Un clásico de la solidaridad

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Manuel Soler Palá · Año publicación original: 1982 · Fuente: Congreso Nacional Vicenciano, Abril de 1982.
Tiempo de lectura estimado:

El nombre de Vicente de Paúl se asocia fácilmente con ese rostro que esbozó su primer pintor, Simon Frangois de Tour. La nariz ancha, los ojos que aguantan la mirada, la barba poco cuidada, como indicando al espectador que el tiempo siempre le resultó escaso para la magnitud de sus proyectos. Se trata del rostro de un campesino, firme y bené­volo al mismo tiempo. Los años le han envejecido y, a la par, curado de espantos. Ha sido testigo de muchos escenarios y acontecimientos. Ha paseado por la corte y ha respirado la atmósfera irrespirable que envuelve a los galeotes. La ter­nura que se desprende de su semblante la ha conjugado con la organización y la eficacia. Ese es Vicente, ganado para la causa de los pobres, inspirador —todavía hoy— de muchas obras que tienen la solidaridad por santo y seña.

Rodeos de juventud

Sin embargo Vicente, nacido en Pouy (Francia) el año 1581 estuvo dando rodeos hasta más allá de los treinta, sin acabar de asumir el papel al que estaba destinado. En efec­to, no es fácil imaginarse a Vicente persiguiendo a un acreedor, o alimentando intereses económicos o ambicionan­do escalar peldaños. Decididamente los primeros lustros del santo son ajenos a lo mejor de sí mismo. De pronto desapa­rece de la escena por dos años y luego remite a una poco creíble odisea, acaecida en Berbería, a la que puso punto final —según escribe— escapándose del lugar en compañía de un renegado.

Dos breves y positivas experiencias pastorales de tipo parroquial parecen ya presagiar que su vida tomará nuevo rumbo. Las viejas ambiciones desaparecen en cuanto se pone en contacto con las gentes de la parroquia que se le ha encomendado. Se trata de un pueblecito de ambiente campe­sino. Pero entre sus notas se lee la sospecha de que ni el Santo Padre es tan dichoso como él. En su segunda parro­quia lamenta el poco celo de los capellanes que allí viven y se las arregla para dar con un coadjutor con mayores hori­zontes. Allí es testigo de las nefastas consecuencias de la miseria y de la ignorancia. Constata que muchos indigentes no tienen otras perspectivas más que las de una muerte próxima.

Entre una y otra experiencia parroquial, Vicente aparece junto a la familia noble y prestigiosa de los Gondi. Pedro de Bérulle le introduce. Ejerce de preceptor de los hijos de la familia, catequiza a los niños de los alrededores, evangeliza a los campesinos y aconseja a la señora Gondi. Tras los pocos meses de estancia en la parroquia de Chátillon es llamado de nuevo, con insistencia, por la familia y el pro­pio Bérulle. Vicente cede y vuelve a París. Pero ahora ya está ganado para la causa de Dios, que identifica con la de los pobres. Su amistad con los Gondi le servirá para finan­ciar empresas humanitarias.

La causa de los indigentes

La sociedad francesa, en la que se mueve Vicente, está aquejada de muchos males. El pueblo vive infraalimentado, las clases superiores lo ignoran, excepto cuando van a reclu­tar agitadores en provecho propio. Por una parte, la agricul­tura funciona bajo mínimos; las epidemias y los períodos de hambre diezman la población. Por la otra, la ignorancia y la pobreza de medios impiden reaccionar con iniciativas válidas. De cada cuatro hombres, tres son analfabetos; la proporción es mucho más grave por lo que respecta a las mujeres. Mientras tanto, los nobles se van fraccionando en facciones y se distraen batiéndose en duelos que pagan con sus propias vidas.

En ese cuadro, cuyas sombras pretende borrar Richelieu, destacan dos lacras. Una, de la sociedad, la de los niños expósitos, es decir la de aquellos chiquillos abandonados en la casa cuna o en las calles de París —unos 300 por año—y que no tenían más alternativa que la de ser recogidos por alguna persona o la muerte. Otra, del Estado, la de los galeotes. Miles de hombres eran condenados a consumirse moviendo los remos a ritmo de látigo. La política de expan­sión marina tenía, como consecuencia colateral, un mayor número y duración de las condenas.

Tanto en el cuidado de los niños abandonados como en el de los galeotes se distinguió Vicente. Convierte a las Damas de la Caridad en madres adoptivas de centenares de niños. Cuando la miseria aumenta y el celo de esas Damas decae, les pone entre espada y pared. Quiere que sean ellas mismas quienes decidan si deben continuar la obra. Pero antes les dice: «… su vida y su muerte están en vuestras manos; voy a contar las voces y los sufragios; es tiempo de pronunciar su sentencia, y de saber si no queréis ya tener piedad de ellos…». La sentencia pronunciada fue en favor de la vida.

El santo se aproximó al drama de los galeotes gracias a la influencia del señor Emmanuel Gondi. Constató la in­mundicia, el hedor que envolvía a aquellos hombres. «Yo vi a esas pobres gentes tratados como bestias… cuando me compadecía de sus sufrimientos, cuando besé sus cadenas… entonces me aceptaron». Para él se creó un cargo inédito: capellán general de las galeras. Hizo lo que pudo: creó un hospital para esos hombres, exigió condiciones menos in­humanas en las cárceles que les retenían y hasta llegó a predicarles misiones. Más tarde las Hijas de la Caridad cuidaron de mejorar las condiciones alimentarias e higié­nicas.

En el perfil humano de Vicente no hay datos para hablar de su ciencia o sus dotes especulativas. Más bien es sensi­ble a lo concreto y le dejan indiferente las grandes doctri­nas que no desembocan en obras. Su portentosa actividad no se origina en grandes principios cuyas conclusiones le conducen luego a la praxis, sino que ve los acontecimientos —le arañan su corazón sensible— y trata de darles una respuesta.

No obstante sí tiene muy claro que la caridad debe ser organizada. En efecto, la sensibilidad tenía que ser agluti­nada por unos objetivos precisos y unas normas claras. Por eso funda varias comunidades femeninas, para regularizar las ayudas a los necesitados de todo tipo. A los miembros de la Misión, la Congregación masculina también por él fundada, les exhorta repetidas veces a emitir los votos para estabilizar su servicio a los pobres.

El realismo del santo, la indigencia que le rodeaba y los planteamientos de la época, le impiden hacerse ciertos inte­rrogantes que hoy día nos incomodan. ¿Hasta qué punto es lícito acudir a la oligarquía para ayudar a los pobres? ¿Vale la pena salpicarse con las injusticias del poder estatal —ambicioso, sin escrúpulos, intrigante— para así conseguir mayores fondos y ponerlos a disposición de los que siempre pierden?

Vicente, por circunstancias varias, se encuentra con una buena parcela de poder en sus manos y sencillamente trata de usarla en beneficio de los indigentes. Mira por la justa distribución de los beneficios y nombramientos episcopales; asiste a las provincias más devastadas saliendo al encuentro del hambre, la enfermedad y la muerte. Pero era demasiado transparente como para triunfar en el ambiente mezquino de la corte. En política apenas mereció la calificación de aprobado. Lo suyo estaba en otra parte; en la vanguardia del Reino, junto a los que no cuentan, siendo altavoz de quienes no tienen voz.

La mujer

En tiempos poco propicios para protagonismos femeni­nos Vicente no tiene inconveniente en inspirar y abrir hori­zontes a la mujer. La orienta incluso hacia tareas que algu­nos considerarían poco adecuadas. Los proyectos de Vicente no le permiten excluir a nadie. La verdad es que las comu­nidades masculinas o mixtas que formó con fines de solida­ridad no tuvieron demasiado éxito. Entonces se dedica a perfeccionar las instituciones femeninas. Les dice que su lugar está junto a los enfermos o los niños abandonados, pero también quiere que acudan a los hogares donde el hambre y la guerra hacen estragos.

La obra más arriesgada a la que empuja a las Hijas de la Caridad es la del servicio a los galeotes. Estos se burla­ban de ellas y fácilmente uno se imagina las insinuaciones y situaciones poco gratas por las que tenían que pasar. Sin embargo Vicente y Luisa de Marillac no ceden; la caridad tiene sus riesgos, a veces hay que ensuciarse las manos. El buen sentido de ambos se manifiesta en las normas que constituyen las «Reglas para las Hijas de la Caridad que cuidan de galeotes».

La mujer que más sintoniza con la sensibilidad y los proyectos del santo es precisamente Luisa de Marillac. Mujer menuda, de apenas metro y medio de estatura, con las raíces en la nobleza y el corazón en las clases más desasistidas. Ella es considerada la fundadora de la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad. La clarividencia, la actuali­dad y el instinto evangélico de Vicente se, traslucen en el programa que esboza para ellas: «Tendrán por monasterio las casas de los enfermos. Por celda, un cuarto de renta. Por capilla, la iglesia parroquial. Por clausura, la obedien­cia. Por verja, el temor de Dios…». Vicente supo sacar partido, en favor de los pobres, del afecto y generosidad de la mujer.

El vendaval detrás de la puerta

Cuando la puerta está bien cerrada las rachas de viento difícilmente pueden abrirla. Pero en cuanto se entreabre para ver lo que hay fuera, entonces la potencia del viento es treMenda y abre la puerta de par en par. Más o menos eso le pasó a Vicente. Durante sus primeros años los inte­reses ajenos al Evangelio y las pequeñas ambiciones man­tienen su vida a buen recaudo del huracán de la caridad. Luego asoma la cabeza ante algunas desgracias que le salen al paso. Y finalmente ya no puede parar el curso alocado del vendaval. Se siente obligado a remediarlo todo: mendi­gos, hambrientos, niños abandonados, mujeres sin refugio, evacuados, hospitalizados…

El manantial del cual Vicente nutre sus anhelos es la ternura de Dios, evocada con frecuencia. Pero esa ternura no se le evapora entre grandes contemplaciones, sino que la ve activa y activante en la persona de Cristo. La tendencia de Jesús a ir «con malas compañías», es decir, de sentirse atraído por los leprosos, los paralíticos, los menospreciados de la sociedad, los que vivían al margen de la ley, modeló también su actitud ante la vida. El Jesús de los pobres, la Iglesia de los pobres… Vicente fue un pionero: «avant la lettre» de esas ideas, por lo demás tan viejas como genuina­mente cristianas.

Una distinción enormemente fecunda para Vicente es la que hace entre el amor afectivo y el efectivo. «El amor de complacencia que no llega a lo práctico es sospechoso (…), amemos a Dios, pero que sea a expensas de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestras frentes». Para él, la oración sin acción, no conduce a nada. Se trata de dar fruto, según la exhortación del evangelista. Por ello se aplica a realizar enteramente, a lo largo de su vida, el eslogan de Jesús: «quien pierde su vida la gana».

Decididamente Vicente es un clásico de la solidaridad, es la sonrisa bondadosa y alentadora que pasa a la acción. Su vida fue un noviazgo ininterrumpido con los marginados. Las eficaces iniciativas para renovar al clero de su tiempo, las misiones predicadas, la dirección de conciencias, ocupa­ron buena parte de sus energías; además devolvió una cierta sobriedad y buen gusto a la predicación. Pero todo parece pasar a segundo plano para recordar muy principalmente su amor afectivo y efectivo a los pobres. Fue un gran bienhe­chor de la humanidad. Pasó haciendo el bien, podría decirse sin mentira, como de Jesús decían sus contemporáneos.

Su caudal de amor inspiró y continúa inspirando, más o menos directamente, numerosas congregaciones, obras y actividades. Vicente, padre de los pobres, enseña a quienes siguen sus huellas que, sin embargo, no hay que ser pater­nalistas. También en eso se adelantó a la sensibilidad de su tiempo. Los pobres no deben ser motivo para dar cauce a la piedad, ni se puede caer en la sutil tentación de absorber, colonizar o retener a los indigentes para satisfacer las pro­pias necesidades afectivas. La solidaridad de Vicente fue recia y desinteresada.

Nació en 1581, tomó partido por los pobres en 1617, moría el 27 de septiembre de 1660, después de haber conoci­de los mayores contrastes, desde las habitaciones reales hasta las cárceles de galeotes. Indudablemente dejó un gran vacío. Aquel campesino, de talla escasa, había desarrollado una actividad poco común. A través de los años su vida se ha difuminado en la leyenda y ya no es posible trazar de nuevo las fronteras. Da igual, porque su solidaridad con los del último vagón fue realmente legendaria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *