Un héroe de la Caridad: San Vicente de Paúl (1581-1660) (1)

Mitxel OlabuénagaVicente de Paúl1 Comment

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¿Quién es ese hombre excepcional que ha traspasado todas las fronteras por su amor a Cristo en los más necesitados? Él promovió la santidad en su entorno sacerdotal dejándose lle­var humilde y sabiamente donde el Espíritu guiaba. Por más de tres siglos han seguido sus huellas ejércitos de caridad que contrapesan tantas guerras y discordias. Hoy son más de 300.000 las señoras comprometidas en ver a Cristo presente en cada persona, especialmente en el pobre. Forman la asocia­ción organizada por Vicente de Paúl en Chátillon-les-Dom-bes, muy cerca de Lyón, el año 1617. Ahora prefieren identi­ficarse con el nombre de Voluntarias de la caridad. Vicente ha mostrado ser un gran talento organizador adaptando y crean­do reglamentos para grupos distintos según las circunstancias lo requerían. Así, por ejemplo, las «Hermanas de la Caridad» (Clement August, en Münster, Alemania). Son diferentes ra­mas de la misma raíz plantada por el santo. En mayor pleni­tud de entrega a Dios está la asociación de las Hijas de la cari­dad, que Vicente cultivaba con especial esmero en París. Éstas llegaron a ser en el año 1950 unas 47.287 tanto más divinas cuanto más humanas. Actualmente su número se aproxima a las 30.000, a pesar de las crisis vocacionales. Viven en espíri­tu como las religiosas y como seculares en realidad, fieles al santo fundador que les dejó el testamento siguiente:

«Por monasterio tendréis la casa de los enfermos,

por capilla la iglesia parroquial,

por claustro las calles de la ciudad y salas de los hospitales,

por clausura la obediencia,

por rejas el temor de Dios y por velo la santa modestia.

En fuerza de estas reflexiones, llevarán vida tan virtuosa como si fueran religiosas profesas».

El historiador francés Federico Ozanam (1815-1853), con otros compañeros, añadieron a estas formas de caridad las Conferencias de San Vicente de Paúl. Hace no más de quince años se ha creado la Asociación Internacional de la Caridad (A.I.C.), al modo de las «Damas de la caridad», fundada por el mismo San Vicente.

Con el fin de renovar el fervor del clero en Francia y, concretamente, de los sacerdotes de París, le fue concedido a Vicente el priorato de San Lázaro. Son terrenos situados, entonces, en las afueras de París, al borde del camino que lleva al santuario catedralicio de San Dionisio el Areopagita. Des de su fundación, el priorato había servido como hospital de leprosos. Desde el siglo XII reyes y pontífices lo habían enriquecido con donativos y privilegios. Esto vino a ser el cuartel general de San Vicente. Allí se reunían más de doscientos cincuenta sacerdotes todos los martes, para escuchar y dialogar con el conferenciante Vicente de Paúl. Uno de los asistentes era el famoso predicador y cortesano Santiago B. Bossuet. Salió de allí una pléyade de nuevos obispos, designados por Richelieu, quien se aconsejaba de Vicente en estos casos para su presentación. Muchos también eran cooperadores de Vicente en la predicación a campesinos. Cantera de piedras edificantes para formar la Congregación de la Misión. Los llaman al ahora «lazaristas», en Francia; «vicencians», en Estados Unidos, «vicentinos», en la América hispana; y «paules», en España. Hoy día son en total unos cuatro mil misioneros.

  1. Natural de Pouy

Desde Hendaya, a pocas horas de camino, bordeando Ias orillas del Cantábrico, llegamos a Pouy, la aldea donde nació Vicente y pasó los primeros quince años de su vida. Pero ya no es Pouy. Desde el siglo XIX el pueblo se llama San Paul, en honor de su hijo más ilustre. Es ahora un elegante pueblecito de veraneantes y jubilados, de calles asfaltadas, lindos chalets, bellos jardines y modernos edificios públicos. Cuatro siglos atrás, Pouy era una mísera aldehuela compues­ta de caseríos diseminados por los pantanosos terrenos de las landas. En uno de ellos —Ranquine— vivían Juan de Paúl y Reltrana de Moras, los padres de Vicente. Ranquine se dice ahora «Le berceau de Saint Vincent» —la cuna de San Vicen­te—. A dos kilómetros en derredor las reliquias del paisaje: encinas, castaños, manzanos, setos y, como buenos amigos, vacas, ovejas, cerdos y gallinas. Podríamos imaginar a Vicente encaramado en sus zancos.

Familias de campesinos, parcelas de pastos y labor, casa, granjas, variedad de animales. Dentro de la casa, en el hogar, honradez, bondad, amistad. Entre los escritos aquí seleccio­nados, Vicente elogiará luego a las jóvenes campesinas que pasan su formación como aspirantes novicias. Dos siglos des­pués de San Vicente, Dios ha regalado un espejo de formación en Santa Catalina Labouré, quien para ser santa nunca dejó de ser campesina. Cuando todo el mundo elogiaba la caridad sin par de Vicente, él respondía con humildad y devoción: «Yo he guardado animales». Familia de fe elemental y robusta, crecidos entre herramientas de trabajo y pobreza honrada. Personas de bien en quienes florecen fácilmente las vii ludes naturales.

Cuentan que una vez Vicente volvía del molino y topó con un mendigo. Abrió la maquila y alargó un buen puñado de harina al hambriento. Sabemos con certeza que el joven Vicente, ya de 15 años, destacaba por su espíritu despierto, vivo, inteligente. Su padre estaba convencido de que su hijo iba a ser hombre de gran talento. Que haga carrera —decía— y refuerce luego los escasos ahorros de la familia. Ya tiene edad para tomar resoluciones de gran importancia.

En Dax, la ciudad más próxima a Pouy, a corta distancia del mar, una comunidad de franciscanos regenta un internado pan a estudiantes de segunda enseñanza. Matrícula para todo el año escolar: sesenta y tres libras. Económico, pero resulta ser costoso gravamen para la familia de aquel labrador landés. Confianza en Dios y adelante. Dos años bajo la tutela de frailes y en compañía de hijos de comerciantes, abogados de la provincia, de rango social más elevado. Tanto que, como lo cuenta el mismo Vicente con dolor después de varios años, se negó a recibir la visita de su padre «pobre campesino, cojo y no bien trajeado». Falto de humildad en juventud y fortaleza devota cuando maduro. Así fue Vicente y así su padre. Si yo fuera rico… pensaba este joven en presencia de aquellos pre­suntuosos colegiales.

Inicia sus estudios superiores, se aconseja, principalmente, del cardenal Pierre de Bérulle y sigue abriendo su propio ca­mino. Un curso en la Universidad de Zaragoza, que hubo de interrumpir por la muerte de su padre, y luego continúa siete años en la Universidad de Toulouse. ¿Era Vicente nacido en España? Alguien lo afirmaba hace pocos años. Ahora coinci­den los historiadores en decir que Francia es su país de naci­miento. Ya podía «colocarse» como clérigo pensionado, dis­frutando para bien de su familia y propia holganza, como tantos otros clérigos y obispos cortesanos en París. Pero tenía Dios otros planes más altos, más gloriosos para Vicente adon­de él suavemente le guiaba.

  1. Despierta, Francia, revive.

En el siglo XVI, mientras España maduraba en santidad, Francia desangraba en guerras de religión. El rey Enrique IV (católico converso del protestantismo) lograba la paz con el Edicto de Nantes (1598). Desde entonces, los no católicos en Francia han gozado del Estatuto de tolerancia. En Francia, atenazada por la Casa de Austria —España, Países Bajos, Franco Condado, Alemania, Austria y Hungría—, nunca se había conocido tanta miseria. «Ningún lugar de provincias recordaba haber sufrido semejante pobreza. París y alrededo­res eran lo más castigado». Dos grandes hombres surgieron entonces como esperanza del pueblo: San Vicente de Paúl, por la caridad, y Richelieu, por su política de economía en fa­vor de la nación. Ordenado obispo y designado primer minis­tro del rey Luis XIII, Richelieu se propuso este lema: «El Esta­do sirve al Reino de Dios, que es objeto de fe y realidad temporal que la razón ha de guiar». Efectivamente, para él fue la razón de Estado, Francia. Y su valor supremo la econo­mía, aunque para conseguirlo fuera preciso militar contra el catolicismo de la Casa de Austria. La Asamblea del clero en el parlamento de París no admitió los decretos del concilio de Trento: hasta el año 1615, es decir, cincuenta y dos años des­pués de haberse concluido el concilio. Un siglo antes el pue­blo clamaba por la Reforma de la Iglesia. A la vista de todos estaba la falta de vocación en la mayoría de clérigos y religio­sos. Recibida la tonsura, disfrutaban de beneficios eclesiásti­cos, que les permitían llevar vida de holganza. Otros ejercían profesiones lucrativas, no precisamente por motivación apos­tólica, como había trabajado San Pablo.

Numerosos sacerdotes, incluso algunos obispos, se opo­nían tenazmente a toda reforma que les privara de ciertos re­cursos económicos. Discurrían así:

«Si la vida privada y aun depravada del hombre no afecta a la validad de los sacramentos que administra, ¿por qué exigir del presbítero una conducta intachable? Para bautizar, cele­brar la misa, bendecir, etc., es más importante conocer el ri­tual y recibir el poder necesario que vivir como un monje».

Obispos que no residían en la propia diócesis y pasaban el tiempo en la corte absorbidos en ocupaciones temporales. Clérigos por lo general ignorantes, perezosos, viciosos y en busca de dinero. Pocos años después diría San Vicente de Paúl: «Resulta que la Iglesia no tiene peores enemigos que los mismos sacerdotes».

Teodoro H. Martin BAC

One Comment on “Un héroe de la Caridad: San Vicente de Paúl (1581-1660) (1)”

  1. Despues de las frases del testamento que dejó San Vicente de Paul a las HIjas de la Caridad, en el siguiente párrafo se menciona a a Federico Ozanam. Dice “hace no mas de 15 años se formo la AIC…”
    Una compañera Voluntaria Vicentina pregunta en que se basa para calcular esos años, si ella actualmente tiene 35 años perteneciendo. Gracias

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