Una carta de san Vicente a santa Juana Fremiot de Chantal (I)

Mitxel OlabuénagaEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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«Y como desea saber en qué consiste nuestra pequeña mane­ra de vivir, le diré, mi dignísima madre…». Así comienza la parte más sustancial e importante de la extensa carta que escribe Vicente de Paúl a Juana Francisca Fremiot de Chantal, el 14 de julio de 1639. En esta carta, con un lenguaje lleno de amistad, confianza y unción, Vicente de Paúl va detallando el espíritu, la finalidad y el estilo de vida de los misioneros paúles. Casi se trata de una especie de documento notarial donde se da fe de cómo es la Congregación naciente.

Evidentemente, esta carta aborda varios apartados fundamen­tales de la vida y de la actividad de la Congregación de la Misión. Vicente de Paúl los va enumerando y explicando con orden y precisión.

En primer lugar, expone la razón de ser y la finalidad de la Congregación: «Nuestra pequeña Compañía se ha instituido para ir de aldea en aldea a sus expensas, predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga confesión general de toda su vida pasada; trabajar en el arreglo de las diferencias que allí encontremos, y hacer todo lo posible para que los pobres enfer­mos sean asistidos corporal y espiritualmente por la cofradía de la Caridad, compuesta de mujeres, que establecemos en los lugares en que hacemos la misión, y que lo desean». Este ministerio principal lo complementa con otra ocupación no menos importante: «La de recibir en nuestras casas a los que tienen que recibir las órdenes, diez días antes de la ordenación, para alimentarlos y mantenerlos y enseñarles durante ese tiempo la teología práctica, las ceremonias de la Iglesia y hacer y practicar la oración mental».

No pierde de vista la obediencia a los obispos: «vivimos en el espíritu de los servidores del Evangelio en relación con nuestros señores los obispos, que cuando nos dicen: Id allá, allá vamos; Venid acá, venimos; Haced esto, y lo hacemos», aunque, para que no haya equívocos, deja bien claro que, en lo referente al régimen interno o doméstico, la Congregación no depende de los obispos, sino de un Superior General.

Insiste en algo muy querido por él y que venía dando vueltas desde hacía tiempo: «La mayor parte de nosotros hemos hecho los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y el cuarto de dedicarnos, durante toda nuestra vida, a la asistencia del pobre pueblo». En este apartado, Vicente de Paúl habla de la intención de hacer «un quinto voto»: el de «obediencia a nuestros señores los obispos, en las diócesis en que estemos establecidos» (Esto nunca se llevó a cabo).

Pone un énfasis especial en decir que «tenemos que vivir reli­giosamente, aunque no seamos religiosos». Para lo cual traza todo un programa de cómo es y debe ser un día en una Casa de la Congregación: «Nos levantamos, por la mañana, a las cuatro, empleamos media hora en vestirnos y hacer la cama, tenemos una hora de oración mental juntos en la iglesia, recitamos juntos prima, tercia, sexta y nona; luego celebramos nuestras misas, cada uno en su turno; hecho esto, cada uno se retira a su habita­ción a estudiar. A las diez y media, se tiene un examen particular sobre la virtud que se intenta conseguir; luego, se va al refecto­rio para comer, con porción y lectura en la mesa; hecho esto, vamos juntos a adorar al Santísimo Sacramento y a decir el Angelus Domini nuntiavit Mariae, etc., y se tiene luego una hora de recreo todos juntos; después cada uno se retira a su habitación hasta las dos, para rezar juntos vísperas y completas. Volvemos a estudiar a la habitación hasta las cinco, en que rezamos juntos maitines y laudes. Después se tiene otro examen particular, se cena a continuación y tenemos otra hora de recreo, acabada la cual vamos a la iglesia a hacer el examen general, las oraciones de la noche y la lectura de los puntos de la oración del día siguiente por la mañana. Hecho esto, cada uno se retira a su habi­tación y se acuesta a las nueve».

También concreta y programa la actividad apostólica y la forma de llevarla a cabo: «Cuando estamos misionando por los campos, hacemos lo mismo poco más o menos, pero vamos a la iglesia a las seis de la mañana para celebrar la santa misa y confesar, después de la predicación que acaba de hacer uno de la Compañía tras la misa que ha dicho anteriormente; se con­fiesa hasta las once; luego se va a comer y se vuelve a la igle­sia a las dos para confesar hasta las cinco; después de lo cual, uno tiene el catecismo y los demás se van a decir maitines y laudes, para cenar a las seis». «Se tiene como máxima no pre­dicar, catequizar ni confesar en las ciudades donde hay obispa­do y no salir de una aldea hasta que todo el pueblo haya sido instruido en las cosas necesarias para la salvación y que cada uno haya hecho su confesión general…». «Trabajamos desde alrededor de Todos los Santos hasta la fiesta de san Juan y deja­mos los meses de julio, agosto y septiembre y una parte de octubre para que el pueblo haga la cosecha y la vendimia; y cuando se ha trabajado unos veinte días, descansamos ocho o diez…».

Como colofón, Vicente de Paúl se detiene en lo que podría­mos calificar de «ejercicios piadosos» o prácticas espirituales»: «Hacemos ejercicios espirituales todos los años, tenemos capítu­lo todos los viernes por la mañana, donde cada uno se acusa de sus faltas, recibe la penitencia que el superior le impone y está obligado a cumplirla; y dos sacerdotes y dos hermanos piden a la comunidad la caridad de ser amonestados de sus faltas y, des­pués de esos, otros por turno, y aquel mismo día por la tarde se tiene una conferencia sobre el tema de nuestras reglas y de la práctica de las virtudes, en la que cada uno dice los pensamien­tos que Nuestro Señor le ha dado sobre el tema de que se trata, haciendo oración sobre el mismo».

Todo ello completado con algunas disposiciones disciplina­res: «Nunca salimos sin permiso, y sólo de dos en dos y, a la vuelta, cada uno va a buscar al superior para darle cuenta de lo que ha hecho. No se escriben ni se reciben cartas sin que el supe­rior las haya visto y aceptado. Todos están obligados a ver con agrado que sus faltas sean referidas caritativamente al superior y a esforzarse en recibir y en dar las amonestaciones que sean necesarias a los demás. Se observa el silencio desde la noche hasta el final de la comida del día siguiente y después de la recre­ación de la mañana hasta la de la tarde».

Y aún añade algo que afecta al ser de la Congregación: «Se tienen dos años de seminario, o sea, de noviciado, en los que cada uno se ejercita con exactitud, por la misericordia de Dios, de forma que, por varias razones, los seminaristas no tratan sin permiso con los sacerdotes».

Y concluye esta exposición pidiendo el parecer, casi con angustia, a la destinataria, a la Madre Chantal: «Esta es, mi que­ridísima y dignísima madre, nuestra pequeña manera de vivir. Tenga la caridad, por amor de Nuestro Señor, de darnos su opi­nión sobre ella, por favor, y puede creer, mi querida madre, que la recibiré como si viniese de parte de Dios, por cuyo amor le pido este favor…».

EL CONTEXTO

Una vez expuesto el texto —por lo menos, el meollo y lo más sustancial— de la carta de Vicente de Paúl a la Madre Chantal, será bueno y necesario situarlo en su contexto, es decir, en sus coordenadas, circunstancias, motivaciones, intereses, objetivos…

Antes que nada hay que subrayar la amistad, cariño y con­fianza entre el que escribe y la destinataria del escrito. Sólo así se pueden entender algunos giros y expresiones de la carta llenos de afecto y ternura nada habitual en Vicente de Paúl. Hay dos personas que influyen decisivamente en la vida de Vicente de Paúl: Francisco de Sales, el bienaventurado obispo de Ginebra, y la Madre Chantal. Vicente de Paúl fue, durante 38 años, hasta el final de su vida, superior eclesiástico de las religiosas de la Visitación de París, escogido y nombrado por los fundadores de esa orden, Francisco de Sales y la Madre Chantal’ . Además, a la muerte de Francisco de Sales, Vicente de Paúl se hizo cargo de la dirección espiritual de la Madre Chantal. El estilo de esta dirección espiritual es, por lo menos, distinto y peculiar. Una breve colección de deliciosas cartas ejemplarizan esta forma de dirección: son cartas muy afectuosas, impregnadas de la dulzura salesiana, adornadas de ternura sin disimulos, no exentas de cier­ta cursilería sentimental que hoy nos harían sonreír socarrona­mente, llenas de signos de admiración al referirse a la «dignísima y muy querida y amada madre, la única madre»…2, pero, a la vez, tienen la solemnidad y el respeto requerido y adecuado. Hay algo muy curioso en la relación de Vicente de Paúl con la Madre Chantal: da la impresión de que la dirigida es, en realidad, la que dirige al director. Constantemente, Vicente de Paúl consulta y pide opinión a la Madre Chantal. Por ejemplo, y sin ir más lejos, en la carta que estamos reflexionando, Vicente de Paúl pide, ansiosamente, opinión a la Madre Chantal sobre la manera de vivir de los misioneros.

Esta carta hay que situarla también en una circunstancia con­creta: Vicente de Paúl se decide a establecer dos misioneros en Annecy, la «diócesis de los santos» como él la califica. En el monasterio de la Visitación Annecy estaba la Madre Chantal como superiora. Y Vicente de Paúl, antes de establecer allí a los misioneros, expone a la Madre Chantal, para su aprobación o rechazo, una especie de reglamento de la Congregación tal y como se vivía en 1639. Como dice en la carta, Vicente de Paúl espera la opinión de la Madre Chantal como venida de Dios mismo. Para Vicente de Paúl, en este tema y en otros, la palabra de la Madre Chantal era absolutamente definitiva y definitoria.

Alguien ha insinuado que, con esta carta, Vicente se quitaba una parte de la espina clavada en lo más profundo de su ser. Y es que a Vicente de Paúl le remordía la conciencia por no haber dado a luz todavía las Reglas Comunes de la naciente Congre­gación de la Misión. Hacia 1635, sin que pueda precisarse más, escribía estas líneas: «Hace dos o tres días caí peligrosamente enfermo; esto me hace pensar en la muerte. Por la gracia de Dios, adoro su voluntad y la acato con todo mi corazón; al examinar­me sobre lo que podría causarme alguna pena, he visto que no hay nada, a no ser que todavía no hemos hecho nuestras reglas». Y no es exagerado concluir que Vicente de Paúl necesitaba, en conciencia, dejar por escrito un esbozo, borrador o adelanto de las Reglas. Y quién mejor que la Madre Chantal como deposita­ria de un legado tan vital e importante.

CEME

Celestino Fernández

 

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