¿Qué tiene que producirse en la Iglesia de hoy para que pueda comunicar al Dios de Jesucristo como Buena Noticia para el hombre contemporáneo?
¿Qué ha de suceder en las comunidades cristianas para que se pueda desencadenar una «nueva evangelización», es decir; la comunicación viva del Evangelio como algo nuevo y bueno?
Estas son las preguntas que subyacen en el trasfondo de esta reflexión que tiene cuatro partes:
En un primer momento, tomaremos conciencia de un hecho básico. No hay evangelización si no hay experiencia del Espíritu. No habrá nueva evangelización si no arranca de una nueva experiencia pascual.
En un segundo momento, reflexionaremos sobre la llamada a la tarea evangelizadora. No hay evangelización si no hay evangelizadores.
No habrá nueva evangelización si no se escucha de manera nueva y vigorosa la llamada a evangelizar y si no crece la espiritualidad apostólica de los creyentes.
La nueva evangelización trata de hacer presente el Evangelio en medio de una sociedad que se va alejando de Dios, pero que necesita descubrir su verdadero rostro.
En la tercera parte, veremos cómo la nueva evangelización sólo la harán posible aquellos que vivan hoy una nueva experiencia de Dios, Amigo y Salvador del hombre.
Por último, se ofrecen algunas pistas para cuidar y desarrollar una oración capaz de suscitar y alimentar la nueva evangelización.
1. LA ACOGIDA DEL ESPIRITU FUENTE DE NUEVA EVANGELIZACION
No hay evangelización si no hay Pentecostés. La nueva evangelización sólo nacerá de una nueva experiencia del Espíritu.
1. La experiencia pascual, desencadenante de la evangelización
Los relatos pascuales nos ofrecen un dato básico y central. Los encuentros con el Resucitado terminan invariablemente en una llamada a la evangelización. «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21); «Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24, 48); «íd y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19); «íd por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).
El encuentro con Cristo resucitado no se puede callar, hace surgir el anuncio, provoca la evangelización. Esta evangelización no es, en definitiva, sino la comunicación de la experiencia pascual. La exigencia de evangelizar sólo irrumpe entre los discípulos cuando han vivido la experiencia gozosa de la salvación que Dios realiza en Jesucristo. Sin esta experiencia fundante no hay evangelización.
Esto es de enorme importancia para entender y enraizar bien la nueva evangelización. «Evangelizar» es actualizar o reproducir hoy esa experiencia salvadora, transformadora, esperanzadora, que comenzó con y en Jesucristo. Dicho de otro modo, «evangelizar» es hacer presente hoy en la vida de las personas, en la historia de los pueblos, en el tejido de la convivencia social, en los conflictos, los gozos, las penas y trabajos del hombre actual, esa fuerza salvadora que se encierra en la persona y el acontecimiento de Jesucristo.
Por eso, la acción evangelizadora hacia otros arranca siempre de la experiencia personal de la salvación de Jesucristo vivida por los mismos creyentes en el seno de la comunidad cristiana. Para san Pablo, el Evangelio es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1, 16). Así se produce siempre la verdadera evangelización: como una penetración de la fuerza salvadora de Dios en la historia de los hombres, a través de unos creyentes que han hecho o, mejor, están haciendo en su propia vida esa experiencia salvadora.
Este es el dato que no se debe olvidar. La evangelización es siempre expansión, irradiación, comunicación de la experiencia de salvación que vive el creyente o, mejor, la comunidad de creyentes. Sin nueva experiencia pascual no hay nueva evangelización. Por muchos cambios y mejoras que se introduzcan en el trabajo, las estructuras o la organización pastoral, la Iglesia no tendrá más fuerza evangelizadora si en su interior no hay una experiencia más viva de la salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo.
2. El vacío de una evangelización sin Espíritu
La Iglesia nace, vive, crece y evangeliza animada por el Espíritu. El es el «dador de vida», el principio vital que impulsa la acción evangelizadora. Por eso, el mayor error que puede cometer la Iglesia de hoy, al impulsar la nueva evangelización, es pretender sustituir con la organización, el trabajo, la estrategia o la planificación lo que sólo puede nacer de la fuerza del Espíritu.
El olvido del Espíritu trae siempre graves consecuencias para la evangelización. Sin el Espíritu, Cristo se queda en un personaje del pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia pura organización. Sin el Espíritu, el trabajo pastoral se convierte fácilmente en actividad profesional, la evangelización en propaganda religiosa, la acción caritativa en servicio social.
Sin el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, la liturgia se congela, los carismas se extinguen, la esperanza es reemplazada por el instinto de conservación, la audacia para la misión desaparece. Sin el Espíritu, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la catequesis se hace adoctrinamiento, la vida de la Iglesia se apaga en la mediocridad, incapaz de irradiar y comunicar la Buena Noticia de Dios al mundo actual.
3. Hacia una evangelización animada por el Espíritu
Tal vez, el problema más decisivo a la hora de impulsar la nueva evangelización es ver cómo queremos sembrar y de dónde esperamos el fruto correspondiente, si de la carne o del Espíritu (Ga 6, 8). Nuestra primera tarea hoy es «hacer sitio» al Espíritu dentro de la Iglesia y de las comunidades cristianas. Acoger al Espíritu en lo hondo de nuestros corazones y en el interior de la actividad pastoral y evangelizadora. Esta acogida del Espíritu es don y es lucha que hemos de vivir en oración y vigilancia según la invitación de Jesús: «Vigilad y orad … porque el Espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mc 14, 38).
Esta experiencia del Espíritu en una Iglesia que desea impulsar una nueva evangelización no se puede planificar ni programar. Ella misma es don gratuito del Espíritu. Pero sí se puede suscitar la invocación, despertar la atención a lo interior, sugerir caminos de apertura al Espíritu, cuidar más la oración apostólica propia del evangelizador, impregnar y animar nuestro trabajo de alabanza y adoración.
En cualquier caso, la Iglesia de hoy está necesitada de esa experiencia fundante que hizo posible la primera evangelización. Está necesitada de un «nuevo Pentecostés», que no se producirá sin una nueva experiencia de la oración del cenáculo: «Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1, 14). Pretender impulsar la nueva evangelización sin esta experiencia de oración y de Espíritu es privarla desde el comienzo de su verdadera eficacia y contenido.
II. CONVOCADOS A UNA NUEVA EVANGELIZACION
El Evangelio no es una realidad que flota en el vacío. El Evangelio es siempre «acontecimiento histórico». Nunca, en ninguna parte, existe en sí mismo y por sí mismo. El Evangelio se encarna y existe en personas concretas que lo anuncian y comunican y en personas concretas que lo acogen y lo viven. Por eso, no existe evangelización sin evangelizadores. Y no acontecerá una evangelización nueva si no hay evangelizadores nuevos.
El problema vocacional del que tanto se habla hoy en la Iglesia occidental, no consiste, sobre todo, en la escasez del número de sacerdotes y religiosos, sino en la ausencia de la experiencia de vocación. No se escucha la llamada del Resucitado a evangelizar. Son muchas las parroquias, las comunidades y grupos cristianos que viven su fe sin sentirse llamados a comunicarla.
Son muchos los cristianos, incluso practicantes convencidos, que viven sin sospechar siquiera que ellos puedan tener alguna responsabilidad de anunciar y comunicar algo a los demás.
El Vaticano II afirmaba, sin embargo, que «la Iglesia entera es misionera y la obra de la evangelización es un deber fundamental del Pueblo de Dios».Despertar esta conciencia de que todo el Pueblo de Dios es portador activo de la evangelización y de que todos estamos llamados a evangelizar, representaría hoy entre nosotros una novedad de gran alcance. Si queremos echar las bases de una nueva evangelización es necesario despertar la vocación misionera y el potencial evangelizador de los creyentes, las familias, los grupos cristianos, las comunidades y las parroquias.
1. La llamada a la evangelización
La llamada a la evangelización no se despierta sin más en el trabajo, en medio de la agitación y la actividad nerviosa. No nace automáticamente de la lectura de los objetivos y programas pastorales. La llamada a la misión sólo se capta en un clima de atención, apertura y escucha a Aquel que nos está llamando. De ahí, la importancia de la oración para la misión evangelizadora.
No cualquier oración. Una oración hecha de silencio y de escucha a ese Dios que, en Cristo, ama a todos los hombres y quiere que «todos lleguen al conocimiento de la verdad». Para que surjan hoy nuevos evangelizadores no basta una oración que nos lleve a ahondar en las exigencias y el contenido de la nueva evangelización. Es necesario escuchar la llamada. Es necesario el encuentro con el que nos llama. Sólo en el encuentro amoroso y silencioso se escucha la llamada a la misión, algo se conmueve dentro de nosotros, se despierta la seducción por la tarea evangelizadora, todo nuestro ser se siente llamado a proseguir hoy la acción salvadora, sanadora y esperanzadora del mismo Cristo.
Por otra parte, la vocación siempre es personal. La ha de escuchar cada creyente. Hay siempre una llamada dirigida a mí, a la que nadie puede responder en mi nombre. Esta respuesta insustituible la he de dar yo. Por eso, la verdadera vocación a la evangelización sólo puede nacer de este encuentro personal. San Juan destaca bien esta dimensión vocacional en la experiencia pascual de María Magdalena. María reconoce al Resucitado en el momento en que se siente llamada por su propio nombre: «María». Sólo entonces podrá escuchar personalmente su misión: «Vete donde los hermanos y diles … Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: «He visto al Señor» (Jn 20, 16-18).
Nuestra Iglesia está necesitada de esta oración en la que los creyentes se sientan llamados por su propio nombre a la tarea evangelizadora.
2. Espiritualidad apostólica
No basta escuchar la llamada. La nueva evangelización está pidiendo el desarrollo de una espiritualidad apostólica: aprender a vivir como enviados de Jesucristo, entender y vivir la existencia cristiana como servicio a la evangelización, sentirse destinados a la difusión y crecimiento del Reino de Dios.
Esta espiritualidad apostólica nace y se alimenta en la oración, pues la espiritualidad del apóstol o enviado consiste en vivir desde Otro para otros, vivir desde Cristo para los hermanos. San Pablo dice que ha recibido de Jesucristo «la gracia y el apostolado» (Rm 1, 5). Sólo en la experiencia del encuentro con Cristo se desarrolla la personalidad apostólica y el creyente se sabe «escogido para el Evangelio de Dios» (Rm 1, 1).
Con frecuencia, el apostolado se suele considerar como algo añadido al ser cristiano. Una acción, un deber, una consecuencia que algunos extraen de su vivencia de la fe. La nueva evangelización no tendrá fuerza si en nuestras comunidades no se capta que «todo cristiano, por el hecho de serlo, participa de la condición de enviado propia de Jesucristo y es, por tanto, por el sólo hecho de ser cristiano, enviado, apóstol, evangelizador».
Como recordaba D. Bonhöffer, Jesús dice: «Vosotros sois la sal de la tierra»; no dice «debéis ser la sal» o «vosotros tenéis la sal». Jesús dice «sois la luz del mundo»; no dice «debéis ser la luz» o «vosotros tenéis la luz». Es la fe misma la que, vivida hasta el fondo, se convierte en Evangelio, anuncio, testimonio, irradiación del Reino de Dios.
La nueva evangelización no será posible sin el desarrollo de la personalidad apostólica de los cristianos, y esto exige una oración que ayude a pasar de una vivencia de la fe centrada en uno mismo a una existencia cristiana volcada hacia los demás. Una oración en la que el creyente se sienta arrastrado por la corriente del amor de Dios a los hombres. Una oración en la que se vea remitido y enviado a los hombres como destinatarios de la ternura del Padre. Una oración donde la adhesión a Cristo, Enviado de Dios a los hombres, nos vaya configurando como apóstoles.
Esta «oración apostólica» es absolutamente necesaria para que en nuestras comunidades cristianas se pase de una fe vivida como en secreto y a escondidas a una fe confesante, de una fe vivida de forma privada a una fe expresada y anunciada, de una fe vivida como de incógnito a una fe testimoniada y encarnada en el mundo, una fe que desarrolla su fuerza salvadora en medio de la sociedad.
III. UNA NUEVA EXPERIENCIA DE DIOS COMO BUENA NOTICIA
«Evangelizar» en su sentido más original, quiere decir literalmente «anunciar una Buena Noticia», y, en su contenido cristiano, significa anunciar, comunicar, hacer creíble la Buena Noticia de Dios. Por eso, al hablar de «nueva evangelización», no podemos eludir una pregunta clave: ¿Puede el Misterio de Dios llegar a ser Buena Noticia en nuestra sociedad, algo realmente nuevo y bueno para los hombres y mujeres de hoy? ¿Qué tiene que suceder para que Dios pueda ser experimentado como Buena Noticia? ¿Qué tiene que producirse para que la Iglesia y los creyentes puedan introducir «el evangelio», Buena Noticia de Dios en esta sociedad?
No es una pregunta más. Es probablemente la pregunta clave para imprimir la dirección correcta a la evangelización en el momento actual. Es necesario, sin duda, preguntarnos cómo ha de ser la nueva evangelización, «nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión», según las palabras de Juan Pablo II. Pero, antes, habremos de preguntarnos cómo va a ser en verdad «evangelización», es decir, noticia nueva y buena de Dios. ¿Cómo actualizar hoy a ese Jesús que «proclamaba la Buena Noticia de Dios»? (Mc 1, 14).
1. En medio de una sociedad que se aleja de Dios
La nueva evangelización no tiene como horizonte el mundo pagano, sino una sociedad que «está de vuelta» del cristianismo. La indiferencia religiosa actual es un estado al que muchos han llegado después de tener contacto con la fe cristiana. Para estas personas, el cristianismo no tiene ninguna novedad. Lo cristiano les resulta algo sabido. Un discurso repetitivo y vacío que ya no encuentra eco en sus conciencias. Por otra parte, muchos no guardan buen recuerdo de su experiencia religiosa. De ser cierto lo que dicen, el Dios que han conocido no ha sido para ellos gracia liberadora, fuerza y alegría para vivir, fuente de sentido y esperanza. Al contrario, en ellos ha quedado el oscuro recuerdo de un Dios peligroso y amenazador, que no deja ser ni disfrutar, alguien que hace la vida del hombre más dura y difícil de lo que ya es por sí misma. Y, naturalmente, van prescindiendo de El.
Por eso, en el arranque mismo de la nueva evangelización hay preguntas que no hemos de ignorar. Estos hombres y mujeres, aparentemente tan desinteresados por la religión, ¿ya no la necesitan? ¿Qué queda en ellos de esa fe que un día habitó su corazón? ¿Se han cerrado para siempre al Dios de Jesucristo? ¿Cómo acercar a Dios a estas personas que, habiendo oído hablar de El, hoy le dan la espalda? ¿Cómo hacer creíble a Jesucristo a personas que lo rechazan, después de haber escuchado, de alguna manera, su mensaje?
En el trasfondo de todas estas preguntas subyace un grave interrogante: ¿Hemos perdido los creyentes capacidad para presentar la salvación cristiana como Buena Noticia? ¿Qué es lo que ha sucedido después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué el anuncio cristiano ya no es Buena Noticia para muchos? ¿Es problema sólo y exclusivamente de la sociedad actual? ¿O es problema también de que «la sal se ha desvirtuado» y de que «la luz ha quedado oculta»?
Hace unos años, E. Schillebeeckx hacía esta grave afirmación:
«La razón primordial de que nuestras Iglesias se vacíen parece residir en que los cristianos estamos perdiendo la capacidad de presentar el Evangelio a los hombres de hoy con una fidelidad creativa, junto con sus aspectos críticos, como una buena nueva (a lo sumo lo hacemos verbalmente: hablando autoritariamente del Evangelio y de la buena nueva que debe aceptarse por respeto a la autoridad del Nuevo Testamento). Y ¿quién querrá escuchar lo que ya no se presenta como una noticia alentadora, especialmente si se anuncia en tono autoritario invocando el Evangelio?»
2. Comunicar a Dios como Buena Noticia
Lo primero y decisivo en la nueva evangelización es saber comunicar a Dios como Amigo y Salvador del hombre de hoy. Dios sólo será de nuevo Buena Noticia si pueden captar en nuestro anuncio lo que la gente captaba en la predicación de Jesús: que Dios está siempre del lado del hombre frente a todo mal que lo oprime y esclaviza; que sólo interviene en nuestra vida para salvar, liberar, potenciar y elevar la vida; que sólo busca y exige lo que es bueno para el ser humano.
Todo esto exige revisar y purificar el contenido de nuestro anuncio, la imagen de Dios que sale de nuestros labios, el lenguaje que empleamos, el tono, la fe que ponemos en nuestra palabra, la forma de presentar la moral evangélica, la conversión a Dios, la salvación. ¿Es realmente el Dios revelado en Jesucristo a los pequeños, a los pecadores, a los enfermos el que se deja entrever en nuestra palabra? La nueva evangelización nos ha de recordar que se nos ha confiado «el ministerio de la reconciliación». Así se expresa san Pablo: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación» (2Co 5, 18-19).
Pero, naturalmente, no basta revisar y purificar la imagen de Dios que transmitimos con los labios. Jesús no sólo anuncia a un Dios bueno para el hombre, él mismo es bueno. No sólo habla de un Dios perdonador, él mismo acoge, comprende, perdona, libera de la culpa y la confusión. No sólo predica a un Dios Salvador, él mismo sana, reconstruye a las personas, crea fraternidad, da fuerzas para vivir y esperanza para morir. Jesús él mismo era Buena Noticia, Evangelio de Dios, «parábola viviente» de un Dios bueno.
Por eso, no basta una predicación más «correcta» sobre Dios. Es necesario que los que hablan de Dios sean buenos. Así de sencillo. La nueva evangelización la impulsarán hombres y mujeres buenos. Creyentes que, por su manera de ser, de actuar y reaccionar, por su compromiso en favor de los débiles y los indefensos, por su solidaridad y cercanía a las víctimas, introduzcan algo bueno de Dios en la vida de los hombres y mujeres. Testigos de la misericordia y la ternura de Dios hacia todo hombre. Sólo ellos pueden anunciar a un Dios Amigo. Sólo ellos pueden despertar la esperanza.
3. Nueva experiencia de Dios
No habrá, pues, evangelización nueva si no hay en los que la impulsan una experiencia nueva y gozosa de un Dios Amigo. Son los mismos evangelizadores los que han de experimentar que Dios es bueno, que encontrarse con El hace bien, que acoger su gracia hace vivir de manera más plena y positiva. No se trata de una convicción teórica, sino de una experiencia vivida.
Si falta esta experiencia, todo se vuelve rutinario y pesado. La evangelización se convierte en una carga que se hace por pura obligación, pero que ha perdido su motivación e inspiración más profundas. Se anuncia a Dios, pero sin gozo ni entusiasmo alguno; se predica a Jesucristo, pero sin la convicción de que se está ofreciendo lo mejor para el hombre; se exhorta a la conversión a Dios, pero no como camino de vida más plena y liberada.
No se puede comunicar la fe como algo bueno y verdadero si no es desde la propia experiencia. Si esta experiencia falta, no habrá verdadera comunicación de «Evangelio». La evangelización nace del gozo, del agradecimiento. Sólo se anuncia una Buena Noticia a otros cuando uno mismo la ha saboreado. En la raíz de la nueva evangelización es necesaria una oración que permita y favorezca la experiencia de Dios como Buena Noticia.
IV. PEDAGOGÍA DE UNA ORACIÓN PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Hay que orar. No sólo hablar de oración o decir que hay que orar. Hay que hacer oración. Es una ingenuidad afirmar que toda la vida es oración, que el trabajo pastoral es oración, o que la acción evangelizadora es oración. Las cosas son lo que son. Es cierto que el Espíritu puede y debe animar toda nuestra actividad. Es verdad que hay que ser «contemplativos en la acción». Pero no es licito desdibujar el valor y la originalidad específica de la oración.
Hay que recordar, por una parte, que no hemos de convertir la oración en estrategia para ninguna otra cosa. La oración es para orar. Lo que hemos de buscar en la oración es el encuentro con Dios, la comunicación y apertura a su Misterio, la acogida de su gracia. Presentir a Dios, acogerlo, invocarlo, estar con El, gozar de su presencia, alabar su grandeza, cantar su gracia, vibrar con su amor. Para eso es la oración.
Pero, precisamente por ello, la oración es la experiencia clave para despertar, alentar, sanar y purificar nuestra acción evangelizadora. La experiencia decisiva para discernir y animar el anuncio de Dios y la implantación de su Reino.
1. La experiencia de un Dios bueno
No se trata de aprender cosas sobre Dios, sino de encontrarse con El, aprenderle a El: Dios, nuestro gozo y nuestro sumo bien. Saborear a Dios. Vivir la invitación del salmo; «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34, 9).
La fe cristiana es un hecho vital antes que doctrinal, pues brota de la experiencia de habernos encontrado con el Dios vivo revelado y encarnado en Jesucristo. Por eso, la evangelización no se realiza tanto por la transmisión de una doctrina cuanto por la comunicación de una vida.No podemos transmitir lo que no vivimos. Las palabras se vuelven contra nosotros vacías y envenenadas, cuando no nacen de nuestra propia experiencia. El trabajo pastoral se vacía de contenido y de significado.
La experiencia de un Dios bueno, vivida en la oración, puede introducir una verdadera novedad en la evangelización. La novedad de unos creyentes capaces de dar testimonio de Dios desde su propia experiencia de fe y desde su vida convertida y transfigurada por el Espíritu. La evangelización cobra otra fuerza cuando, en el trabajo pastoral, hay testigos que pueden narrar su propia experiencia de Dios.
2. El amor al hombre de hoy
La oración del evangelizador está transida por el amor apasionado de Dios al hombre. La experiencia de Dios lleva siempre a la preocupación por el hombre. «Es falsa la contemplación cristiana que no se ocupe de discernir continuamente las huellas del Amado entre las sendas de los hombres… No hay ningún contemplativo cristiano que intente gozar a Dios sin seguirle a través de su compromiso con el hombre. Habrá otras clases quizá de contemplación, pero la contemplación cristiana siempre anida en la unidad del único mandato de Jesús: el amor a Dios y el amor a todas las personas».
Dios ama apasionadamente al hombre y a la mujer de hoy. Lo entiende, lo acoge, lo perdona, busca para ellos un futuro siempre mejor, quiere su salvación. La nueva evangelización no nacerá del desprecio o del rechazo, del recelo, el miedo o la condena del hombre moderno, sino desde el amor que se alimenta en el amor mismo de Dios, «que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
Sólo quien ama a los hombres y mujeres de hoy, con sus problemas y conflictos, con sus contradicciones y miserias, con sus conquistas y sus fracasos, con sus anhelos y su pecado, está capacitado para evangelizar. Quien no sienta compasión y ternura por las muchedumbres como sentía Jesús (Mt 9, 36), no evangelizará.
3. Cercanía a los increyentes
Quien acoge en sí mismo el amor de Dios, mira con simpatía inmensa a toda persona, también a quienes caminan por la vida con aire indiferente o incrédulo. Son hermanos. Hijos del mismo Padre. También en ellos actúa el Espíritu. Todos caben en el corazón de Dios. La oración del evangelizador debería ser «simpatía mística con las víctimas de la incredulidad».
La nueva evangelización sólo nacerá de «una actitud amistosa y dialogante, que sólo es posible cuando los creyentes sabemos compartir los problemas e interrogantes del hombre de hoy sin colocarnos secretamente al margen o por encima de los que no creen».La persona que vive acosada por la indiferencia o minada por las dudas y la incertidumbre, no podrá escuchar un mensaje de salvación si percibe en los creyentes arrogancia, secreta superioridad o incapacidad para escuchar sus críticas, sus prejuicios o su búsqueda.
La oración nos ha de hacer amigos de las personas, amigos de quienes no aciertan hoy a creer ni a invocar.
4. Enviados a los pobres
El Espíritu está en Jesús enviándolo a los pobres. Lo unge para establecer en el mundo el Reino de Dios y su justicia, para expulsar el mal que oprime y deshumaniza. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres» (Lc4, 18).
La oración del evangelizador ha de ser, de alguna manera, «unción del Espíritu» que también hoy nos envía a los pobres e indefensos como los primeros destinatarios de la evangelización. Son las víctimas, los agredidos en sus derechos fundamentales, los maltratados por la vida, los que están pidiendo más que nadie el anuncio y la venida del Reino de Dios y su justicia.
El Papa Juan Pablo II lo ha recordado con claridad. «La nueva evangelización no sería auténtica si no siguiera las huellas de Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres».
Si no hay signos de la Buena Noticia para los pobres, ¿qué es lo que estamos anunciando y comunicando? Si no hay solidaridad, defensa y lucha por los «nuevos pobres», ¿dónde está la novedad de la «nueva evangelización»?
5. Audacia para evangelizar
No es fácil hoy hacer presente el Evangelio en medio de un mundo muchas veces indiferente e, incluso, hostil. En las primeras comunidades cristianas se habla de una cualidad indispensable en el evangelizador. Es el coraje, la audacia para la tarea evangelizadora. Es uno de los primeros frutos del Espíritu en su Iglesia. Los Hechos de los Apóstoles nos describen la oración de los discípulos cuando se inicia la persecución en Jerusalén: «Ahora, Señor, fíjate cómo nos amenazan y da a tus siervos plena valentía para anunciar tu mensaje… Al terminar la oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía el mensaje de Dios» (Hch 4, 29-31).
Esta oración nos es hoy absolutamente necesaria. La audacia para la nueva evangelización sólo podrá desencadenarse desde la confianza en la acción del Espíritu. Son bastantes los que perciben hoy la tarea evangelizadora como excesiva y desproporcionada para nuestras fuerzas. Nuestras comunidades envejecen. Nos falta experiencia para evangelizar el mundo moderno. Se extiende la tentación de Moisés: «No me creerán», «no sé hablar», «no escucharán mi voz» (Ex 4). Es el momento de orar. No se nos pide un esfuerzo por encima de nuestras posibilidades. El Espíritu de Dios está actuando ya, no sólo en la Iglesia, también en esa sociedad descreída e indiferente. Está actuando en el corazón de todas las personas antes de que nosotros empecemos a organizar nuestra pastoral. Lo que se nos pide es colaborar en la acción salvadora que Dios está llevando a cabo en la historia. Los evangelizadores no son sino «cooperadores de Dios» (ICo 3, 9). De ahí la necesidad de la oración.
6. La aceptación de la cruz
La evangelización no se lleva a cabo sin cruz. El Evangelio siempre encuentra resistencia en el mundo y en la misma Iglesia. Por eso, no es extraño que quien participa en la misión de Cristo se encuentre más de una vez con el rechazo, la crítica o el conflicto. La evangelización no se lleva adelante mediante la fuerza, el poder o el éxito, sino en la debilidad y la pasión. El apóstol san Pablo hacía alusión a sus persecuciones, tribulaciones, heridas y cicatrices para acreditar su apostolado (2Co 6, 7). También hoy es así. La cruz es signo de la verdadera evangelización. Pocas cosas ayudan más a discernir los caminos del Espíritu que tratar de ver dónde están hoy los mártires, dónde se padece la crucifixión, dónde está la Iglesia llevando la cruz, dónde se produce el rechazo del mundo.
Necesitamos orar para asumir las nuevas cruces de la evangelización hoy, las tensiones, conflictos y sufrimientos que lleva consigo el servicio fiel al Evangelio. Tal vez, deberíamos sorprendernos, no por los conflictos existentes, sino por la falta de conflictividad o por la excesiva armonía entre la Iglesia y una sociedad a la que se considera tan poco cristiana. Sólo la cruz y el martirio pueden purificar nuestra acción evangelizadora y sacudirnos a todos de la apatía, las falsas seguridades y las fáciles acomodaciones de derechas o de izquierdas.
La evangelización exige fidelidad al Evangelio incluso cuando es mal recibido. Las incomprensiones, el rechazo, las críticas o la persecución no deben encadenar la Palabra de Dios. Así escribe san Pablo desde la cárcel a su compañero de evangelización, Timoteo: «Estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor, «pero la Palabra de Dios no está encadenada» (2Tm 2, 9). Esta libertad para evangelizar asumiendo la cruz es fruto del Espíritu y de la oración. San Pablo se siente fuerte en la debilidad. Es la ley de todo apostolado: «Estoy contento en las debilidades, ultrajes e infortunios, persecuciones y angustias por Cristo; pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Co 12, 10).
7. La comunicación de la esperanza
En unos tiempos en que la pérdida de horizonte, la incertidumbre ante el futuro y el oscurecimiento de metas y referencias están provocando una profunda crisis de esperanza, la nueva evangelización ha de ser, antes que nada, comunicación de la esperanza cristiana. La Iglesia tiene «la responsabilidad de la esperanza». Su primer quehacer es despertar en el mundo la esperanza de Jesucristo. Antes que «lugar de culto» o «instancia moral», la Iglesia ha de entenderse a sí misma como «comunidad de la esperanza».
En ese «apostolado de la esperanza» encuentra ella su verdadera identidad, lo que la convierte en «testigo del Resucitado». Y si la Iglesia, minada ella misma por su pecado, cobardía o mediocridad, no tiene fuerza para generar esperanza en el mundo, en esa misma medida está defraudando su misión, pues «la misión hoy realiza su servicio tan sólo si contagia de esperanza a los hombres».
Si la evangelización no comunica esperanza cristiana no es evangelización. Esta esperanza no se basa en cálculos y análisis optimistas de la realidad; no es el optimismo que nace de unas perspectivas halagüeñas; no es tampoco olvido de los problemas y dificultades. La esperanza cristiana nace del vivir «enraizados y edificados» en Jesucristo (Col 2, 6). Como dice san Pablo, lo importante es que el «hombre interior», que vive de la fe, no se desmorone. «Aunque nuestro exterior se vaya desmoronando, nuestro interior se renueva de día en día» (2Co 4, 16). La esperanza sólo brota del Señor. «Mire cada cual cómo está construyendo. Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto: Jesucristo» (ICo 3, 10-11). Necesitamos una oración que alimente nuestra esperanza.
La nueva evangelización no es un acto de voluntarismo que de pronto nos moviliza a todos. No es una consigna que nos llega desde fuera. No es un objetivo prioritario que aparece escrito en nuestros programas pastorales. Es mucho más. Es una experiencia que el Espíritu viene preparando en su Iglesia a partir, sobre todo, del Concilio Vaticano II. Es un don y una tarea que hemos de acoger y vivir en oración.






