ABRIÓ sus manos para socorrer al mendigo; y extendió sus brazos
y no comió el pan ociosamente.
para amparar al necesitado,
(Proverbios, 31.)
En nuestro siglo la importancia de lo social se acentúa en todos los campos de la convivencia, de la actividad, de trabajo y de las ideas. Si cada una de las épocas de la humanidad ha tenido factores que la determinen y la hagan pasar a la posteridad con una impronta que la caracteriza, los ojos de quienes la contemplan en el borroso espejo de los tiempos, la nuestra, pródiga en técnicas, ávida de progreso, es significativa por su carácter social.
El hombre, siempre en convivencia con sus semejantes, ha tenido ante ellos distintas actitudes. Pasemos por los tiempos del medievo y los regímenes feudatarios; por el Renacimiento, que descubre al «hombre», revalorizando sus dotes personales, queriendo buscar en él un patrón universal de sabiduría, por el siglo de la Ilustración, en que el pueblo recibía de mano de sus soberanos las mejoras programáticas del despotismo ilustrado, y lleguemos al siglo XIX, en que la voz de Carlos Marx, levantando de entre los miembros de la sociedad el credo socialista, promovía una revolución profunda en las masas, capaz de renovar hasta sus cimientos, los constitutivos de la sociedad. Hoy el socialismo, caduco ya en sus principios, se ha alzado con postulados más tajantes, doblemente erróneos y antisociales, que el comunismo defiende como suyos en esa lucha incesante entre dos mundos.
Pero el hombre, ese conjunto armonioso de alma y cuerpo, no considerado a la manera humanista, sino viviendo en el seno de una sociedad que influye en él soberanamente, ha venido a ser el centro de la atención del siglo en que vivimos.
El hombre no se siente solo. Está rodeado de miles de seres que, en un quehacer común, buscan cosas comunes en su andar sobre la tierra. Este peregrinar juntos, hacia una meta fija, con sabores de eternidad para los creyentes, hace que los brazos se tiendan en una solución única, o que se tuerzan zigzagueantes cuando la desesperanza y la falta de fe son meta de todas esas vidas. La palabra de los Sumos Pontífices, pidiendo que venga sobre el mundo el reino de la paz es lo sobradamente elocuente para hacernos comprender, hoy y siempre, cuál es la piedra fundamental donde han de dirigirse los corazones de todos. No valen compendios políticos que se desvirtúan si no llevan el sello de la paz, ni fraternidades abstractas que no cristalizan en hechos laudables.
La piedra básica por la que el mundo se salvará, la que derimirá las sociedades, es la caridad. La tesis no es nueva. Nació con la venida al mundo del Hijo de Dios. La paz se compra con la moneda de amor. Y en defensa de esta afirmación, de por sí evidente, pasemos la mirada por las grandes sociedades y por las pequeñas células familiares. El legado y el mandato de Cristo, si bien olvidado en algunas, es perenne como la eternidad de su autor.
Para llevar a cabo este mandato de Dios en el Occidente cristiano, amargado por los vestigios de la posguerra, se han alzado los Gobiernos, que han medido sus posibilidades y de ello ha surgido una nueva forma de preocupación humana: el hombre, célula íntegra del trabajo y de la sociedad, es llamado a participar de los beneficios de la colectividad de que es miembro; adquiere su plenitud humana a la luz del Evangelio, por la dignificación de su trabajo y por el abatimiento de ese monstruo que se llama ignorancia, capaz de fomentar las mayores revoluciones.
De esta nueva preocupación por el hombre han surgido multitud de organismos oficiales que se encargan de llevar a cabo gestiones que restañen en algo las heridas abiertas por la miseria social.
Estos organismos se diversifican en distintas obras: guarderías, colonias, obras de protección de menores, regulación de la mendicidad, internados de preservación y regeneración de la juventud, creación de hogares, patronatos, comedores de obreros, etc.
De la índole de estas mismas obras se desprenden funciones que son específicas de la mujer, genuinamente suyas. El corazón femenino, rico en caridad, puede multiplicarse en la atención a estas instituciones que tanto dicen en el engranaje de las sociedades modernas. Oficialmente se ha creado una modalidad de vida femenina: la mujer asistenta social.
El vocablo, si bien usado en nuestro idioma ya de antiguo, ha ampliado su significación para alcanzar un sentido nuevo. La asistenta social es aquella que se encuentra técnica y prácticamente preparada para hallar medios con que auxiliar eficazmente la ignorancia, la necesidad y la dignidad de aquellos que necesiten de su ayuda.
Y la juventud española se ha lanzado en nuestro siglo a una nueva empresa tanto más noble cuanto más comprometidas se hallan en ella las facultades espirituales en bien del prójimo, vertiéndose totalmente a esta labor de ayuda social. España, que hasta hace pocos años no había visto actuar a la mujer en este sentido sino de manera esporádica o particular, ve aparecer hoy en el panorama de la sociedad a las asistentas sociales.
El fenómeno es más complejo todavía. No se trata solamente de mujeres que se lanzan a la conquista de su título de asistentas, sino que las religiosas de diversos Institutos de vida activa, aun cuando no tengan como fin exclusivo estas funciones, amplían, por decirlo así, el radio de su acción, siguiendo las normas pontificias, y dedican a algunos sus miembros para preparación exclusiva de estos quehaceres sociales. De ahí que la asistenta social, en el campo católico de nuestra sociedad, ora hoy un exponente de la preocupación de la Iglesia y de los gobernantes por el hombre integrado en la sociedad.
La asistenta social, especializada en todo aquello que incumbe a su tarea, es la persona que, dependiente de un centro determinado, extiende su campo de acción en cierto sector, ayudando a sus hermanos a luchar contra los grandes plagas sociales—tuberculosis, alcoholismo, cáncer—, proporcionándoles los remedios preventivos y curativos, ya en dispensarios, ya en sus propios domicilios. Salvaguarda la vida íntegra de los niños con los medios de protección, y enseña a las madres a cumplir sus deberes morales y materiales cerca de sus hijos. Orienta a los obreros sobre tal o cual punto de la legislación social que les facilite la solución de un estado temporal de incapacidad o enfermedad y reeduca en centros especiales a la juventud pervertida o delincuente.
Del programa básico de su labor se desprende cuál ha de ser la formación técnica pedagógica y práctica, que le corresponde. Las asistentas son, por decirlo así, los elementos técnicos de la caridad.
Hoy casi todos los países cuentan con Escuelas de Asistentas Sociales, con carácter oficial o privado, donde se forman, mediante los estudios correspondientes, las religiosas y seglares que aspiran a esta noble función que tanto dignifica personalmente y tanto ambienta la caridad.
Volvamos la mirada hacia atrás, para fijarla en la figura de Luisa de Marillac. La señorita Legras es un precedente auténtico, íntegro y terminado de la asistenta social de nuestros días. Es decir, que, si Luisa de Marillac surgiera de nuevo con sus funciones caritativas, no habría más que trasladar las técnicas propias de su siglo a las del siglo actual, para ver que ella llenó plenamente las obligaciones de una asistenta social; y esto, si cabe, con una intencionalidad más pura, sin que esto sea prejuzgar la de la asistencia social moderna.
Para confirmarlo recurramos al testimonio de sus primeros años de visitadora de las Caridades fundadas por Vicente de Pala’. Si cada una de las Damas de la Caridad, descendía a ratos de su peldaño social para acercarse al pobre por el puro amor de Dios, Luisa de Marillac, Superiora de las Cofradías, llevaba más vivo en su espíritu este intenso querer de la asistencia social. La vemos tomar la diligencia para llegar a las aldeas cercanas a París con su bagaje de medicamentos, lienzos, remedios y el catecismo. Su labor particular se diversifica en la asistencia tanto cuanto lo requiere las necesidades de los pobres visitados. Su permanencia entre las pobres gentes se prolonga a veces varios días, y en ellos Luisa alterna entre los cuidados de solícita enfermera y los de maestra y catequista.
La previsión social, rudimentaria entonces, no podía ejercerse de manera estable, pero Luisa se cuidaba de dirigir a los pobres al párroco del lugar, a los alcaldes o magistrados de la población, o, en fin, de poner los bajo el amparo de las gentes poderosas únicas que podían detectar la previsión social de la clase obrera y mendicante. Esta forma de previsión que Santa Luisa pedía a los ricos de su tiempo tenía por motivo la pura caridad, el amor de Dios. De ahí que la fundación de las Caridades tuviera siempre un lema divino. Esto no significa una diversidad en el modo de ejercer la caridad hoy en día. Hemos dicho más arriba que la redención de las sociedades —palabras pontificias— se basa en la unión y en la caridad de Cristo. Por tanto, no sólo en los medios, sino en los motivos que la inspiraron, Luisa de Marillac fue en su siglo, y lo es actualmente, el tipo genuino de asistenta social.
Animada, a no dudarlo, por la caridad de Vicente de Paúl, tuvo una mirada más penetrante que los reyes y gobernantes de sus tiempos. Porque Vicente de Paúl, sin estar doctorado en Ciencias Sociológicas, intuyó con más acierto que muchos grandes estadistas el remedio de las desgracias sociales. Y repetimos que su labor no fue demagógica, sino santa. Que, habiendo entendido a la perfección la palabra evangélica, consideraba al pobre como otro Cristo, o, más vicencianamente hablando, consideraba a Cristo en el pobre. De ahí que los ricos fueran para Vicente los administradores de las riquezas de Dios. Tan dignas de fe le parecieron al santo estas dos verdades, que consagró a ellas toda su vida, y su amor por los pobres convirtió su alma en un incendio de caridad. Este, traducido en el lenguaje moderno, es el hito luminoso que buscan todas las sociedades de hoy.
Luisa, en esta escuela clásicamente vicenciana, hubo de beber hasta la saciedad estas lecciones sublimes de la caridad más auténtica. No nos extrañe ver que la asistenta social más íntegra que ha existido, la mujer más santa de su siglo, no se conformara con cumplir por sí misma y por medio de las Damas de la Caridad aquellos ministerios, entre las gentes que solicitaban su ayuda. Pronto asoció a las Hijas de la Caridad a las mismas obligaciones, grabando en cada una de ellas, junto al espíritu religioso que había de ser el móvil de su apostolado, las más acertadas directrices teóricas y prácticas en favor de los pobres.
Al diversificarse los trabajos de las Hijas de la Caridad, al hallar esta expansión dentro del cometido propio de su vocación activa, Santa Luisa las aplicó precisamente a los mismos trabajos que hoy realiza la asistenta social en cualquier país del mundo civilizado. Lo más típicamente auténtico de la Compañía, la visita de los pobres a domicilio, hizo de las primeras hermanas personas completamente capacitadas para atenderlos en todas sus necesidades. La entrada de una Hija de la Caridad, hoy como ayer, a la casa de un enfermo supone, no sólo el consuelo espiritual del mismo, sino la satisfacción de las necesidades más urgentes, y un mejoramiento en el nivel de vida del hogar que visita. Supone, quizá„ el ingreso de los hijos en un establecimiento de beneficencia, el buscar al enfermo un hospital o sanatorio adecuado para su curación, y, en fin, todo el cortejo de cuidados que pueden brotar en un corazón femenino cuando está inspirado en el amor de Dios.
Las obras que siguieron a esta primera de la visita de los pobres a domicilio se conservan vivas hoy en la Compañía con el mismo carácter asistencial que tuvieron en sus comienzos. Recuérdese que la enseñanza, por el carácter que le dio Santa Luisa, se dirigía precisamente a las niñas ignorantes de las aldeas y de los barrios populosos de París, por lo cual esta iniciativa cae también dentro de los cometidos generales de la asistencia social por su carácter específico—que hoy llamaríamos lucha contra el analfabetismo—, por los medios y la forma en que se daba. como consta en las Santas Reglas, y por la calidad de las personas a quienes se dirigía: «Las pobres serán recibidas a cualquier hora si son de las que mendigan el pan…» Las aldeas y los suburbios de París fueron el primitivo campo de apostolado de estas escuelas, que se multiplicaron prodigiosamente, aun en tiempos de Santa Luisa.
El servicio de los forzados, condenados a permanecer en las lóbregas prisiones de París o a vivir atados al remo de una embarcación por el resto de su vida, fue una obra, no sólo de asistencia social, sino de superasistencia. La persona que la ejerce acumula méritos incalculables, por participar voluntariamente del ambiente penitenciario, y los sentimientos de los que la reciben se tornan nobles y llenos de gratitud, perdonan a la sociedad que los rechaza, y bien quisieran besar la mano de las que, por pura caridad, cuidan de ellos.
Hoy en día, en que el régimen penitenciario está cristianamente atendido en la mayoría de los países, en que los presos, sometidos a la condena y a la redención por su propio trabajo dentro de la cárcel, gozan de un ambiente más humano y tienen asegurada la asistencia espiritual para atender al supremo negocio de su alma, las asistentas sociales realizan sus funciones cerca de las familias de estos desgraciados, haciendo llegar a ellas lo que les es necesario para su mantenimiento y conservación decorosa, a falta de los recursos del cabeza de familia. Tendamos la mirada hacia los correccionales, donde se reeducan los menos aptos para la sociedad, y veremos que la asistencia social realiza hoy una labor eficacísima por cauces seguros. La labor actual merece toda nuestra alabanza, mas recordemos la santa figura de Luisa de Marillac lanzándose y lanzando a sus hijas, provistas del escudo de lo divino, hacia el mundo tenebroso y doliente de los galeotes. Intentemos reconstruir el cuadro, y enmarquémoslo en el espíritu fuerte de Santa Luisa de Marillac, la primera asistenta social de los presos. Porque si bien algunas damas le prestaron servicios en la prisión de San Honorato, ella fue la primera, y tras ella sus hijas, en consagrar su vida entera a esta labor, tanto más penosa cuanto más la urgía la caridad.
Asimismo la obra de los niños abandonados, la de los asilos de los mendigos y la de los dementes tocaron muy de cerca el problema social de su tiempo. París destentaba a los mendigos por el tinte de pobreza y truhanería que daban a la sociedad burguesa y adinerada que paseaba por sus calles. Esta sociedad, constituida por estratos impenetrables, hacía descender de vez en cuando sus dádivas en favor de aquellas dos lacras que en la primera infancia y en la senectud iban a borrar el colorido alegre de las fiestas de Versalles y el Louvre. Los niños abandonados, muriendo en la miserable «Cuna» sin recibir el bautismo:
los ancianos, recluidos forzosamente en pabellones inhóspitos, condenados a la inacción, que a veces degeneraba en cierta perversión senil o en la agobiadora postura de creerse una carga intolerable. He aquí lo que encontró Luisa de Marillac en el siglo XVII. Ya queda dicho cómo esta santa mujer, con el aliento fecundo de su caridad, convirtió estas degeneraciones de la sociedad en una bella obra constructiva. De su criterio respecto a la reeducación, tan en boga en la pedagogía moderna, son testigos fidedignos sus cartas y avisos a las hermanas encargadas de los asilos, donde creó un clima apropiado a aquellos infelices que carecían de familia.
Luisa de Marillac no es una rudimentaria precursora de la asistenta social de nuestros días, sino que elevó a la más alta dignidad las funciones de este cargo; lo revistió de aquellas formas sólidas y amables que hacen verdaderamente fecundas las obras apostólicas, y, sencillamente, humildemente, derribó los pilares de la sociedad de su tiempo, apoyada en una filantropía miope y arbitraria, de esa sociedad que tenía la represión por divisa, y en su lugar la cimentó en los bellos muros de la caridad, haciendo que Cristo, como rey de la sociedad humana, tuviera sus complacencias en ver amados a los pobres y a los humildes.






