Las Hijas de la Caridad ¿podrán escribir todavía una gran historia? Espero que sí. Pero para ello se necesitará concentrar todas las energías en orden a hacer un serio discernimiento, don un tanto raro, y dar lugar a una fidelidad creativa al carisma recibido y a cuanto lo caracteriza. Es precisamente en esta dirección en la que nos invita a caminar el documento Un fuego nuevo en la parte de las convicciones sobre el carisma y sobre la inculturación. El texto, en realidad, habla de lo que exige hoy «la fidelidad dinámica a nuestro carisma específico» y, después de haber aludido a la necesidad de descubrir los valores existentes en toda cultura y en los pobres, así como de «discernir los contravalores que se oponen al Evangelio y a nuestra identidad vicenciana», recuerda la necesidad de «consolidar los valores de nuestro carisma específico»: «la cultura de la Compañía». Sólo así seremos sal y levadura en el mundo, testigos y profetas del Evangelio, capaces de responder a los desafíos que nos lanza este mundo en transformación. Es necesario, afirma la Madre J. Elizondo, «ser conscientes de que nuestro carisma, que caracteriza nuestra identidad, es uno de los más fuertes desafíos, en este tiempo en el que hay un gran sincretismo en todos los campos. Tratar de tener un claro conocimiento de todos los elementos de nuestra identidad es hacer un gran esfuerzo por vivirla radicalmente. Este desafío nos fue lanzado por el Santo Padre Juan Pablo II en el momento de la Asamblea General de 1985: «Contra viento y marea, guardad vuestra identidad. Nuestra carta de identidad, adaptada a la época actual, nos asegura y nos garantiza el futuro»’.
La exhortación apostólica Vita Consecrata de Juan Pablo II recuerda que «la debilitación de la vida consagrada no consiste tanto en la disminución numérica sino en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión», y advierte que «a cada uno se le pide no tanto el éxito cuanto el compromiso de fidelidad». Son indicaciones preciosas y válidas también para las Sociedades de vida apostólica y para sus miembros.
Juan Pablo II se dirige a las Hijas de la Caridad diciendo: «Tened la misma audacia de vuestros Fundadores para hacer que la Iglesia esté cada vez más presente en el mundo de los pobres y para que los pobres se hallen en la Iglesia verdaderamente como en su casa». Le hace eco la Madre J. Elizondo reafirmando la necesidad de «estar atentas a los signos de los tiempos que Dios lanza todos los días a la Compañía a través del grito de los pobres, que reclaman nuestra entrega total, y, a veces, respuestas audaces y radicales, a pesar de nuestra pobreza».
La nota de la «secularidad», que he tratado de ilustrar en las páginas precedentes, debería dejar su impronta característica en todos las aspectos de la vida de las Hijas de la Caridad: desde el planteamiento de la formación hasta la vivencia de la comunión fraterna, desde el modo de vivir los consejos evangélicos hasta el servicio de los pobres. Sería más bien complejo bajar a detalles. En todo caso, algunas pistas se podrían y deberían recorrer.
1. Identidad que guardar y vivir
Una primera línea debería consistir en la reafirmación siempre más neta de la identidad, del fin, es decir, del ser «dadas a Dios para el servicio de los pobres». Cuanto se ha enunciado en línea de principio y constituye una convicción teórica debe convertirse siempre más en vida vivida: es decir, que sea verdaderamente el fin apostólico el que determine todo el resto, como afirman sin términos medios los textos vicencianos; que sea ese fin el que cree la unidad de vida de la Hija de la Caridad; que sea predominante la búsqueda de los pobres, el ir a ellos, el estar con ellos. Justamente M. Pérez Flores habla de la secularidad como de una exigencia que proviene necesariamente de la naturaleza misma del apostolado de la Hija de la Caridad, que tiene como fin honrar a Cristo en la persona de los pobres, y la idea de la secularidad es como un hilo que recorre toda la trama del tejido constitucional de la Compañías. La Hija de la Caridad está llamada a «ser sierva de Cristo en los pobres y de los pobres en Cristo», por eso «Cristo y los pobres son los dos polos inseparables que deben orientar el ser y la misión de la Compañía, y las Hijas de la Caridad deben perder la vida por Cristo y por los pobres»1°. La «profesión» determinante de las Hijas de la Caridad no es la de los consejos evangélicos, sino la de la asistencia al prójimo, como lo notaba san Vicente: «…os desean hasta los obispos porque hacéis profesión de servir al prójimo»11. Por eso la Madre S. Guillemin pone de relieve: «Toda acción nuestra se hace verdaderamente «para el servicio de los pobres», porque la Compañía entera está consagrada a ellos y todo en ella está concebido para este fin». Con lapidaria concisión y precisión M. Lloret observa que «no se hacen los votos para ser Hija de la Caridad, sino porque se es ya Hija de la Caridad y para serlo más perfectamente cada día».
Expresarse de esta manera no quiere decir subestimar los Votos de las Hijas de la Caridad, sino darles su especificidad propia. De hecho, «la consagración vicenciana no va en la dirección del culto, sino en la del ejercicio de la caridad para con el pobre. En la concepción vicenciana, el mundo es el escenario de la propia espiritualidad, el lugar de la propia realización apostólica y de servicio». La Hija de la Caridad no es una religiosa de serie B o C. No lo es de modo alguno. Es Hija de la Caridad: mujer totalmente consagrada a Dios para el servicio de los pobres y en tal servicio. Lo es antes todavía de obligarse a la práctica de los consejos evangélicos con los Votos; lo es cuando tiene la gracia de poder gastar todas sus fuerzas en el servicio directo de los pobres; lo es cualquiera que sea la actividad que está llamada a desarrollar dentro de la Compañía; lo es cuando el declinar de las fuerzas o la enfermedad le piden que continúe sirviendo con la oración y con el ofrecimiento del propio sufrimiento. Es siempre el amor de Cristo Crucificado el que la anima y la impulsa hacia los hermanos pobres.
Juan Pablo II, en su carta a la Superiora General con ocasión de la Asamblea de 1997, escribía: «Aliento, pues, a las Hijas de la Caridad a que profundicen en las exigencias de su adhesión a lo que constituye el centro de su vocación apostólica en la Iglesia, tal y como lo anunciaba san Vicente de Paúl: «El principal propósito de las Hijas de la Caridad es el de imitar la vida de Jesucristo en la tierra, el servir corporal y espiritualmente a los Pobres, es decir, ayudarles a que conozcan a Dios y pongan en práctica los medios para salvarse» (SVP, IX, 75).
El documento Un fuego nuevo afirma que «la contribución de la Compañía a la nueva evangelización se concreta en ser «apóstoles de la caridad» mediante el amor, hecho servicio corporal y espiritual, a los marginados de la sociedad», y recuerda, por ello, la necesidad de una conversión (habla de fuerte llamada a la conversión): «Sólo avivando nuestra opción vocacional, el fuego de nuestro amor primero, nos sentiremos animadas del «nuevo ardor» que reclama la nueva evangelización». Mientras a san Vicente, por una parte, le agradaba repetir que las Hijas de la Caridad no son religiosas, por otra afirmaba con fuerza que estaban en un estado de caridad y que su perfección consistía en la caridad: «Hacéis profesión de dar la vida por el servicio del prójimo, por amor a Dios… el mayor testimonio de amor es dar la vida por quien se ama; y vosotras dais toda vuestra vida por la práctica de la caridad, la dais por Dios». La expresión precisa «estado de caridad» el Santo la usa hablando a los Misioneros: «De los religiosos se dice que están en estado de perfección; nosotros no somos religiosos, pero podemos decir que estamos en un estado de caridad, ya que estamos continuamente ocupados en la práctica real del amor o en disposición de ello.
Vale la pena retomar algunas afirmaciones de la Madre S. Guillemin: «En nuestra vida no hay un tiempo consagrado a los pobres —aquel en que trabajamos por ellos—, y un tiempo, el de la oración, consagrado a Dios y a nosotras mismas…»; trabajar en el servicio al prójimo es nuestro principal ejercicio de ascética… La caridad es la fuente principal de ascesis en nuestra vida, la que nos da la ocasión para realizar verdaderos actos de mortificación…». Un poco antes, recordando el «dejar a Dios por Dios» de san Vicente, había escrito: «No veamos en ello, claro está, una invitación a desatender el tiempo de la oración pura; ésta es indis-pensable para conservar en nosotras el sentido de la contemplación, sin la que muy pronto dejaríamos a Dios por nuestros caprichos; pero sí la seguridad de que el servicio de nuestros hermanos, cuando procede de la auténtica caridad, nos pone en comunión con el Señor, aun en el caso en que nos fuerce a una irregularidad aparente».
2. Términos y usos que caracterizan
Es necesario, en fin, abandonar con decisión tendencias que llevan a asumir costumbres, usos, reglas, y también expresiones, que son propias de las comunidades religiosas. No hay duda de que en el pasado se cedió en más de un punto a las tendencias o mentalidad «conventuales». La concentración de grandes comunidades de hermanas en enormes estructuras, como hospitales de todo tipo, escuelas, institutos de asistencia, ha tenido su peso en este proceso. Un influjo notable, sin embargo, lo han tenido también ciertas fuertes insistencias sobre la regularidad y sobre una malentendida uniformidad, que han llevado a nivelarlo y a aplanarlo todo. En un estudio reciente se afirma: «En el curso de la evolución histórica la institución ha desarrollado una acción protectora respecto a sus miembros, hasta el punto de descuidar la dimensión secular de la Compañía. El problema se presenta cuando el lenguaje, los modelos, los medios ascéticos y espirituales puestos en uso en la Compañía y las numerosas costumbres introducidas, pertenecen a la vida religiosa entendida en el sentido canónico del término…». Se puede añadir todavía:
«A lo largo de la historia de la Compañía de las Hijas de la Caridad se ha dado una tensión entre su naturaleza esencialmente secular y una gravitación hacia el estado religioso… La estructura arquitectónica, por ejemplo, ha pasado progresivamente de la habitación civil a un estilo conventual con sus características de sonido de la campana, hábito religioso, etc., las cuales han desarrollado la función de refuerzo y de aceleración del proceso. Aunque vigorosamente afirmada a nivel normativo, se podría decir que la secularidad no ha tenido suficiente espacio en la concepción mental y en la práctica de los miembros de la Compañía.
Las Hijas de la Caridad tienen un propio camino de santificación, de perfección, que no consiste en asumir y copiar el de las religiosas y monjas. Es el camino de encarnarse en las situaciones de necesidad, de marginación, de pobreza, no sencillamente con el ejercicio de una específica profesionalidad, sino llevando consigo la fuerte carga contemplativa de ver a Dios en los pobres y a los pobres en Dios.
La Compañía de las Hijas de la Caridad tiene una terminología suya típica, que en parte se remonta a lo orígenes: casa (no convento ni monasterio), seminario (no noviciado), envío a misión (no obediencia religiosa), emisión de los votos (no profesión), Hermana Sirviente (no superiora), etc. Los términos, las palabras vehiculan conceptos. Es importante ser conscientes y defender, consiguientemente, ciertas particularidades de toda amenaza manifiesta o subrepticia. Este toque de atención vale también para los modos de expresarse más generales. Así, no se puede hablar para las Hijas de la Caridad de «vida consagrada», si no se hacen las debidas precisiones; no se puede continuar haciendo de toda hierba un haz, ignorando la distinción fundamental del Código de Derecho Canónico entre Institutos de vida consagrada, de una parte, y Sociedades de vida apostólica, de otra, y aplicando sic et simpliciter a las Hijas de la Caridad (que pertenecen a estas últimas) lo que se refiere a los primeros (institutos religiosos e institutos seculares). De ese modo se practica la indiferencia por las ideas jurídicas y teológicas y no se rinde un buen servicio a la verdad. Desgraciadamente no faltan los ejemplos La purificación del lenguaje debe iniciarse dentro de la Compañía misma, que deberá prestar atención también a no tolerar comportamientos como: dar publicidad y solemnizar la emisión de los primeros votos, hablar de ambientes sujetos a «clausura», dar gran énfasis al silencio en las comidas, etc. A este respecto son claras las palabras de la Superiora General de las Hijas de la Caridad: «Está asimismo la tentación de suprimir o sustituir con otras expresiones las de «siervas de los pobres» o «hermana sirviente»: ello implicaría también la supresión de la expresión correlativa de «amos y señores», que aplicamos a los pobres. Tal proceder atacaría al corazón mismo de nuestra identidad».
3. Estar en el mundo y para el mundo
Se deberá, además, hacer realidad una secularidad que exprese el estar en el mundo, entrar en relación con él. Hay una manera de relacionarse con el mundo, que se manifiesta como fuga del mundo (fuga mundi), desprecio del mundo (contemptus mundi), separación del mundo. Nos podemos también relacionar con el mundo dejándonos mundanizar: lo que equivale a ser del mundo, obrar como el mundo, asumir sus máximas, sus criterios, su espíritu.
La secularidad que ha de ponerse en práctica está en el signo de la apertura al mundo, de la inserción en el mundo, para ser levadura, luz y sal, signo evangélico en el mundo. En otras palabras, vivir en el mundo sin dejarse modelar por el mundo; ser seculares, sin ser secularizadas.
La vida fraterna es ciertamente un valor en sí misma y ha de ser cultivada, en línea con las motivaciones e indicaciones de los Fundadores y con las fuertes llamadas del magisterio eclesiástico: baste pensar en el valor evangelizador de la comunión tan puesto de relieve. Es necesario, sin embargo, establecer una íntima vinculación entre las exigencias de la vida comunitaria y las del servicio a los pobres. No se puede ser esclavos de una malentendida regularidad formal en daño de las reales exigencias del servicio. ¿No se ha de cuidar la calidad más que la regularidad y la cantidad de las relaciones comunitarias? ¿No será el caso, muchas veces, de estudiar mejor el horario de la Comunidad precisamente en relación con el servicio o servicios que hay que prestar? Sólo por poner un ejemplo: no se puede pretender trabajar hoy en la pastoral juvenil, encerrándose en casa a las nueve de la tarde o todavía antes.
El inmovilismo, la rigidez de las estructuras, de las obras y de las personas, contradicen a una bien entendida secularidad. Esta, al contrario, requiere movilidad y flexibilidad, capacidad de cambio y de adaptación. «La creatividad y la audacia, que deben caracterizar a la Compañía, no deben ser frenadas con un ‘se ha hecho siempre así’, que impida la apertura a nuevos caminos y la asunción de los riesgos de lo nuevo, olvidando que el amor es inventivo hasta el infinito». Lo absoluto no puede ser nunca un horario, un esquema, un orden, una tradición, sino que «la gran señora» es siempre la caridad. ¿No se necesitará mayor disponibilidad para salir de las propias moradas, a veces tan seguras y tranquilas, para ir hacia los pobres de hoy o para abrir las puertas a cuantos deseen compartir momentos de vida, de trabajo, de oración? San Vicente y Santa Luisa no dudaron en enviar a las jóvenes Hijas de la Caridad de su tiempo a los campos de batalla en medio de los soldados, a los galeotes, etc. Se sabe que una de las modernas fronteras de la pobreza es el mundo de los jóvenes: el Papa y los Superiores de la Compañía invitan a hacerse cargo de ellos. Pero se necesita ir a ellos, alcanzarlos donde viven, en los ambientes que frecuentan, hasta de noche, hasta en las discotecas… ¿Por qué no? Si alguna Hija de la Caridad tuviese la valentía y las cualidades para hacerlo, las otras deberían mirarla con simpatía y apoyarla con el afecto y la oración.
Para comprender y vivir de manera correcta su secularidad, la Hija de la Caridad no puede prescindir del modo de ser y de obrar de Cristo, venido al mundo como salvador del mundo y que se entregó a sí mismo para la vida del mundo; no puede prescindir del modo de ser y de obrar de la Iglesia que hace suyas las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres, de los pobres sobre todo, y de todos los que sufren… y se siente real e íntimamente solidaria con el género humano y con toda su historia.
Es lo que reconocen las Constituciones: «La vocación de las Hijas de la Caridad requiere constante apertura y presencia en el mundo». Lo mismo es subrayado por el «Léxico» de la Compañía cuando habla de la secularidad, que «consiste, —dice- en que las Hijas de la Caridad viven esencialmente su entrega total a Dios en y para el servicio de los Pobres, según el espíritu de la Compañía y de acuerdo con el estilo de la vida que definen las Constituciones y Estatutos, para ser fieles a las intenciones de los Fundadores».
Se puede afirmar que «la secularidad era la característica que distinguía a la Compañía cuando apareció en la historia, cuando surgió el carisma de san Vicente de Paúl», y si se quiere que la secularidad sea todavía determinante hoy, se requiere dar espacio a la creatividad, a la inventiva del amor, en todos los niveles. Desde hace bastantes años, desde los de la Madre Guillemin, no han faltado de parte del gobierno de la Compañía (superiores y asambleas) impulsos a la renovación de las personas y de las estructuras, invitaciones a estudiar las pobrezas, a elaborar estrategias para afrontarlas y a verificar las realizaciones, estímulos a emprender con creatividad y audacia caminos nuevos. Es de esperar que el Espíritu Santo conceda abundancia de discernimiento y de valentía. Traigo una estimulante reflexión de E Quintano: «Tener amor y sentido de pertenencia a la Compañía no equivale a callar inquietudes, a sumisión y justificación de todo lo que ella es y hace. Esto puede estar indicando inmovilismo, pasividad y conformismo. En la Compañía tienen que caber los miembros inquietos, los profetas y disconformes — no los amargados y angustiados— , Hermanas que pongan el pie en el acelerador, pues otras lo ponen en el freno. Ambas cosas hacen que el coche no se estrelle por la velocidad, pero también que no se quede inmóvil…».
Palabras sabias que deberían ayudar a toda Hermana a asumir actitudes de comprensión, de benevolencia, de colaboración recíproca, antes que de contraposición y de juicio. Si es comprensible que una cierta praxis haya podido favorecer el desarrollo de una mentalidad cerrada y estática en alguna Hija de la Caridad, nunca es, sin embargo, justificable el juzgar y el obstaculizar —con el propio modo de ser y de obrar— a aquellas que, de acuerdo con los Superiores, con fatiga y sacrificio, están recorriendo los caminos de una más plena inserción en el mundo de los pobres.
4. Espíritu y estilo de vida inconfundibles
Se requiere un empeño conjunto, a nivel personal y comunitario, para hacer propio el espíritu y el estilo de vida típico de las Hijas de la Caridad. Son ciertamente muchos los elementos que podrían subrayarse. Pienso que es útil poner de relieve algunos.
• Adhesión convencida y fuerte a Jesucristo
Jesucristo es considerado como «la regla de las Hijas de la Caridad» y ellas tratan de imitarlo como «adorador del Padre, servidor de su designio de amor, evangelizador de los pobres». Se trata de un elemento sustancial que está a la base de todo. Es cuestión de ser, para que el hacer no sea un frenético agitarse, sino un irradiar la Caridad de Cristo. El mundo, en realidad, no tiene necesidad de nosotros, sino de Dios. Jamás se meditarán lo suficiente las insistentes exhortaciones de los Fundadores sobre la necesidad de cultivar la vida interior mediante la asiduidad a la oración y a los sacramentos, sobre el vivir en constante unión con Dios haciéndolo todo por puro amor suyo, sobre el revestirse del Espíritu de Jesucristo, etc. Las Constituciones trazan un itinerario para una vida espiritual que lleve a las Hijas de la Caridad al Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo, e indican sobre qué elementos deben empeñarse para vivir la propia relación con Dios.
Es verdad que san Vicente dice que ante la urgencia de un servicio a los pobres se puede dejar la oración y hasta la Misa: es dejar a Dios por Dios. Pero el «dejar» supone que ya se estaba con Dios, y después el Santo insiste en decir que lo que se ha dejado hay que recuperarlo. Cuanto más comprometido es el servicio que hay que cumplir, tanto más profunda e intensa debe ser la relación con Jesucristo. No se puede admitir, por lo tanto, que una Hija de la Caridad se sustraiga frecuentemente de la vida de oración de la comunidad, de la participación cotidiana en la Eucaristía, de los demás ejercicios comunes. Si la vida se reduce a la pura actividad, en el momento en que esta falla, la persona termina por derrumbarse. Pero podría darse también el peligro de una regularidad a toda costa con perjuicio del servicio de los pobres, de una fidelidad formal en daño de la sustancial.
• Humildad, sencillez y caridad
Son las virtudes constitutivas del espíritu de la Compañía. San Vicente lo expresa así: «El espíritu de vuestra Compañía consiste en tres cosas: amar a Nuestro Señor y servirle con espíritu de humildad y de sencillez. Mientras reinen en vosotras la caridad, la humildad y la sencillez, se podrá decir: «Todavía vive la Compañía de la Caridad»; pero cuando dejen de verse estas virtudes, se podrá decir: «La pobre Caridad ha muerto». Una Hija de la Caridad que no tiene humildad ni caridad está muerta, porque carece de su espíritu; es como aquel a quien le dice el ángel en la Sagrada Escritura: «Estás muerto porque no tienes caridad, que es la vida del alma». Lo mismo que el alma es la vida del cuerpo, el día en que la caridad, la humildad y la sencillez dejen de verse en la Compañía, la pobre Caridad estará muerta; sí, estará muerta».
Se trata de actitudes que caracterizan el ser siervas, propio de las Hijas de la Caridad, que las hacen cercanas a los más desheredados: ellas deben contemplar esas actitudes en Cristo y tratar de traducirlas en la propia vida. Se puede decir asimismo con toda verdad que estas virtudes hacen a toda persona más aceptable en cualquier ambiente y favorecen relaciones constructivas con todos.
• Cercanía con las personas
La cercanía con las personas se traduce en apertura, acogida, atención, participación en sus situaciones: es un estilo de vida con la gente, en medio de la gente, como «hija de la parroquia». El documento Un fuego nuevo pone entre los compromisos el de la «cultura de la solidaridad» y comienza precisamente indicando «un estilo de vida sobrio y sencillo, viviendo en cercanía a los pobres, y siendo signo evangélico frente al consumismo». Sólo estando junto a los pobres, se puede estar en grado de ofrecerles «un servicio que responda a sus necesidades reales, teniendo en cuenta sus deseos, sus aspiraciones y sus valores para ayudarles a convertirse en protagonistas de su propia promoción». E Quintano habla de «estilo de vida cercano a los pobres: cercanía física, afectiva y espiritual…; estilo de vida propio de las siervas de los pobres: abierto, acogedor, disponible.
Para caminar en la línea de la cercanía a los pobres, del ser para ellos y estar con ellos ¿no se debería acelerar un discernimiento serio respecto a las estructuras que, aun en el aspecto puramente administrativo, exigen el gasto de tantas energías e impiden la movilidad y agilidad para un servicio más extensivo en zonas y significativo en favor de los pobres? ¿No se debería ir más decididamente hacia el establecimiento de pequeñas comunidades que pudieran intervenir rápidamente en el territorio de su localización, que se caracterizaran por la atención a las personas y a sus problemas humanos y religiosos, más que dedicarse a las prestaciones que podrían y deberían estar garantizadas por los Servicios Sociales?
• Plenitud humana y femenina
Es siempre verdad que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona. Las energías propias del cristiano pueden sólo crecer en un corazón en el que hayan arraigado sólidamente las virtudes humanas. Únicamente una persona amable, humanamente madura, puede hacer creíble una vida de entrega a Dios en el servicio del prójimo. De donde la necesidad de acentuar en la formación (inicial y permanente) la importancia de la libertad, de la confianza, del derecho a ser felices, de estar en paz consigo mismos y con Dios, de vivir el camino del perdón. Todo esto no sólo para evitar inútiles y peligrosas frustraciones, resultado no infrecuente de una educación que tendía a ocultar y a no valorar las aptitudes y cualidades personales, sino también para hacer posible un mejor desarrollo de la propia misión: en una sociedad competitiva y cínica como la nuestra puede ser fuertemente evangelizadora la sana humanidad de una hermana. Buena, fuerte, tierna al mismo tiempo, capaz de mirar del otro lado de las cosas, libre de egoísmos, entregada a lo esencial. Positiva.
No es difícil que a una Hermana así la gente la ame y la busque.
Características como la rectitud, la honradez, la lealtad, la fidelidad, la sinceridad, la búsqueda de la verdad y de la justicia, etc., se han de tener en seria consideración y deben formar parte del ajuar, de la dote de toda Hija de la Caridad. El P. R. Maloney invita a las Hijas de la Caridad a recordar y valorar los dones que tienen como mujeres: «Con su feminidad, ustedes han recibido dones especiales para generar vida y hacerla crecer. Las Hijas de la Caridad se encuentran entre las personas de corazón más grande que he conocido. Pocos pueden competir con ustedes en el cuidado afectuoso y delicado que prestan a los que sirven. Les recomiendo que busquen fórmulas para poner esas cualidades de su feminidad al servicio de los pobres, en las varias culturas de los países donde trabajan». Estas preciosas y competentes indicaciones constituyen también una provocación para los itinerarios de la formación de las Siervas de los pobres, tanto inicial como permanente.
• Ternura
La ternura es una característica humana y cristiana, y también típicamente femenina, que la Hija de la Caridad está llamada a asumir, especialmente hoy. No tiene nada que ver con los mimos, zalamerías, melosidades y sentimentalismos. La Hija de la Caridad es hija de Dios: San Vicente lo repite muchas veces. Está, por lo tanto, llamada a cultivar una relación filial con Dios y a testimoniar con su amor que Dios es Padre. Ello conlleva que se tenga una gran atención a las personas particulares, un gran respeto a su libertad, que se les propongan las cosas en vez de imponérselas. Queriendo hacer realidad «la civilización del amor», las Hijas de la Caridad deben ser «testigos de la ternura de Dios hacia los Pobres». ¡Nuestro mundo tiene necesidad de ternura!
El P. Quintano recuerda: «Ser cercanos a los otros exige la proximidad no sólo física y afectiva, sino también espiritual. Para las Hijas de la Caridad el fin es inseparable del espíritu. Por ello la cercanía a los pobres requiere ternura, comprensión, respeto». La Madre S. Guillemin, mientras, de una parte, veía la creciente necesidad de «proveer a la formación profesional de las hermanas» y afirmaba que «la competencia es un deber de justicia cualquiera que sea nuestra actividad», de la otra, recordaba que «cuánto se revelaría ilusoria una técnica aplicada desde fuera de la caridad» e invitaba a «humanizar la técnica y a convertirla en vehículo de la ternura de Cristo».
¡Cuánto bien puede hacer una Hija de la Caridad que, dejando el oficio de supervisora en un hospital o de enfermera, se hace más cercana a los enfermos para escucharlos, para consolarlos, para sostenerlos en sus desánimos, para ayudarles en su relación con Dios! Es una presencia que inspira confianza y da serenidad. El ambiente hospitalario en general la aprecia. Los enfermos la acogen como una bendición del cielo. Estos cambios en los modos de estar presentes en el mundo de los pobres y de servirlos han de ser estimulados y promovidos.
• Referencia a María
En el «testamento espiritual» de Luisa de Marillac leemos esta consigna a sus Hijas: «Pidan mucho a la Santísima Virgen que sea ella su única Madre». Las Hijas de la Caridad han permanecido fieles a esta consigna. Siguiendo el ejemplo de la Fundadora, han invocado siempre a María como «única Madre de la Compañía» y la han considerado como maestra de vida espiritual, a Ella se han confiado, de Ella, sobre todo, han tratado de reproducir los rasgos, en particular su actitud de escucha y de sierva obediente. La manifestación de 1830 a Catalina Labouré no ha dado por resultado otra cosa que hacer todavía más sólida esta devoción e investir a las Hijas de la Caridad con una especial misión. Experimentando la presencia materna de María en la vida personal y de la Compañía, las Hijas de la Caridad reciben el estímulo de hacerse madres atentas y tiernas de aquellos a quienes sirven.
Es así como se puede dar un testimonio creíble y se pueden escribir páginas de historia, si no gloriosa como la pasada, al menos hermosa y significativa, nueva, sin duda, adaptada a nuestros tiempos.
Me agrada citar, como conclusión de estas reflexiones, un pensamiento de Silvano Fausti. Quiere ser un augurio para todas las Hijas de la caridad de hoy y de mañana.
«No debemos buscar el sobresalir, sino la identidad. La candela no se preocupa de iluminar, sencillamente arde y, ardiendo, ilumina. La identidad no puede permanecer oculta, aunque nada haga para hacerse ver: la sal no puede no salar y la luz no iluminar. El problema no es salar e iluminar, sino ser sal y luz. Quien busca sobresalir en vez de la identidad, es como la rana que se hincha para convertirse en buey. Nadie da lo que no tiene: lo que eres habla más fuertemente que lo que dices».
Estas palabras, además de expresar un ferviente deseo, quieren ser también estímulo a un compromiso. Si los diversos elementos paso a paso puestos de relieve forman parte de la identidad de la Compañía, es claro que no pueden no tenerse en cuenta en un proyecto serio de formación tanto inicial como permanente. Es a través de la formación como, de hecho, se asimilan esos elementos hasta llegar a una siempre más profunda identificación personal y comunitaria con ellos. Lo vivido no será entonces sino trasparencia de lo que se es.






