Vicente de Paúl, Carta 0120: A Francisco Du Coudray, Sacerdote De La Mision, En Roma.

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Paúl · Año publicación original: 1972 · Fuente: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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12 julio 1632

Apenas reciba los testimonios que la congregación desea del señor nuncio y del señor arzobispo, se los enviaré, si es que podemos obtenerlos; porque la verdad es que están intentando embrollarnos, como me indica usted; y esto, incluso la persona de la que deberíamos esperar la mayor asistencia después de Dios. Pero todo esto no me extrañaría sin mis pecados, que me dan motivo para temer, no ya el éxito de la cosa, que más pronto o más tarde se realizará tanto aquí como allí; pero no soy capaz de expresarle cómo me extrañan estos artificios. El reverendo padre general desaprueba, sin embargo, todo esto y me ha prometido escribir al señor cardenal Bagni, al señor embajador y al reverendo padre Renato. Cuando tenga sus cartas, se las enviaré. Entre tanto obre usted, por favor, lo más cristianamente que le sea posible con los que nos ponen trabas. Yo también los veo con frecuencia y cordialmente, gracias a Dios, como antes hacía; y me parece que, por la gracia de Dios, no sólo no les tengo ninguna aversión, sino que los honro y quiero más todavía; y le diré aún más, no le he expresado mis quejas al padre de Gondy, por miedo a indisponerlo en su vocación. Es cierto lo que han escrito desde allí, que el P. B. fue a misión a Normandía con otros seis o siete, unos quince días después de pascua, y que yo les he dado al señor Renar porque me lo han pedido, a fin de conformarse a nosotros; y que, luego, uno de ellos ha venido a pasar dos o tres días a una de nuestras casas de esta diócesis para ver cómo se hace; y si les place venir de nuevo, serán bienvenidos; porque yo no creería ser cristiano si no procurase participar en el utinam omnes prophetarent  de san Pablo .¡Ay Señor, el campo es tan grande! Hay pueblos a millares que llenan el infierno. No bastarían todos los eclesiásticos, con todos los religiosos, para remediar esta desdicha. ¡Seríamos muy miserables si tuviésemos envidia de que esas personas se dedicasen a la ayuda de esas pobres almas que se pierden sin cesar! ¡Ciertamente sería hacerse culpable del cumplimiento de la mision de jesucristo en la tierra! Y si nos lo quieren impedir a nosotros, habrá que orar, humillarse y hacer penitencia de los pecados que hemos cometido en este ministerio. Según esto, le suplico, padre, que no de;c de ver a esos padres y de hacer con ellos lo que nuestro Señor aconseja que se haga con los que ejercitan e impiden, y que ruegue a todos aquellos a quienes Dios ha dado caridad para con nosotros, que no les hagan daño ni de palabra ni de obra.

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