Un hombre que rompió muchos esquemas (San Vicente de Paúl)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Nos Muro, C.M. · Año publicación original: 2010.
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«Romper» y «Crear» son infinitivos verbales de acción, pero dichos verbos no garantizan, por el mero hecho de su registro en el Diccionario, que los usuarios sabemos romper y crear. Para ello, habrá que estar equipados de una educación que nos capacite para romper qué y cómo, así como para crear, qué, cómo y para qué.

No porque yo lo afirme, sino porque así es, Vicente de Paúl fue un hombre que supo romper y supo crear. Para ambas acciones estuvo capacitado. Además de Bachiller universitario en Teología y Licenciado en ambos Derechos, fue una persona de rica experiencia humana y cristiana. En muchas ocasiones escribe: «Ésta es mi experiencia. Ésta es mi fe».

Vicente de Paúl se conoció a sí mismo, y la consciencia de su intimidad le capacitó para conocer a los demás, así como para servir a la sociedad, especialmente a los desheredados.

Justo este año se celebra el 350 aniversario de su muerte, ocasión que aprovecho para acercarme a este hombre. Como cristiano, le costó creer. Durante cuatro años no pudo recitar el Credo, y acabó por escribirlo en un papel y cosérselo en el forro de su sotana, a la altura del pecho. Así, cada vez que trazaba la cruz sobre su pecho, le servía de confesión de fe. Observó, además, que la fe cristiana se había vuelto muy difícil en el siglo XVII de Francia. No en vano escribe con toda contundencia al cónsul de Argel «que no se es justo por el mero hecho de católico».

Sacerdote a su pesar, repite machaconamente que si hubiera sabido qué es eso de ser presbítero, «jamás hubiera cometido la temeridad de serlo». Después de algunas aventuras llamativas por el Norte de África, y alcanzada una cierta sensatez, tomó la determinación de trabajar en tres campos: En la educación del clero, gente difícil, según él, Evangelización del campesinado, que lo mismo «admitía 3 que 4 personas en la Trinidad», y en la denuncia y erradicación de la Miseria.

Dotado de capacidad crítica, respetó el «sacrosanto concilio de Trento», pero dio carpetazo a su mandato de «Seminarios para niños», optando por los de «jóvenes de 20, 25 ó 30 años». Fue muy obsequioso con cardenales y obispos, pero advirtió a los suyos que se cuidaran de convertirse en  «una vaca lechera» del cardenal que tramitaba en Roma la aprobación canónica de la Misión. A Richelieu y Mazarino los describe como a los «señores que todo lo pueden», aunque le dice a  Richelieu «que obedecerá al Papa antes que a él» y, a Mazarino, «que se arroje al mar, si quiere salvar la ciudad de París.

Con los grandes y pequeños de la sofisticada sociedad francesa del siglo XVII trató sin acepción alguna. A los pobres los reconoce «como a sus señores naturales». A Luis XIV, por no citar sino  la cúpula del absolutismo, le replica que si no aguanta a los pobres cuando pasea por las calles de París, «que no los fabrique». Por eso, cuando el hijo de la española Ana de Austria le comisiona, por decreto ley, como regidor de la ciudadela-prisión para los más de 20.000 pobres que deambulaban por las calles de la capital, coge la pluma y le escribe:»Majestad, me ocuparé de amueblar esa prisión y del vestuario de los pobres reclusos, pero ni la Misión, ni Las Hijas de la Caridad, ni las Cofradías de Seglares se harán cargo de esa obra».

Destaco estas facetas porque personas las ha habido y sigue habiendo, que bautizan a Vicente de Paúl de hombre bonachón. Y de eso nada. Este buen vasco-francés fue un hombre de rompe, rasga y creativo. Y por serlo, fundó la Congregación de la Misión (Paúles) a contrapelo del Derecho Canónico de su tiempo, hasta conseguir de Roma que los Misioneros, sin dejar de pertenecer «al Clero secular de la religión de san Pedro, exentos de los obispos, y aun viviendo en comunidad, con votos privados, no fueran registrados entre las órdenes de frailes, sino como sacerdotes seculares que viven en comunidad». A contrapelo, también, consiguió que Roma aprobara la Cofradía de las Hijas de la Caridad para «mujeres cristianas sin hábitos ni conventos» y, lo que es más sorprendente, «con votos simples, renovables cada año, e igualmente cancelables, a voluntad de las interesadas, con día de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo».

Gracias, pues, a estas Instituciones, Vicente de Paúl alcanzó a trabajar en la Educación del Clero, en Seminarios y Facultades de Teología, en la Evangelización del Campesinado, por medio de las Misiones Rurales,  y en el Socorro de toda clase de Miserias con la creación de Organizaciones originales.

Si su obra Social-Educativo-Asistencial le exigió toda su energía, aún le quedó tiempo para escribir más de 30.000 Cartas, Cientos de Conferencias, y Viajar, a pie, a caballo y en carro, por la entera geografía de Francia, registrando en miles de notas las incidencias de los viajes. Por su contenido y estilo, la Literatura del Siglo de Oro francés lo estudia como a uno de sus clásicos. «Hasta los mismos comediantes, dice el Señor Vicente, imitan mi estilo sencillo de hablar y de escribir». Más aún. Movilizó la conciencia social de Francia, Italia, Polonia, Irlanda, Inglaterra y Norte de África mediante cadenas de periódicos (gacetillas), conservadas muchas de ellas en los 14 volúmenes de sus Obras Completas, así como otras muchas dispersas aún por las bibliotecas de París, San Petesburgo y otras ciudades.

Con frecuencia, me pregunto por la clave de este hombre de acción. Ya he dicho que fue creyente y humano, pero, y acaso sea éste el secreto de su éxito, supo colocarse en una brillante marginalidad para trabajar en favor de los más necesitados de su tiempo. Esa auto-marginalidad hizo de él, y él de ella, una persona de reconocida valía social y oficial.

Guste o no a sus seguidores y seguidoras, Vicente de Paúl fue un hombre de Jesucristo y, como él, el Galileo, socialista por los cuatro costados, pues un cristiano, al decir de K. Rahner, no debe ser sino socialista.

También se celebra este año el 350 aniversario de la muerte de santa Luisa de Marillac, pero a la persona y obra de esta mujer le dedicaré otra nota como la presente.

Termino. Cristianos y cristianas de signo determinado cuelgan a los santos y santas cuanto hicieron y no hicieron. Por ejemplo, a san Vicente de Paúl se le atribuye la fundación de la Misión (Paúles). Si digo que los fundadores fueron Felipe Manuel de Gondy y su esposa Margarita de Silly, acreditado con documentos irrefutables, los historiadores me darán la razón, aunque acaso frunzan el ceño cuantos  desconocen la Historia.

Gracias, pues, a Felipe, Margarita y Vicente de Paúl por haber sido los fundadores de la Misión.

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