Señor Vicente nos ha invitado a reconocer un aspecto fundamental del reino de Dios en la Iglesia, la cual está presidida por el Espíritu Santo. En su tiempo, esta Iglesia salía de una difícil crisis: la Reforma había hecho que se expusiera a plena luz el cristianismo occidental; el concilio de Trento se había esforzado por remediar los excesos y errores de dicha Reforma, y los abusos por ella denunciados con lodo derecho. En este contexto de contrarreforma se sitúa nuestro santo. Es hombre de un postconcilio, uno de los que en Francia más hicieron para que aquel concilio pasara a la realidad de la vida de la Iglesia. Será dentro donde actúe, para que se pase de una Iglesia mundana a una Iglesia de los pobres, para que se restablezca el sentido de una vida cristiana accesible a los más humildes, para que se promueva la renovación de un sacerdocio y de un episcopado verdaderamente apostólicos, para que cuaje el invento de una nueva forma de vida religiosa, que acoja a simples campesinas, que atienda a las múltiples necesidades de los desheredados, tan numerosos entonces en las ciudades como entre la población del campo.
No es todavía el tiempo del ecumenismo. Hemos visto sin embargo la cortesía con la que el Señor Vicente prestaba atención a las afirmaciones de un hereje que le aseguraba no reconocer la acción del Espíritu Santo en la Iglesia católica, pues se desentendía de los pobres. Esta actitud rompía con un comportamiento demasiado frecuente entonces, en el que, de una y otra parte, los predicadores rivalizaban en la injuria violenta y de mal gusto. La humilde búsqueda común de la verdad no era allí tenida en cuenta: «Cuando se disputa con alguien, observa Vicente, la respuesta de la que se echa mano a su respecto le deja ver bien que se quiere llevar razón; de ahí que él se prepare a la resistencia más que al reconocimiento de la verdad; de suerte que, con el debate, en lugar de efectuar una abertura en su espíritu, de ordinario se cierra la puerta de su corazón, mientras que la dulzura y la afabilidad se la abren».
San Pablo, por otra parte, no daba otro consejo a su discípulo: «Acordaos bien, Señores, de las palabras de san Pablo a aquel gran misionero, san Timoteo: que un servidor de Jesucristo no debe enzarzarse en debates ni disputas, y puedo deciros que nunca he visto ni sabido que hereje alguno se haya convertido por la fuerza de la disputa, ni por la sutileza de los argumentos, sino antes bien, por la dulzura; tanta verdad es que esta virtud tiene fuerza capaz de ganar a los hombres para Dios».
En esta materia, el Señor Vicente habla por experiencia: «Plugo a Dios servirse del más miserable para la conversión de algunos herejes; pero éstos confesaron deberlo a la paciencia y a la cordialidad que con ellos se había tenido. Los mismos forzados, entre los que he estado, no se ganan de otra manera; y cuando me aconteció hablarles con sequedad, lo eché todo a perder».
Nadie se extrañe de ver aquí a los forzados puestos junto los herejes. El santo na habla de ellos más que de paso y haciendo alusión. No da una conferencia sobre la Iglesia, sino sobre la mansedumbre.
Y cuando habla de la Iglesia, entiende evidentemente la Iglesia católica. Pero lo que de ella nos dice es a menudo inesperado, ya nos hable de lo que Dios hace con su Iglesia, o ya de los hombres que en su época tienen como responsabilidad mostrar el rostro humano de esa Iglesia.
Dios establece su Iglesia por destrucción
A la mirada humana, la conducta de Dios en relación con su Iglesia es, ya en los orígenes de ella, del todo desconcertante; no hay que ver sino «cómo la trató al comienzo, cuando no había hecho más que nacer». «¡Oh, qué admirables son los caminos de Dios y qué poco comprensibles para los hombres! Vemos que el Hijo de Dios mismo era la columna de la Iglesia, y sin embargo el Padre eterno quiere que muera. ¿Qué hace? Escoge a personas, a apóstoles, para establecerla en toda la tierra; y aquellos apóstoles, que eran el sostén de la Iglesia, Dios quiere que mueran y que todos sean mártires; y después de aquellos, suscita a otros.
Se hubiera jurado, al ver eso, que era designio de Dios abandonar a la Iglesia y dejarla enteramente arruinada; pero es todo lo contrario; pues la sangre de los cristianos fue la semilla del cristianismo en toda la tierra, y se cuentan hasta treinta y cinco papas, todos los cuales fueron mártires, uno tras otro. Hoy veríais cómo era llevado uno a la muerte; mañana había otro; a ése se le decapitaba, y ya Dios suscitaba otro. Y así, Señores, es como Dios se condujo al comienzo de la Iglesia. Considerad, os ruego, este camino de Dios, que establece y afianza su Iglesia por destrucción, si así puede decirse, y por ruina de los que la sostenían y eran su principal apoyo».
¡Dios parece establecer su Iglesia por destrucción! El Señor Vicente apoya esta fórmula paradójica sobre los orígenes de la Iglesia, con objeto de iluminar las dificultades de todo orden que sus misioneros encuentran para implantar la Iglesia en la remota misión de Madagascar. Una misión semejante no debe extrañarse de hallar en sus comienzos las mismas dificultades que la Iglesia naciente.
En cambio, cuando la Iglesia se instala, cuando los que han recibido el encargo de predicar el Evangelio buscan ahí beneficios y honores, causan la ruina de la Iglesia: «He estado estos días pasados en una asamblea donde había siete prelados, quienes, reflexionando sobre los desórdenes que se ven en la Iglesia, declaraban sin ambages que los principales causantes de ellos eran los eclesiásticos. Son, pues, los sacerdotes; sí, nosotros somos la causa de la desolación que devasta a la Iglesia».
Y él «miserable, todo cubierto y lleno de pecados», desea que los sacerdotes de la Misión que ha fundado contribuyan a ello: «¡Oh Señor!, haced que esta pequeña Compañía continúe sirviéndoos con humildad y fidelidad, y que coopere al designio que mostráis tener, de hacer por su ministerio un último esfuerzo que contribuya a restablecer el honor de vuestra Iglesia».
Plantea aquí el santo una cuestión brutal: «¿No parece, Señores, que Dios quiere trasladar su Iglesia a otros países?».
En el siglo XVII, como en el XX, parece tan evidente, como para que caiga de su peso, que la Iglesia está unida u la cristiandad occidental; ¿no es eso al menos lo que daría a entender nuestro comportamiento más habitual? Pero la pregunta del santo no es una ocurrencia; sobre ella vuelve él una y otra vez. Si el desgarrador contraste entre la pobre Iglesia perseguida de los orígenes y la Iglesia poderosa e instalada de los tiempos modernos no encuentra remedio en nuestra propia conversión, Dios mismo pondrá remedio a ello y llevará su Iglesia a otro lugar: «Es muy cierto que el Hijo de Dios prometió estar junto a su Iglesia hasta el fin de los siglos; pero no prometió que esa Iglesia estaría en Francia, o en España, etc. Dijo, sí, que no abandonaría a su Iglesia, y que ésta subsistiría hasta el fin del mundo en no importa qué lugar, pero no precisamente aquí o allí. Y si hubiere un país en el que debiera haberla dejado, no parece que otro alguno fuese preferible a Tierra Santa, donde nació y comenzó su Iglesia, y obró tantas maravillas. Sin embargo, de esa tierra por la que tanto hizo y en la que tanto se complació, retiró, para empezar, la Iglesia, para dar ésta a los Gentiles».
La Iglesia recobrará el vigor apostólico de los primeros tiempos haciéndose de nuevo misionera, llevando el Evangelio a los que no tienen idea de él: «¡Ah!, Señores y hermanos míos, ¡la alegría que Dios recibirá si, entre los escombros de su Iglesia, entre las conmociones causadas por las herejías, entre los fuegos que la concupiscencia planta por todos lados, si, en medio de esa ruina, hay algunas personas que se ofrecen a él, para trasladar a otro lado, si así ha de hablarse, los restos de su Iglesia, y otros que defiendan y guarden aquí lo poco que de ella queda! Así es como debemos obrar: sostener valerosamente aquí lo que la Iglesia tiene e interesa a Jesucristo, y con ello trabajar sin tregua para conseguirle nuevas conquistas y hacer le conozcan los pueblos más alejados».
Poco inclinado a una visión que concebiría a Francia como a «la hija mayor de la Iglesia», el Señor Vicente se preguntaba si el Hijo de Dios no prevería su traslado a otra pare, aun a partes diferentes también de España. Pero no nombra a Italia. Es porque en Italia está Roma, y en Roma está el Papa.






