Un nuevo modo de concebir la vida consagrada

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Anónimo · Año publicación original: 1976 · Fuente: Anales españoles.
Tiempo de lectura estimado:

I.—La madre Guillemin

El Cardenal Garrone, en su libro: Religieuse aujourd’hui: oui, mais… (Ed. Fleurus, 1969), nos ofrece la gran figura de la Madre Guillemin (pá­ginas 154-162).

“No es una santa canonizada…, pero sus rasgos han llegado a ser fa­miliares para muchos. Cuando se celebraba algún congreso, frecuente­mente era llamada para desempeñar un papel de primer orden. Lo mismo se debe decir cuando se trataba de las grandes reuniones de la Iglesia para las que su inteligencia y su prestigio naturalmente la destinaban, como sucedió durante el Concilio… Uno estaba habituado a encontrar este testi­monio, a escucharla y hasta admirarla, aprovechándose de su competen­cia y gozarse de su magnífica y valiente amplitud de espíritu…

Una gran lección se puede aprender del ejemplo que nos da esta Hija de S. Vicente de Paúl: verla cómo vivía, escucharla cuando hablaba, dada totalmente a lo que decía y hacía, pero, evidentemente, también dada a su Señor…

Sor Guillemin nos ofrece, en forma casi única por la nítida claridad y por su evidencia, la prueba de que lo esencial de la vida religiosa puede aceptar sin reserva alguna las realidades más nuevas y más desconcer­tantes, las que nos ofrecen las condiciones actuales del mundo.

…Testigo de lo que algunos llaman el pasado, ella se enfrenta con el mundo y exige, en nombre de la fidelidad, los más llamativos cambios.

Ella misma dice:

La extraordinaria evolución del mundo, de sus conocimientos científicos, de sus conquistas técnicas, de su pensamiento filosófico y de sus ideologías, la socialización, la promoción de la mujer en la sociedad y la del laicado en la Iglesia, transforman profundamen­te el contexto sociológico y eclesial en el que se sitúan las Congre­gaciones…

Nos sentimos inclinadas a buscar nuestro punto de apoyo en las costumbres y en la tradición y nuestra seguridad en la referencia  al pasado, mientras que, por otra parte, nos vemos solicitadas, atraí­das, incluso violentamente, hacia una concepción nueva de la vida, todavía poco clara, y que, en último término, somos nosotras, con todos nuestros hermanos, quienes la hemos de buscar y descubrir. Es una situación menos confortable que la de las generaciones an­teriores que nos han precedido…, mucho más exigente. No hay ya fidelidad verdadera fuera de esta búsqueda. La fidelidad a nuestro tiempo no puede ser ya estática sino dinámica…

El pobre “francés medio” vive la mayor parte del tiempo en una especie de tensión: Entre sus posibilidades de hombre medio y las exigencias científicas y técnicas de la civilización elevada a niveles casi sobrehumanos.

Entre las necesidades profundas de realización y de equilibrio per­sonales y la usurpación de una socialización que le avasalla en to­dos los dominios.

Entre las impresiones directas y familiares, humanamente percep­tibles de sus prójimos, y la multiplicación de las noticias universa­les transmitidas por las ondas.

Entre sus ideas antiguas y tradiciones y las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo que se le presentan con todos los me­dios de propaganda.

Entre su necesidad natural de tranquilidad y la invasión del ruido y rapidez del ritmo de la vida.

Resuenan a su alrededor múltiples llamadas invitándole a compro­meterse en una manera de ser, de vivir, de pensar, que le haga su­perarse. Este estado de tensión, vivido evidentemente en grados muy diversos, según los individuos y las circunstancias, parece ser una de las características de nuestra época, impregnada todavía por una civilización ya superada, y arrastrada, por otra parte, violenta­mente hacia una renovación radical de todas las cosas, hacia un orden nuevo todavía mal equilibrado.

…Si (la religiosa) quiere ser fiel al mundo, a Cristo y a la Iglesia, y por consiguiente a sus fundadores, la religiosa de hoy está obli­gada a pasar:

  • de una situación de posesión, a una postura de inserción,
  • de una posición de autoridad, a una posición de colaboración,
  • de un complejo de superioridad religiosa, a un sentimiento de fraternidad,
  • de un complejo de inferioridad humana, a una franca participa­ción en la vida,
  • de una inquietud de conversión moral, a una inquietud misio­nera.

Es menester confesar que esto supone una verdadera revolución de nuestras posiciones tradicionales y que exige una larga y perseverante preparación de los espíritus. Es menester, también, saber que nos llevará a opciones bastante serias; y es preciso, por fin, estar persuadidos de que no aceptar esta reconversión es ir en dirección opuesta a la marcha del mundo y de la Iglesia… y condenarse a sufrir las consecuencias.

II.—El pensamiento de san Vicente: “Démonos a Dios para…”

He aquí una de las expresiones más frecuentes y, sin duda, más sig­nificativas de San Vicente. Es esta fórmula la que él emplea frecuente­mente para expresar la idea que tiene de la consagración, tanto en la C.M. como en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Por ejemplo, cuan­do dice: Vosotras sois pobres hijas de la Caridad que os habéis dado a Dios para el servicio de los pobres.

A) La base: amor afectivo y efectivo

Lo que llama la atención principalmente en esa frase: darse a Dios para el servicio de los pobres es la relación directa y necesaria que pone entre el don total a Dios y el servicio de los pobres. Es necesario buscar en ella el sentido y la justificación del modo cómo San Vicente concibe y vive el amor de Dios. Este amor no es sincero ni verdadero más que en la medida en la que se prueba y se traduce en vida y acción.

“No, no nos engañemos…”

Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan, sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo: “Mi Padre es glorificado, dice Nuestro Señor, en que deis mucho fruto” (Jn. 15,8). Hemos de tener mucho cuidado en esto: porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satis­fechos de su imaginación calenturienta, contentos por los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración; hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar la oveja des­carriada (Lc. 15,4-7), de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos: “Totum opus nostrum in operatione consistit”.

Y esto es tan cierto que el santo Apóstol nos declara que sola­mente nuestras obras son las que nos acompañan a la otra vida (Apoc 14,13). Pensemos, pues, en esto; sobre todo, teniendo en cuen­ta que en este siglo hay muchos que parecen virtuosos, y que lo son efectivamente, pero que se inclinan a una vida tranquila y muelle, antes que a una devoción esforzada y sólida. La Iglesia es como una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen.

“Es necesario que el amor afectivo PASE u ser efectivo…”.

El amor efectivo es la ternura en el amor. Tenéis que amar a nuestro Señor con ternura y afecto, lo mismo que un niño que no puede separarse de su madre y que grita: “Mamá”, apenas siente que se aleja. Del mismo modo, un corazón que ama a nuestro Señor no puede sufrir su ausencia y tiene que unirse con él por ese amor afectivo, que produce a su vez el amor efectivo. Porque no basta con el primero, hermanas mías, hay que tener los dos. Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio a los pobres, emprendido con ale­gría, con entusiasmo, con constancia y amor. Estas dos clases de amor son como la vida de una hermana de la Caridad, porque ser Hija de la Caridad es amar a Nuestro Señor con ternura y constan­cia: con ternura, sintiéndose a gusto cuando se habla de El, cuando se piensa en El, y se llena toda de consuelo cuando se le ocurre pen­sar: ¡Mi Señor me ha llamado para servirle en la persona de los pobres!, ¡qué felicidad!

El amor de las hijas de la Caridad no es solamente tierno; es efectivo, porque sirve efectivamente a los pobres corporal y espi­ritualmente.

B) La consagración: don total a Dios para el servicio de los pobres

Esta relación necesaria entre el amor afectivo y el amor efectivo, la encontramos lógicamente entre el don total a Dios —constitutivo de toda consagración— y la evangelización del servicio a los pobres. El don total se hace a Dios y se hace para el servicio a los pobres.

1. El don total se hace a Dios

En el texto que sigue, San Vicente comenta a los misioneros las pa­labras del Señor: Buscad primero el reino de Dios…, y llega a la idea de una consagración total a Dios.

Buscad a Dios en vosotros, ya que san Agustín confiesa que, mientras lo andaba buscando fuera de él, no pudo encontrarlo; bus­carlo en vuestra alma, como en su morada predilecta; es en el fon­do donde sus servidores, que procuran practicar todas las virtudes que las establecen. Se necesita la vida interior, hay que procurarla; si falta esto, falta todo; y los que ya se han quedado sin ella, tienen que llenarse de confusión, pedirle a Dios misericordia y enmen­darse. Si hay un hombre en el mundo que lo necesita, es este mise­rable que os está hablando; caigo y vuelvo a caer, salgo muchas ve­ces fuera de mí y pocas veces entro en mi propio interior; voy acu­mulando faltas sobre faltas; es esa la miserable vida que llevo y el mal ejemplo que os doy… Procuremos, hermanos míos, hacer­nos interiores, hacer que Jesucristo reine en nosotros; busquemos, salgamos de ese estado de tibieza y de disipación, de esa situación aseglarada y profana, que hace que nos ocupemos de los objetos que nos muestran los sentidos, sin pensar en el creador que los ha hecho, sin hacer oración para desprendernos de los bienes de la tierra y sin buscar el soberano bien. Busquemos, pues, hermanos míos, ¿y qué?, busquemos la gloria de Dios, busquemos el reino de Jesucristo.

Después de la palabra buscad viene la palabra primero, esto es: buscad el reino de Dios antes que todo lo demás. Pero, Padre, hay tantas cosas que hacer, tantas tareas en la casa, tantas ocupacio­nes en la ciudad, en el campo; trabajo por todas partes, ¿habrá que dejarlo todo para no pensar más que en Dios? No, pero hay que santificar esas ocupaciones buscando en ellas a Dios y hacerlas más por encontrarle a El allí que por verlas hechas… Digámosle, pues: ¡Oh, rey de nuestros corazones y nuestras almas!, aquí estamos hu­mildemente postrados a tus pies, entregados por entero a tu obe­diencia y a tu amor; nos consagramos de nuevo por completo y para siempre a la gloria de tu majestad; te suplicamos con todas nues­tras fuerzas que establezcas tu reino en la compañía y le concedas la gracia de que ella te entregue el gobierno de sí misma y que na­die se aparte de él, sino que todos seamos conducidos según las nor­mas de tu Hijo y de los que Tú has puesto para gobernarla.

En otro texto habla a las Hijas de la Caridad del don total que hacen a Jesucristo, que hacen al entrar en la comunidad.

…Fijaos bien, hijas mías. Al entrar en la Compañía, escogisteis a Nuestro Señor por esposo y él os recibió como esposas, o mejor dicho, os prometisteis con él… Y como el matrimonio no es sino una donación que la mujer hace de sí misma a su marido, también el matrimonio espiritual que habéis contraído con Nuestro Señor no es más que la entrega que le habéis hecho de vosotras mismas; igualmente él se ha entregado a vosotras, ya que se entrega a las almas que se dan a él por un contrato irrevocable que nunca jamás romperá; de modo que, por la gracia de Dios, podéis decir que vues­tro esposo está en el cielo. Pues bien, lo mismo que una mujer pru­dente no mira a ningún otro hombre más que a su marido, o se con­vierte en adúltera, así también una hija de la Caridad que tiene la dicha de ser esposa del Hijo de Dios pero que se apega a alguna cosa, es una adúltera por preferir la criatura a Dios. ¡Qué pena para un esposo ver a su esposa faltar a la fidelidad que le debe! ¡Hijas mías!, no hay dolor semejante a ese. Y también, ¡qué mo­tivo de aflición para una miserable criatura que, de esposa de nues­tro Señor que era, pasa a un estado de adulterio, cuando se apega a las criaturas!

2. El don total para el servicio de los pobres

Si ciertamente el don total se hace a Dios, es también verdad que se hace para la evangelización y el servicio a los pobres, porque, como lo recuerda constantemente San Vicente, es por eso por lo que vosotros habéis entrado en la compañía.

“Es PARA catequizar a los pobres para lo que Dios os envía aquí…”

Nosotros estamos en esta vocación de modo muy conforme a Nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. “Misit me evangelizare pauperibus” (Lc 4,18). Y si se le pregunta a Nuestro Señor: ¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra? A asistir a los pobres. ¿A algo más? A asistir a los pobres, etc. En su compañía no tenía más que a pobres y se detenía poco en las ciu­dades, conversando casi siempre con los aldeanos, e instruyéndoles. ¿No nos sentiremos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre? Y si se le preguntase a un misionero, ¿no sería para él un gran honor decir, como nuestro Señor: “Misit me evangelizare pauperibus”? Yo estoy aquí para catequizar, instruir, asistir a los pobres.

“Dios os ha escogido para esto…”

“…Las carmelitas tienen por finalidad el espíritu de oración; las Hijas de Santo Tomás cantan las alabanzas de Dios y asisten al prójimo cuando pueden; las hermanas del Hótél-Dieu trabajan primero en su propia perfección y luego asisten a los enfermos, lo cual, en cierto modo, es hacer lo mismo que vosotras. Pero ellas no tienen regla que les obligue a asistir en general a todo el mundo, esto es, a todos los pobres, mientras que vosotras debéis, sin ex­cepción alguna de personas y lugares, estar siempre dispuestas a ejercer la caridad. Dios os ha escogido PARA esto…

Así, en esta forma de concebir la vida consagrada, la unidad es cons­tante e íntimamente realizada entre el don total a Dios y el servicio a los pobres: un servicio siempre enraizado en el don total a Dios, traducido y testimoniado en el servicio a los pobres.

C) Consagración y votos

El don total a Dios para evangelización y servicio a los pobres cons­tituye una exigencia de la vocación a la Congregación de la Misión o a la Compañía de las Hijas de la Caridad. San Vicente se lo recuerda frecuentemente a unos y otras.

La práctica de los votos —por el contrario— no se introduce sino progresivamente y de una manera desigual en las dos comunidades.

No se puede confundir consagración y votos, en lo que a nosotros concierne, aunque los votos sean la expresión canónica tradicional de la consagración. Se conocen las dificultades que San Vicente encontró sobre este punto. El conocía perfectamente el valor de los votos y ani­maba frecuentemente a su práctica, pero sin olvidar jamás las exigencias de la evangelización y del servicio a los pobres. En esta misma tensión nosotros hallamos la preocupación del don total a Dios para el servicio de los pobres.

“…Es el estado que Nuestro Señor escogió…”

Pero sigamos adelante y veamos cuál es ese estado al que Dios nos ha llamado. ¿Es una religión? No, se trata de sacerdotes seculares que se colocan en ese estado que nuestro Señor escogió para sí mismo, renunciando a los bienes, a los honores y a los placeres.

—Dice usted, Padre, que no es una religión, pero nosotros vivi­mos aquí como en una religión y hacemos lo mismo que los reli­giosos, e incluso los votos de pobreza, castidad y obediencia, como se hacen en una religión.

—Os digo que no se trata de una religión y que no somos reli­giosos, ya que, propiamente hablando, sólo los votos solemnes cons­tituyen la religión, y nosotros no hacemos votos solemnes…

Entonces, ¿a qué llama usted votos simples? Es todo voto que no está comprendido en la ordenación o en la religión aprobada. Aunque en cuanto a nosotros, aunque no seamos religiosos, somos sin embargo de la religión, no ya de san Francisco o de Santo Do­mingo, sino de San Pedro y, para mayor firmeza se han añadido los votos de pobreza, castidad y obediencia. ¿Creéis, hermanos míos (hablo especialmente a los sacerdotes), que hay mucha diferencia en­tre nosotros y los religiosos? Nosotros estamos obligados a la cas­tidad y a la obediencia como ellos y hemos hecho este voto en la ordenación, por tanto, falta sólo la pobreza, cuyo voto se ha añadido por causa de la pasión del deseo de riquezas, mucho mayor en los eclesiásticos que en los laicos, a pesar de que no tienen tantas car­gas como éstos, ni familia que alimentar, ni hijos por quienes pro­veer…

“…¿Hacéis votos religiosos…?”

Iréis, pues, mis queridas hermanas, a buscar a tales y cuales per­sonas y, si os llevan a ver al obispo de esa diócesis, le pediréis su bendición, le diréis que queréis vivir totalmente bajo su obediencia y que os entregáis a él para el servicio de los pobres, ya que para esto habéis sido enviadas.

Si os pregunta qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, y que no se trata de que no estiméis a las religio­sas, pero que si lo fueseis, tendríais que estar encerradas y que, por consiguiente, tendríais que decir: adiós al servicio de los pobres. Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad, que os habéis en­tregado a Dios para el servicio de los pobres, y que se os permite dejarlo y también se os puede despedir.

Si os pregunta: ¿Hacéis votos religiosos?, decidle: ¡oh!, no, señor, nosotras nos entregamos a Dios para vivir en la pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras por un año. En fin, mis que­ridas Hermanas, entregaos a Dios para hacer bien lo que vais a hacer…

III—Nuestra manera de concebir la vida consagrada

1. En el contexto del siglo XVII, contexto de cristiandad, san Vi­cente insiste con fuerza en la absoluta necesidad de traducir en obras y concretar el amor de Dios.

Hoy el contexto ha cambiado: falta de fe o fe débil. Nosotros, sin duda, tenemos más y más conciencia de la necesidad de un compromiso por un mundo más humano. Reflexionamos sobre nuestros métodos… pero, ¿nos preocupamos de reflexionar sobre nuestra fe, de hablar con otros de aquel que nos ama?

Partamos de un hecho concreto, de una actividad, de un compromiso, o de un acontecimiento.

  • ¿Ha entrado en juego nuestra fe y ha sido interpelada?
  • El Evangelio, ¿es la referencia para “leer” el acontecimiento?
  • Jesucristo da sentido a nuestra acción. ¿Es El quien, por su Es­píritu, anima nuestras vidas?

2. Para san Vicente, nuestra congregación consiste en el don total a Dios para el servicio y evangelización de los pobres.

  • ¿Cómo entendemos nosotros este don total?
  • ¿Qué valor damos nosotros al para el servicio y evangelización de los pobres en el modo como nosotros entendemos nuestra consa­gración?

3. En una Iglesia vivida demasiado jerárquicamente, en donde se distinguía excesivamente sacerdotes, religiosos, laicos, es en relación a los sacerdotes y religiosos en la que san Vicente sitúa a los Padres y Her­manos de la C.M.; y es en relación a los laicos y a las religiosas en las que san Vicente sitúa a las Hijas de la Caridad.

La Iglesia de hoy se define como pueblo de Dios en el mundo, un pue­blo en el que todos son responsables, aunque de diversa manera, y en donde nosotros estamos llamados, cada vez más, a trabajar con otros.

  • ¿Cómo nosotros nos reidentificamos?
  • Concretamente: Allí en donde nosotros estamos trabajando con otros, ¿somos nosotros?, ¿somos reconocidos como misioneros o Hijas de la Caridad?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *