Una mirada lúcida sobre el presente: nuestra identidad vicenciana hoy

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Benjamín Ramaroson, C.M. · Translator: Fernando del Castillo Flores, C.M.. · Year of first publication: 2005 · Source: Vincentiana, Mayo-Junio 2005.
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La segunda parte del Documento Final nos pide tener una «mi­rada lucida sobre el presente». Esta expresión exige que concentre­mos nuestra energía no tanto para añorar un pasado mítico sino para descubrir nuestra identidad en el contexto que estamos viviendo el fenómeno de la globalización.

Sobre este punto, nuestro Padre Fundador ofrece un modelo a seguir. Si su época fue rica en maestros de escritos espirituales (es el tiempo de la Escuela Francesa), San Vicente es ante todo un hombre de acción, y son la vida y la experiencia las que le enseñan lo que es oportuno realizar.

«Amemos a Dios hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente… porque hay muchos que preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de gran­des sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración; hablan casi como ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa agradable, ¡ay! Todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No nos engañemos».1

¿Podemos nosotros también proceder como él, partir de la expe­riencia y de la vida para comprender nuestra identidad en este inicio del tercer milenio?

El «presente»

Esta escueta palabra al final del título indica que no se trata de estudiar nuestra identidad tal como era en el pasado, ni tampoco como será en un futuro inmediato sino que lo que nos interesa sobre todo es la identidad que debe animarnos hoy. Ya que como vincen­ciano que trabaya en Madagascar que soy, prefiero afrontar la cues­tión desde la situación de mi propio país. No obstante no vamos a limitar nuestra «mirada» únicamente a las realidades de Madagas­car, porque en la medida que se expongan los argumentos constata­remos que las grandes cuestiones que nos interpelan, son parecidas en todas partes, con algunas diferencias, pero fundamentalmente las mismas.

Aquí en Madagascar, estas grandes cuestiones pueden sinteti­zarse en una expresión muy querida en la provincia: «Como ser ple­namente vicenciano y plenamente malgache» (sady vensansianina no malagasy). No es necesario aquí cambiar el orden de las dos par­tes de la frase; es la primera parte la que establece el dato principal y abre un momento descriptivo en el cual, la segunda parte, llevada por una dinámica natural, añade una especificación suplementaria y en cierto sentido nueva.2 Es el proceso de encarnación. Jesús, el Hijo de Dios es sady Andriamanitra no olombelona (plenamente Dios y plena­mente hombre): «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Así debe ser también el proceso de toda evangelización.

A partir de este hecho podriamos estar tentados a concluir que el tema que abordaría este artículo sería el de la Inculturación, mas aún cuando casi se ha convertido en una moda. No es este exactamente el objetivo que pretendo. Aunque reconozco que es un problema urgen­te3 pero para conseguir esto hacen falta investigaciones más especia­lizadas. Ahora bien, el espacio que me ha sido concedido para la elaboración de la presente exposición no me ofrece esta posibilidad. Esto no será más que una rápida visión del estado de la cuestión. Yo espero que otros estudios profundicen en esta cuestión.

Por diversas razones prefiero reorientar la cuestión y plantearla así: «¿Cómo actuaría San Vicente en este inicio del tercer milenio en Madagascar?».4 Pero quiero asegurar rápidamente que no se trata de una ficción porque, siguiendo a nuestro Padre Fundador, partimos de la situación concreta.

Para poder responder a esta cuestión es importante de retomar el «fin» de la Congregación tal como San Vicente quiso al fundarla.

Fin de la Congregación: carisma vicenciano, identidad vicenciana

Subrayo expresamente que la espiritualidad vicenciana no tiene otro fin que el fin de la Congregación de la Misión.5 Y esto se puede hacer igualmente extensivo incluso a las otras fundaciones vicencia­nas porque es el mismo espíritu que animó a San Vicente de Paúl cuando las organizó. Es verdad que para la CM en sí misma, esta cuestión sobre la finalidad ha hecho correr mucha tinta. Podemos recordar aquí los largos debates apasionados y apasionantes de dife­rentes Asambleas. Pero para San Vicente esto estaba claro desde el principio: «La evangelización de los pobres no es una de las razones de ser de un vicenciano, sino la razón de ser».6 Son las experiencias vividas en Folleville y Chatillon (1617) que impulsaron a San Vicente a crear diferentes fundaciones cuyo único fin es: «Llevar la Buena Noticia a los abandonados y desheredados». Este aspecto tan marcado exigió que la Congregación lo recogiera sin equivoco en el mismo contrato de fundación,7 y lo retomara en todos los textos oficiales. Después en diversas ocasiones, vuelve sobre ello en su correspondencia y a lo largo de sus escritos.8 Para San Vicente la perfección está en evangelizare pauperibus. Es por esto que se puede decir sin ambigüedad que la identidad vicenciana está fundada sobre Evangelizare pauperibus misit me.9

Si queremos por tanto aproximarnos a la espiritualidad vicen­ciana hoy en Madagascar, debemos estudiarla a partir de esta heren­cia vicenciana.

Realidad malgache

Un aspecto que nos ayudará a situar esta espiritualidad es la rea­lidad malgache. Sin querer hacer una aproximación o una compara­ción, la situación que prevalece en Madagascar actualmente nos recuerda en varios aspectos realidades que vivió San Vicente en el siglo XVII en Francia. Esto nos permitirá por tanto subrayar que todo lleva a concluir que este carisma vicenciano debe ocupar el pri­mer puesto en la Evangelización de la isla.

La miseria popular parece alcanzar actualmente su paroxismo. Una simple constatación de alguien que recorre diversas regiones de Madagascar en las zonas de campo y sobre todo en los barrios de las ciudades que aumentan enormemente a causa del éxodo rural, basta para tocar con el dedo la realidad de la pobreza que se manifiesta, sobretodo como privación de las necesidades más elementales. La hambruna castiga por todas partes y lleva su cortejo habitual de epi­demias. Los niños de la calle, 4mis10 se multiplican. Además la inse­guridad reina tanto en la ciudad como en el campo. Esta degradación social se convierte en un terreno propicio a las sectas.

MADELEINE RAMAHOLIMASO, una responsable de la Acción Católica, que ha trabajado en el Consejo Pontificio de Laicos en Roma, con­cluye así una de sus conferencias sobre la situación de Madagascar:

La tentación totalitaria de la ideología marxista11 que ha creado «el hombre nuevo» ha desenraizado y despersonalizado al malgache a partir de ahora sin pasado y sin porvenir. ¿Podemos extrañarnos del atractivo de las sectas o de la droga, de los disturbios frecuentes y de las revueltas rurales?.12

Este cuadro sombrío recuerda situaciones vividas por Vicente en el momento en el que creó las diversas fundaciones. Así las resumía Dodin en su libro St Vincent de Paúl et la Charité:

«Las guerras y las epidemias siempre acompañadas por el hambre devastaban sistemáticamente todas las provincias… Este pueblo mal alimentado, maltratado y con frecuencia alte­rado no puede alcanzar elevado nivel cultural… Semejantes condiciones económicas y culturales favorecen cambios de opinión rápidos y colectivos. En algunas semanas, familias, pueblos, feudos abandonan la fe católica o reniegan del protes­tantismo. Profetas ambulantes alteran las ciudades, mesías de pacotilla desencadenan el entusiasmo y les hunden al mes siguiente en un profundo olvido…».13

Si la realidad es de este modo, ¿cómo podría vivirse el carisma? Intentemos en primer lugar comprenderlo: Evangelizare pauperibus misit me.

Misit me

San Vicente ha querido llamar a la Congregación: Congregación de la Misión. Esto no es algo fortuito, sino que es a propósito. De este hecho, todo vicenciano debe ser misionero, es decir un enviado como Cristo. Debe revestirse del Espíritu de Cristo que ha sido enviado por el Padre:14 «Como el Padre me ha envidado así os envío yo» (Jn 20,21). Lo importante para nosotros en esta palabra de Cristo es como el Padre me ha enviado. El Padre ha enviado a Cristo para revelar su amor y es este amor el que libera y aporta esperanza: esto es la Buena Noticia de la Salvación. Es lo que subraya Jesús retomando el texto de Isaías (Is 61,1-11): «El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18). Otros textos de Isaías resumen admirablemente el sentido profundo de la actividad mesiánica de Jesús y han inspirado a Vicente de Paúl en todo lo que él ha iniciado y deben por tanto animar a cada vicenciano: «Aquel día oirán los sordos las palabras de libro, sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos; los oprimidos volverán a festejar al Señor y los pobres se alegrarán con el Santo de Israel» (Is 29,18-19). «Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará» (Is 35,5-6).

Siendo de este modo, un vicenciano que sigue a Cristo es aquel que es enviado a manifestar el amor de Dios. Ser misionero, es pro­longar a Jesucristo, enviado por el Padre:15

«Y de esto es de lo que hacen profesión los misioneros; lo espe­cial suyo es dedicarse, como Jesucristo, a los pobres. Por tanto, nuestra vocación es continuación de la suya, o al menos, puede relacionarse con ella en sus circunstancias. ¡Qué felicidad, hermanos míos! ¡Y también cuánta obligación de aficionarnos a ella!».16

Esta «empresa» inagururada por el Hijo de Dios y a la cual es llamado un vicenciano es: Evangelizare pauperibus.

Evangelizare pauperibus

Un vicenciano, del mismo modo que Cristo, es por tanto «envia­do» para evangelizar a los pobres. La Evangelización es el tema prin­cipal del último sínodo de África y de Madagascar. Muchos puntos evocados merecen ser profundizados aunque esto no sea posible en el marco de nuestro análisis.17

Si nos referimos a San Vicente hablando de la evangeliza­ción, se pueden resaltar dos líneas directrices que de hecho for­man una sola: la promoción humana y la evangelización. Cuando San Vicente habla de los pobres, se trata ante todo del hombre con­creto, el hombre en la plena verdad de su existencia en su aspiración a «ser mejor» para «ser plenamente humano».18

«Evangelizar al pobre», es decir aportar la Buena Noticia, es por tanto ante todo liberarles del «mal» que le oprime, para «hacerle plenamente humano». Es el primer encuentro de San Vicente con los pobres.19 Considera siempre a estos últimos como «víctimas» que deben ser liberados. Esta liberación no es efectiva hasta que conoz­can a Cristo, el verdadero hombre. En efecto, como dice el Concilio:

«El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. El «imagen de Dios invisible» (Col 1,15), es también el hombre perfecto que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevado en nosotros a dignidad sin igual».20

Este es el recorrido de San Vicente. No vamos a hablar aquí de las practicas cotidianas de esta experiencia vicenciana, pero ¿cómo se puede concebir este carisma hoy en Madagascar?

Continuidad y tradición

No es sorprendente que en un continente cuya mayoria vive por debajo del umbral de la extrema pobreza, el Simposium de las Con­ferencias Episcopales de África y de Madagascar haya hecho suya la opción por los pobres.21 Como vicenciano, no podemos más que ser parte activa. Debemos incluso decir que no es como en ciertos insti­tutos: una opción preferencial. Para nosotros vicenciano, es nuestra razón de ser, ya lo hemos subrayado anteriormente.

La tarea de la promoción humana es una dimensión integral, una exigencia interna de la Evangelización22 porque al pobre que evangelizar no es un ser abstracto, sino sujeto de cuestiones sociales y económica, requiere así un desarrollo integral. Ciertamente la sen­sibilidad no es nueva en la Congregación. Bajo todas las formas de pobreza material o espiritual, de enfermedad o de ignorancia, de carencia o de rechazo, de soledad o de inseguridad, de discrimina­ción o de opresión la pobreza tiene múltiples rostros, ha sido perci­bida concretamente en la vida de los hombres como el punto de partida de la acción de nuestro Padre Fundador.

Pero la realidad que predomina en Madagascar, en este fin del se­gundo milenio, nos lleva («la caridad de Cristo nos urge» [2 Co 5,14]) a descubrir un nuevo «estimulo» de vida de comunión con los des­heredados de todos los ámbitos. La Congregación asumiendo esta tarea, la opción fundamental por los pobres, me atrevo a decir radical por los pobres (debe estar en la raíz de todo lo que el vicenciano rea­lice), responde así a la petición del Papa Juan Pablo II con ocasión de la Asamblea General de 1986: «Esfuércense más que nunca con auda­cia, humildad y competencia, para descubrir las causas de la pobreza y promover soluciones a corto y largo plazo. Haciendo esto, contribuirán a la credibilidad del Evangelio y de la Iglesia».23

¿Cómo puede vivirse todo esto concretamente hoy en Mada­gascar?

«Fihavanana», lugar y camino con los pobres

Es preciso subrayar que no hay «solución-milagrosa» aplicable a todas las situaciones; sólo el amor es el camino a recorrer porque el amor es «inventivo hasta el infinito», (SV XI, 146; ES XI, 65). No obstante de que evangelización es el fundamento de esa liberación, me atreva a decir que no existe una verdadera evangelización fuera de la cultura.24 El Evangelio se desarrolla siempre en una lengua y en una cultura.

Por este motivo sugiero que se reflexione sobre Evangelizare pau­peribus misit me a partir de la categoría del Fihavanana que compro­mete y anima la vida cotidiana del Malgache (el malgache da una gran importancia a la relación de solidaridad de comunión).25 Es decir, los pobres deben ser considerados como unos havana miem­bros del fihavanana y no unos extraños. Un aspecto que merece ser señalado aquí es que no existen palabras en malgache para traducir «forastero», se emplea siempre la palabra vahiny que significa tam­bién huésped. Por tanto para el malgache, no hay extranjero sino que todo el mundo es vahiny, huésped. Pero el pobre no debe ser sola­mente un vahiny, hace falta que sea considerado como un havana. Para que sean verdaderamente havana es necesario que tengan hasina (dignidad), que sean reintegrados en la vida de la sociedad y no como eternos asistidos.

Esta es la verdadera liberación como nos enseña el Papa Pablo VI en su exhortación Evangelii nuntiandi:

«Acerca de la liberación que el evangelización anuncia y se esfuerza por poner en práctica, más bien hay que decir: no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural, sino que debe abarcar el hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto que es Dios… «.26

Para que esto sea efectivo, los vicencianos no solamente deben estar al servicio de los pobres, sino sobre todo estar con los pobres (Circular de Adviento 2004 del Padre General nos exhorta en este sentido). Eso es posible si estamos siempre atentos a la aco­gida, a la hospitalidad que nos comprometen con un verdadero tes­timonio de vida. Y enlazamos aquí con lo que quiso el Padre Funda­dor desde el inicio, el carácter secular de la Congregación para que esté siempre cercana la gente y a los pobres.

Eso debe comenzar en el seno de la comunidad. Ella debe ser un verdadero lugar de Evangelización de los pobres. Para poder serlo realmente, la vida comunitaria debe tomar como modelo la vida de familia:27 un lugar donde se comparte y se participa, un lugar donde nos convertimos en hermanos y hermanas.28

Iglesia-familia, comunidad-familia

San Vicente en sus conferencias sobre la vida comunitaria toma prestado con frecuencia el vocabulario de la familia para hablar de lo que deben ser las relaciones en las comunidades y el papel de la comunidad en la misión.29

Esta categoría de la familia merece ser desarrollada con más motivo ya que el último síno Africano la ha considerado como el con­cepto clave de la Evangelización: «Iglesia-familia».30 Esta idea no es en realidad nueva sobretodo en Madagascar, pero ella ha sido descu­bierta en profundidad para expresar mejor lo que es la Iglesia. En efecto, subrayando este aspecto, se pone de relieve el espíritu de soli­daridad y de comunión proximo al concepto de fihavanana. Y así como en una gran familia malgache, cada uno encuentra su lugar, su sitio y su función; del mismo modo, será también en la Iglesia-familia.

La concretización de este concepto clave pasa por la creación de comunidades eclesiales vivas y maduras31 (= comunidades eclesiales de base). No podemos detenernos en este punto importante de la pastoral. Esto podrá hacerlo otra persona. Simplemente lo indica­mos. En esto también San Vicente ha sido «revolucionario» porque siempre creyó en la participación de los laicos. En efecto, se atre­vió, en primer lugar, a lanzar y a organizar asociaciones de laicos para que los laicos participarán en las obras de caridad y por tanto en la evangelización. Incluso se ha llegado a decir que el lugar que San Vicente otorgó a los laicos fue profético.32 Y más concretamente en Madagascar en este comienzo del Tercer Milenio del cristianismo, los laicos al amparo de su primera Beata Victoire Rasoamanarivo son más urgidos a participar en la evangelización. No habrá una verdadera evangelización sin su colaboración. Son los catequistas que animan las parroquias del campo. Hay que ayudar a ir siempre hacia delante para que encuentren verdaderamente su lugar y la Con­gregación rica en las experiencias de su Padre Fundador puede pro­moverlos.33

¿Qué tipo de formación en un contexto así?

Es necesario realizar un proyecto de formación que responda a este objetivo: plenamente vicenciano y plenamente malgache en el contexto de la globalización. Esto exige una sólida formación humana que favorezca una verdadera madurez para responder a esta cultural global que extediende la ausencia de verdaderos valores humanos, además de una profunda formación espiritual que conduzca a la primacía de Dios. Esto requiere por parte de los formadores un cambio de estrategia en su manera de pensar y de actuar: la experiencia y los encuentros reales con Cristo, los pobres… conocer las doctrinas, los dogmas, la espiritualidad… es necesario. Esto es evidente. Pero requiere, y esto puede ser urgente en el con­texto actual, poner de relieve la experiencia. La experiencia personal e íntima con Cristo es primordial para alcanzar una verdadera opción de vida que no lleve a un auténtico estado de vida. Esto es lo que falta en nuestras procesos formativos. El sacerdote se limita a una función y no a un estado de vida.

Una cosa es conocer intelectualmente a Jesús, y otra es seguir a Jesús; esto requiere una verdadera experiencia personal (cf. el joven rico del Evangelio: conoce «intelectualmente» a Jesús, puesto que le llama «maestro», pero cuando Jesús le llama, no quiere seguirle). Hay que pasar de una formación demasiado intelectual que es lo pro­pio hasta ahora, a una formación «experiencial» (perdonen este neologismo algo vulgar tomado del inglés). Y este método de aproxi­mación de lo que debe ser una formación cercana a nuestra menta­lidad africana y malgache que pone siempre en primer contacto con lo concreto, con la experiencia. En este sentido debe efectuarse una verdadera inculturacion…

Proyecto de formación

Si captamos realmente esta necesidad por no decir esta urgencia, no son tanto programas de formación los que tenemos necesidad (hay demasiados), sino de nuevos modelos que den prioridad a la formación humana y a la formación espiritual que ayuden a los jóvenes a vivir esta experiencia personal e intima con Cristo para que hagan su opción… Las aptitudes académicas son impor­tantes pero deben estar orientadas hacia esta formación humana y espiritual. No se debe mirar solamente los resultados intelectuales ciertamente necesarios, sino ver más profundamente el proceso hacia una opción de vida.

Estos modelos de formación deber tener en cuenta los problemas desarrollados anteriormente.

Evangelizado por los pobres (Mt 25,31-46)

Un aspecto importante de la espiritualidad vicenciana es en cuanto «evangelizador de los pobres, un vicenciano es evangelizador para los pobres». La opción radical por los pobres no consiste en la atención prioritaria que debemos llevarles. La opción implica tam­bién nuestra docilidad al mensaje del que ellos son portadores. Uno se deja evangelizar por quello que hay de evangélico en aquellos que Cristo mismo ha elegido con preferencia. Es ante todo el significado de Mt 25,31-4534 que a San Vicente le gusta comentar.

Intentemos volver sobre este texto como conclusión para com­prender ciertas expresiones utilizadas por San Vicente como: «De­béis tratarlos con mansedumbre y respeto, acordándoos de que el Nuestro Señor a quien hacéis ese servicio…» (SV X, 680; ES IX, 1194). «Dad la vuelta a la medalla y veréis por la luz de la fe al Hijo de Dios que ha querido ser pobre, y es representado por esos po­bres…» (SV XI, 32; ES XI, 725). Sabemos que estas conclusiones de San Vicente provienen de Mt 25,40: «Cada vez que lo hicisteis a unos de estos pequeños, a mi me lo hicisteis». ¿Que significa esta palabra de Jesús?

Sin pretender hacer exégesis,35 es interesante detenerse para no caer en un contrasentido.

Esta conclusión de Jesús es continuación de su declaración sobre lo que los «justos» han realizado. Estos últimos atestiguan precisa­mente que es un amor gratuito, sin interrogarse sobre la identidad del que es amado y les lleva a realizar estos actos. Es lo que hace el Buen samaritano en Lc 10,29-37: «No buscar más que amar».

Cuando San Vicente enseña que hace falta dar la vuelta a la medalla, significa que no solamente debemos ver en el desgraciado que se acerca al mismo Jesús. ¡Si esto es así, sería un vano cálculo y no amor! El amor de Cristo en nosotros, es fruto de la fe,36 el que nos mueve amar al otro tal como es sin preguntar su identidad, amarle por el mismo. Como Cristo, el buen samaritano,37 «no buscar más que amar», es nuestro único objetivo. Y es el significado de «la cari­dad de Cristo nos urge» (2 Co 5,14), lema de las Hijas de la Caridad. Por supuesto, esto no será por una bondad natural, un humanita­rismo o una filantropía cualquiera, sino un amor auténtico, cuya fuente es la fe, la comunión total con Jesús, la que ha vivido San Pablo y que le ha hecho decir: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo que vive en mí» (Gal 2,20). Es este Cristo que vive en mí el que me impulsa a servir a cualquier otro, y me permite también ver en el rostro de Cristo. En otros términos, es Cristo en mí quien se mani­fiesta en el otro y que me lleva a amarle. Es por eso que evangeli­zando al pobre, se es evangelizado por él: recibimos de él la Buena Noticia, la persona de Cristo mismo.38

Por esta razón se puede afirmar que la relación con el pobre no tiene nunca único sentido. La relación con el pobre nos descubre otra perspectiva enriquecedora y mística: el encuentro con Cristo nos llama a no buscar otra cosa que amar como El, sin ninguna ambi­güedad, si esperar nada a cambio: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

  1. SV XI, 40-41; ES XI, 733 (el subrayado es del autor).
  2. Cf. C. GIRAUDO, «Prière eucharistique et inculturation», in Nouvelle Revue Théologique 116 (1994), p. 183.
  3. Cf. B. RAMAROSON, «Fihavanana, Fianakaviana, vie communautaire», in Aspects du Christianisme, Juillet-Août 1995, pp. 123-138.
  4. De ahí el subtítulo que he añadido al título que se me ha propuesto.
  5. No pretendo aquí cuestionar los aspectos subrayados por el R.P. MALO­NEY cuando habla de las «virtudes» como fundamento de la espiritualidad vicenciana. Al contrario, queriendo situar en el centro de la espiritualidad vicenciana el «fin» de la Congregación, intento prolongar lo que él desarrolla a partir de estas virtudes, poniendo de relieve este carisma. El P. General lo reconoce de alguna manera p. 14: «El espíritu vicenciano es el Espíritu de Cristo enviado para predicar la buena noticia a los pobres, que se manifiesta en las máximas evangélicas explicadas en las Reglas Comunes…».
  6. «No importa (esto o aquello) nuestra VOCACION es: ¡Evangelizare pau­peribus!» (SV XII, 90; ES XI, 395).
  7. El contrato de la C.M. (17 abril 1625) dice: «Dedicarse enteramemente y exclusivamente a la salvación del pobre pueblo…» (SV XIII, 198; ES X, 238). El acta de aprobación del Arzobispo de Paris (24 abril 1626) especifica así la asociación: «Algunos eclesiásticos que se ocupan de las misiones, en catequi­zar, predicar y preparar las confesiones generales de las pobres gentes del campo» (SV XIII, 203; X, 242). El acta de asociación de los primeros misio­neros (4 septiembre 1626) recoge los mismos términos (cf. SV XIII, 204; ES X, 242). Finalmente, la Bula de erección de la Congregación, Salvatoris nostri de Urbano VIII subraya claramente que «el fin y el objetivo concreto del Instituto y de todos sus miembros, es, con la gracia de Dios, trabajar por la propia salvación, de los habitantes del campo, aldeas, tierras, lugares y los más pueblos más humildes» (SV XIII, 260; ES X, 307).
  8. No podemos citar aquí todas las conferencias. Señalamos solamente algunas de ellas: «¿Acaso hay algo más propio de un cristiano que ir de aldea en aldea ayudando al pobre pueblo a salvarse?» (SV XI, 1; SV XI, 697). «Como Dios nos ha destinado a su servicio» (SV XI, 69; ES X, 757). «(Los misioneros están obligados) por su estado y por su vocación a servir a los más miserables, a los más abandonados y a lo más hundidos en la miserias cor­porales y espirituales» (SV XI, 77; ES X, 771). En lo que habitualmente se conoce como «pensamiento intimo» (conferencias hechas en los dos últimos años de su vida), Vicente no cesa de repetir que el fin de la compañía es pau­peribus evangelizare misit me (cf. Conferencia del 6 de diciembre de 1658, SV XII, 73-94; ES X, 381-398).
  9. Cuando San Vicente organizó la C.M., añadió un cuarto voto a los tres votos habituales: el voto de estabilidad. Es un voto para darse durante toda la vida no solamente a la Congregación, sino sobre todo a la salvación de los pobres del campo en la Congregación de la Misión, según las reglas y consti­tuciones en vigor (cf. SV XIII, 283-286; ES X, 346-348).
  10. Es el nombre que se da en Madagascar a los niños de la calle. Cf. DE­NISE GAULT, Pedro ou les collines du courage, p. 27: «En la ciudad, la gente les llamaba «4Mis» porque las palabras que les caracterizan comienzan por Mi en la lengua del país: violencia, droga, alcoholismo, prostitución».
  11. El autor habla aquí del antiguo régimen (Segunda República) que es de tendencia socialista.
  12. MADELEINE RAMAHOLIMIHASO, Qui montre le droit chemin communique la vie, Ed. Foi et Justice, Antananarivo 1995 (el subrayado es del autor).
  13. A. DODIN, St Vincent de Paul et la Charité, édit. Maîtres Spirituels, 1976, pp. 6-7. Cf. aussi L. MEZZADRI, Vincent de Paul (1581-1660), Desclée de Brouwer, 1985, ch. 7 et ch. 8, pp. 103-117. Pero para profundizar más en este tema, el artículo de RENOUARD, «Les pauvres au temps de M. Vincent», in Au temps de St Vincent… et aujourd’hui (1581-1981), Ed. Animation Vincen­tienne, Bordeaux 1981, pp. 17-36. Al final del artículo hay una interesante bibliografia.
  14. El 17 mayo 1658, después, de distribuir las Reglas, Vicente de Paúl exhorta a todos a ponerlas en practica porque «ellas están sacadas del evan­gelio, como veréis; sí, como veréis; y todas ellas tienden a conformar nuestra vida con la que nuestro Señor llevó en la tierra. Vino nuestro Señor y fue enviado por su Padre a evangelizar a los pobres. Pauperibus evangelizare misit me (Lc 4,18). ¡Pauperibus, a los pobres! ¡Padres a los pobres! ¡Como por la gracia de Dios, trata de hacer la pequeña Compañía!» (el subrayado es del autor). SV XII, 3; ES XI, 323.
  15. JEAN MORIN, Carnets vincentiens, nº 1, Dax, 1991.
  16. SV XII, 80; ES XI, 387.
  17. Señalo un arículo interesante de un cohermano Obispo que ha partici­pado en el sínodo. El ha querido poner de relieve los aspectos que más inte­resan al vicenciano. Cf. GERMANO GRACHANE, «Reflexiones sobre la sesión especial del Sínodo de Obispos de África», en Vincentiana (Enero-Febrero 1995), pp. 21-26.
  18. El Papa en su primera encíclica Redemptoris hominis nos recuerda que el primer camino que la Iglesia debe recorrer para cumplir su misión es el hombre: es el primer camino, el camino fundamental (cf. n° 14, 21).
  19. Recordemos diferentes encuentros de Vicente de Paúl: el de Folleville y el de Châtillon. En Folleville, fue sobre todo la pobreza espiritual en Châtillon la pobreza material. Pero ambos atentaban contra el hombre, le oprimían.
  20. Gaudium et Spes, n° 22.
  21. Cf. Declaración du SCEAM con ocacisión de la 7ª Asamblea General, in Documentation Catholique 1913 (Mars 1996), pp. 263-268.
  22. PAULO VI, Evangelli nuntiandi, no. 31: «Entre la evangelización y pro­moción humana — desarrollo, liberación —, existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se pueden disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a las que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar».
  23. Estas palabras de Juan Pablo II son eco de las pronunciadas por su predecesor Pablo VI con ocasión de la Asamblea General de 1974: «Continúen siendo la esperanza de los pobres».
  24. Cf. PAULO VI, Evangelii nuntiandi, nº 20: «El Evangelio, y por consi­guiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculadas a una cultura, y a la construcción del reino no puede por menos de tomar los ele­mentos de la cultura y de las culturas «.
  25. Cf. FR. BENOLO, «Inculturation et identité vincentienne à Madagascar», in CDVIAM, 1994.
  26. PAULO VI, Evangelii nuntiandi, nº 33.
  27. La vida comunitaria es un aspecto importante del carisma vicenciano. El tema merece ser desarrollado aquí, con más motivo aún porque la comu­nita es importante por una doble razón. En primer lugar la comunidad ha sido siempre querida por San Vicente como un pilar de la evangelización. En segundo lugar, el sentido comunitario muy grande en Madagascar.
  28. Sobre este punto, el primer documento de la congregación para los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica es muy rico: La vida fraterna en comunidad.
  29. Cf. J. MORIN, Carnets Vincentiens, n° 1, pp. 87-96.
  30. D. NOTHOMB P.B., ofrece una extensa reflexión teologica y pastoral de este concepto clave une in Nouvelle Revue Théologique (1995), pp. 44-64.
  31. Juan Pablo II en su Exhortación post-sinodal Christifideles laici concen­tra párrafos enteros para explicar la urgencia de formar comunidades eclesia­les maduras «en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su evangelio, de encuentro y de comunión sacramental con Él, de existencia vivida en la caridad y en el servicio» (No. 30).
  32. Cf. J. MORIN, Carnets Vincentiens, n° 3 Dax, p. 46: «San Vicente fue el iniciador del apostolado del lugar para el lugar, porque él fue quien en el siglo XVII se encargo de servir y evangelizar a los pobres» (el subrayado es del autor).
  33. Sobre este punto es interesante el artículo de JEAN-BAPTISTE NSAMBI E MBULA, «El impacto del Sínodo africano sobre los vicentinos en África «, en Vincentiana (Enero-Febrero 1995), pp. 27-33.
  34. Este texto sólo pertenece a Mateo, como la parábola del buen samari­tano pertenece a Lucas (10,30-37). Los dos textos son bastante citados por San Vicente en las confrencias. Justamente una de estas claves que per­mite comprender el sentido de esta frase de Cristo en Mateo es esta parábola de Lucas.
  35. Sobre esta perícopa Mateo, se han escrito muchos estudios y comenta­rios… Uno que me parece muy interesante y muy rico como referencia biblio­gráfica: A. FEUILLET, «El carácter universal del juicio es la caridad frente al texto de Mt 25,31-46», en Nouvelle Revue Théologique 102 (Mars-Avril 1980), pp. 179-196.
  36. San Vicente insiste: «Dad la vuelta a la medalla y veréis por la luz de la fe al Hijo de Dios que ha querido ser pobre, y ser representado por esos pobres» (SX XI, 32; ES XI, 725). La fe, por tanto, a Cristo esta presente en los pobres.
  37. Esta parábola de Jesús es ampliamente comentada por San Vicente cuando habla de la caridad. Tenemos un análisis exegético detallado hecho por L. RAMAROSON, «Comme le Bon Samaritain, ne chercher qu’à aimer», en Biblica 56 (1975), pp. 533-536.
  38. Lo que sugiere Juan Pablo II, cuando de dirigió al personal de la salud en Christifideles laici, no. 53: «Precisamente ellos, médicos y enfermeros, otros miembros del personal sanitario, voluntarios, están llamados a ser la ima­gen de Cristo y de su Iglesia en el amor a los enfermos y a los que sufren» (el subrayado es del autor).

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