Soy un gusano, y no un hombre;
el oprobio de los hombres
y el desecho de la plebe.
(Salmo 21.)
El 29 de septiembre de 1655, en una reunión familiar con las Hijas de la Caridad, San Vicente, en unión con la señorita Legras, les hablaba de las gracias que habían de dar a Dios por haberles hecho tomar sobre sí un nuevo servicio, cual era el de los pobres dementes. Tres semanas después, exponiéndoles los motivos de fe para darse a esta nueva obra, les decía lo siguiente:
«Debéis saber, hijas mías, que Nuestro Señor ha querido sufrir en su propia persona toda serie de miserias imaginables. Las palabras de la Sagrada Escritura nos dicen que ha querido pasar como piedra de escándalo para los judíos y como locura para los gentiles, para mostraros que podéis servirle en todos los afligidos. Por eso ha querido hallarse en ese estado, para santificarlo, como todos los demás. En esta creencia, debéis prestarles vuestros servicios, y, cuando vayáis a verlos, decíos a vosotras mismas: «Voy a servir a estos pobres para honrar en sus personas la persona del Hijo de Dios; quiero ver en ellos la Sabiduría encarnada de Dios, que ha querido ser reputado por loco sin serlo realmente.»
La bella idea de asistir a los pobres dementes no había surgido en el santo de una manera pasajera y accidental. Cuando en 1632 Vicente de Paúl va a tomar posesión de la Casa de San Lázaro, que desde entonces pasa a ser la Casa Principal de los Sacerdotes de la Misión, encuentra allí a varios enfermos mentales, a quienes la caridad del prior que cedía el edificio, Adriano Le Bon, había atendido hasta allí. Aunque Vicente gozaba de entera libertad para hacerles salir de la casa de San Lázaro, la única condición que puso para aceptar la donación que se le hacía fue la de que aquellos infelices locos permanecieran allí.
El cuidado que ejerció sobre ellos, ya personalmente, ya por medio de los sacerdotes de la Misión, es el que debía esperarse del corazón magnánimo que tenía para con los desgraciados. Atraído como por fuerte imán allí donde había una miseria que socorrer, tendió su mano bienhechora hacia los dementes, y, como ya era característico en él, asoció inmediatamente a las Hijas de la Caridad a esta nueva empresa.
A decir verdad, si los ministerios a que anteriormente había dedicado a Luisa de Marillac y a sus hijas eran en parte agradables y en parte repulsivos a la naturaleza, este del cuidado de los dementes apenas tenía el mínimo atractivo. San Vicente mismo lo hace notar cuando pone de relieve las condiciones personales de estas pobres gentes, dadas a la disputa, incapaces de soportar las pequeñas incomodidades que unos y otros se causaban, y, en una palabra, siempre en pie de guerra por su falta de razón.
El emplazamiento de unos míseros cuarteles, llamados «Petites Maisons», cerca de la actual Casa Madre de las Hijas de la Caridad, guardaba dentro de sí una vasta enfermería donde iban a albergarse los ancianos, los inválidos, los enfermos y los pobres dementes. Esta mezcla heterogénea, que parece inconcebible en nuestros tiempos, era fruto de la época. Únicamente en 1660, fecha aniversaria de la muerte de San Vicente y Santa Luisa, el Parlamento francés dispone que en el Hospital General haya una sala particular para los dementes, que recibían allí un trato especial para su enfermedad.
La entrada de Luisa de Marillac y sus hijas en los departamentos de las «Petites Maisons» para el cuidado de los locos hizo que los administradores pudieran felicitarse muy pronto de que hubieran desaparecido de la casa multitud de desórdenes que ofendían a Dios y buscaban la ruina de los desgraciados enfermos. El número de los acogidos por las seis hermanas que se dedicaron en los primeros tiempos al servicio caritativo entre ellos fue de sesenta a setenta, número que creció progresivamente. La fidelidad de las hermanas en el cuidado de estos pobres consiguió, un siglo más tarde, de los gobernantes de la Revolución que éstos les permitieran seguir prestando sus cuidados a los locos, porque, si bien se las obligó a dejar el hábito religioso, pudieron seguir consolando a estos infelices y dándoles pruebas de su caridad.
La solicitud de Luisa entra en detalles sugestivos respecto al cuidado, a la limpieza, a la moralidad de los dementes. Apenas hay testimonios escritos que nos reflejan esta solicitud. Mas el amor que imprimió en el corazón de sus hijas para con ellos hizo de las Hijas de la Caridad siervas incondicionalmente heroicas junto a estos desgraciados. En el secreto de la eternidad quedan escritas las vidas de estas abnegadas hermanas que pasaron desconocidas del mundo, aun de los mismos que recibieron tan solícitos cuidados, quienes, no obstante, presentaron al Padre Celestial las credenciales que habían de obtener para aquellas Hijas de la Caridad que se consagraron a ellos por amor a Cristo, el premio de la bienaventuranza.
Por eso, en el transcurso de los siglos, las Hijas de la Caridad, en todas las latitudes del mundo, siguen el camino trazado por los santos fundadores, que fueron los primeros que se preocuparon de aplicar cuidados particulares a los dementes. Los estudios psiquiátricos que hoy se realizan, bajo la vigilancia profesional de las Hijas de la Caridad en Ion países del mundo entero, son una continuación de la solicitud de los santos fundadores.
No es extraño que una joven, regresando de visitar Tierra Santa, pudiera decir:
«Después de los Santos Lugares mismos, ¿sabéis lo más bello que he visto? Una Hija de la Caridad que cuidaba a los pobres locos. La vi llorando por los pobres enfermos dementes que habían muerto víctimas del bombardeo, con la misma ternura que una madre lloraría por sus hijos.»






