Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (01)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CREDITS
Author: Yolanda de Montefrio · Year of first publication: 1960.
Estimated Reading Time:

YO, el Señor,
te he llamado por amor,
te he tomado por la mano
y te he preservado
(Isaías, XLII).

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAsomarse a un alma es tarea aventurada; contemplar los ma­tices que encierra, el más bello descubrimiento.

En lo cotidiano de nuestro vivir, envueltos en pequeñas preocupaciones, apenas percibimos el ritmo de almas hermanas, de las que rozan su vida con la nuestra. Mezquino egoísmo que, entre­gado a sus propias andanzas, no sabe pulsar esa arpa maravillosa que es el alma que pasa a nuestro lado; el alma que convive nuestro día fugaz, nuestro pequeño instante.

Vicente Gar-Mar afirma que «las almas están en carne viva junto a nosotros». De esa aguda observación del filósofo de las Sugerencias se desprende una interesante tarea a la que podemos aplicar los recursos de nuestra personal sensibilidad, tantas veces perdidos en la marea de acontecimientos triviales.

Conocer a un alma íntimamente, profundamente, nos daría una visión opuesta a esa pretendida vulgaridad que reprobamos en los otros, y que es quizá reflejo de nuestra propia vulgaridad.

Siempre es interesante estudiar el perfil de un alma. Un perfil dibu­jado por los menudos hechos de su vida, que proporcionan rasgos puros, idénticos, perfectos. La mayoría de los hombres somos—aunque incons­cientemente—aficionados a esa fecunda tarea. Díganlo los autores de la novelística de todos los tiempos, que, para satisfacer esa nuestra curio­sidad de penetrar las vidas ajenas, nos presentan personajes de ficción, tan fielmente sujetos al patrón humano que pueden dejar honda huella en nuestra sensibilidad. Y merced a ese artificio, a la creación literaria, hemos conocido multitud de perfiles humanos, ya grandiosos, ya medio­cres, que podríamos reconstruir perfectamente.

Sin embargo, el estudio de un personaje novelesco, por muy viva­mente que se haga, se pierde, para nuestra íntima consideración, en su falta de realidad. De ahí que un perfil sea más cautivador, más bello, cuanto más se concrete en lo real. El alma que «pasa en carne viva a nuestro lado» nos ofrece rasgos propios, inconfundibles, que vibran a estímulos divinos y humanos, porque está asida doblemente al cielo y a la tierra. Dios, que es su autor, ha vertido en ella su imagen y semejanza, y la ha puesto en el mundo—perfecta armonía de sus manos—para que siga el camino que una primera gracia infundió en ella.

Un perfil humano empieza a dibujarse en los primeros años de la vida; el alma, abriéndose a la acción, va haciéndose responsable de su propia fisonomía.

Recibidos de su Creador los medios necesarios para fijar en sí ras­gos eternos, nos da a veces, a lo largo de su existencia, el desdibujado contorno de un ser mediocre, vacío de ilusiones, olvidado de su fin; o la plástica representación de una personalidad amorfa, indiferente a los impulsos del bien; o el bello y armónico equilibrio de una vida santa, que ha sabido trazar los rasgos de su fisonomía de acuerdo perfecto con el perfil de Cristo.

Si el estudio de un alma, cualquiera que sea, nos ofrece maravillosos resultados, el estudio de un alma santa lleva necesariamente nuestra mirada a horizontes nuevos, que dirán mucho a nuestra vida. No olvide­mos que la santidad es el estado a que todos somos llamados desde el bautismo; consideración profundísima, pero casi siempre adormecida en­tre mil preocupaciones vitales. Demos un paso más en el interior de nuestra conciencia, y veremos que la santidad nos parece algo extraño.

Un santo es para nosotros un ser sublime, aéreo, que apenas ha to­cado la tierra, envuelto siempre en las sutiles mallas de lo divino, sin contacto con lo ordinario, lo habitual, lo imperfecto. Los santos, en nues­tro concepto, son idealizadas figuras de otro tiempo, forjadas a lo di­vino. Las leyendas con que los aureolaron algunos hagiógrafos nos dan de ellos una semblanza venerable, superior casi siempre a nuestras posi­bilidades. Merced a este concepto de la santidad y de los santos les hemos rendido nuestra admiración, sin preguntarnos siquiera cuál ha sido el hilo a que han ensartado sus días terrenales para lograr el triunfo eterno.

Los santos no son figuras apergaminadas; son los seres más humanos que han existido, porque han sabido conjugar con perfecta habilidad esas dos potencias, cuerpo y espíritu, que llevamos dentro. Han pasado la vida ordinaria de todo mortal—descontemos los favores particula­res—con las mismas posibilidades que nosotros podemos tener; su ha­bilidad, su acierto supremo, ha sido el de vivir unidos al cielo por la gracia santificante.

Los santos han recorrido en esta vida la escala de los valores—tan en boga en nuestros tiempos—y han sabido detenerse en los que tienen un peso eterno, pasando por los demás con pie ligero, con la sutileza propia del que no quiere posarse en lo vano y en lo caedizo.

Hondamente sensibles, no han desparramado sus esfuerzos en la bús­queda de lo inútil y de lo accesorio. Han tenido la previsión de hacer un alto en el camino de la vida y preguntarse hondamente por su fin. De ahí que el conjunto de sus días sea una carrera acelerada hacia la meta de la eternidad. Han tenido el ingenio que el Señor alabó en la parábola evangélica del mayordomo infiel; mas si éste negoció un te­soro corruptible, los santos se sirvieron tan acertadamente de las cosas materiales de la vida que se granjearon con ellas un reino eterno.

Los santos pasan a nuestro lado. Ayer y hoy. Quizá no percibimos su contacto; pero Dios, hoy como ayer, tiene sus elegidos, que son la sal que impide la corrupción del mundo.

Un escritor español moderno afirma en uno de sus libros que «la pre­sencia de un santo junto a nosotros es siempre molesta». Sí; la presen­cia de un santo en nuestras vidas es siempre molesta para nuestra indo­lencia y nuestra tibieza, para esa cobardía que la naturaleza encuentra siempre en el camino del bien.

Mas, vertiendo una frase profética en un sentido más amplio, po­dríamos decir también: «Acercaos, y seréis iluminados».

Ese debe ser nuestro intento al levantar el velo de un alma santa y descubrir los tesoros que encierra, en los que el mismo Dios halla sus delicias.

Y no olvidemos que la vida de un santo nos atañe tan íntimamente que su ejemplo podría dar nuevos rumbos a nuestra pobre vida.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *