«El 23 de junio de 1967 moría en Naga el R. P. Cipriano Osés. Había nacido el 9 de diciembre de 1892 en Muruzábal, Navarra, de España. El 12 de septiembre de 1912 ingresó en la Congregación de la Misión, en la que pronunció sus votos perpetuos el 13 de septiembre de 1914. Fue ordenado sacerdote el 10 de julio de 1921 en la iglesia de San Vicente de Paúl, en Madrid (hoy basílica de la Milagrosa).
«El 21 de octubre de 1921 llegó a las Filipinas. Fue profesor en el «Colegio de San Vicente de Paúl», en San Marcelino, Manila, hasta 1923. Luego fue destinado al Seminario Mayor de Naga y allí permaneció hasta su muerte, excepto un corto período de tiempo en 1935, cuando fue enviado a Roma para ampliar sus estudios teológicos en el «Angélico», donde consiguió su licenciatura en Sagrada Teología.
«Su vida se puede resumir en tres trabajos apostólicos:
«1.° Profesor del Seminario de Naga durante cuarenta y cuatro años. Tuvo que enseñar muchas asignaturas, pero su fuerte era la teología, tanto dogmática como moral;
«2.° Confesor de la catedral de Naga. Después de aprender la lengua bicolana, pasaba muchas horas en el confesonario. Todas las mañanas decía misa a las cinco y media, y después se sentaba en el confesonario hasta la hora del desayuno. Por la tarde, después de las clases, estaba dispuesto para cualquier llamada, y las vísperas de fiesta permanecía en el confesonario hasta que no había nadie esperando en la fila:
«3.° Director de la Visita Domiciliaria de la Milagrosa. Profesaba una gran devoción a Nuestra Señora bajo el título de la Medalla Milagrosa, y celebraba su novena y sus festividades con gran solemnidad en la catedral de Naga. Las limosnas recogidas eran entregadas, a sugerencia suya, a los seminaristas pobres, y a los indigentes y mendigos.
«Su funeral se celebró en la catedral de Naga con una misa concelebrada, presidida por el Arzobispo de Nueva Cáceres, Excelentísimo Sr. Teopisto V. Alberto. Asistió una buena representación del clero bicolano, de las Hijas de la Caridad y de los fieles en general. Descanse en paz.» (Cronista de Vicentiana.)
TESTIMONIO: SU SERVICIO A DIOS Y A NUESTRO PUEBLO
«El R. P. Cipriano Oses, de la Congregación de la Misión (C. M.), murió en esta ciudad el viernes pasado, tan silenciosamente como había vivido entre nosotros, a quienes sirvió tan bien, y ayer tarde fue llevado a descansar en el seno de esta tierra que fue su hogar durante los cuarenta y seis últimos años de su vida.
«Nacido en Muruzábal, Navarra, de España, el 9 de diciembre de 1891, el P. Osés vino a las Filipinas en 1921. Vivió, trabajó y rezó en este país desde entonces, excepto durante una breve visita que hizo a su tierra natal, que aún estaba dividida por la guerra civil. En 1923 fue destinado por sus superiores a enseñar en el Seminario del Santo Rosario, de esta localidad, y ha sido en esta tarea en la que ha trabajado durante cuarenta y cuatro años con todo el amor posible de un hombre que ha dedicado toda su vida al servicio de Dios y de su pueblo.
«Cuando el P. Osés enseñaba en el seminario local, esta institución aún era una combinación de colegio-seminario que ofrecía educación no sólo para el sacerdocio, sino que también daba clases de colegiado a la juventud. Así, el P. Osés contaba, entre sus antiguos alumnos, sacerdotes y otros profesionales. Como notable teólogo de moral, era el principal consultor del difunto Arzobispo, Mons. Pedro P. Santos. Enseñó a los futuros sacerdotes durante tanto tiempo, que difícilmente hay un alumno en vida, del seminario del Santo Rosario, que no haya sido alumno suyo. Un Arzobispo y cinco Obispos de la jerarquía católica filipina aprendieron de él la teología moral.
«Pero al personal de esta Comunidad, le ofreció su mejor servicio en el confesonario. Habiendo aprendido la lengua bicolana, pronto y bien, fue durante varias décadas el confesor más asiduo y requerido en la catedral de Naga. Muchas de las antiguas generaciones han progresado tanto con él, siguiendo sus sabios consejos en el confesonario, que conocemos al menos una anciana que no se encontraba a gusto con otro sacerdote después que el P. Osés fuera demasiado viejo para continuar ayudándola como confesor.
«En realidad, no podía darse otra explicación que el total amor de Dios para un hombre como el P. Osés, quien después de ofr por tanto tiempo los pecados de una gente distinta a la de su raza, pudo amarles tan intensamente que dedicó más de cuatro décadas de su vida a su servicio y convertir su fin en propio, deseando ser enterrado entre ellos.
«Para la mayor parte de las generaciones nuevas, el P. Osés puede ser únicamente un nombre para un hombre de Dios. Pronto tal vez sea olvidado totalmente. Pero él se sentirá el más feliz del mundo si la semilla de sabiduría y amor que él plantó en sus clases y en el confesonario dan más fruto en esta tierra asiática, y si las generaciones venideras recuerdan anónimamente al anciano sacerdote español a través de su amor al Maestro por quien y en cuyo nombre trabajó en esta tierra durante cuarenta y seis años.» L. G. Fr. (Naga Times, 25 -VI- I 967.)
RECUERDO PERSONAL
A estas notas, publicadas en inglés y traducidas ahora para nuestros ANALES, queremos añadir nuestro testimonio personal. Dos años conviví con el P. Oses, en Naga, lo suficiente para darme cuenta de su hispanismo y filipinismo.
A pesar de su enfermedad de diabetes, daba la impresión de hombre robusto, física y temperamentalmente. Usaba un lenguaje castellano puro, con palabras clásicas, que a los sacerdotes jóvenes nos alegraba oír. Dominaba el dialecto local, el bicol, a la perfección. En su larga estancia en Naga había visto las evoluciones lingüísticas con penetrante humor. «Alambrihan», decía, ha sustituido a «mairnot» = tacaño, en muchas ocasiones, porque en una representación de teatro se dijo que el tacaño tenía el puño tan apretado como los nudos de alambre que sostenían un puente sobre el río Bicol; «Pon- do» o «Nagpopondo» significa pararse, y procede de la palabra castellana fondo: cuando los barcos españoles llegaban a Legazpi, los marineros gritaban, como de costumbre, «¡fondo!», y los nativos que veían que el barco se paraba pensaron que fondo o pondo significaba pararse. ¡Cuántas cosas podría haber dicho el P. Osés a los amantes de la tan descuidada lengua bicolana! De él aprendí bastante de mi «chapurreo» del bicol. En su habitación guardaba un diccionario bicol-español que, por su antigüedad y rareza, hoy puede ser un tesoro, y que espero hoy lo tengan a buen recaudo.
Todas las tardes, después de las clases, cogía una silla y salía a la entrada del seminario a tomar el fresco. Seguro que el seminario, fundado por el dominico Mons. Gaínza, nunca vio un hombre tan asiduo. Los niños que jugueteaban por allí acudían a saludarle, llevándose a veces una regañina del abuelito. «Mira—nos decía a nosotros—, en la fachada de casi todas las iglesias está el escudo del reino de España. Muchas lo tienen tapado de cal.»
Hombre de moldes inflexibles para sí, era comprensivo con los demás. Por esta su comprensión y amor al clero, éste frecuentaba su habitación. Es curioso: en 1925, por mandato de Roma, el seminario había de limitarse a la formación de los seminaristas, cerrando sus puertas a los colegiales. El P. Oses, como los demás Padres en las islas, pensaron, ante la disyuntiva de seminaristas o colegiales, que la educación del clero era más en consonancia con nuestras reglas. Pero él consideraba que las cosas marchaban mejor cuando la educación era conjunta. Hoy, la tendencia vuelve a esta mezcla, considerada ya no sólo como conveniente, sino hasta necesaria, según muchos.
Adiós, P. Osés, y una oración a su memoria.
JOSE DELGADO
HA MUERTO DON PEDRO ALDUAN, Pbro.
El día 18 de febrero, a los sesenta y tres años de edad, falleció don Pedro Alduán, hermano de nuestro querido P. Elías Alduán. Sin haber sido miembro de la Congregación con plenitud de derechos jurídicos, lo era desde el año pasado como hermano partícipe de todos los beneficios y gracias espirituales de la Congregación en virtud de la «Carta de Hermandad» que en su favor concedió nuestro M. R. P. General. En el afecto, en el interés por las cosas de la Congregación y en la convivencia, era un miembro más de nuestra Comunidad de Pamplona. Por ello, su muerte ha creado en esta Comunidad un vacío de dolor resignado como el de cualquier otro miembro difunto de la Congregación. Su generosidad hacia nuestra escuela apostólica, concretada en la ilusión de crear numerosas becas, le hace acreedor al título de «bienhechor insigne». El afecto y el respeto de cuantos en esta Comunidad le conocieron fueron siempre la correspondencia bien merecida por don Pedro. Se le ha enterrado en el panteón de la Congregación, en hermandad con otros miembros difuntos de la Comunidad, como lo estuvieron en vida. Tuvo la envidiable ilusión de que nuestros apostólicos—sus apostólicos—le cantaran el funeral y esta ilusión también se le ha concedido. Por cierto que tuvo la delicadeza de encargar al P. Superior que comprara 1.000 pesetas de caramelos para obsequiar a los niños que habían de cantar el funeral. El estaba convencido desde hacía días que iba a morir de un día para otro, aunque a todos nos costaba creerlo. Y así fue. Maravillosas y consoladoras honras fúnebres las que en nuestra iglesia de la Milagrosa le acompañaron hasta la Casa del Padre, enfervorizadas por la asistencia de toda la Comunidad, de numerosos Padres de otras casas, de numerosas Hermanas Hijas de la Caridad, de numerosos alumnos de la ciudad y amigos sinceros y agradecidos. Buen consuelo para su hermano, el P. Elías Alduán, que, unas pocas horas antes de morir don Pedro, pudo abrazarse a él y conversar íntimamente por última vez en la vida. Este logro del piadoso hermano fue una gracia que al Señor le pedía constantemente en sus postreras horas y que milagrosamente se les concedió a los dos. Descanse en paz nuestro querido hermano, bienhechor y ejemplar sacerdote don Pedro Alduán.
P. MARQUINA, C. M.








