Un signo boca abajo – Una Iglesia de paradojas

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. .
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Cuando Cornwallis se rindió a Washington, los pífanos británicos en Yorktown percibieron el alba de una nueva era. Tocaron una canción popular en honor del espíritu revolucionario que reinaba en esta tierra extranjera:

Si el ranúnculo zumbara detrás de la abeja
Si los barcos estuvieran en la tierra, las iglesias en el mar,
Si los ponis fueran montados en los hombres y el césped comiera a las vacas,
Y los gatos fueran perseguidos por los ratones hasta su escondite,
Si el verano fuera primavera y vice-versa,
Entonces todo el mundo estaría boca abajo.

El nuevo mundo anunciado por los evangelios está lleno de estas paradojas. A Jesús, a sus apóstoles, y a los primeros Cristianos les gustaba usarlas en sus enseñanzas. En el Reino de Dios los últimos son los primeros y los primeros los últimos. Quienes guardan su vida la pierden; quienes pierden su vida la salvan. Los humildes son exaltados, los que se exaltan son humillados. Quienes lloran se alegrarán; quienes ríen llorarán.

Los evangelistas, especialmente Lucas, ven el mundo, por así decirlo, boca abajo. La venida de Jesús introduce una nueva era: el reino de Dios está cerca. En él los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos saltan, los pacíficos son conquistadores, los pecadores se hacen santos, los muertos resucitan – todo son paradojas.

Ciertamente, el uso de las paradojas por Jesús alarmaba a sus oyentes, sacudía sus presuposiciones, y los llevaba a examinar sus vidas a la luz de sus enigmáticas afirmaciones. Al impugnar la forma en que veían a Dios, el mundo, los bienes materiales, la vida misma, las paradojas eran uno de sus instrumentos favoritos para hacer una llamada al arrepentimiento.1

El desafío para la Iglesia, signo y sierva del Reino, es vivir estas paradojas. La Iglesia es un signo vivo y un siervo eficaz en tanto en cuanto las energías del Reino trabajan en ella. Al predicar la palabra de Dios, ella misma está sujeta a esa palabra. Como consecuencia las paradojas del Nuevo Testamento deben encontrar un lugar prominente en su vida.

La Iglesia, por supuesto, no es meramente la jerarquía, sino todos sus miembros. Nosotros somos la Iglesia. El pueblo de Dios. Permitanme sugerir algunas formas en las que estas paradojas se dan en la vida – nuestra – de la Iglesia.

1. Cuando la Iglesia salva su vida la pierde; cuando la pierde, la salva.

La Iglesia no debe preocuparse demasiado de si misma. Ella es para el Reino. Su preocupación fundamental reside ahí. Ella es sierva del Señor y sierva del mundo con vistas al Reino. El Señor le prometió, con toda claridad, la plena participación en sus sufrimientos y muerte. Sus declaraciones paradójicas han de estar siempre en sus oídos: «Quién pierde la vida la salvará».2

En este peligroso contexto, la Iglesia puede estar totalmente confiada de que el Señor cuida de los Suyos. El evangelio de Lucas, el más paradójico de todos, abunda en pasajes sobre la providencia de Dios. Dios ama a sus elegidos en las extraordinariamente diversas experiencias de su existencia humana: luz y oscuridad, gracia y pecado, plan y desorganización, paz y disturbios, salud y enfermedad, vida y muerte. El Señor resucitado camina a su lado, les escucha, habla con ellos. Él les acompaña en sus sufrimientos y muerte y los levanta con el poder del Espíritu. En tiempos de crisis su Espíritu enseña a los miembros de la comunidad Cristiana lo que han de decir y cómo han de actuar.

La Iglesia, por consiguiente, no debe de estar demasiado preocupada de sí misma y de su futuro; de lo contrario en tiempos de crisis sería demasiado tímida, demasiado silenciosa al enfrentarse con males evidentes.

Algunos, durante los muchos años de la historia de la Iglesia, han demostrado admirablemente no tener miedo a perder su vida, ya que tenían una confianza plena de que la salvarían. Ha habido innumerables mártires, conocidos y desconocidos. A veces juntos en gran número, fortaleciendo mutuamente su fe, como los mártires de Nagasaki, de Uganda, de China, o de las revoluciones Francesa y Española. Otras veces estaban casi solos. Franz Jagerstatter, un campesino austríaco que rehusó luchar en el ejército de Hitler cuando otros muchos miembros de la Iglesia, con mucha más cultura que él, cooperaron, o permanecieron en silencio, mientras el Nazismo pisoteaba los derechos humanos y cometía increíbles atrocidades. En la Inglaterra de tiempos de la Reforma, Tomás Moro y Juan Fisher fueron a la muerte en gran parte abandonados de sus compañeros políticos, u obispos, ya que la mayoría encontraron razones para acomodarse a los deseos del rey.

2. Los pobres son ricos. Los débiles son fuertes.

Luisa de Marillac y Vicente de Paúl, fundadores de las Hijas de la Caridad, decían a las jóvenes que venían a su comunidad:

A todos les gusta ver al rey y la reina. La gente está en las calles en fila durante horas para echarles un vistazo. Regresan a casa ilusionados y dicen a sus familias: «¡Hoy he visto al rey y a la reina!. Pasaron en el coche justo delante de mi». Pero en el Reino de Dios la realeza son los pobres. Vds. tienen el privilegio de verlos cada día, de escuchar sus necesidades, de servirles. ¡Qué maravilloso don nos ha dado el Señor, ¡Ojalá seamos capaces de ver con los ojos de la fe!

Podemos tener la tentación de pensar que quienes hablan así ¡son sólo los santos! Pero los santos sólo evidencian lo que el Nuevo Testamento nos dice claramente a todos: En el Reino de Dios la auténtica realeza son los pobres. Los realmente poderosos son quienes están desposeídos de poder. El Cristo pobre anuncia el Reino de Dios. El Señor crucificado, en su debilidad, mora en el centro de la historia.

Esta paradoja tiene dos implicaciones asombrosas. La primera, la Iglesia, como dijo Juan XXIII en la apertura del Vaticano II, si quiere ser verdaderamente Iglesia debe ser la «Iglesia de los pobres». Hoy la Iglesia, con gran insistencia, proclama su opción preferencial por los pobres. Nos recuerda una y otra vez que la proclamación de su doctrina social es un elemento esencial en la nueva evangelización.3 Sin embargo, hemos de preguntarnos si su enseñanza ha echado realmente raíces profundas en la vida de la Iglesia universal, o si, al menos en muchas partes del mundo, sigue siendo un declaración elocuente, pero sólo teórica.

Una segunda implicación de esta paradoja es que la Iglesia misma debe ser feliz de ser «impotente». San Pablo señala que muchos verán esto como una «locura».4 Pero el Señor crucificado, la locura de Dios, está presente hoy, como siempre, en la «humanidad crucificada». La Iglesia encontrará su mayor vitalidad, cuando esté a gusto entre ellos, entre la gran masa, donde ellos sufren. La medida de la fuerza de la Iglesia no es su influencia política, ni su prestigio en una época determinada, es su habilidad de vivir en solidaridad con los «impotentes». Sus armas preeminentes no serán la influencia en los pasillos del poder; su fuerza será la palabra de Dios, al proclamar la verdad, y el testimonio del amor sacrificado, al proclamar la constante presencia del Señor crucificado.

Existe una tentación constante en la que puede caer fácilmente la Iglesia : el gusto de estar con los ricos y poderosos en vez de con los pobres y débiles. En cierta manera es comprensible. ¡No nos gustaría a todos una invitación a comer en la Casa Blanca! Y sin embargo, los verdaderos héroes de la Iglesia son quienes comen con los necesitados, quienes sirven sopa en un albergue, o quienes buscan encontrar las causas de la pobreza y medios de erradicarla.

Hace unos años, durante el Sínodo sobre la Vida Consagrada, agradecí al Cardenal Bernardin una conmovedora homilía sobre la oración que nos dio una tarde en una pequeña Iglesia de Roma. Él me dijo que realmente había aprendido a orar y a sentir la fuerza de Dios, durante los terribles meses de prueba en que tuvo que sufrir acusaciones falsas. Creo que fue entonces, y en los meses en que estaba cercano a la muerte, cuando su testimonio cristiano fue más convincente.

3. Quienes mandan son los servidores

Pocas afirmaciones están más claras en el Nuevo Testamento. Jesús repite una y otra vez esta lección a sus apóstoles. «Los líderes de los gentiles los dominan pero no sea así entre vosotros. El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros sea vuestro esclavo; de la misma manera que Yo estoy entre vosotros como el que sirve».5 Al lavar los pies a los discípulos, Jesús demuestra su convicción con una parábola en acción.6

Al ser alguien que ejerce autoridad en la Iglesia, sé con cuanta facilidad puede uno olvidarse de esta lección. Se acostumbra uno a mandar. Por supuesto, es necesario tomar decisiones; a veces, de hecho, para bien o para mal, se debe ser muy decisivo. Pero los líderes en la Iglesia, incluso cuando toman decisiones, son siervos.

Ellos son, en primer lugar, siervos de la palabra de Dios en sus diversas formas. Como siervos de la palabra, han de ser buenos oyentes. Las Escrituras son el fundamento en que han de basarse todas sus decisiones. En la lista de criterios de discernimiento tiene también un alto lugar la voz de la comunidad. En la Iglesia, el líder nunca está separado de la comunidad, ni la comunidad del líder. Juntos forman un cuerpo, «oyentes de la palabra», como dice frecuentemente Karl Rahner. El líder siervo no dicta a la comunidad, sino que, como uno que surge de ella expresa las más profundas creencias de la comunidad y concreta sus juicios prácticos.

Para el líder el escuchar supone siempre un riesgo. Puede forzarme a cambiar mi modo de pensar, o incluso ¡mi vida! A veces, por temor o incluso por convicción de que «poseemos» la verdad, los líderes de la Iglesia (y otros también) no escuchan. «Tienen oídos, pero no oyen».7 A veces también las estructuras de la autoridad – las burocracias, la curia – se hacen duras de oído, impermeables a la influencia exterior; en vez de servir a los demás, como señaló Jesús, «los dominan». Pero los mejores líderes son buenos oyentes. Meditan la palabra del evangelio, los gritos de los pobres, las llamadas de la Iglesia – todas las voces a través de las cuales Dios habla. Ellos son auténticos siervos.

Dos de los mejores siervos que he conocido en mi vida habían sido anteriormente superiores provinciales. Uno, con quién viví, hacía todas las faenas de la casa: fregaba el suelo, hacía las camas, limpiaba los servicios. Otro tenía la verdadera «sencillez del niño», sabía escuchar interminablemente, discernir y ofrecía sabios consejo. Estoy convencido que ambos, durante sus años de liderazgo, crecieron en espíritu de servicio.

4. Incluso el pecado proporciona una apertura al bien (o, parafraseando la carta de San Pablo a los Romanos:8 donde abundó el pecado, más abundó la gracia).

Félix culpa (O feliz culpa) es uno de los cantos más bellos de la Iglesia. Es un himno a la misericordia de Dios. Todos los años lo cantamos con alegría en la Vigilia de Pascua. ¿Quién no se conmueve con la historia del evangelio de Lucas en la que la mujer penitente lava los pies a Jesús con sus lágrimas y los seca con sus cabellos? ¿Quién no se impresiona con los conmovedores relatos que Juan nos hace de las conversaciones de Jesús con la Samaritana y con la mujer cogida en adulterio?

Realmente, los evangelios dejan claro que algunos no se conmovieron; en todas estas historias hay observadores cerca, que mueven la cabeza. Desgraciadamente, los peligros del «fariseismo» y «perfeccionismo» han sido siempre la plaga de la Iglesia. Cada época tiene sus inquisidores y pelagianos. Siempre hay alguien demasiado dispuesto a expulsar a los pecadores de la Iglesia, alguien que no tiene la suficiente paciencia para dejar crecer juntos a la cizaña y al trigo hasta el momento de la siega. Pero la «Iglesia santa» es también la «Iglesia de los pecadores». Paradójicamente, los dos grupos se ayudan uno al otro. De hecho, no son en realidad dos grupos; cada uno de nosotros vive, más o menos, como miembro de ambos. Como dice la primera carta de San Juan,9 nos engañamos a nosotros mismos si decimos que no tenemos pecado. Somos durísimos con los demás cuando no reconocemos nuestros propio pecado; somos compasivos cuando sabemos que nosotros también hemos caído con frecuencia.

La sorprendente creencia de la Iglesia es esta: sólo somos verdaderamente santos cuando reconocemos que somos pecadores. Podemos alabar a Dios incluso por los efectos del pecado en nuestras vidas si este nos lleva a ir a El con humilde y plena confianza. Quienes han sido perdonados mucho, aman mucho. El Reino es un hogar lleno de la misericordia de Dios: «Este Hijo mío estaba perdido y ha sido encontrado. Estaba muerto pero ha vuelto a la vida.10 El autor de Hebreos proclama: «Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, para alcanzar misericordia».11

Algunos de los miembros más ilustres de la Iglesia surgieron de un sombrío pasado: Pedro, Pablo, Agustín, por nombrar sólo algunos. Estamos en buena compañía si el reconocimiento de nuestro pecado pasa a ser una de nuestras fuerzas.

5. Dar es mejor que recibir

Como todas las paradojas, esta no es un principio universal que se puede aplicar a cada caso. A veces es mejor para nosotros recibir que dar, especialmente nos contamos entre los que no les gusta estar en el grupo de los que ¡les toca recibir!

Pero las palabras de Pablo, juzgadas a veces como de Jesús, han sido un desafío constante para la Iglesia : «Es mucho más bienaventurado dar que recibir». La riqueza es siempre una gran tentación. Por una parte, los bienes materiales son ciertamente buenos (¡Dios los ha creado!); por otra parte, paradójicamente, pueden separarnos del mayor bien, particularmente del amor práctico y de la preocupación por quienes son menos afortunados.

Una de las proposiciones paradójicas más difícil de comprender a sus discípulos fue esta «es más fácil para un camello entrar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los Cielos». Las riquezas tienden a aislarnos. Nos rodean de un mundo donde nuestros gustos, incluso nuestros caprichos, son fácilmente satisfechos, donde nos aislamos del dolor y de las necesidades de los pobres, donde espléndidos entretenimientos están a nuestra mano, donde la alabanza abunda y con frecuencia falta la crítica sincera. Recuerdo haber visitado la casa de un hombre rico que me preguntó con toda sinceridad, «¿Están las cosas tan mal en este país (¡el suyo!) como dice la gente? ¿Hay tanta gente sin trabajo? Yo vi que, en el fondo, era un hombre sincero, pero también vi, con pena, que la riqueza había construido alrededor de él un muro y que raramente salía de su encierro.

Por otra parte, conozco un cierto número de personas ricas que han pasado por el ojo de la aguja. De hecho, siempre recordaré el día en que participando en la reunión de un Consejo de Administración alguien dijo: «Necesitamos una furgoneta para el transporte del personal y alimentos a un comedor». El Presidente preguntó: ¿Cuánto cuesta? La persona respondió: $20.000. Un miembro del Consejo levantó la vista e intervino con toda sencillez : «Yo me ocupo de eso. Sigamos con el punto siguiente». Después de la reunión le dije: «Gracias, ha sido un gesto muy generoso». Él respondió: «Estaba justo leyendo lo del ojo de la aguja y me dije: ¡será mejor que hagas algo bueno con el dinero que tienes»!

El dinero en la Iglesia, a todos los niveles, debe circular hacia fuera, -de los laicos, de la jerarquía, del clero, de las comunidades religiosas. Debe ser un medio para expresar nuestro amor en lugar de aislarnos de los demás. Los escritos de San Pablo abundan en este sentido: «El que siembra en abundancia, cosechará también en abundancia».12 Dios ama a quien da con alegría».13

Una última palabra sobre este signo boca abajo, que es la Iglesia. La conciencia de la presencia del Reino en Pablo tiene un maravilloso sentido de urgencia: «Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa».14

Los teólogos han intentado describir la naturaleza paradójica del Reino diciendo que está «ya» aquí, pero «todavía no» plenamente. Sus energías están ahora trabajando entre nosotros con el poder del Señor Resucitado, pero esperamos su plenitud cuando todas las cosas sean restauradas en Cristo.

Esta tensión ‘ya-todavía-no’ coloca a la Iglesia en una posición paradójica incluso con relación al tiempo. Ella se adhiere al pasado, con su rica tradición, pero no está encadenada a ella; más bien, la desarrolla, mediando constantemente entre la palabra de Dios y las circunstancias contemporáneas. Atiende al presente, pero no está coaccionada por sus exigencias; más bien está continuamente discerniendo lo qué es de Dios y verdaderamente promueve la persona humana, en contraste con lo que es del pecado y finalmente corrompe a la humanidad. Mira hacia adelante al futuro, pero no con ansiedad; más bien, espera la venida del Señor con confianza sabiendo que «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios ha preparado para los que le aman».15

En una carta escrita al final del primer siglo se resumía la actitud de los Cristianos de la siguiente forma: «Hay algo extraordinario en sus vidas. Viven en su tierra como si estuvieran de paso. Ejercen su plena función como ciudadanos, pero trabajan con todas las desventajas de los extranjeros. Cualquier país puede ser el suyo porque para ellos su casa, donde quiera que estén, es un país extranjero…. Viven en la carne, pero no se dejan vencer por los deseos de la carne. Pasan sus años en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes, sin embargo viven en un nivel que transciende la ley. Los Cristianos aman a todos, pero todos los persiguen. Les condenan porque no les comprenden, son llevados a la muerte, pero resucitan de nuevo a la vida. Viven en pobreza, pero enriquecen a muchos. Están totalmente despojados, pero poseen en abundancia todas las cosas. Sufren el deshonor, pero eso es su gloria. Son difamados, pero justificados. Su respuesta a los insultos es la bendición. Por el bien que hacen reciben el castigo de los malhechores, pero incluso entonces se alegran, como si recibieran el don de la vida».16 Muy paradójico.

  1. Cf. John Meier. A Marginal Jew (New York: Doubleday, 1994) vol. 2, pág. 146.
  2. Mc 8,35; Mt 10, 39; Lc 9,24; Jn 12-25.
  3. Centesimus Annus,5.
  4. 1 Cor. 1,22.
  5. Cf. Mt 20, 25-28; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27.
  6. Jn 13, 1-20.
  7. Mc 4,12; Mt 13, 14; Lc 9, 10.
  8. Rom, 5, 20.
  9. 1 Jn 1,8.
  10. Lc 15, 24.
  11. Heb 4,16.
  12. 2 Cor 9,6.
  13. 2 Cor 9, 7.
  14. 1 Cor. 7, 29-31.
  15. 1 Cor. 2, 9.
  16. Carta a Diógenes, 5-6.

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