Una vida espiritual cristiana sin rebajas. Cómo huir de las medianías

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Tomás Durán Sánchez · Año publicación original: 2006 · Fuente: XXXII Semana de Estudios Vicencianos (Salamanca).
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I. La plegaria por la consumación

1. La palabra Maraná Tha

sigo_a_jesusEl comienzo de nuestra reflexión toma como punto de partida el grito litúrgico, proveniente de la primera hora y recogido por el Apóstol Pablo, en su literalidad: Marana tha (1Cor 16,22). Este texto aparece en Pablo en el contexto del final de la primera Carta a los Corintios. «Si alguno no ama al Señor ¡sea maldito!, Marana tha». Y continúa, concluyendo la carta, con el saludo: «La gracia del Señor Jesús sea con vosotros. Os amo a todos en Cristo Jesús» (1Cor 16,23-24).

Esta expresión aramea aparece también en Didajé 10,6, en la oración eucarística: Venga la Gracia y pase este mundo. ¡Hosan­na al Dios de David! El que sea santo que se acerque! ¡El que no lo sea que haga penitencia! Marana tha. Amén.

Marana tha es una palabra aramea, la lengua materna de Jesús y que los primeros discípulos han recogido como palabra muy cualificada. Su significado es motivo de interpretación entre los exégetas. Maran o marana, Señor nuestro, ha de ir unido al verbo ata, y entonces significa nuestro Señor ha venido, está aquí entre nosotros. O bien en un sentido imperativo, marana tha, ¡ven, Señor nuestro!. Viendo este doble significado también es un texto muy parecido el de «el Señor está cerca» (Flp 4,5).

Quien parece unir las dos interpretaciones, aunque de un modo ya imperativo, es el libro del Apocalipsis: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20). Estas palabras pueden ser una traducción de los dos significados de la invocación primitiva. Si a esto aña­dimos la palabra, también aramea, de «Abba» (Mc 14,36; Rom 8,15; Gal 4,6), nos parece comprensible unir en la expresión Marana tha este triple significado: 1-invocación, 2-presencia y 3-llamada al futuro. Es decir: ¡Señor.. ya estás aquí… ven pronto, no tardes!

2. En la Eucaristía, memorial de la cena del Señor

Al comienzo tildábamos esta palabra de «litúrgica». Pues bien, todo parece indicar que es en el contexto eucarístico donde ha nacido esta expresión. En el libro de la Didajé aparece como un fragmento de las incipientes Plegarias eucarísticas. En 1Cor 11,26 vemos que la Cena del Señor se celebraba esperando su pronta venida. La Eucaristía, acontecimiento y Memorial de la presencia Pascual de la muerte y resurrección del Señor, es también «lugar» de esperanza de la manifestación gloriosa del mismo Señor al final de los días. A las palabras del Memorial, «tradición recibida del mismo Señor», Pablo añade «cada vez que coméis de este pan y bebéis de esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1Cor 11,26). La Euca­ristía es, pues, proclamación de la muerte de Jesús como cumplimiento de presencia salvadora, y esperanza ardiente de consumación, que se traduce en la súplica o «grito» del Marana tha.

San Lucas, en su evangelio, coloca al comienzo de la Cena Pascual estas palabras: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer. Os aseguro que no la vol­veré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios. Y toman­do una copa, dio gracias y dijo: tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque yo os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios» (Lc 22,15-18). También las tradiciones de Mateo y Marcos reco­gen este «dicho escatológico» de Jesús (Mt 26,29; Mc 14,25). En la última Cena se señala esta dimensión escatológica de la entrega de Jesús en la Pascua como realización del Reino de Dios, abierta a la consumación final.

En el Cuerpo y Sangre del Señor está todo el Don del Padre al mundo (Jn 3,16). La entrega de Jesús en la Cruz, voluntaria­mente aceptada (PE II), se anticipa en la Mesa de la última cena, como entrega ofrecida (Mt 26, 26-28; Mc 14, 22-24; Lc 22, 19­20; 1Col, 23-25); alcanza su fin en el «Todo está consumado. E inclinando la cabeza entregó el espíritu» (Jn 19,30), como entre­ga culminada; y se convierte en entrega victoriosa en la Pascua, cuando reencontrando a los discípulos les parte el Pan, abrién­doles los ojos (Lc 24, 13-35; Jn 21,9-14). Pero esta entrega será entrega consumada y última cuando Él vuelva de nuevo, «cuan­do entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad» (1Co 15, 24).

Quien nos revela muy bien esta perspectiva escatológica es la Liturgia eucarística del Concilio Vaticano II. A las palabras del Memorial eucarístico sobre el Pan y el vino, que mediante la efusión del Espíritu, se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor, el pueblo en la celebración aclama: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ven, Señor Jesús. O aquella otra aclamación menos conocida y usada: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas. Después el sacerdote continúa orando: Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo (PE III).

3. «Mientras esperamos su venida gloriosa»

Este mientras esperamos su venida gloriosa es nuestro tiempo. El tiempo de la Iglesia. Tiempo que va desde el «ya» está aquí el Señor, ya ha realizado su obra y es el Señor (Kyrios) sentado a la derecha del Padre «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» (Ef 1,21), hasta la espera de su vuelta. Y entonces sí que entendemos que el Marana tha sea un «grito»: ¡Ven, Señor, no tardes! Escuchemos una Liturgia primi­tiva que nos lo revela con claridad: «Dice el que da testimonio de todo esto: sí, vengo pronto. Amén. ¡Ven, Señor Jesús! Que la Gracia del Señor sea con todos. Amén. (Ap 22, 20-21). También recoge admirablemente este «tiempo de espera» la Plegaria euca­rística de la Reconciliación: Así como nos has reunido aquí en torno a la mesa de tu Hijo… reúne también a los hombres de cualquier clase y condición, de toda raza y lengua, en el banque­te de la unidad eterna, en un mundo donde brille la plenitud de tu paz (PE. Rec. II).

El Marana tha es un grito para que se consume el amor pas­cual. Y cuanto más se siente el «ya» de la salvación más se desea su consumación. Ahora vamos a comprender por qué queremos situar en este contexto el encargo que se nos ha hecho: Una vida espiritual sin rebajas. Cómo huir de las medianías. La Iglesia del Señor, por tanto, que vive del pasado que se hace memorial presente («anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrec­ción»), pende su vida radicalmente del futuro de la consumación («Ven, Señor Jesús»).

¿Qué nos puede pasar en esta espera? ¿Qué puede pasarle a la Iglesia, y sus miembros, «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo»? ¡Pues que caigamos en dejación; que rebajemos las exigencias de la espera! Es en esta perspectiva donde queremos situar nuestra aportación. El segui­miento radical (radical viene de raíz) de Jesús no proviene de una imitación voluntarista, solamente, ni de nuestros cálculos racionales, ni de nuestros sentimientos bondadosos. Viene de un «Amor dado» que hemos recibido ya, y de un «Amor consumado» que aguardamos.

La Fuente de (podemos llamarla así) esta «ética escatológica» es la Eucaristía, donde el «Espíritu que ha sido derramado en nuestro corazones» (Gal 4,6; Rom 8,15) en la comunión del Cuerpo y Sangre del Señor nos hace exclamar «Abba»… «Hága­se tu voluntad»… «venga tu Reino»… «no nos dejes caer en la tentación»… Que no caigamos en las medianías, en las rebajas de su amor, en la rutina apática de la misión de cada día… «mientras aguardamos su última venida» (Pref. III de Adviento).

II. No nos dejes caer en la tentación de las rebajas y las medianías

En esta espera del Señor la vida del discípulo está presidida y alentada por una palabra muy querida en el Nuevo Testamento: vigilancia. «Estad atentos y vigilad» (Mc 13,33). La tentación del enfriamiento de la fe es algo que nos puede suceder en cualquier momento. Es también estar muy atentos a «los signos de los tiempos», expresión tan querida por el Papa Juan XXIII y reco­gida en el Concilio Vaticano II.

Vamos a fijarnos para ello en tres experiencias del Nuevo Testamento.

1. La espera ardiente y activa

En el evangelio de san Mateo encontramos palabras muy sig­nificativas que nos ayudan a comprender y vivir esta vigilancia: en la espera ardiente y activa. «De la higuera aprended esta pará­bola cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas sabéis que el verano está cerca, a las puertas. Así también vosotros cuando veáis todo esto sabed que Él esta cerca, a las puertas» (Mt 24,32ss). Los discípulos deben vivir vigilantes en medio del mundo y prestar atención a los signos que en él ocurren: son señales del paso del Señor por la historia humana. Pero esta pasión por lo que pasa en el mundo no es para caer en sus redes, ni encontrar en él su seguridad. Porque vivimos, a veces, tan seguros en nosotros mismos, y tan acomodados en la inmediatez de la vida que no nos damos cuenta de la presencia cercana y «viniente» de Jesús. «Como en los días de Noé, así será la veni­da del Hijo del Hombre. Porque como en los días que precedie­ron a la venida del diluvio, comían y bebían, tomaban marido o mujer, hasta el día que entró Noe en el arca y no se dieron cuen­ta y los arrasó a todos… velad, pues, no sabéis el día que vendrá vuestro Señor» (Mt 24, 37-41).

Las rebajas o las medianías pueden llevarnos a caer en la infi­delidad, la diversión, la violencia,… Es como aquel siervo pere­zoso que porque su «amo tarda, y se pone a pegarle y golpear a sus compañeros, y come y bebe con los borrachos… vendrá el Señor de aquel siervo el día que no espera, le separará y le seña­lará s suerte…» (Mt 24, 45-51). Y si hay una parábola que sim­boliza la vigilancia y actividad que hemos de tener en la fideli­dad y la caridad ardiente es la de las vírgenes sensatas y necias. «A media noche se oyó una voz: ¡Que llega el Esposo! ¡Salid a su encuentro!» (Mt 25, 6). El Esposo llegó y se cerró la puerta. Y vinieron las que habían ido a comprar aceite diciendo: «¡Señor, ábrenos! Pero él respondió: En verdad os digo que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25, 12-13).

Sin embargo, estas «parábolas de crisis» no son para quedar­nos simplemente tensionados por llevar una vida espiritual sin tacha e intimista; sino que la vigilancia debe ser principalmente para estar prestos en la caridad y el servicio a los pobres, a los pequeños: «Cuando el Hijo del Hombre venga… se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante dé todas las naciones… Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vos­otros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dis­teis de comer; tuve sed y me disteis de beber…» (Mt 25, 31-46).

Todas son palabras de Jesús que nos remiten al «estar atentos y vigilad», que se repiten sin cesar. Nos llevan a estar atentos al porvenir, a comprender la hora presente, a no pretender calcular las épocas. Vivir la espera de forma auténtica es saberse llamado a cumplir desde ahora con todas las fuerzas la voluntad del Padre.

Y qué bien entendemos, a la luz de estas palabras, las ense­ñanzas del Sermón de la Montaña, también en san Mateo. En esta espera del Señor «no amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla que los corroen, y ladrones que roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo…» (Mt 6,19-21) «No andéis preocu­pados por vuestra vida, qué comeréis, qué vestiréis, ni por vues­tro cuerpo, con qué os vestiréis… Buscad primero el Reino de Dios y su Justicia, y todas esa cosas se os darán por añadidura» (Mt 6,25-34). Estas llamadas profundas al seguimiento también en el Sermón del Monte tienen un fuerte componente escatológi­co. «No todo el que diga: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos… muchos dirán aquel día ¿no profetizamos en tu nom­bre… no hicimos milagros?… Y entonces les diré: Jamás os conocí…» (Mt 7,21-23).

2. Alentados por la victoria de Jesús

El presente ya está iluminado por la Victoria de Cristo en la Resurrección. El grito del Marana tha, es decir, su vuelta, ilumi­na al hombre y al mundo. Esto nos lo dibuja muy bien el Evan­gelio de san Marcos en el discurso apocalíptico del Cap. 13. «Y entonces verán al Hijo del Hombre que viene entre nubes con poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo» (Mc 13,26-27). No es la historia del mundo, ni «el tiempo» de los hombres los que iluminan a Cristo; es la venida del Señor la que está iluminando el presente históri­co, de los hombres y del universo, porque ya poseen en sus entra­ñas las primicias de la Redención.

El final del Evangelio de Marcos es muy significativo para entender la tensión escatológica en la que la Iglesia debe vivir: está el episodio de la viuda que en el cepillo del templo «echó todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,44); a continuación, inter­calado, viene el Capítulo 13 señalado; para continuar inme­diatamente después con el relato de la Pasión y Resurrección (Mc 14-16).

La viuda es el ejemplo vivo del discípulo que incondicional­mente cumple la voluntad del Padre, frente a los discípulos que no han comprendido nada de los anuncios de la Pasión (Mc 8,31­33; 9,30-32; 10,32-34). Los discípulos de Jesús no entienden lo de «negarse a sí mismo… perder la vida… tomar la Cruz» (Mc 8,34ss); en el camino discuten quien «es el mayor entre ellos» (Mc 9, 33-37); piden recompensan por lo que han dejado y quie­ren un puesto importante en el Reino de Dios (Mc 10, 28-31. 35- 45); no quieren perderse, darse hasta la muerte; quieren seguir a Jesús, pero con la «rebaja» de no pasar por la Cruz y la entrega; por eso tienen que escuchar algo directamente dirigido a ellos: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

No sólo los discípulos se cierran al camino de la Cruz, sino que el mismo pueblo de Israel va a rechazar a Jesús. La parábo­la de los Viñadores homicidas lo expresa muy bien: «Éste es el heredero. Vamos, matémosle y será nuestra la herencia. Le aga­rraron, le mataron y lo arrojaron fuera de la viña» (Mc 12,7-8).

Así el Cap. 13, que vamos a analizar, se encuentra entre la incomprensión de los discípulos (8-10), el rechazo del Pueblo de Israel (11-12), y el relato de la Pasión. Este texto de Mc 13 es un «canto firme» de la Victoria que brota de la Pascua y que debe alentar el camino de los seguidores de Jesús por el mundo. Una llamada fuerte a la perseverancia, a la firmeza del seguimiento, sostenidos en la victoria del Crucificado.

Hay que hacer frente a la mediocridad que se avergüenza de las palabras y del camino de Jesús, dando testimonio suyo «ante gobernadores y reyes» (Mc 13,9). En este camino testimonial y martirial de los discípulos, que ha de ser igual que el del Maes­tro, hay que estar muy alerta para no caer en la tentación de irse tras «falsos cristos y profetas» (Mc 13,22), «que vendrán usur­pando mi nombre, diciendo «yo soy», y engañaran a muchos» (Mc 13,5-6).

La firmeza del seguimiento llevará a la incomprensión fami­liar y al rechazo de estos: «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre» (Mc 13,13). El discípulo debe estar preparado para no hacer rebajas del Evangelio por culpa del miedo. El testimo­nio que dan los discípulos ante el mundo sucede en el Espíritu Santo «no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu Santo» (Mc 13,11).

Hoy la gran tentación es vivir un cristianismo cómodo, que no moleste; hacerlo «viable y no estridente», «comprensible» para el hombre de hoy. En el conflicto entre el señorío de este mundo y el señorío de Cristo que está irrumpiendo es muy fácil el abandonar, o pasarnos a los ídolos. Por eso, también en este capítulo las palabras de Jesús son una llamada a estar despiertos, vigilantes: «el que persevere se salvará… estad sobre aviso… estad atentos y vigilad… Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: Velad» (Mc 13,13.23.29). Y una llamada constante a la esperanza en la vuelta del Señor: «Sabed que Él está cerca, a las puertas» (Mc 13,29).

Todos tenemos deseos de la plenitud del Reino de Dios, pero tenemos miedo a los padecimientos, a la persecución. Por eso el texto central de este relato es el v. 32. No hay que temer. La vigi­lancia debe ir unida a la confianza. Porque todo esto es un misterio de amor que está escondido en el corazón del Padre. Perma­neced en su amor, «sólo el Padre». Abandonarnos al Misterio de su amor es el camino.

3. «Se requiere la resistencia y la fe de los santos»

El avance del Evangelio en la primera hora sucede en medio de la persecución como hemos visto en Marcos. A la persecución sigue la seducción, que ocurre en la segunda hora, como vere­mos en Apocalipsis. Para ello es necesario, «la resistencia y la fe de los santos» (Ap 13,10).

La comunidad que escribe el Apocalipsis traza con rasgos vigorosos el entramado del mundo de la opresión e idolatría, por donde hace camino la Iglesia peregrina del Señor. Son los capí­tulos 12 y 13 de este Libro.

«Apareció una señal en el cielo: un gran dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas» (Ap 12,3). Es «la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás, el seductor del mundo» (12,9; 20,2), que ahora está con sus ánge­les actuando en la tierra. Este príncipe del mundo entrega «su poder y su trono y gran poderío» (13,3) a una enorme «Bestia» del mar, que es el imperio romano con todas sus fuerzas alzadas contra las comunidades peregrinas del Señor (13,1-10). El Impe­rio, para su dominio, se sirve de otros agente históricos, profetas de la bestia, «que seducen a los habitantes de la tierra con las señales» (13,14; 16,13; 19,20; 20,10). «La tierra entera siguió maravillada da la Bestia» (13,13). Y todos se someten al dragón, que ha entregado su poder a la bestia y confiesan su grandeza y fuerza. «¿Quién como la Bestia?» (13,4). De la persecución se pasa a la seducción. Las comunidades del Apocalipsis tienen las grandes tentaciones de idolatrar el poder y sucumbir a su seduc­ción. La resistencia puede llevar a la cárcel, el martirio o a la exclusión social. «Y vi como la mujer se embriagaba con la san­gre de los santos y con la sangre de los mártires» (17,6).

Es más fácil dejarse llevar por el engaño. Y así se logra que «todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, y nadie pueda comprar nada ni vender nada, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre» (13,16­17). La apostasía por el bienestar, y vivir según las normas del imperio, es la gran tentación de la rebaja y mediocridad. Los des­tinatarios de la Carta a los Hebreos son de esta época, y nos dice su autor, «mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa… sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos acostumbran a hacerlo, antes bien, ani­mándoos; tanto más, cuanto que veis que se acerca ya el día» (Hb 10,23-25).

Son las «cartas a las Iglesias» de Apocalipsis las que mejor des­criben la situación de estas comunidades. Estas cartas (Ap 2-3) son una exhortación a la resistencia y a la fe. Primeramente hace poner la mirada de los destinatarios ante Aquel que ha vencido: «El Testigo fiel y Veraz… el Primero y el último, el que estuvo muerto y ha vuelto a la vida» (Ap 2,8; 3,14). Es decir, «Jesucris­to, el Primogénito de entre los muertos… Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nos­otros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,5-6).

Después, en cada Carta hay una alabanza a las comunidades por su permanencia en la tribulación y seducción. «Conozco tus fatigas… no te dejaste seducir… conozco tu tribulación y pobre­za… sé de tu fe, caridad, servicio y paciencia… has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre…» (Ap 2,2; 2,13.19; 3, 8).

Seguidamente, en cada carta, hay una fuerte acusación a su apostasía e infidelidad. «Has perdido el amor primero» (Ap 2,4). Te has pasado a otros profetas mas fáciles y cómodos de seguir, dejándote engañar y pasándote a los ídolos falsos (Ap 2,14.20). Es muy vigorosa la acusación de mediocridad a la Iglesia de Laodicea: «No eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o calien­te! Pero, puesto que eres tibio… voy a vomitarte de mi boca» (Ap 3,15-16). Y añade a esta misma Iglesia: te crees rica y pode­rosa; y, sin embargo, «eres pobre, digna de compasión, ciega y desnuda» (Ap 3,17).

Las llamadas a la conversión revelan lo «que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 3, 13). «Arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera… No temas lo que vas a sufrir… mantente fiel hasta la muerte… Acuérdate de cómo oíste y recibiste mi Palabra, guár­dala y arrepiéntete… mantén la firmeza que tienes, para que nadie te arrebate tu corona» (Ap 2,5.10; 3,3.10).

Y al final de cada Carta hay una promesa a cada comunidad de darle parte en la Victoria del Cordero Degollado. Todas estas promesas comienzan: «Al vencedor…». Al vencedor le daré: «… a comer del árbol de la vida… no sufrirá daño en la muerte segunda… una piedrecilla blanca, y grabado en la piedrecilla, un nombre nuevo… le daré poder sobre las acciones… le revestiré de vestiduras blancas y no borraré su nombre del libro de la Vida… le pondré de columna en el Santuario de mi Dios» (Ap 2,7.11.17.26; 3,5.12).

Pero nos fijamos especialmente en la llamada a la conversión y en la promesa dirigida al vencedor de la Iglesia de Laodicea: «Sé ferviente… mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20-21).

III. El horizonte de nuestra pastoral

1. El misterio trinitario como fundamento. La recapitulación como horizonte

En nuestro primer apartado hemos querido poner la mirada en el Misterio Pascual que se desvela y revela en la Eucaristía, memorial de la Muerte, Resurrección, Ascensión, y Parusía del Señor. Y en él insertábamos la súplica del Marana tha. La Cena del Señor, Mesa de la Trinidad nos manifiesta, en presencia y actualidad, todo lo que el Padre ha hecho por nosotros, en la entrega de su Hijo, por la fuerza del Espíritu Santo. Es el Miste­rio de amor, escondido desde siglos y ahora manifestado, revela­do por el Espíritu (Ef 3,5ss). Este ha sido el propósito de Amor del Padre, que eligiéndonos en Cristo, por pura gracia y benevo­lencia, nos ha hecho sus hijos, hermanos en Jesús y herederos de la Promesa. Todo ello en la Sangre del Hijo derramada en la Cruz. Y, así, engendrados por la Palabra y el sello del Espíritu Santo, recibidos en el Bautismo, esperamos la herencia prometi­da. Este es el fundamento que aparece claramente en el Himno de Efesios 1,3-14. El don del Amor Trinitario es el origen y fun­damento, a la vez que sostén y aliento permanente de la Iglesia.

Pero si el Misterio es el fundamento y origen de la Iglesia ¿Cuál es el horizonte y la meta? Nos lo señala el Himno de Colo­senses 1,15-20, al señalarnos que si todo fue creado por el Hijo, todo tiene consistencia en Él. Jesús, por su Victoria, es la Cabe­za de muchos hermanos, el Primogénito de entre los muertos; y todas las cosas han sido reconciliadas por él y para él por la sangre de su Cruz. El Primogénito es cabeza de los hermanos redimidos por él. Y, así, siendo Cabeza de la Iglesia, es también Señor del Universo. El Padre levantándolo del abismo de la muerte le ha sentado a su derecha, por encima de todo Princi­pado y Potestad. «Todo lo puso bajo sus pies, y le dio como Cabeza del Universo a la Iglesia, que es su Cuerpo, la plenitud del que lleva todo a plenitud» (Ef 1,22-23).

Hasta que esto suceda «en plenitud», por su vuelta, «cuando hayan sido sometidas todas las cosas a él, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1Cor 15,28), la Iglesia peregri­na en el mundo entre las seducciones (aquí las hemos llamado medianías y rebajas) y persecuciones de este mundo, anuncian­do y esperando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (1Cor 11,26).

Este ha sido el marco en el que hemos situado nuestra refle­xión:

El Misterio Trinitario como, Fundamento y Origen de la Igle­sia en una exposición Cristológica y Eucarística.

Y en el horizonte, la Recapitulación. En la Eucaristía se anti­cipa la Plenitud del Reino de Dios, pero esperamos la Mesa últi­ma y definitiva. Allí, la Iglesia y el Universo entero, alcanzarán la restauración de todas las cosas en Cristo. En este «mientras tanto», gritamos: Marana tha.

No perder esta doble perspectiva es esencial. Es la única mane­ra de superar las mediocridades y la rebajas: vivir del Amor dado y vivir de la espera del Amor consumado. Este «descentramiento», hacia lo alto y hacia lo ancho, es esencial para la Iglesia, hoy. Esto es lo que hemos visto al asomamos a las comunidades de los Evangelios de san Mateo y san Marcos; y en las comunidades del Libro del Apocalipsis. El mayor peligro de medianía y rebaja venía por olvidar el amor con que habían sido amadas. Y olvidar la esperanza a la que estaban llamadas. Perdiendo así la fe.

La Iglesia, inserta entre estos dos polos, es «sacramento de Sal­vación para la humanidad». Peregrina en el mundo como sal, luz y fermento de nueva humanidad. La Iglesia es Reino de Cristo en Misterio, Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu que quiere pasar la Redención a todos los hombres y al Universo.

En los últimos años nos quejamos de muchas cosas en la Igle­sia. El descenso vocacional, la esterilidad de nuestros planes pas­torales (nunca hemos hecho tantos como ahora), la atonía de la vida cristiana… podíamos hacer una lista grande. ¿No nos habre­mos olvidado de estos dos polos? Puede ser que sí.

Nos hemos quedado sin Misterio, lo hemos dado «por supuesto». Nos hemos quedado sin la Recapitulación, la olvida­mos. Cuando nos asomamos a las programaciones de Diócesis, parroquias, movimientos, institutos religiosos, etc, comproba­mos dos opciones y acciones primordiales: Comunión y Misión.

Pero resulta que…

2. No hay comunión sin misterio

Existe un gran peligro en nuestra vida pastoral, y es olvidar de dónde nace nuestra comunión. Si miramos la vida de las Dió­cesis, parroquias, comunidades, movimientos, institutos religio­sos, etc., estamos demasiado preocupados, a lo mejor exagero, por la organización y la eficacia. La gran palabra, casi mágica, que ha sustituido a la de comunión, es ¡ coordinación! Y enton­ces, en esta gran tarea que es vivir la Comunión, nos parece que somos nosotros los que «construimos y organizamos» la Iglesia. En algunas ocasiones parecemos, sin más, «compañeros unos de otros». Nosotros programamos, nosotros revisamos… Es el peli­gro de un «eclesiocentrismo organizativo».

El texto de Lc 5,1-11 nos puede ayudar a comprender estas palabras y a encontrar soluciones y caminos nuevos. En este texto de la pesca milagrosa en medio de la noche, Juan y Santia­go son designados como «koinonoi» (compañeros); también de Pedro. Esto es precioso. ¡Y que palabra más bonita! Compañeros de un mismo trabajo, una misma barca. Son compañeros de una tarea común, compartiendo los bienes, la propiedad común. Es una forma de trabajo común admirable.

Pero el Texto nos señala algo más. Esta comunidad de traba­jo es preludio de una nueva compañía (nueva Koinonía). ¿Y cómo sucede esto? Será por la llamada pro-cedente y pre-ceden­te de Jesús. Esta llamada, don de su Gracia, se produce cuando Jesús, después de una noche de fracaso absoluto, les dice: «Remad mar adentro». Y Pedro, «por la Palabra» de Jesús, echa de nuevo las redes alcanzando una pesca abundante.

Los discípulos serán la «nueva Koinonía» por la llamada de Jesús, por el milagro de su Gracia que proporciona la riqueza del mar, tras una noche sin esperanza. Esta Comunión nace del Señor. Y así: son «uno» en Él; «uno» entre ellos; «uno» para la misión.

Nosotros estamos en la barca de la Iglesia. Somos compañe­ros unos de otros, es verdad. Pero, sobre todo somos los compañeros del Señor. El es el Fundamento de nuestra Comunión. La acogida del Don precede a la comunión y a la misión. La dimen­sión horizontal resulta de la vertical, y sólo desde esta puede entenderse aquella.

Buen comentario es este texto de san Juan: «Permaneced en mí, como yo en vosotros; lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo; así tampoco vosotros si no permanecéis en rní» (Jn 15,4)

3. No hay misión sin recapitulación

Es reconocido por todos nosotros el gran esfuerzo que en la Iglesia hemos hecho en el servicio a los pobres y la lucha por la justicia. La Pascua del Señor que acontece en la Eucaristía nos lleva a la transformación escatológica del mundo para el Reino de Dios, que se anticipa ya en la Mesa del Señor. Y en esta trans­formación escatológica del mundo, el servicio a los pobres y la promoción por la Justicia es esencial.

Es verdad que, reconociendo los muchos esfuerzos, hay tam­bién algunas lagunas, como las que brevemente señalaré:

Nos hemos quedado en algunas ocasiones solamente con la evangelización como enseñanza. Además del «eclesiocentrismo organizativo», hemos caído en un «eclesiocentrismo catequéti­co». Y no hemos unido a la dimensión evangelizadora la dimen­sión caritativa, separándolas.

Por otra parte hemos hecho un «escapismo» del mundo, diso­ciando oración, Palabra, Eucaristía, Sacramentos… del proyecto de amor trinitario sobre los hombres y sobre el Universo.

Hemos delegado, también, el servicio a los pobres a otros. Dedicándonos sólo a tareas evangelizadora-catequéticas, le «hemos pasado» esta tarea de servir a los pobres a «personas carismáticas» («es cosa suya»); a instituciones coma Cáritas o Institutos Religiosos («para eso están»). Y no hemos creado verdaderas comunidades evangelizadoras-servidoras de los pobres y de promoción por la justicia.

Pero nos vamos a fijar, sobre todo, en un aspecto que hemos descuidado. ¿No hemos dado, en algunas ocasiones, la impre­sión de haber sido en este aspecto simples agentes sociales del servicio a los pobres? Como si simplemente fuésemos una aso­ciación de servicios sociales o de promoción humana. Hemos desligado esta tarea del Misterio de Dios y de la Recapitulación que esperamos.

Solamente la «dinamización de la historia» no vale. Esto es caer en un «cosmocentrismo», donde el aspecto evangelizador y creador de una humanidad y creación Nuevas lo hemos margina­do y olvidado ¿No hemos identificado, en algunas ocasiones, nuestro logros sociales y caritativos, con la plenitud del Reino de Dios? ¿No nos hemos apoyado, en ocasiones demasiado, en ins­tituciones, medios y subvenciones que han desvirtuado lo genui­no del Evangelio?

Es elocuente el texto del Libro de los Hechos de los Apóstoles, por otra parte muy conocido. Pedro y Juan suben al Templo a orar. Un paralítico se acerca y le pide limosna. Pedro le responde: «No tengo oro ni plata; pero lo que tengo te doy en nombre de Jesucristo… ponte andar.» (Hech 3,1-10).

También el Texto de la curación de los diez leprosos. Invocan a Jesús su curación; Él les envía a los sacerdotes y por el camino quedan limpios de la lepra. Sólo uno vuelve «y rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y este era un Samaritano» (Lc 17,16). Nueve de ellos quedaron «curados» y uno «salvado».

Hemos de realizar «gestos más escatológicos». Y esperar la Consumación de nuestro esfuerzo por la llegada del Reino. Ges­tos como la semilla sembrada (Mt 13,24), o el grano de mostaza (Mt 13,31) o la levadura (Mt 13,33), que van creciendo lenta­mente, transformándolo todo desde el interior, hasta que «pase este mundo» (1Cor 7,31) y oigamos decir «al que está sentado en el trono: ‘Mira que hago un mundo nuevo (Ap 21, 5).

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