Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (16)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Yolanda de Montefrio · Year of first publication: 1960.
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Y0 soy un miserable lleno de dolores;
Mas Tú, ¡oh Señor!, me has salvado.
(Salmo 68.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAVicente de Paúl, caritativo con todos los desgraciados, había de sentir ardientemente las miserias de los forzados, condenados por sus crímenes al remo de las embarcaciones del si-glo XVII, llamadas galeras. Estos hombres, juzgados dignos de severos castigos, eran destinados a este menester odioso, en lugar de pagar sus penas en las cárceles del reino.

Las continuas solicitudes de Vicente en favor de estos desgraciados habían hecho que el rey, teniendo en cuenta su alto ministerio, le nombrase por una real cédula, extendida en febrero de 1619, «capellán real de las galeras de Francia», con franca entrada en todas las mazmorras donde gemían desesperados los infelices que, culpables de delitos cometidos en otros tiempos, estaban condenados, quizá para el resto de su vida, a tan penosos trabajos.

Vicente había hablado de ellos a sus hijas en estos términos:

«¡Oh hijas mías, qué felicidad la de servir a estos pobres forzados, abandonados entre las manos de gentes sin piedad! Yo he visto a estos desgraciados tratados como bestias, lo cual ha hecho que Dios sienta compasión hacia ellos. Dios ha sentido piedad de su miserable estado y ha hecho dos cosas en su favor: primeramente ha hecho que les compren una casa; después, Él ha dispuesto las cosas de manera que fuesen servidos por sus propias hijas, porque decir Hijas de la Caridad quiere decir hijas de Dios.»

Lo que San Vicente silencia siempre en su prudente humildad es que él había sido el instrumento de Dios para el socorro de estos pobres forzados, que por su intervención la casa de que nos habla había sido comprada para ellos a fin de evitar su continua estancia en la cárcel, donde, sin ningún socorro material ni espiritual, se veían abandonados a su propia miseria y expuestos a la desesperación, si es que aún podía haber para ellos un rayo de esperanza.

La casa abierta para la asistencia de estos infortunados en el barrio de San Honorato fue una verdadera revelación de la caridad cristiana. Sin que perdiera su carácter de prisión, esta casa, a la cual podían tener acceso las personas caritativas para ejercer su obra entre aquellos miserables, era una verdadera mejora dentro de la que requerían los forzados, pero no la constituía plenamente, porque menudeaban las visitas de personas indeseables que acababan con la moralidad ya relajada de estos infelices.

Vicente de Paúl, atento siempre al bien de las almas y al cuidado de los cuerpos, llamó la atención de la Compañía del Santísimo Sacramento, que, organizando piadosamente el cuidado de estos hombres, hizo que desde 1630 mejorase su suerte espiritual.

En 1633 el clero secular hubo de reclamar contra esta medida afirmando que le correspondía a él la asistencia de los pobres forzados; de hecho pasó al párroco de San Nicolás. Sin embargo, Vicente de Paúl, corno capellán real, siguió ejerciendo su caridad sobre estos desgraciados e hizo que algunos de los sacerdotes de la Congregación de la Misión por él fundada se consagrasen al alivio espiritual de ellos, preparándolos convenientemente a recibir los santos sacramentos antes de formar parte de «la cadena», como se llamaba a su viaje de París a Marsella, donde eran destinados al remo de los barcos, y en ellos pasaban la vida entre los malos tratos y las maldiciones de los guardias que los custodiaban látigo en mano día y noche.

El párroco de San Nicolás, encargado del alivio espiritual de estos infelices, pidió a Luisa, de acuerdo con el Señor Vicente, que mandase algún recurso a los forzados. Vicente, dando un paso más en la carrera de la caridad, propuso a Luisa de Marillac la arriesgada empresa de que las Hijas de la Caridad se entregasen al servicio de los galeotes.

Luisa comprendía perfectamente la extensión y responsabilidad de la nueva obra que se le encargaba. Ella misma, desde 1618, había acudido solícita, con otras damas de la corte, a cuidar particularmente de estos desgraciados. Una de las hermanas atestigua que los había socorrido desde los arios de su matrimonio. Se tiene una carta de Vicente de Paúl que nos dice, ciertamente, qua ya en 1632 la santa iba con otras damas a cuidar de los pobres forzados, a lavar sus heridas, a darles alguna instrucción religiosa y, en fin, a llevar con ella la caridad de Jesucristo.

Lanzar a las hermanas, sencillas, humildes y puras, en medio de aquellos hombres hechos al vicio y a los crímenes, blasfemos en su mayoría, era tarea que no se había propuesto todavía a ninguna mujer. Si en 1632 se tomaron serias medidas entre las damas de Francia para hacer la visita a los forzados, con mayor razón habría que tomarlas ahora, más graves y profundas, para organizar de manera permanente, a cargo de las hermanas, el servicio de los mismos.

Sin embargo, el corazón de Luisa, que se había compadecido muchas veces de estos infelices, no iba a negarles ahora la ayuda eficaz que la Providencia les preparaba. Además, la obra no tenía ningún atractivo humano. Mirándola a lo divino, los motivos que Vicente de Paúl alegaba para emprenderla le parecían a Luisa sobrenaturalmente providenciales. Aquellos hombres tratados como bestias, hambrientos y mal vestidos, llamaban incesantemente a su corazón y aumentaban en ella el anhelo incesante de socorrerlos.

Y, sin embargo, la cuestión no carecía de delicadeza, tratándose de hermanas jóvenes, que habían de ir a darse por completo, a compartir verdaderamente la vida de aquellos hombres. Y el proyecto, lentamente, humildemente, se realizó. En 1640 la donación de una gran dama de la corte, la hija de M. Cornuel, que dejó en testamentaría seis mil libras de renta para los galeotes, abrió nuevos caminos a la asistencia de estos desgraciados.

Vicente de. Paúl escribió a su santa colaboradora, que se hallaba ausente de París, para indicarle que su presencia se hacía necesaria en la organización de la magna obra que comenzaba.

El corazón maternal de Luisa estaba inclinado siempre a la misericordia, pero hubo de sopesar antes las condiciones en que habían de vivir sus hijas, cuyas almas le importaban soberanamente. Llevadas entre las gentes de mala vida, habrían de sufrir forzosamente sus malos tratos. Y, sin embargo, estaba plenamente convencida de que Dios había de velar por la pureza y la inocencia de las Hijas de la Caridad, puesto que Él mismo las conducía a vivir estrechamente unidas a sus propios intereses, que eran los de los pobres.

Mas la formación de las hermanas dedicadas al ministerio de los forzados estaba totalmente en manos de Santa Luisa desde todos los aspectos; efectivamente, si en todos los demás oficios a que había destinado a sus hijas, las había seguido con su solicitud, mucho más hubo de hacerlo en éste, no contentándose con visitas aisladas a las cárceles donde estaban sirviendo a los forzados, sino instalándose de hecho con ellas en la prisión de la Tournelle, donde, con su santo ejemplo, pudieron encontrar las hermanas el aliento necesario para llevar a cabo tan penosa misión entre aquellos desgraciados.

El celo de las hermanas se multiplicó sobremanera entre los forzados, puesto que Luisa les decía que, si habían sido destinadas al servicio de estos pobres de Cristo, era deber primordial suyo el alcanzar para ellos un nuevo nivel de vida. Ellas mismas, con infinita caridad, condimentaban en su propia casa los alimentos destinados a los presos, y se los llevaban solícitas a las horas indicadas en el reglamento de la cárcel. Curaban sus llagas y atendían a la limpieza de sus vestidos, tarea dura a la naturaleza, pero hermosísima a los ojos de Dios. Por eso Luisa de Marillac exhortaba a sus hijas a valerse de medios puramente caritativos para poder llegar al alma de aquellos desgraciados.

Les pedía que los tratasen con gran respeto, pese a que ellos muchas veces las recibían groseramente, gritándoles que eran sus criadas, y que por los servicios que les prestaban ellas recibían dineros abundantes para mantenerse con holgura. Esto, al precio da una vida, era completamente heroico.

Luisa manifestaba que el agrado con que recibieran las hermanas los malos tratos no tardaría en ablandar aquellos duros corazones, puesto que, iluminados poco a poco con la gracia de Dios, habrían de comprender que, humanamente hablando, sus servicios sólo proporcionaban sacrificios de una tan gran dimensión que no podían ser premiados en la tierra. Además, el santo respeto que Luisa inculcaba a las hermanas hacia todos aquellos a quienes debían socorrer hizo que diera a sus hijas otro nuevo medio para contribuir al bienestar de los forzados. Les decía que usaran con ellos de gran dulzura y de maneras afables, y ante esto los guardianes de aquellos infelices, hombres sin escrúpulos, que echaban mano del látigo a la menor contrariedad, refrenarían sus castigos, al ver que unas mujeres, más débiles que ellos, sabían afrontar los insultos con entereza de corazón.

«Poca cosa es—decía Luisa a sus hijas—llevar el alimento y los cuidados a los pobres forzados, si no os proponéis a Jesucristo como modelo de vuestro ministerio. Si nos olvidamos,. aunque sea en poco, del pensamiento de que los pobres son los miembros dolientes de Jesucristo, esto mismo nos hará disminuir necesariamente el amor y la dulzura que debemos conservar para con nuestros amos. Por el contrario, este pensa-miento hará que no tengamos ninguna pena en servirlos y nos enseñará a respetarlos, a cuidarlos y a no quejamos jamás.»

Al aceptar tales enseñanzas las Hijas de la Caridad han escrito páginas gloriosas de mortificación y paciencia en el servicio de los forzados, porque, superando las fuerzas de la naturaleza, sufrieron grandes vejámenes y humillaciones de aquellos hombres con la paciencia de Jesucristo. Y Cristo, hecho caridad en la vida de aquellas abnegadas hermanas, se entregó a los que hasta entonces no habían sido más que pobres despojos de la humanidad, considerados como seres perversos, a quienes había que tratar el resto de su vida con arreglo a los crímenes de su juventud. Mas, bajo apariencias tan viles, latían almas redimidas que podían poseer a Dios en el cielo.

Las actividades de Luisa de Marillac en cuanto a los galeotes no se referían únicamente a los cuidados anexos a la vida diaria. Encargada de la administración de las rentas que se le habían concedido para esta obra, tenía extraordinario cuidado para que todo fuera distribuido según la recta conciencia equitativa. La delicadeza de su alma en este punto es tan exquisita como al dirigirse a la reformación de aquellas gentes, por fuerza depravadas, uniendo una vez más, con un temple perfecto de espíritu, el bienestar de los cuerpos y la salud de las almas.

Moral e higiene, estrechamente unidas en nuestros tiempos, no se conjugaban tan perfectamente en el siglo XVII para las autoridades que cuidaban de la salud pública. No es extraño que abundasen las enfermedades, física y moralmente hablando, allí donde sobreabundaba la ranciedad, la miseria y la hediondez. Las Hijas de la Caridad, siguiendo las instrucciones de su Santa Madre, tuvieron «esmerado cui dado de los galeotes enfermos, mayor aún que el que pudieran tener de otros de los enfermos que asistían», habida cuenta de que la miseria y el abandono de estos últimos urgían más la caridad.

Y la hermosa práctica de la Compañía, «dejar a Dios por Dios», fue también divisa entre las hermanas que cuidaban a los forzados, a cuyo servicio estaban consagradas.

Consciente Luisa de Marillac del beneficio que suponía para las almas de los forzados, y aún más para las de los poderosos, un acercamiento mutuo, pidió a las Damas de la Caridad que asistieran a las cárceles a las horas en que los galeotes, hallándose reunidos para tomar los alimentos que las hermanas les llevaban, pudieran ver que también la caridad de Cristo obraba en los corazones de los grandes de la tierra, pues que por su amor los visitaban, cumpliendo el consejo evangélico.

Luisa dejó echados los fundamentos del servicio caritativo entre los prisioneros. Hoy, en todas las partes del mundo, las Hijas de la Caridad destinadas al servicio de los que viven en las cárceles cumplen, con la donación de la vida entera, el precioso legado materno, dirigido a aquellas que en el siglo XVII se santificaron en el servicio de los forzados:

«Sed en vuestros empleos—les dice—como la luz del sol, que pasa continuamente sobre las inmundicias sin mancharse con ellas.»

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