Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (13)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Yolanda de Montefrío · Year of first publication: 1960.
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No es así que está el Señor
observando mis caminos
y contando todos mis pasos?
(Job, XXXI.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa Pequeña Compañía, fundada por Vicente y Luisa para visitar a los pobres a domicilio, habría de diversificarse en tantas obras cuantas son las manifestaciones de la miseria humana a las que puede aplicarse la caridad. El vasto panorama que hoy ofrece la Compañía, extendida por todo el universo, acogiendo en su seno todas las necesidades que puede albergar la caridad de Cristo, se sustenta radicalmente en los mismos principios que los santos fundadores le dieron como cimiento.

La evolución de los tiempos ha impuesto cambios en las diversas técnicas profesionales cerca del enfermo, del niño y del anciano; la Compañía, llamada a socorrer todas las necesidades, quiere para los pobres, sus amos y señores, todo cuanto beneficie sus cuerpos y sus almas. Por eso multiplica sus esfuerzos de adaptación en todos los tiempos y en todos los países, haciendo timbre de gloria el seguir la pauta iniciada por sus santos fundadores, que lleva implícita una superación en todo aquello que contribuya a la asistencia de los necesitados.

Por esta razón nada es hoy extraño al verdadero espíritu de la Compañía que le imprimieron sus fundadores en los tiempos primitivos. Habida cuenta de la capacidad apostólica de Santa Luisa, de su talento práctico, de sus dotes de organización y administración, al parangonarla hoy con las figuras de más alto relieve social, siempre corresponderá el primer puesto a la que tan sencillamente llamaban la señorita Legras y que hace tres siglos, en lucha con un ambiente reaccionario, logró ser precursora gloriosa de las obras de caridad y apostolado moderno. El Evangelio, que continuamente meditaba, había sido su faro luminoso y su guía.

La santidad de su vida, escondida para muchos, es la santidad que hermana la tierra con el cielo, que no huye, que no desdeña la mano que se le tiende ansiosa de misericordia. Amable santidad, que no se cierra en la posesión de la gracia como en la de un tesoro particular que se custodia con avidez para sí, sino que, dichosa con la posesión de los bienes perdurables, abre pródigamente sus manos para darlos a los demás.

Y más admirable este don de caridad si se dirige a los desheredadas de la suerte, a los que el mundo llama pobres, pero que merecieron de Cristo la infalible promesa del reino de los cielos.

Dios quiso que las Hijas de la Caridad, aunque tuvieran como primer objeto el cuidado de los enfermos a domicilio, extendieran su acción a los de los hospitales. Las Damas de la Caridad, que atendían al Hospital General, se veían a veces en la imposibilidad de cuidar a los enfermos contagiosos, por el peligro que podrían llevar a sus propios hogares; el hospital, puesto en manos poco expertas en el cuidado de los enfermos, veía amontonarse en sus salas a los pobres infecciosos sin otro socorro que el que las caritativas señoras quisieran ofrececerles.

Luisa de Marillac, como Superiora que era de las Cofradías de la Caridad, hubo de visitar repetidas veces aquellas salas donde se mezclaban el dolor y la miseria. En ellas se apiñaban los enfermos y los moribundos en una promiscuidad que hoy nos sería difícil imaginar. Las salas estaban mal aireadas y mal alumbradas. Que seis enfermos quedaran instalados en cada uno de los camastros, tres en un sentido y tres en otro, era cosa corriente. La higiene, poco aplicada y conocida por entonces, faltaba por completo. No era difícil que pobres atacados benignamente por la fiebre infecciosa muriesen al poco tiempo por. el contacto con otros enfermos más graves que ellos.

Aunque las religiosas agustinas, encargadas del hospital, cumpliesen junto a ellos su ministerio, los recursos que tenían para beneficiar a estos infelices eran insuficientes. Además, apenas tenían precisado en aquel tiempo el reglamento de trabajo que las hubiera aplicado eficazmente al servicio de los enfermos.

Es la época en que una de las damas, la señora Goussault, se hizo cargo del cuidado de estos enfermos, juntamente con otras de las más diligentes de la Cofradía. Enterado Vicente de Paúl de que ni la administración de este hospital ni la Comunidad admitirían injerencias extrañas, rehusó por el momento hacerse cargo de este establecimiento y no permitió que entrasen en él las Hijas de la Caridad. Pero el Arzobispo de París, Juan Francisco de Gondi, insiste en que se le den para el servicio del hospital algunas damas de la Cofradía.

En este trance, las Hijas de la Caridad entran en el hospital para hacerse cargo de los enfermos contagiosos, y redoblan sus caritativos cuidados, no sin que por ello pongan en peligro sus vidas, amenazadas siempre por el contagio.

Luisa de Marillac fue la primera en prestar sus servicios a los apestados, aunque su frágil salud hubiera podido dispensarle de dar este hermoso ejemplo a sus hijas.

Tras pequeñas tentativas de ensayo, dos hermanas quedaron instaladas de hecho cerca del hospital, en unas habitaciones que las damas habían alquilado para este efecto, y en las que guardaban ropas, medicinas y otros enseres que habrían de proporcionar el bienestar y los remedios necesarios a aquellos infelices.

El dominio de la repulsa natural que aquellos cuadros de conjunto —miseria, dolor, suciedad—hubieran representado para ánimos menos dispuestos que los de Luisa y sus hijas difícilmente lo podemos entender. Pero ellas sabían que la perseverancia en estas penosas tareas no podría ser recompensada más que con el premio eterno. El atractivo era nulo; el peligro, inminente. Dios, que había suscitado en el corazón de esta santa mujer los más prodigiosos sentimientos de caridad, hizo que, a su impulso, las hermanas inauguraran entre aquellos pobres su asistencia generosa a los hospitales.

En 1634 quedaron definitivamente al servicio del Hospital General de París. En 1640 toman posesión completa del Hospital de Santa María, de Angers. Hoy, a través del mundo, las Hijas de la Caridad tienen a su cargo millares de hospitales, que prosperan bajo la aplicación de todas las reglas y principios inaugurados por Luisa de Marillac en el Hospital de Angers.

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