Era el día 12 de diciembre de 1978. En un modesto ataúd yacía el cuerpo inerte de un anciano sacerdote; tenía los ojos cerrados, las manos sobre el pecho con un crucifijo y el semblante apacible. Cientos de personas, hindúes cristianos y no cristianos, baptistas, mahometanos, todos pasaban tristes a dar el último saludo al padre bueno que tanto amor les había demostrado y tanto bien les había hecho.
Y todos pensaban, bendito seas de Dios, porque tuve hambre y me diste de comer, estaba enfermo y me llevaste medicina para el cuerpo y consuelo para el alma, estaba ciego y me diste la luz de la fe, estaba sumido en el desprecio por mi condición de paria y descastado y me devolviste la conciencia de mi dignidad corno hijo de Dios.
Era el P. Valeriano Güemes, predicador incansable y sacrificado de la palabra y la paz de Dios. Hacía 56 años que vivía entre ellos compartiendo su pobreza y sus penas y llevando a todos su esperanza y su fe.
Había llegado a la misión de Cuttack (Orissa, India) en 1922, cuando tenía 32 años. Y desde entonces nunca los había abandonado, ni siquiera para tornarse unas vacaciones en España.
En 1928, el territorio de Cuttack, dependiente de •la diócesis de Vizagapatán, fue elevado a misión independiente y el P. Güemes fue nombrado por la Santa Sede el primer Administrador Apostólico; al mismo tiempo, la nueva misión fue elevada a la categoría de Vice-Provincia de Madrid; y el P. Superior General lo nombró como primer Vicevisitador.
Pero el P. Güemes se sentía más atraído por el apostolado directo que por el oficio administrativo; y a los tres años renunció a sus cargos y ejerció su ministerio por los pueblos de la llanura, de los montes y de la selva. Fueron unos años duros por la escasez y las dificultades de todo género, por las enfermedades y la necesaria adaptación a un género de vida completamente distinto; pero fueron también años de esperanza y fidelidad a Dios, años llenos de oración que le hicieron superar todas las dificultades. Y se fue convirtiendo en una figura egregia, alma gigante de asceta y apóstol.
En 1959 tuvo que ir al pueblo de Surada; algunos habían puesto un pleito a la parroquia por problemas de carácter económico y actuó con tal habilidad, claridad y buenas formas que todo se resolvió favorablemente para la parroquia y nadie quedó ofendido. Lo mismo en 1968, en la población de Raikia.
En 1966 fue llamado a Banhanagar; por diversos problemas los cristianos habían sido desatendidos durante varios años y la fe se estaba apagando. Pero su celo paciente, su virtud y su bien obrar arregló todo y los cristianos recobraron la paz y volvieron a su pasado fervor cristiano.
El P. Silvestre Ojea, Visitador de la Provincia de Madrid, viajó a la misión de Cuttack para conocer el estado y necesidades de la misión. Vió la actividad del P. Güemes y después comentó: «el P. Güemes es un santo». Y en el pueblo de Aligonda, los cristianos habían hecho tales demostraciones de veneración a su antiguo misionero que sorprendieron y llenaron de estupor reverencial al P. Visitador que exclamó realmente impresionado: «Caramba, caramba, cuentan que el P. Güemes ha hecho allí milagros».
Tanto trabajo y virtud llegaron hasta la Santa Sede; y en 1965 le concedió la medalla «Pro Ecclesia et Pontifice». Y ocho años más tarde, el gobierno español le otorgó la «gran Cruz de Isabel la Católica».
El día 11 de diciembre de 1978 se sintió enfermo y no se pudo levantar. Al día siguiente, el P. Ibilcieta le administró el sacramento de la unción y le llevó la comunión. Y el día 12 por la mañana entregó su alma a Dios. Una grave congestión pulmonar, según el médico, puso fin a su vida en la tierra y resucitó a una nueva vida con Dios.
Por: P. Anselmo Salamero, c.m., Misionero Pául
Tomado de: Caminos de Misión







