Un héroe de la Caridad: San Vicente de Paúl (1581-1660) (2)

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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  1. Semilleros de reforma

Se iniciaba el siglo XVII, estallido primaveral de la Iglesia en Francia 7. Renovación pastoral, misionera, profundamente espiritual. Escuelas para niños pobres, catecismos, misiones parroquiales, seminarios del Beato Olier, seminarios de San Juan Eudes, colegios de jesuitas, colegios de oratorianos. Grandes misioneros jesuitas mártires del Canadá. Misiones en Oriente próximo y lejano, fundación del seminario para misiones extranjeras. San Vicente de Paúl, apóstol de los po­bres… i Sólo la vida de San Vicente habría bastado para llenar de gloria la Iglesia en Francia!

Realmente, fueron muchas las personas en acción apostóli­ca con raíces de vivencia mística. Sirva de ejemplo la monja ursulina Beata María de la Encarnación, cuyo Informe de con­ciencia contiene las páginas de la mayor mística en la histo­ria de la espiritualidad francesa. Mujer humanísima y divina, apóstol entre indios iroqueses, hurones, mojicas y algonquinos de Canadá.

Gracias a la concurrencia de varias órdenes religiosas, aquella reforma se logró rápidamente. En el año 1603 vol­vían los jesuitas del destierro a que los había condenado el rey Enrique IV. A partir de 1609, las monjas de Port Royal des Champs acogen con entusiasmo la Reforma. Asimismo los benedictinos de Saint More, los cistercienses (feuillants), los cartujos, los dominicos en el sur de Francia, los franciscanos, los capuchinos, los mínimos, los carmelitas de la Touraine y de Bretaña. «Turta magna», dice Bremond. En aquellas corrientes de vida nueva, dos asociaciones de singular relieve: la Compañía del Santísimo, creada por seglares y para seglares, quienes por su oración silenciosa y caridad discreta lograron mucho fruto. También las Conferencias de los martes, que dirigía San Vicente de Paúl. En vida del santo pasaron por sus salo­nes de Saint-Lazare más de 250 sacerdotes, élite del clero en París. De entre ellos, veinte fueron nombrados obispos.

  1. Los caminos de Dios

No siempre es la conversión un fenómeno repentino. En la mayoría de los casos es fruto de lento proceso de madura­ción; suele condensarse en un acontecimiento más o menos extraordinario —como Pablo en el camino de Damasco o como le ocurrió a Paul Claudel en la Nochebuena de Notre Dame—. En muchos casos fluye suavemente la llamada, que pasa de una existencia indiferente al despertar fervoroso de la gracia.

Nunca fue Vicente malvado, ni a sus ojos ni a las miradas ajenas. Su conversión se produce desde una existencia trivial, de aspiraciones meramente terrenas, de escaso fondo religio­so y preocupaciones mediocres del fervor sobrenatural. El móvil de Vicente al prepararse para su ordenación sacerdotal había sido obtener algún beneficio que le permitiera vivir có­modamente de rentas. El día 14 de mayo de 1610 Vicente re­cibía del arzobispo de Aix la abadía de San Leonardo de Chaumes, diócesis de Saintes, con todos sus títulos, rentas y obligaciones. ¿Alcanzaría con eso la meta de sus largos y pe­nosos esfuerzos?

Aquel mismo día, entre las cuatro y las cinco de la tarde, mientras el rey Enrique IV viajaba en su carro desde el Louvre a la casa de su primer ministro Sully, un hombre medio loco llamado Francisco de Ravaillac le asestó dos puñaladas y murió en el acto.

Dos acontecimientos de distinto signo, pero coincidentes en señalar el comienzo de una etapa muy importante en la vida de sus protagonistas: Vicente de Paúl y el reino de Fran­cia. Consecuencia inmediata: cesa el enfrentamiento que hu­biese llevado a la guerra entre Francia y España; se abre un período de luchas por el poder, iniciado con la minoría del rey niño Luis XIII. Quedó de regente su madre María de Médicis.

Vicente se sintió vivamente afectado por el regicidio. Pocos días antes le habían otorgado el beneficio de la abadía de San Leonardo; ahora le conceden otro más rico: el nombramiento de capellán de la Reina Margarita de Valois. En torno a la so­berana bullía un enjambre de artistas y profesionales a expen­sas de la reina viuda. Una comunidad de frailes agustinos cantaban día y noche el oficio divino en la capilla del palacio. Celebraban tres misas diariamente en presencia de la reina tres de aquellos seis capellanes. A Vicente de Paúl se le añadió el ser capellán limosnero, nombrado por la reina. Muchas de aquellas limosnas se destinaban al «Hospital de la Caridad», regentado por los Hermanos de San Juan de Dios. Paso a paso, la evidencia reservaba a Vicente beneficios más lucrati­vos; algo que tanto había deseado para sí y para sus familia­res. Pero en Vicente crecía el cambio de su corazón. Era el año 1610.

  1. Desprendimiento

Vicente renuncia al beneficio de la abadía de San Bernardo de Chaumes, ya ruinosa. De ella se desprende tan pronto como se da cuenta de su mal estado. Por lo demás, a Vicente este mundo no le satisface; todo sabe a vanidad. Ni la capella­nía de la reina Margarita, ni retirarse a la vida sosegada. De todo Vicente se desprende. Ya no hallaba paz ni sentido en acumular beneficios ni para sí ni para sus familiares. Sólo lle­naba su vacío el encuentro con el cardenal Bérulle (1575­1629). Con él levanta Vicente su vuelo buscando objetivos más altos y no ambiciones terrenas. Deseos divinos expresa­dos en cambios humanos.

Con Bérulle, Vicente entra en contacto con las corrientes más fervorosas y activas de la Iglesia francesa que se esforza­ban por implantar en Francia las reformas del concilio de Trento. En la última década del siglo XVI, Pierre de Bérulle ha­bía formado parte del grupo que, en torno a la Sra. Acarie —Madre María de la Encarnación Bárbara Avrillot—, intro­ducía en los círculos devotos de Francia las corrientes espiri­tuales de la mística renano-flamenca y el Carmelo español.

Hontanar de reforma espiritual estaba siendo el salón de madame Arcarie: Bérulle, Duval, Beacousin, Burgoing, Canfield, Quintanadueñas —con todos ellos trabaría conoci­miento Vicente en una u otra época de su vida—. Las obras de Santa Teresa de Jesús se traducen al francés; tam­bién las de San Juan de la Cruz. A imitación de la obra de San Felipe Neri, Bérulle funda el Oratorio —11 de noviembre de 1611—, asociación de sacerdotes seculares cuya mística era la visión del estado sacerdotal como ideal de santidad cristia­na. Diríamos que lo escogió como escudo defensivo para al­canzar sus aspiraciones y, más que nada, para conocer cuál fuese la voluntad de Dios en el retiro de hombres tan santos.

Vicente se incorpora al pequeño e influyente círculo y con­vive por algún tiempo con ese primer grupo de futuros oratorianos, al que pertenecían, entre otros, J. Eudes, J. B. Lasalle, L. Grignion de Montfort, María de la Encarnación y Luisa de Marillac, mística y cofundadora, con San Vicente de Paúl, de la Compañía de las Hijas de la Caridad. También participa en este santo grupo reformista el eminente profesor de la Sorbo-na, Andrés Duval, a quien Vicente define en los siguientes términos: «Siendo un gran doctor de la Sorbona, es más gran­de aún por la santidad de su vida».

Pierre de Bérulle es uno de los maestros de espíritu de Vi­cente de Paúl; su influencia se prolongó durante unos siete años. De este tiempo, Vicente asimiló formas de vida interior y veneración cordial a su primer maestro. Así descubre el camino. Vicente no sólo fue imitador de aquel grupo de santos, sino que descubriría en un momento dado su propio sendero de vida hacia Dios por el hombre y su propia espiritualidad.

La armonía entre maestro y discípulo terminó en seria rulo tura con ocasión de la orientación del Carmelo teresiana —recientemente fundado en París por el impulso del cardenal Bérulle y madame Acarie—. La ambición de grandeza espiritual del cardenal intentó modificar algunos puntos escritos por Santa Teresa en las constituciones de la Orden. Tal propósito encontró la resistencia de muchas religiosas y la oposición del Dr. Duval, por quien, con bastante certeza, tomó partido Vicente de Paúl.

  1. Fe puesta a prueba

La acusación infundada de robo de que, en sus primeros años, había sido objeto Vicente le causó penoso sufrimiento por la calumnia. Grave y valiosa purificación del alma. En medio de aquella pena dispuso la divina Providencia el en­cuentro sereno y sobrenatural. Asimismo protector y conseje­ro silencioso, Pierre de Bérulle —futuro cardenal, a quien aca­baba de conocer y tendría gran influencia en su vida— nunca dudó de la inocencia de Vicente.

Sucedió por los años 1611 y 1616 que un doctor y sacerdo­te de la comitiva de la reina Margarita se vio asaltado por graves tentaciones contra la fe. Tentaciones tan graves que experimentaba ataques de blasfemia contra Jesucristo y de­sesperaba de la propia salvación. Le acosaban pensamientos de quitarse la vida. El mero hecho de rezar el Padrenuestro despertaba en él tentaciones horribles. Como se trataba de un sacerdote, fue dispensado de rezar el oficio divino y de ce­lebrar la misa. Aquel doctor confió sus angustias a Vicente de Paúl. Éste le aconsejó que en el ardor de la tentación apunta­ra con el índice a Roma o a cualquier iglesia cercana. Manera de afirmar lo que cree y enseña la Iglesia de Roma. El doctor cayó enfermo y temían que muriera en tan penoso estado.

Entonces, Vicente pidió a Dios que tuviera a bien traspasar a su propia alma las tribulaciones de aquel sacerdote doctor. De repente, éste sintió disiparse la tentación y entendió per­fectamente las verdades de fe. Murió saturado de paz espiri­tual y maravillosa.

Transferencia de aquella prueba al alma de Vicente: la os­curidad envolvió su alma; le resultaba imposible hacer actos de fe. Le daba la impresión de haber sido falsedad todo lo que desde la infancia profesaba. Sus penas se aliviaban única­mente pensando que eran pruebas y, por consiguiente, algún día iban a terminar. Vicente redobló la oración y penitencia. Puso en práctica los medios que creía más apropiados al caso. Lo primero que hizo fue escribir en un papel el Credo. Lo po­nía sobre el corazón, apretando su mano contra el pecho. La tentación remitía aunque no pronunciase una palabra.

Cuatro años de purgatorio en esta vida. Sintió librarse cuan­do, bajo la inspiración de la gracia, hizo promesa firme, irrevo­cable, de consagrar toda su vida por amor de Jesucristo al ser­vicio de los pobres. «Apenas había formulado este propósito cuando las sugestiones diabólicas desaparecieron. Su corazón, oprimido tanto tiempo, se encontró sumergido en dulce liber­tad. Su alma se llenó de luz resplandorosa. Con plena claridad pudo contemplar las verdades todas de la fe». Con lenguaje sanjuanista diríamos «años de noche oscura», de íntima expe­riencia, que purifica y transforma. El cambio radical ya se ha­bía producido. Vicente había encontrado a Dios y se había encontrado a sí mismo, aunque su vocación no se había encon­trado aún, ni en forma de vida ni en actividad alguna. Vicente era ya otro. Así prepara Dios los pilares de su templo, cuando él quiere levantar artísticos edificios del alma.

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