Tres Tentaciones en la Iglesia (VIII)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Alain Besançon · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 2002 · Source: Perrier-París.
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La depuración del Salterio
De todos los libros bíblicos, el único que se haya puesto, desde la Edad Media, en todas las manos cristianas es la colección de los salmos. Sobre su importancia excepcional, citemos lo que decía de ellos la «Biblia de Jerusalén» (edición de 1973): «Han sido las oraciones del Antiguo Testamento, en las que Dios mismo inspira los sentimientos que sus hijos deben tener con respecto a él y las palabras de que se han de servir al dirigirse a él. Fueron recitados por nuestro Señor y la Virgen, por los apóstoles y los primeros mártires. La Iglesia cristiana ha hecho de ellos sin cambio su oración oficial».
Veinte años después de publicarse una Biblia que se afirma más oficial que las otras, la «Traducción litúrgica de la Biblia», la única, según anuncia el prefacio, que ha sido aprobada por la autoridad de la Iglesia católica. Abramos la introducción al Salterio. Leemos: «Las maldiciones e imprecaciones, bastante frecuentes en los salmos, deben ser reajustadas. Cierto es que el combate contra las fuerzas de las tinieblas sigue de actualidad. Pero si se ha de odiar el mal, que continúa su obra, no se puede odiar al malvado, ya que el Evangelio pide amar a los enemigos. Los pasajes muy duros, y hasta chocantes, que se encuentran en ciertos salmos expresan una preocupación por la justicia bajo una forma del Evangelio ha superado con su llamada al perdón, pero que corresponde a una etapa del creyente en lucha contra el mal. Habida cuenta de la dificultad causada por estos pasajes, la Liturgia de las Horas omite tres salmos (Sal. 57, 82, 108) y suprime pasajes de otros salmos».
Es rarísimo que se atreva a tocar, si no al mismo canon, al menos a la autoridad de las Escrituras. A Lutero no le gustaba la epístola de Santiago, que no confirmaba su teología. Resistió sin embargo a la tentación de suprimirla. El protestantismo disminuyó la autoridad de los libros que se encontraban en los Setenta , pero no en la Biblia hebrea. Los católicos pusieron el grito en el cielo y el concilio de Trento reafirmó la intangibilidad del canon y la inerrancia de las Escrituras. Deben de haber existido motivos muy graves para «omitir» de la Liturgia de las Horas, es decir de la oración de la Iglesia, tres salmos que figuraban en el Breviario de siempre, y para «suprimir» pasajes de otros salmos.
Veámoslo por partes:
Salmo 58 (57): «…Quiébrales, ¡oh Dios!, los dientes en la boca a estos leoncillos: desaparezcan como agua que se va. Que Dios los traspase; sean como el caracol que se deslíe caminando; como aborto de mujer, que no ve el sol! Antes que vuestras calderas sientan el fuego de las espinas, lléveselos el fuego de tu cólera! Se alegrará el justo al ver el castigo, bañará sus pies en la sangre del impío!»
Salmo 82: «….»Trátalos, Dios mío, como hoja arrastrada por el torbellino, como pajuela .llevada por el viento […) Cubre su rostro de ignominia y busquen tu nombre Señor! Sean para siempre confundidos y aterrados, sean llenos de vergüenza y perezcan!»
Salmo 108: «… Sean pocos sus días […) sean huérfanos su hijos y su mujer viuda. Vaguen errantes sus hijos y mendiguen expulsados de sus ruinas[…) Que nadie tenga compasión de sus huérfanos. Sea dada al exterminio su posteridad, bórrese su nombre en una generación. Sea recordada ante el Señor la culpa de sus padres y no se borre el pecado de su madre».
A pesar de todo el placer que se puede experimentar al citar estas palabras divinamente inspiradas, se ha de reconocer que no son amables, dos de estos salmos tienen no obstante a David por autor, fueron recitados por todo Israel, por toda la Iglesia, por Cristo y los santos, sin interrupción durante casi tres mil años y ha sido recientemente cuando se les ha encontrado duros, «y hasta chocantes».
Con los demás pasajes «suprimidos» pasa lo mismo. Así en el salmo famoso «Super f1umina Babylonis», nada tendrá que extrañar que se haya censurado: «¡Oh Babilonia devastadora, feliz aquel que te diere el pago que a nosotros nos diste; bienaventurado quien cogiere y estrellara contra la roca a tus pequeñuelos». Pero si se leen atentamente los salmos conservados, se ve que la imprecación aflora en ellos igualmente por todos lados y que está inseparablemente presente bajo la alabanza, bajo la súplica, bajo la acción de gracias. Poco a poco, se debería suprimir la totalidad del salterio.
No se puede excluir totalmente en la alarma de nuestros censores una nota de marcionismo, el sentimiento de un corte entre a violencia salvaje del Antiguo Testamento y la dulzura del Nuevo. Mas a propósito de esto se quedará uno sin saber qué decir por las violencias tan rudas también de este último. «¡Ay de vosotros, Fariseos!…», de esta manera Jesús mismo, según san Lucas, profiere toda una serie de maldiciones contra los Fariseos y contra los escribas, sin imaginarse aparentemente que podía de esta forma afligirlos enormemente. Habiendo protestado un doctor de la ley: «Maestro, hablando así, nos insultas a nosotros». Jesús replicó: «¡Ay de vosotros también!…»Por eso nuestra traducción «oficial», en lugar del giro: «¡ay de vosotros!», que puede parecer brutal, prefiere traducir «desdichados sois» que es efectivamente más suave y más conforme a lo que Jesús debería haber dicho. Cuando Ananías y Safira, por una falta en resumidas cuentas benigna, caen muertos a los pies de san Pedro, el castigo, a nuestros ojos de hoy, parece monstruosamente desproporcionado. La Espístola de san Judas, que es un tejido de insultos contra los falsos doctores, recomienda «odiar hasta la túnica manchada con su sangre». En una palabra, no es solamente el Salterio el que se ha de depurar, sino el Evangelio mismo. Decididamente, como decía Soloviev, «Cristo no estaba suficientemente penetrado de espíritu evangélico» . «La evolución» tenía todavía mucho que hacer.
La idea de que es cosa mala en sí tener enemigos está en el punto de encuentro de la gentileza democrática y de lo sublime cristiano. La democracia organiza un procedimiento de resolución de los conflictos. Su primer artículo es que el adversario puede transformarse en compañero, que siempre es posible encontrar con él un acuerdo y que la primera condición para ello es abordarlo con la sonrisa y la mano abierta del amigo. Lo sublime cristiano se refiere al precepto evangélico de amar a sus enemigos. Que en buena doctrina quería decir en primer lugar que se tenía enemigos; luego que, aunque enemigos, había un punto en ellos que podía ser amado, a saber su naturaleza humana, que como tal no es enemiga en cuanto creada y animada por Dios; en resumidas cuentas que no debían en ningún caso ser amados como enemigos. Como enemigos, no pueden sino suscitar los sentimientos naturales de odio, de venganza, de recurso a la justicia, sentimientos colocados en los salmos en la oración bajo los ojos mismos del Señor. Lo sublime cristiano barre esta interpretación. En la que propone, siguiendo a un Dostoievski, algo que queda anulado por el mandato evangélico es justamente la distinción real, natural, fáctica de los amigos y de los enemigos. Enseguida se considera más hermoso amar al enemigo como tal, porque de esa manera se declara uno a sí mismo y a los demás en posesión de un alma más perfectamente olvidadiza de sí misma, más perfectamente desinteresada. Por fin, y es un corolario inevitable cuyas consecuencias se ven pronto, el precepto: amad a vuestros enemigos se completa con el precepto: odiad a vuestros amigos. Hay pues que odiarlos y tanto más por continuar siendo los enemigos de vuestros enemigos, es decir de vuestros amigos.
Un ejemplo más cómico que serio de este estado de espíritu ha sido presentado por el obispo de Évreux, Mons Gaillot, gran especialista en estas excentricidades. Se intitulaba con orgullo «el obispo de los otros», olvidándose de tal manera de los deberes de «obispo de los suyos» que tuvieron que trasladarlo. Se le veía en calidad de obispo en los lugares más extraños, revistas ligeras, emisiones frívolas, en mitins comunistas, encuentro público y amistoso con un seudo teólogo, siempre silencioso, contentándose con estar allí, «presencia real» de la Iglesia y llamándolo a aquello «dar testimonio». Tocó lo sublime cuando se fue a visitar a un imán argelino preso por no sé qué actividad subversiva, en el mismo momento en que en Argelia seis padres blancos eran degollados por los correligionarios del mismo partido que este imán. Durante este tiempo los pobres católicos de Évreux sufrían en silencio y cuando el traslado de su obispo desató un tole de indignación, no tuvieron derecho al menor sentimiento de simpatía. El mártir era él, no ellos. Volvamos a los salmos.
Todo esto no es para teorizar, y no aflora siquiera a la conciencia, si bien influye en las conductas. Sólo se trata de «sensibilidad». Se supone que ésta se siente ofendida con la recitación de estos salmos hasta tal punto de que quien los recita no es ya capaz, con la ayuda del principio intangible de la inerrancia de la Escritura, de llegar al punto en que las contradicciones aparentes se resuelven en la más adorable armonía y en que la imprecación más implacable no contradice en nada a la caridad, muy al contrario. Los salmos, según la hermosa fórmula de Calvino, son «el espejo del alma humana». Esta alma es la de David, el hombre completo por excelencia, pero que «camina con Dios» y es querido a Su corazón. Es también la del «buen cristiano», tal y como debe ser cuando, al recitar los salmos, se presenta a su Creador como es y no de otra manera. Pero si se coloca en posición de sublime, presenta un alma purgada de los sentimientos que tiene por bajos, indignos de él, la cólera, la venganza, el odio, que seguramente continúan existiendo precisamente por ello en su foro interno, pero que no podrá ya exhibir bajo la luz sanadora de su Señor, a través de la palabra inspirada del salmista. Conforme al espíritu de lo sublime, se considera tener ventaja sobre David y con relación a los que recitaron los salmos ingenuamente y con buena fe, comenzando por Cristo y la Virgen, situados en una etapa «superada» de la «evolución».
Se pide al cristiano el perdón de las ofensas. Pero es necesario que el ofensor de arrepienta y pida su perdón al ofendido. Estas dos condiciones se quedan en el olvido en el espíritu de lo sublime. O bien no existe pecado, y no hay lugar a exigir el arrepentirse, o bien conviene perdonar unilateralmente. La íntima comunión de Regoyín y del príncipe Mychkin ante el cadáver de Anastasia Philipovna significa es más hermoso perdonar al asesino sin pedirle nada y sin que él pida nada. Preferentemente en público. Tanto peor si se pone en peligro el alma del criminal confirmándole en su crimen, si se escandaliza al espíritu de justicia, lo que pone en peligro a la Ciudad, si finalmente se atribuye uno un poder que no poseen ni la Iglesia ni Dios mismo que no puede perdonar sin el consentimiento, de alguna forma, del pecador en ser perdonado.
Una caso histórico reciente de este perdón «out of the blue»(así de pronto) es el que la Iglesia polaca ha acordado y pedido a sus fieles que concedan al comunismo y a los responsables comunistas que sin embargo habían arruinado el país, destruido la vida y vaciado el alma de dos generaciones, lo que éstos se negaban, no obstante, a reconocer. Sean los que hayan sido los motivos de semejante actitud, ella ha tenido como resultado instalar una injusticia en la base de la libertad polaca y comprometer por largo tiempo las opciones de un buen gobierno.
Lo sublime del ideal en el que a las Iglesias les gusta juzgar al presente, lo que las llevó a menudo a la autoflagelación, las empuja a pedir perdón públicamente por los errores pasados de los que ya no se juzgan capaces. Errores los ha habido, no hay duda, y graves. Pero como los ministros y los fieles han pecado siempre y siguen pecando contra la Iglesia y contra su cabeza, no se entiende porqué deberían excusarse en particular hoy. De hecho, imitan a las democracias que miran con horror los crímenes de los regímenes pasados, que han reemplazado según ellas tan felizmente. Estas excusas bajo la presión democrática tienen poco que ver con el verdadero arrepentimiento. Al arrepentirse de las cruzadas, por ejemplo, las Iglesias dan prueba sencillamente de una falta de sentido histórico.

La nueva santidad

Se la encuentra en la intersección de una exigencia democrática y de lo sublime cristiano.
Al borrar las diferencias, al igualar las condiciones, la democracia se ahoga a veces (como lo vio Tocqueville) bajo la insignificancia y la vacuidad de su prosa cotidiana. Necesita un espejo que la arranque de sí misma y le presente un reflejo que la alce en su propia estima y le procure un ideal que la estimule. Pues bien la Iglesia responde a esta llamada suministrándole figuras que la honran porque son para la gente democrática objetos de veneración. De esta doble llamada brota una nueva raza de santos. No se sabe si lo son de la Iglesia, lo son con toda seguridad de la democracia.
Acontece que este halo de santidad rodea a pensadores que ofrecen la promesa de un dogma superlativamente cristiano por ser aceptable por el mundo moderno. El padre Teilhard de Chardin tenía un concepto religioso de la evolución darwiniana. Su sistema hacía coincidir la historia natural y la historia de la salvación y le exponía en un estilo entusiasta, lleno de mayúsculas. Deja una fórmula que constituye una excelente definición popular de lo sublime: «Todo lo que sube converge». Desde entonces se ha caído mucho más bajo. Un pobre diablo de polígrafo, Drewermann, ve difundidas sus obras en todas las lenguas por millones de ejemplares en las librerías religiosas. ¿Por qué interesa? Porque es sacerdote y a pesar de todo «moderno», porque su obispo le ha prohibido la enseñanza, porque se alza contra la estructura jerárquica de la Iglesia, que entre pues en el papel del intelectual retador de las instituciones y perseguido por ellas que es desde el siglo XVIII de las Luces un figura emblemática de la democracia en movimiento.
Con todo, no es por lo general por las hazañas intelectuales como se adquiere la santidad democrática, sino por logros sociales. Son entonces personalidades las que adelantan en varios largos a la democracia en su carrera hacia la integración de todos en su comunidad. Van pues muy lejos, sobrepasando de un aletazo el movimiento centrífugo de la democracia social, para ir a ocuparse de los leprosos en África, de los traperos del Cairo, de los lugares de muerte de Calcuta. Son actos que merecerían figurar en el Guiness Book of Records, si este anuario dejara constancia de los récords de caridad.
No pienso para nada en disminuir la utilidad de estas acciones caritativas que además comenzaron en el siglo XIX y acompañaban al esfuerzo misionero; que han existido siempre y bajo formas heroicas y que les sirvieron a santa Isabel de Hungría y a san Vicente de Paúl para figurar en los altares. Pero sucede que la democracia necesita ruido e interesarse poco en la caridad silenciosa que se ejercita en su seno, mientras que ha previsto instituciones que en principio deben hacerla inútil. Estima sin embargo que sus hospitales , sus asilos, sus asistentas sociales, sus educadores y todo el vasto dispositivo del Welfare State no son suficientes: que existen «todavía desigualdades» y hay injusticia. En esto es donde la santidad nueva encuentra en qué emplearse, detectando, colocando bajo un luz violenta esas zonas que la dulzura y la riqueza democráticas no han tocado aún. La caridad de la Iglesia se ejercita pues de un modo sencillamente bueno en el cuadro regular de las parroquias o en el comercio de persona a persona.; pero de modo sublime en el extraordinario del tercer mundo, del cuarto mundo, de los «excluidos». En su forma oscura recibe escasa consideración y mucho desdén. En su forma relumbrante, la heroicidad de la proeza se mantiene por la celebridad mediática. A veces uno se pregunta qué piensan de ello los interesados, si se acuerdan de haber comenzado sin ruido, si estiman haber ganado o perdido con ello en el orden de la caridad.
Porque sucede a veces que dicha caridad se hace asíntota o simplemente humanitaria hasta tal punto que resulta indistinta. L’Express preguntaba a sor Emmanuelle (29 de junio de 1995): «Usted da la impresión de haber escogido el camino de la Iglesia como otros, hoy, se hacen French doctors?» Ella responde: «¡Yo nunca he seguido el camino de la Iglesia, en mi vida! ¡He escogido a Dios, que no es lo mismo! Las estructuras de la Iglesia no me interesan en absoluto. -¿Es más fácil actuar en nombre de Dios que en nombre de los hombres? -Yo no actúo en nombre de Dios, yo, como Religiosa, debo estar abierta, ser fraternal, sencilla. Para mí la religión, Dios, es el Hombre». Esta mujer que acaba de cumplir cincuenta años de vida religiosa declara no obstante a Paris Match (11 de octubre de 1995) que si se pudiera volver a empezar ella no elegiría con toda seguridad esta vida sino la vida activa: «Vivir en una orden supone hacer acto de pobreza, castidad, obediencia. Lo cual apenas es compatible con la mentalidad actual!» así como ella ha borrado la frontera entre el estado religioso y el estado laico, no distingue ya la frontera que separa a las religiones. Se alegra de no haber convertido a nadie y estima que «todo hombre encuentra en su religión la ayuda y la serenidad que necesita». En una palabra, desde el punto de vista del Hombre (con mayúsculas), todas son equivalentes.

Amor siempre

Hija de las Luces, la democracia es optimista y pelagiana. Ignora el pecado original. Cree en el progreso, en la búsqueda de la felicidad, en el mejoramiento de las costumbres.
Sin embargo no profesa moral alguna. La definición de lo que está bien o mal queda reservada a los grupos constituidos, y finalmente a la conciencia privada de cada uno. El pueblo y sus representantes se limitan a determinar lo que es permitido y castigado, y esto varía con el tiempo. El adulterio, la homosexualidad, el aborto han sido castigados, despenalizados, tolerados, permitidos sin reserva con las consecuencias que de ello se derivan. La eutanasia, el uso de las drogas, la poligamia, el incesto están, por decirlo así, a la espera. Al legislador toca decidir si son derechos, si conviene tolerarlos para proteger la paz pública, o, por esta misma razón, continuar prohibiéndolos.
¿Qué puede hacer la Iglesia ahora que ha renunciado a contestar la legitimidad de la democracia, o a discernir entre la democracia y su extensión indefinida? Puede elevar una protesta en nombre de la verdad de la que cree tener el depósito y tratar de ejercer una presión política en la medida de sus fuerzas o de la oportunidad. Pero ella puede también acompañar el agnosticismo moral de la democracia por una atenuación paralela de la idea de pecado. Para ello, es cómodo pasar por lo sublime.
El ama et fac quod vis agustiniano padece en este registro no pocas metamorfosis. La enseñanza religiosa dada a los niños era en otros tiempos, se piensa, y a veces con razón, extremadamente rigurosa. Las nuevas catequesis tienen cuidado de no asustarle en nada. Adiós al infierno, adiós al pecado original, y hasta al pecado sin más. La palabra es reemplazada por perífrasis del tipo «falta de amor». Se evita la palabra justicia. En su lugar, otra vez amor, amor siempre. ¿Sublime? Un sublime de jarabe, sin duda, en el que se ahoga el verdadero sublime de misericordia. La catequesis no quiere ser moralizadora, palabra proscrita. Quiere ser gentil, y, si es posible, más insignificante aún.
El lenguaje tradicional de la Iglesia tenía cuidado de distinguir dos realidades, hoy con toda facilidad confundidas bajo la misma palabra. Quintiliano escribía: «Amor, pathos, caritas autem ethos». «El amor es una pasión, la caridad es una disposición». Existe inconveniente en mezclarlas y en reemplazar caritas en su uso corriente por amor. La caridad no es una pasión del apetito concupiscible, sino un acto de la voluntad que proviene de una libre elección. Predicar la caridad no significa hacer que se produzca en el pueblo un calor afectivo, un fuego sentimental, ni mimarlo, ni siquiera sentirse penetrado por él. Predicar el amor en el sentido pasional obliga a todo esto, a trasportarse a un registro sublime, cuya artificialidad y vacío no dejan de fastidiar, de decepcionar a la larga. Una catequesis de la caridad puede ser racional y materia de enseñanza: allí se aprende, al fin y al cabo, a estimar lo que es mejor. Una catequesis del amor corre el peligro de quedarse en un contagio sentimental, en un calentamiento programado del entusiasmo, deplorable si no es sincero, deplorable también si lo es. El amor no recibe órdenes, el amor místico menos que otro. Si existe, solamente admite ser guiado.
Entonces ¿a qué viene que tantos predicadores no dejen de los labios la palabra amor, pronunciada con énfasis, cuando nada de su aspecto ni conducta permite suponer que estén verdaderamente heridos por la flecha penetrante de esta pasión? ¿Por qué tantos libros de piedad llevan títulos ardientes que caerían mejor en las tapas de la colección «Arlequín»? Quiero ver en todo ello también un producto de la democracia. Hubo una época barroca, en la que la devoción adoptaba formas sensibles para avergonzar a la frialdad protestante, o mejor -ya que ésta no dejaba de abrigar menos «en el interior» un ardiente fervor -para librarla y testimoniar ad extra un comercio de cada día con Dios y sus santos. Este barroco fue condenado en Francia en la época clásica por el doble rigor del intelectualismo cartesiano y de la sospecha jansenista. El siglo XIX fue en religión bastante moroso y severo. Pero el triunfo de la democracia quita a la religión su estatuto racional, porque al verse sin apoyo de la ciencia, no se le reconoce públicamente más que el carácter de opinión. La consecuencia es que la religión busca sus pruebas en el sentimiento íntimo, y la prueba será tanto más fuerte cuanto más violento el sentimiento.
De tal suerte que en la democracia se desarrolla por extraño que parezca una especie de barroco religioso que se expresa en palabras en ese sentimentalismo incandescente, en arte en el expresionismo de un Rouault, de una Germaine Richier. La santidad democrática, de exteriores tan impresionantes, se coloca bajo el mismo barroco. Al interesarse por prioridad en los aspectos más espectaculares de la miseria, que no son por fuerza los más profundos, el abate Pierre y sor Emanuelle han conseguido triunfos. Pero ¡qué diferencia entre este nuevo barroco y el primero! Sombrío, animado de una reivindicación amarga, subversivo, a veces, tanto como gozoso es el otro, optimista, a sus anchas dentro del orden social. Esta religiosidad «del amor loco» traduce el desengaño porque este mundo o uno mismo no estemos definitivamente salvados. Olvidarse de que Cristo solamente trajo las arras de la salvación definitiva, olvidarse de que el crecimiento simultáneo de la buena semilla y de la cizaña, despierta, con la democracia un milenarismo desesperado del que es testigo un arte cristiano moderno, expresionista, tristísimo, y terriblemente ingrato. Es verdad que la democracia, que suscita por reacción esta estética de la negrura, nutre más abundantemente, esta vez según su pendiente, una estética de lo raquítico. Las santas Vírgenes de las estampas modernas populares adoptan el aspecto infantil de una muñeca Barbie o de Blanca Nieves. Nuestro arte sagrado, entonces, cuando no se cierra en la abstracción, impermeable a lo fiel ordinario, parece unas veces tomar su inspiración del horror de algún campo de la muerte, otras descender color de rosa y sonriente de Disneyland. Para satisfacer más aún al espíritu de comunidad democrática, las mismas santas Vírgenes toman si se presenta el caso rasgos africanos o asiáticos, o también se las ve tocadas de una especie de chador, para que todos los públicos se queden contentos. El punto notable es que este arte, sea negro o rosa, lo es en extremo y no se puede leer si no es en el registro de lo sublime.

Igual, más igual

La democracia, y es su definición. Tiende a la igualdad de las condiciones. Ésta trata de extenderse hacia fuera del círculo estrictamente político en el que se ha movido en primer lugar. Esto hace que la democracia sea «social» por su propio movimiento. Por el impuesto, la redistribución de las riquezas, quiere instaurar entre los ciudadanos cierta igualdad. Además, es difusiva del yo. Se constituye en comunidad englobante e invita progresivamente para que se reúnan con ella a aquellos que no formaban parte del núcleo inicial: a los pobres, a las mujeres, a los Negros, a los niños, a los disminuidos, a los locos, y -pero aquí la sensibilidad sobrepasa al derecho- a los animales. Basta con mirar, en los Estados Unidos, los dibujos animados y los filmes para niños: éstos están rodeados no sólo de animales que, perros, caballos, lobos, orcas son sus «mejores amigos», sino de dinosaurios, de dragones, de monstruos gigantescos y amistosos, siempre listos para jugar, reír, cantar y bailar con ellos.
Este proceso de integración indefinida no está reñido con la Iglesia, en el que se siente tentada a reconocer la recuperación por la democracia, bajo un modo secularizado y sin freno, de su propio ideal evangélico. En realidad las relaciones de la democracia política con el cristianismo son reales pero indirectas. La Iglesia puede a la vez aceptar la democracia y criticar su desbordamiento fuera del campo político. Pero en este aspecto, no es unánime, y su clero ha fluctuado. En la época en que criticaba a la democracia, uno de los argumentos de ésta era que dejaba fuera de ella a grupos enteros. Como, según ella, había «perdido a la clase obrera», creyó recuperarse tomándose por largo tiempo la defensa de dicha clase en términos casi marxistas. Durante todas las «treinta gloriosas» y de la prodigiosa alza de los niveles de vida, una importante fracción del clero no cesó de gemir por la condición obrera, la cual se fundía a ojos vistas al cálido sol de la democracia social, sin que se diese cuenta este clero que continuaba sosteniendo las soluciones que hubieran sido las más perjudiciales para los obreros, pero hoy, ante la evidencia de los hechos, el mismo clero no opone ya una superdemocracia a la democracia y se contenta con el discurso integrador de ésta. Al entrar en juego la Iglesia corre peligro de fundirse y de perder su especificidad sin tener conciencia de ello. Cantidad de homilías, que creen predicar la caridad, predican el slogan social del día. Hace treinta años se oía a través de las palabras «explotación» y «tercer mundo» una nota de oposición. Hoy, apenas hay homilía en la que no resuenen las palabras «participación», «exclusión», «extranjero» (significando inmigrante), «jóvenes» (significando Magrebíes), etc., y otras nociones cada una de las cuales merecería un análisis crítico serio, pero que se arrojan a los fieles recién salidas calentitas del diario televisado, de cualquiera de las cadenas. La Iglesia sale perdiendo por dos veces, primero oponiéndose, después colándose ingenuamente en la democracia.
Sin embargo la democracia, después de salir del cuadro político, luego del cuadro social, se convierte en un principio que amenaza con extenderse a la escuela, a la familia, a la pareja. Afecta a las relaciones entre los sexos, entre el ciudadano y el extranjero, entre el sano y el enfermo, entre el sabio y el ignorante. Ahora bien se oye con frecuencia citar este pasaje de la epístola a los Gálatas: «No hay ya ni Judío ni griego, no hay ya ni esclavo ni hombre libre, no hay ya ni hombre ni mujer; ya que todos sois un sola cosa en Jesucristo». Esto significa que en adelante todas estas categorías están, de alguna manera, equidistantes de la salvación. Ahora bien se oye esto como si estas categorías hubieran dejado de existir y no como si estuvieran, según un orden, todas habilitadas por igual a aspirar al mismo punto. Se las oye como si significaran la desaparición de las diferencias. Ni hombre ni mujer: esto se puede aplicar a la pareja, bien para negar la autoridad del marido, bien para legitimar la unión homosexual, bien en la acuciante cuestión del sacerdocio femenino. Asimismo, ni adulto ni niño, ni maestro ni alumno, ni ciudadano ni extranjero, ni Blanco ni Negro, ni sacerdote ni laico, ni cristiano ni musulmán…Lo que importa ver es la convergencia entre la extensión indefinida de la revolución democrática y el surgimiento moderno del viejo milenarismo. Son cómplices y el paso de uno al otro queda asegurado por lo sublime. ¡Oh, maravillosa solidez, longevidad, capacidad de rebote de las viejas herejías! El milenarismo ha servido para ponerse de frente al nuevo régimen, y vuelve a ser útil para empujar a éste por su pendiente más fatal!

La autoridad

la sublime estática lleva consigo una devaluación de lo bello; lo sublime moral, de lo bueno; lo sublime intelectual, de lo verdadero. No es el caso de analizar aquí la teología contemporánea, pero adviértase que en caso de conflicto con las autoridades dogmáticas, más de un teólogo tiende a huir a lo sublime, que adopta entonces a forma del profetismo. Invocará la larga teoría de los mártires de la institución, invocará la luz interior y la efusión irresistible del Espíritu en su persona. Nuevo Elías, nuevo Jeremías, reclamará para sí el suplicio de Savonarola, de Giordano Bruno, degustando el deleite burquiano del terror sin peligro real.
Pues varias circunstancias hacen difícil el ejercicio de la autoridad en la Iglesia.
En la época clásica, las cosas sucedían así. Existían en Europa numerosos centros de pensamiento teológico: París, salamanca, Lovaina, Ingolstadt, Padua… Cada una de estas escuelas debatía por extenso sobre los puntos litigiosos del dogma y llegaba a un cierto acuerdo que llevaba la marca del lugar. Se hablaba también de la opinión de los Lovanienses o de los Salmanticenses. Roma no hacía teología. Pero cuando las cosas habían madurado, o cuando una escuela producía una solución arriesgada, entonces Roma declaraba el derecho de la fe, con concisión pero con los esperados precisiones y matices. Por ejemplo, en el siglo XVII, la quinta proposición condenada del Augustinus, al traducir una desviación que se había producido en Lovaina y en París, había sido calificada por la instancia romana de «falsa, temeraria, scandalosa, impia, blasphema, contumeliosa, divinae pietatis derogans et haeretica». La autoridad dispensaba sobre los libros «notas» muy exactamente pensadas cuyo sentido estaba muy claro en toda la extensión de la sociedad eclesiástica, y que se apoyaba en un ars censoria refinada durante siglos . Hoy estas escuelas, estos equipos colectivos de teólogos no existen ya. No existe más que una teolgía de autor muy dispersa. La consecuencia es que Roma se ve obligada a hacerlo todo, a la vez la teología, de la que no se ocupaba tradicionalmente, y la vigilancia dogmática. Elaborar la teología y guardar la pureza de la fe, la reunión agotadora de estas dos tareas explica la longitud muy nueva de los documentos romanos. En la colección de las actas de todos los concilios, desde el siglo primero, el concilio Vaticano II ocupa por sí solo una cuarta parte del volumen. Esta sobrecarga romana pone todavía más en evidencia el pie en el aire moderno de la autoridad. La Iglesia no puede por menos de jerárquica. El Catéchisme de l’Église catholique recuerda que «nadie puede darse a sí mismo el mandato de anunciar el Evangelio». Recuerda que «el Pontífice romano tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo de Vicario de Cristo y de Pastor de toda la Iglesia, un poder plenario, supremo y universal que puede ejercer siempre libremente». El colegio episcopal que tiene el mismo poder, no puede ejercerlo sin embargo «más que con el consentimiento del romano Pontífice». La Iglesia depende pues de la monarquía romana que se ejerce según el derecho, pero que no es menos plenaria y «absoluta» en la medida que la autoridad no proviene del pueblo.
No se ve cómo se puede conciliar esto con el principio fundamental de la democracia. Es cierto que el Vaticano II insistió en el carácter colegial de la Iglesia. Puso fin a lo que de artificial podía tener la inflación papal del siglo XIX que era la consecuencia de las desgracias padecidas por las Iglesias después de la Revolución, en la medida en que estas Iglesias, desestabilizadas, se enganchaban como a una boya a la cátedra de Pedro. Permitió que se fundaran conferencias nacionales y sínodos diocesanos en los que los obispos deliberaron al estilo de las asambleas democráticas, votando mociones, celebrando conferencias de prensa. Pero sólo son puras imitaciones, ya que no pueden hacer que la estructura de la Iglesia sea otra de lo que es, jerarquizada y monárquica.
De donde se sigue que la autoridad en la Iglesia es un ejercicio cada vez más difícil. No se puede relevar a un teólogo de su cátedra por herejía debidamente constatada, prohibir a un sacerdote, desplazar a un obispo sin que el espíritu democrático lo encuentre sincera y legítimamente chocante, pues en la sociedad civil un profesor enseña lo que quiere, un ciudadano opina según su aire, un funcionario está protegido por múltiples garantías. Además este teólogo, este sacerdote, este obispo tienen discípulos, partidarios que comparten sus convicciones. Forman un grupo, un centro de opinión y de decisión que, en democracia, tiene su legitimidad y su derecho. Cuando Mons. Gaillot se sintió amenazado por los rayos romanos, se sirvió de un cúmulo de cartas de aprobación, de testimonios innumerables de grupos de entusiastas y pensaba de buena fe beneficiarse de la protección democrática de la que goza todo aquel que está rodeado de un número suficiente de seguidores. Los rayos llegaron de todas las maneras, tímidos y tardíos es cierto, y concentraciones imponentes de comunistas, de musulmanes y de cristianos manifestaron su dolor y su indignación.
No se puede anticipar qué consecuencias tendrá la discordancia con la constitución de la Iglesia y las costumbres, el espíritu y las leyes de la democracia. La Compañía de Jesús fue prohibida por el Parlamento de París en 1762 porque sus constituciones eran incompatibles con las leyes del Reino. Lo mismo se puede imaginar que la no-admisión de las mujeres al sacerdocio sea el objeto de una queja por discriminación sexual en el empleo. Paso a paso la queja podría extenderse, y la democracia, después de absorber a la Iglesia, rechazar el residuo. Podría muy bien hacerlo si el pueblo democrático estima que a existencia de la Iglesia, con su constitución y su dogma, va contra su bien. Entonces la Iglesia sería merecedora de la vieja acusación romana: odium humani generis.

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