaro; le aguardo, lo más tarde, para finales de noviembre; y traiga con usted, si le parece bien, al buen padre Gilioli  y a ese muchacho maronita, si cree que desea entregarse a Dios en esta pequeña compañía; y practique con él, mientras vienen, su griego vulgar, para enseñarlo aquí, si es preciso; ¿quién lo sabe?

El señor embajador de Turquía me ha hecho el honor de escribirme, pidiendo sacerdotes de san Nicolás y de la Misión, pues cree que podrán hacer allí más de lo que me atrevería a decirle. Bien, ya veremos lo que conviene hacer cuando venga, tanto en este asunto como en otros muchos que tocan a nuestra consolidación.

Pero, en nombre de Dios, padre, haga todo lo posible para obtener las indulgencias que ha concedido Su Santidad a los reverendos padres Jesuitas y a los del Oratorio, cuando van a misionar al campo. La indulgencia es plenaria para los que asistan a sus instrucciones, se confiesen y comulguen con ellos en los pueblos. Y quiera Dios que pueda usted obtenerlas también para las Cofradías de la Caridad, que hacen maravillas, por la gracia de Dios. La hemos establecido en varias parroquias de esta ciudad y hemos fundado una hace poco, compuesta de cien o de ochenta damas de alta calidad, que hacen la visita todos los días y asisten, de cuatro en cuatro, a ochocientos o novecientos pobres o enfermos, con helados, caldos, consomés, confituras y otras clases de dulces, además de su alimento ordinario, que les proporciona la casa, para disponer a esas pobres gentes a hacer confesión general de su vida pasada y procurar que los que mueran partan de este mundo en buen estado, y los que sanen prometan seriamente no ofender más a Dios; de forma que esto se lleva a cabo con una bendición particular de Dios, y no solamente en París, sino también en las aldeas; y para esta cofradía de la Caridad es para la que le pide indulgencias la señorita Aubry de Vitry, esto es, para las mujeres que sean del cuerpo de la cofradía y para los que se ocupan de las limosnas.

Basta, padre; ya resulta larga esta carta; pero ¿qué?, no hay manera de quitarme la pluma de la mano, tanto es el consuelo que tengo al hablarle.

Y aún tengo que pedirle que nos traiga cinco o seis libros semejantes a los tres primeros que nos envió usted sobre las parroquias de la congregación de sacerdotes de la Asunción de Nuestra Señora en los jesuitas de Nápoles, compuestos por el padre Savone, S. J., y si hay algún otro que nos pueda servir para las misiones y para nuestros ordenandos.

Por lo demás, el señor de Creil no me ha pedido dinero. Esperaré a que lo haga, porque ya le he enviado y no se le ha encontrado, y creo que, si hubiese recibido la orden, nos lo habría hecho pedir.

Rogándole que tenga cuidado de su salud, soy entre tanto, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde servidor,

VICENTE DEPAUL

Me olvidaba de decirle que no he recibido las bulas y que alabo a Dios porque ha conseguido usted que las corrigieran y tengo por ello una alegría que no puedo expresar.

Dirección: Al padre du Coudray, sacerdote, en Roma.

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