Un héroe de la Caridad: San Vicente de Paúl (1581-1660) (3)

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:
  1. Vicente, cura de Clichy

Francisco Burgoing era el párroco del pueblo de Clichy, pero tuvo que renunciar a su cargo al ser cofundador, junto con Pierre de Bérulle, de la comunidad del Oratorio y pasar a la dirección general. Rica experiencia que le permitió excla­mar: «Creo que el Papa no es tan feliz como un párroco en medio del pueblo de buen corazón». El cardenal Bérulle pen­só en Vicente para la sustitución, y éste consintió gozoso en practicar la vida de parroquia. Vicente recibió la parroquia con toda su formalidad y ejerció de párroco catorce años se­guidos. Más aún, a partir de sus catorce años al servicio de Clichy, conservó siempre nominalmente su título de párroco.

La restauración del templo y decoración interior renovada lo consiguió con la ayuda de sus amigos de París. Época feliz que recordaría Vicente con nostalgia en su vejez diciendo con alegría al cardenal de Retzt (de la familia Gondí): «Ni el San­to Padre, ni su eminencia, Sr. Cardenal, son tan felices como yo lo fui en Clichy». Efectivamente, Clichy es, en cierto senti­do, el primer esbozo de la obra total de San Vicente. En pe­queña escala están ya prefigurados los grandes temas de su futura acción misionera: evangelizar a las gentes del campo, influir en los poderosos para que se interesen por los humil­des, caridad, formación del clero. Para llevarlo a la práctica, Vicente necesitaba horizontes más amplios y servir de instru­mento a la divina Providencia.

  1. La familia Gondí

A requerimiento de Pierre de Bérulle, Vicente pasa a ser preceptor de la familia Gondí. Palacio más suntuoso aún que el de Margarita de Valois, en la iglesia grandiosa de San Eustaquio (París). Procedían de Florencia los Gondí. No hacía muchos años que habían venido de Italia. Habían escogido al cardenal Bérulle, como lo más noble para el más ilustre. Antonio, el primero de ellos, banquero de profesión, contrajo matrimonio en Lyón con María Catalina de Pierre Vive, de origen piamontés. Sus hijos se extienden por Francia como tentáculos del pulpo. Proliferan duques, marqueses, condes, gobernadores, generales. Por parte del clero: obispos, cardenales. Pedro, primero obispo durante tres años en Langres, y de allí obispo en París.

Durante la minoría de edad del rey Luis XIII, se distinguen sirviendo fielmente a la corona. En recompensa por los servi­cios prestados, Pedro Gondí fue designado cardenal. Del nue­vo matrimonio Gondí-Catalina de Clermont, dos de sus cua­tro hijos, Enrique y Juan Francisco, sucedieron como obispos de París a su tío Pedro. Dos hijas entraron religiosas en la aba­día de Poisy. Político de armas tomar y famoso escritor, el car­denal Pablo de Reta, vástago del árbol frondoso de los Gondí.

Familias numerosas multiplicadas en París acuden al carde­nal Pierre de Bérulle suplicándole que acepte ser el preceptor de aquella juventud. Tan noble y santo cardenal estaba a la sazón entregado a la fundación del Oratorio. Érale imposible dedicarse al apostolado exterior. Además, el tiempo largo que dedica a la oración. El mismo Bérulle, sin embargo, piensa en­tonces en Vicente y lo traslada de Clichy al palacio de la fami­lia Gondí en la calle Petits Champes, primero, y luego en Pa-vée, junto a la iglesia monumental de San Eustaquio. iGran apostolado para los grandes! Alguna vez intentó Vicente de­jarlos y dar la preferencia a sus pobres. El cardenal, de máxi­ma importancia para Vicente, supo retenerlo por igual como a los ricos así a los pobres.

  1. Vocación vicenciana

Cumplida su misión de preceptor y capellán en los Gondí, se centra ahora Vicente en la transformación espiritual por medio del confesionario. Claro que Vicente no confesaba pe­cados sino virtudes. Un paso más y Vicente se convence de que la reforma del pueblo pasaba necesariamente por la del clero. Su apostolado entre aquellas familias nobles con juven­tud prometedora le ofrecería muchas ocasiones para hacer bien a todos. Vicente ha salido del palacio porque se siente apremiado por servir al sacerdocio. El encuentro de más de doscientos cincuenta sacerdotes en el gran salón de San Lázaro podía ser la cantera de piedras vivas que, por la orientación de Vicente, se consagran al apostolado como misioneros de los campesinos, particularmente en los fértiles llanos de Francia.

Los paúles y las Hijas de la Caridad son los dos brazos de la vocación vicenciana. Vicente siempre tuvo clara idea de la fi­nalidad en ambas direcciones. Dice él: «El fin primordial para el cual Dios os ha llamado y reunido en las Hijas de la Cari­dad es para honrar y venerar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad». Este era el espíri­tu de la nueva asociación o cofradía de las «sirvientas de los pobres de la caridad». Y añade Vicente: «Es muy importante asistir a los pobres corporalmente; pero la verdad es que no ha sido nunca el plan cuidar solamente de los cuerpos, pues no faltarán personas para ello […] Un turco, un idólatra pue­den venir en ayuda del cuerpo. Cuidar del alma es nuestra misión principal». En nuestro tiempo nos ha recordado esta verdad la madre Teresa de Calcuta. En aquellos días, las aspi­rantes a Hijas de la Caridad procedían de las cercanías de Pa­rís, campesinas, de las cuales Vicente hace notables alaban­zas. Como Vicente, así Luisa de Marillac cuando iba a visitar las «caridades» —de este modo llamados los grupos de refle­xión y fraternidad— insistía en que las campesinas adquirie­sen «sólidas virtudes». En verdad, fluye el agua de la gracia abundante y suave cuando el canal está limpio y tiene el alma bien hondo el fundamento de humildad.

 Los votos

Son los votos cauce de manantial que recoge y fortifica la corriente de energía con el fin de que ésta cumpla su destino de dar vida. Por eso, a modo de tres arroyos, son tres las pa­siones que han de estar al servicio de tres energías correspon­dientes. A la soberbia, como al diablo, pues somos espíritu, se opone el primer voto, que viene a ser virtud de obediencia. A la energía del cuerpo humano en grado sumo o sexual responde la segunda virtud o castidad. Por el desorden que la pasión crea en relación a la riqueza o cosas fuera de nosotros mis­mos, la pobreza.

De hecho, toda persona que se deja llevar a buen paso por el camino de Dios desde los orígenes del cristianismo ha prac­ticado los tres votos mencionados, en bien de la caridad, nuestra energía.

Por eso muy suavemente el santo incrustó los votos. Algu­nos se empezaron a practicar después de que San Vicente murió. Él respetó las diferentes maneras de vivirlos: perpe­tuos, temporales, privados, públicos. Poco tiempo después se ha hecho práctica común entre las hermanas el vivir los votos privadamente y sólo por un año. Los renuevan el día de la Anunciación, el 25 de marzo. Nadie impidió esta práctica a las hermanas. Algunas de ellas que habían hecho votos perpe­tuos los reiteraban cada año juntamente con el voto privado de las demás.

!Innovación en la Iglesia! Fórmula original y casi exclusiva de las Hijas de la Caridad hasta la publicación de la encíclica Provida Mater Ecclesia, de Pío XII (1946). Alivio y paz profun­da para servir a Dios en libertad, con ocasión de iniciar las nuevas formas de vida religiosa en institutos seculares o aso­ciaciones laicales.

  1. En la corte… y en el gobierno

La popularidad y admiración por Vicente había suscitado en Richelieu vivos deseos de verle en su palacio de gobierno y asimismo en la corte. Por las Conferencias de los martes, dirigi­das por Vicente, podía el cardenal Richelieu conocer a los po­sibles candidatos para el episcopado. Era y ha sido privilegio de los gobernantes presentar episcopables a la Santa Sede. Richelieu iba confiando cada día más en la honradez de Vi­cente. Apreciaba y favorecía sus obras apostólicas. Por ejem­plo, 7.000 libras para misas; 12.000 para el seminario. La du­quesa de Aiguillon, sobrina de Richelieu, había hecho una casa para los misioneros y elogiaba con frecuencia la figura de Vicente; a lo cual respondía el cardenal: «Ya tenía yo gran opi­nión de Vicente, pero desde la última entrevista que he teni­do con él lo veo como un hombre superior».

Las relaciones de Vicente con Luis XIII fueron más raras pero más cordiales. Poco a poco fueron acercándose las dis­tancias. Ana de Austria, la esposa del rey, le favoreció con grandes donativos para sus obras. Una vez dio a Vicente un diamante valorado en 7.000 libras. La rectitud de Vicente y la creciente importancia de empresas apostólicas llamaban la atención de muchos ciudadanos.

El rey, ya moribundo, llama al confesor para que, aconseja­do por Vicente, haga una lista de episcopables, pues temía morir dejando diócesis vacantes. Minutos antes, hablando de su visita al rey, aleja de sí toda vanagloria diciendo: «Soy hijo de aldeanos, he sido un pobre porquero».

Vicente acude a la cabecera del rey, enfermo de gravedad, y éste pregunta: «iCuál es la mejor disposición para morir?» A lo que Vicente responde: «La disposición de Nuestro Señor Jesucristo en su agonía, que repetía orando: «No se haga mi voluntad sino la tuya»».

Vicente, después de haber muerto Luis XIII, lo elogiaba con este juicio: «Desde que estoy en la tierra no he visto mo­rir a nadie tan cristianamente. Hace unos quince días pidió que yo fuera a verlo […] Hace tres días volvió a llamarme y durante ellos nuestro Señor me ha concedido la gracia de es­tar a su lado. Nunca he visto tanta elevación a Dios, tanta tranquilidad, tanta bondad y tanta sensatez en persona que se halle en tal situación».

Cuatro años y ocho meses tenía el niño que sería el rey Luis XIV, cuando murió su padre. Durante diez años actuó de re­gente Ana de Austria, esposa del rey difunto. «El Parlamento de París le confió el cuidar de la educación del hijo, alimen­tarlo y la administración absoluta en asuntos del reino». El inflexible y enérgico Richelieu, estando para morir, reco­mendó como sucesor suyo al diplomático Julio Mazarino (1602-1661), más diplomático, cierto, pero no menos inflexi­ble y enérgico que su antecesor.

Ana de Austria, al mismo tiempo que ponía en manos de Mazarino la administración del reino, confió la dirección de su alma a Vicente de Paúl. La reina asoció a los dos hombres para los asuntos eclesiásticos en el Consejo de conciencia. Vicen­te y Mazarino fueron los miembros del Consejo para asuntos referentes a dictámenes de conciencia. En particular la cola­ción de beneficios pertinentes a los obispados. Con el nom­bramiento de consejeros a Vicente y a Mazarino, Ana de Austria se aseguraba la colaboración de los dos hombres a quienes ella más apreciaba. Cierto que Vicente no presidía el Consejo de conciencia, pero resultó ser el consejero de mayor in­fluencia. Su opinión era decisiva, incluso cuando contrariaba al Primer ministro. Era la pieza clave del Consejo y de su fun­cionamiento. Ana de Austria quería oír la voz de la propia conciencia, y nadie podía representarla mejor que Vicente. Ana de Austria prácticamente consideraba el Consejo como una especie de ministerio de asuntos espirituales. En cierto modo, como decía el pueblo: «Mazarino ministro para lo temporal y Vicente para lo espiritual».

Vicente no se dejaba sobornar; más que un político era reli­gioso. Cuenta la historia que alguien le ofreció 100.000 libras si firmaba un documento de negocios. Vicente respondió: «Prefiero la muerte a tener que andar metido en esos asuntos».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *