Un héroe de la Caridad: San Vicente de Paúl (1581-1660) (4)

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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  1. Sirviendo a la Iglesia

La presencia de Vicente en el Consejo de conciencia fue de mucha importancia para la Iglesia de Francia: una generación de nuevos obispos, abades, canónigos, priores, beneficiados, párrocos y vicarios ocuparon puestos claves para la reforma eclesiástica. Muchos obispos acudían a Vicente para consul­tar sus dudas, plantearle problemas, pedirle consejo y solici­tar recomendaciones. Casi todos los obispos de la época en Francia mantuvieron correspondencia con Vicente. Tuvo lugar en las órdenes religiosas importancia equiparable a lo acu­sado en obispos y clero secular. Richelieu había sido el prime­ro en corregirlo. Desde su alto puesto Vicente hizo cuanto pudo por fomentar la reforma. Con su ayuda mejoraron los benedictinos, dominicos, canónigos regulares, cistercienses, conventos y monasterios de otras órdenes; los femeninos en particular. Vicente trabajó con especial empeño en corregir deficiencias y volver al espíritu de sus fundadores.

Al margen del Consejo de conciencia, fueron puestas bajo la tutela de Vicente, de por vida, las monjas de Santa María de la Visitación. Sus fundadores, Francisco de Sales y Juana Francisca Fremiot de Chantal, así lo dispusieron.

Podríamos comparar, en cierto modo, el Consejo de conciencia con ciertos procedimientos de la Inquisición española, que favoreció mucho el bien corrigiendo muchos males. Así en Francia: represión de la blasfemia, el duelo, libros pernicio­sos, poner freno al desenfreno de los hugonotes, suprimir ciertos brotes de iluminismo, falsarios. El problema del janse­nismo requiere capítulo aparte.

Y en todo esto anduvo envuelto el santo servidor Vicente de Paúl, tratando a todos con gran fineza, y eso que en sus años mozos, con vigoroso gesto, faltaba a la virtud de la pa­ciencia. Vicente, como consejero real para asuntos eclesiásti­cos, tuvo en sus manos el poder de operar la transformación. Pero no la transformación política, sino la religiosa y caritati­va. En el año 1644 declaraba el mismo Vicente que sus inten­ciones en el Consejo se limitaban exclusivamente a asuntos relativos a la religión y a los pobres.

  1. ¿Fue Vicente jansenista?

Cierto que amó a los jansenistas con el amor pleno que amó a todo el mundo, es decir, aun a aquellos que no fueran sus amigos, en particular al abad de Saint Cyran, adalid del jansenismo. El jansenismo no pasó de ser un movimiento in­terno de la Iglesia durante los siglos XVII y XVIII. No pode­mos decir que fuese abiertamente herejía. Tuvo lugar en los Países Bajos y en Francia. Hemos de reconocerlo como uno de tantos esfuerzos propios del cristiano que, libre y genero­samente, se propone responder a la salvación eterna y llama­da a la santidad. Don inmerecido bajo todos los aspectos de gracia y libertad. Cierto que pueden darse desviaciones en el camino como en todo sendero de libertad, y más cuando lo forman diversas corrientes, que coinciden en mentalidad y espíritu orientados a la renovación eclesial dentro del espíri­tu del cristianismo primitivo más que una dogmática explí­cita. Bayo (1513-1589) había sido uno de ellos. Profesor en Lovaina cien años antes que Jansenio, fue testigo de con­tiendas teológicas entre molinistas y banecianos en las uni­versidades de Salamanca y de Alcalá. En todos ellas anima­ba el mismo propósito: retorno a las fuentes y, más en particular, a San Agustín. El abad de Saint Cyran tenía una formación patrística excepcional; aristocracia universitaria, intelectual. Vicente diría luego que era una espiritualidad demasiado teorizante. Dos alas fueron los móviles para ele­varse en su plan de reforma eclesial: amor a los pobres y mejo­ramiento del clero. Dos ideales que se funden en el abrazo de la caridad. Pierre de Bérulle, Francisco de Sales, Andrés Du-val con el grupo de madame Acarie habían iniciado gloriosa­mente la Reforma, aun cuando se dieran entre sí ciertas de­savenencias.

En el segundo período de la Reforma católica destacan Vi­cente de Paúl, el abad de Saint Cyran (cuyo nombre de fami­lia se dice Juan Diverger de Hauranne). Entre ellos se cuen­tan también los hermanos Gondí, Richelieu, Condren, madre Angélica, y Arnauld. Vicente y Saint Cyran, tan idénticos al inicio de su combate espiritual en pro de la Reforma católica, terminaron muy alejados entre ambos. En cambio, trabó amistad con Jansenio para siempre. Pasaron juntos siete años para comunicarse mutuamente el afán de saber que a uno y otro devoraba. Siete años de convivencia (1609-1616) en los cuales gestaron la doctrina del Augustinus, que tanto dio que hablar en los primeros años de su publicación, por su relación entre la libertad y la gracia.

  1. Biblia y patrística

En su afán de sobrepasar los métodos escolásticos de las universidades, fomentaron el estudio directo de las Santas Escrituras y la lectura sistemática de los Santos Padres. Janse-nio, ordenado sacerdote en 1614, regresó a Bélgica dos años después. Saint Cyran se situó en la diócesis de Poitiers, cuyo obispo lo acogió como asesor teológico. A pesar de su consa­gración al estudio, Saint Cyran era hombre de amplias rela­ciones sociales. Su obispo le concedió la abadía de Saint Cyran. Desde entonces se le ha conocido más por el nombre de su residencia que por el de familia. Defendió la obra capi­tal de Bérulle, Grandezas de Jesús, frente a las acusaciones de iluminismo que le achacaran en sus días. Hizo la apología del Chapelet sécret, atribuido a la abadesa de Port-Royal, obra de muy dudosa ortodoxia.

Dos obras fueron publicadas en el ardor de la controversia entre jesuitas y jansenistas. La primera, Lettres a un Provincial, ataque mordaz, ingenioso, sutil, que causó gran daño a los je­suitas. Por parte de los jansenistas está el libro de Arnauld, De la fréquente communion. De estas obras puede decirse que «lo mejor es a veces enemigo de lo bueno». Por exagerar la prepa­ración para recibir los sacramentos, en especial la comunión, resulta que no se recibe casi nunca.

El profundo conocimiento de San Agustín conducía a una visión pesimista de la naturaleza humana y a una exaltación correlativa del poder de la gracia, infravalorando la coopera­ción de la criatura a su propia santificación. De hecho, la pu­blicación del Augustinus permitió descubrir sentido herético en algunas expresiones.

La amistad verdadera entre Vicente y Saint Cyran fue puesta a prueba cuando el ingenio polemista zahería a cual­quiera, sin miramientos. Incluso al cardenal Richelieu, que había sido compañero de estudios. Vicente visitó amigable­mente al abad de Saint Cyran exhortándole a la mesura y prudencia. Parece que no lo tuvo muy en cuenta. El hecho es que el cardenal-ministro mandó ponerlo en prisión en el cas­i illo Saint Vincent, donde quedó recluido durante casi cinco años. San Vicente de Paúl le fue a visitar invitándole a pensar sobre los comentarios de mal gusto que le atribuían. Por fin, fue convocado el juicio y Vicente citado como testigo. Son de una delicadeza exquisita las evasivas o exculpación de Vicen­te dándole a cada frase el sentido que les conviene; por ejem­plo, «los obispos no son Iglesia» porque se pasan todo el tiem­po en el palacio del rey hablando y haciendo dinero. Los jueces dan por terminado el proceso, pues no hay base sufi­ciente para sentencia.

San Vicente de Paúl es preciosa encarnación de actuar con amor de Dios rehaciendo el bien profanado por el acusado, y renunciando al mal que arranca de raíz. Amor y mansedum­bre son todopoderosos. Como San Francisco de Sales. Así ter­minó San Vicente de Paúl en perfecto cumplimiento de su ideal: servir a los pobres y mejoramiento del clero en Francia.

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