Un dinamismo contagioso

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1989 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1989.
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Luisa de Marillac, fundadora con Vicente de Paúl, de la Compañía de las Hijas de la Caridad, transmitió a las Hermanas todo el dinamismo que a ella le invadía. Las primeras Hermanas comprendieron la importancia de su mensaje y conservaron cuidadosamente sus cartas, meditaciones y otros escritos.

Toda la reflexión de Luisa de Marillac, que sostiene, su acción se inscribe dentro de la renovación espiritual de principios del siglo XVII, fruto del Concilio de Trento. Se da un volver a centrarse en la persona de Cristo, en los misterios de la Encarnación y de la Redención.

En sus oraciones, Luisa gusta de contemplar al Hijo de Dios hecho Hombre por Amor. Medita detenidamente en la «Humanidad Santa» de Cristo y en la grandeza del hombre, ya que Dios quiso unir la naturaleza humana a la divina. Con palabras de su época, Luisa de Marillac subraya la dignidad de todo ser humano, dignidad que hay que respetar cada día en las menores acciones.

A las Hermanas que han ido a implantaciones lejos de París, recuerda con fuerza ese respeto a todo hombre. No hay que «obligar» al pobre; si prefiere quedarse en su casa y no desea ir al hospital, pequeño establecimiento que acoge a mendigos y moribundos, hay que respetar su libertad.

Entre las que están al servicio de los Niños Expósitos, cuida de que no predominen los prejuicios de la época. En el siglo XVII, como lo explica una Hermana durante una conferencia sobre este tema, estos niños «doblemente concebidos en el pecado» son despreciados, rechazados de todos, mal cuidados y mueren rápidamente. Luisa lleva a las Hermanas a modificar su mirada, a descubrir en esos seres frágiles a hijos de Dios. Les pide que ofrezcan cada día a Dios «todos los servicios que van a prestar a la infancia de Nuestro Señor en la persona de sus tiernos hijos». (Reglamento para las Hermanas que cuidan de los Niños). Con Vicente de Paúl, Luisa de Marillac insiste en el profundo respeto que se les debe. Si las personas del mundo se sienten muy honradas cuando las llaman a servir a los hijos de los Grandes, las Hermanas deben estar muy agradecidas a Dios por haber sido escogidas para servirle en esos niños que son hijos suyos.

Otra categoría de personas queda, poco a poco, excluida de la sociedad: son los criminales condenados a galeras. La Señorita no vacila en enviar Hermanas para aliviarlos y cuidarlos. Les recomienda «que no les hagan nunca ningún reproche, ni les hablen duramente, sino que tengan compasión de ellos tanto por su estado espiritual como por el corporal que es muy digno de compasión». (Reglas para las Hermanas de los Galeotes).
Todo pobre, sea lo que sea, tiene derecho a ese mismo respeto. Las Hermanas que sirven a los enfermos en las distintas parroquias de París deben también «respetarlos y hablarles suave y humildemente…, se guardarán bien de pensar que los enfermos les deben nada por los servicios que les prestan» (cf. Reglas para las Hermanas de las Parroquias).

Si Luisa de Marillac pide a las Hermanas que amen al Pobre, que respeten a todos los pobres, insiste también en el respeto que se debe a los ricos, especialmente a las Damas de la Caridad, responsables de las Cofradías donde trabajan dichas Hermanas. En el siglo XVII las diferencias entre las clases sociales son grandes, entre las Damas procedentes de la aristocracia y las Hermanas que vienen del campo. Luisa ayuda a las Hermanas a reconocer las diferencias y a aceptarlas como complementarias; si las Hermanas deben respetar a las Damas, no es porque ellas sean de la clase pobre, sino para mejor servir a sus verdaderos Amos, los Pobres.

«… nuestra vocación de siervas de los pobres es para nosotras una advertencia de la dulzura, humildad y tolerancia que hemos de tener con el prójimo; del respeto y honor que debemos a todo el mundo: a los Pobres, porque son los miembros de Jesucristo y nuestros amos, y a los ricos, para que nos proporcionen medios de hacer el bien a los pobres.»
(A Bárbara Angiboust, mayo 1655 – Corr. y Escr. C. 487).

Luisa continúa su meditación y admira todo el misterio de la Redención. ¡Qué amor manifiesta Cristo a los hombres! El, el Hijo de Dios, es rechazado, humillado, maltratado y muere en la Cruz. Pero qué certeza, qué dinamismo ofrece al hombre su Resurrección. La muerte no es el final. El está vivo y llama a la Vida.

Luisa de Marillac hace el paralelo entre Jesucritos en su Pasión y los pobres que sufren la suya. En cada hombre oprimido por el dolor, la indiferencia, el abandono, encuentra la Humanidad doliente de Cristo. Ve el «Servicio a los Pobres» como una prolongación de la Redención, que ofrece a todos una posibilidad de Resurrección. Luisa da como divisa a las Hermanas: «La Caridad de Jesucristo Crucificado nos apremia». Cuanto más sufre el Pobre, tanto más necesario es acercarse a él.

Su acción se orienta hacia los que no tienen nada, ni salud, ni dignidad, ni futuro: los galeotes, los niños expósitos, pero también hacia las niñas pobres de las aldeas de la región Isla de Francia de las que nadie se ocupa. Les prepara maestras para que les enseñen los rudimentos de la lectura, el conocimiento de Jesucristo, el aprendizaje de un oficio. Cuando trasladan los niños expósitos a Bicétre, se extraña de que las Damas de la Caridad, responsables del acondicionamiento de esta nueva vivienda, no hayan previsto ningún local para la escuela. Con firmeza defiende el derecho de estos niños a la instrucción. Es necesario darles todas las posibilidades para que lleguen a ser hombres y mujeres capaces de ganarse la vida, hombres y mujeres liberados de su ignorancia.

La guerra civil de la Fronda causa muchos desastres. Vicente de Paúl, las Damas de la Caridad, Luisa de Marillac, se ven interpelados por la afluencia de refugiados que huyen de las hordas de soldados que van devastando todo a su paso. Inmediatamente se ponen en marcha las «sopas populares». Las Hijas de la Caridad distribuyen cada día dos mil comidas en el barrio de San Denis, cinco mil en la parroquia de San Pablo. ¡Qué proezas para encontrar lo necesario para estas comidas aunque sean tan frugales! ¡Qué preocupaciones para asegurar en este período el alimento a los niños expósitos y para «no dejarlos morir». En Etampes, Juana Francisca recoge en condiciones muy difíciles los muchos huérfanos que van errantes por el campo.

A los soldados heridos los socorren también en los campos de batalla o en los hospitales improvisados. La rudeza de su comportamiento no debe impresionar a las Hermanas, ni mermar el respeto que se les debe. «Sirvan a sus pobres enfermos con espíritu de mansedumbre y gran compasión, a imitación de Nuestro Señor que así trataba a los más molestos». (A Ana Hardemont, 13 noviembre 1653, Corr. y Escr. C.449).

El sufrimiento de los pobres es a veces,tan grande que es imposible aliviarlo. ¿Qué hacer entonces? Luisa anima a las Hermanas a compartir, sencillamente, la miseria de los que viven en torno a ellas. La violenta batalla de principios de 1652 en los alrededores de Angers ha devastado la región, ha causado muchas víctimas y mucha gente ha quedado sin techo.

«La lectura de todas las aflicciones y calamidades ocurridas en Angers —escribe Luisa de Marillac a las Hermanas de Angers— me ha causado honda pena por todo lo que los pobres tendrán que sufrir… También ustedes, queridas Hermanas, han tenido gran trabajo y dificultades, pero ¿han pensado que era justo que las siervas de los pobres sufriesen con sus amos…? (17 febrero 1652, Corr. y Escr. C. 404).

Si se presenta la ocasión, las Hermanas, humildes campesinas, deberán hablar a los Grandes de este mundo, a los que tienen el poder de decisión, del sufrimiento de todos aquellos a quienes sirven, deberán ser, según la expresión actual, la voz de los sin voz. Bárbara Angiboust recibe en 1648 esta magnífica carta de Luisa:

«Según tengo entendido, querida Hermana, gozan ustedes la dicha de tener ahí, en Fontainebleau, a nuestra bondadosa Reina; si Su Majestad quiere hablarle, no ponga ninguna dificultad, aunque el respeto que debe a su persona le inspire temor de acercarse a ella. Su virtud y caridad infunden confianza a los más pequeños para exponerle sus necesidades; no dejen ustedes de hacerlo también, con toda verdad, con las de los pobres». (Corr. y Escr. C. 241).

La mirada de Luisa se dirige siempre con prioridad hacia «los pobres abandonados que viven toda clase de necesidades», hacia «los pobres desprovistos de todo». Sabe, sin embargo, que este servicio es penoso; por eso ayuda a las Hermanas a superar las dificultades y les muestra la grandeza y la belleza de su vocación.

«Admiro que la Providencia (de Dios) las haya escogido, haga buen uso de ello y agrade al Señor sirviendo a nuestros amos, sus queridos miembros, con devoción, dulzura y humildad, sin hacer caso de lo que los sentidos puedan decirle en contra». (A Claudia Brígida, agosto 1642, Corr. y Escr. C. 78).

El servicio de la Hija de la Caridad es un servicio humilde, que se expresa en gestos sencillos y llenos de amor: lavar las manos de los enfermos (signo profundo de respeto), calentar la cama del enfermo que llega al hospital, darle una camisa limpia, preparar alimentos apetitosos para los que están inapetentes… todas esas delicadezas son tan importantes como los cuidados propiamente dichos. Las Hermanas prestan también una gran atención a los enfermos que van a morir, son muchos, especialmente en períodos de epidemia; los preparan para este gran paso. A los que se curan, los instruyen; las Hermanas les ayudan a descubrir el sentido de la vida, de la vida cristiana. Para Luisa de Marillac, lo mismo que para Vicente de Paúl, el «servicio corporal» y el «servicio espiritual» van íntimamente unidos.

«Trabajemos, pues, queridas Hermanas, en el servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, por amor a Jesús Crucificado» escribe Luisa a Francisca Carcireux y a su Comunidad el 18 de julio de 1656.

La humanización no puede separarse de la Evangelización. Para ser plenamente hombre, el pobre, el enfermo, al recuperar sus fuerzas, su equilibrio humano, debe poder descubrir al mismo tiempo todo el valor de la vida nueva ofrecida por Jesucristo.

Respeto hacia todo hombre, prioridad hacia el más desprovisto, atención a la persona integral, servicio de amor humilde, éstas son las conclusiones concretas que Luisa de Marillac saca de su Fe profunda y llena de amor a Jesucristo, el Hijo de Dios e Hijo de María. Ese es el dinamismo que ha legado a todos los que, como ella, desean servir al Pobre.

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