II.-LA TENTACIÓN DEMOCRÁTICA (1996)
1. Algunas advertencias históricas
Hemos entrado en una era nueva en cuanto la democracia se ha convertido en el único régimen legítimo y las alternativas a la democracia quedan descalificadas como utópicas, o bien como malas y peores en todo caso que la democracia. Esto quiere decir que la Iglesia católica sale en este momento de un estado y entra en otro.
Desde hace tiempo, la Iglesia salió del cuadro político constantiniano que le ofrecían el imperio romano y los antiguos regímenes monárquicos de Europa, sus sucesores. La Iglesia había aceptado formalmente este cuadro; veía en él la forma política natural en cuyo interior debía ella asegurar sus diversas misiones: Natural, porque la ciudad humana, aunque inclinada al mal, reconocía sin embargo a Dios como Señor, que el emperador o el rey tenía su potestas de él, que la ley humana se guiaba en teoría por los principios de la ley natural y que ésta se modelaba estructuralmente sobre la ley eterna.
En este cuadro aceptado, la Iglesia se sentía tan feliz como se puede sentir en familia, es decir bastante poco. Pero los innumerables conflictos entre la Iglesia y el Estado seguían siendo, precisamente, familiares y no enturbiaban una especie de seguridad de base. Como miembro de una familia, la Iglesia debía hacerse reconocer, conquistar un estatuto. Desarrolló en Oriente la teoría, bastante asfixiante para ella, de la «sinfonía», en Occidente la teoría más belicosa y autonomista de las «dos espadas». Mediante lo cual pudo asegurarse bien que mal su libertad como cuerpo, y su misión de salvación de las almas. A través de mil conflictos, a veces dramáticos, y mil compromisos, a menudo vergonzosos, la nave va.
Pero la Iglesia sale también del período intermedio del que aún quedan muchas secuelas: el largo período que se extiende desde la ruina de los Antiguos regímenes y el establecimiento definitivo del Nuevo Régimen, a saber la democracia. Cuatro siglos al menos: el XVII está ocupado por la preparación y coronación de la Revolución inglesa. El XVIII y el XIX por la preparación y coronación de la Revolución francesa. El XIX y el XX por la preparación y coronación de as Revoluciones alemana, española, esteuropea, y finalmente por la Revolución rusa, que se encuentra en curso y lejos de ser coronada. Todas, por los caminos más diversos, van a dar al mismo punto: la democracia. Conocemos sus principios: toda legitimidad está fundada en el consentimiento individual o colectivo; los hombres gozan de iguales derechos; la ley es soberana; el Estado es distinto de la sociedad de la que es el instrumento representativo. Se instala un dispositivo artificial para que los conflictos entre los hombres se resuelvan observando una regla de juego.
Los padres intelectuales del nuevo sistema: Maquiavelo, Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, se ponían de acuerdo en un punto: que el principal obstáculo que impedía acceder al Nuevo Régimen era la Iglesia. La Iglesia fue pues atacada por dos frentes: el del dogma y el de su lugar en la Ciudad. El primer combate se ganó con toda rapidez. Se puede decir que, desde finales del XVII, la casi totalidad de los que contaban en el pensamiento no se sentían ya atados por la Constitución dogmática de la Iglesia. El segundo fue más difícil, y no hemos hecho más que esbozar su historia. Pero en el decurso de todas las revoluciones democráticas, ya por medios violentos (como en Francia en diversas ocasiones), ya de forma insensible, la Iglesia fue prácticamente expulsada del Estado. Era, al cabo de tantos siglos, una derrota tan cruel que hace muy poco -podemos decir: en mi generación solamente- que la Iglesia católica tomó nota de ello y se resignó a la nueva situación.
Las utopías de la Iglesia
De esta manera la Iglesia sale, o está saliendo, de un período de su vida intelectual que correspondió a sus siglos intermedios, y que ha sido el período de sus propias utopías. Enumerémoslos rápidamente:
La primera utopía es simplemente reactiva: es la esperanza del regreso al Antiguo Régimen y la lucha cerrada contra el ataque democrático. Esta utopía no se dogmatizó por el magisterio, que nunca afirmó que la Iglesia estaba unida a tal o cual sistema político. Mas como la Iglesia sufría el asalto directo de la lucha por el Nuevo Régimen, se encontraba de buen grado o por fuerza encadenada al Antiguo al que ya se había acostumbrado y en el que, si se me permite, tenía el domicilio. En Francia, en España, en Italia, durante todo el siglo XIX, había militado, por lo general, en el partido de la resistencia. No era por otro lado necesariamente un error utópico, sino en la medida en que la Iglesia, agredida realmente por todas partes, subestimaba la fuerza irresistible del proceso democrático y dejaba pasar las ocasiones de un arreglo. De esta forma fue, según se ha visto, cómo el episcopado francés saboteó la «alianza» con la república que le proponía el papa León XIII, y cómo el papado tardó tiempo en entenderse con el Estado italiano (con gran desesperación de Cavour) sobre el estatuto de Roma.
La segunda serie de utopías nació de la búsqueda de soluciones alternativas a la democracia representativa. En efecto, en el larguísimo periodo, en general secular, entre el Antiguo y el Nuevo Rëgimen, aparecieron formaciones políticas transitorias, que por un lado se oponían a la democracia representativa, suspendían algunas libertades políticas, y por otro, al favorecer el desarrollo económico, el igualitarismo social, la ruina de las notables y antiguas elites, llenaban otra página del programa democrático, la igualdad de las condiciones. Entre estas democratizaciones, antidemocráticas, citemos a Napoleón III, Musolini, Franco, Pilsudski, y Petain .
Estas formaciones políticas han buscado el apoyo de la Iglesia. Por su parte. Ésta no tenía razón para negarse al acuerdo negociado, que podía llegar hasta el Concordato . Tan sólo caía en la utopía cuando veía en estos movimientos una solución estable del problema político, y una solución mejor que la de la democracia porque eran más orgánicos, menos individualistas, más protectores de los pobres, capaces de eliminar la lucha de clases, de alcanzar cierta armonía del corpus social. cuando todo ello estallaba como una ilusión y el processus democrático volvía a resonar, la Iglesia se sentía comprometida con los perdedores. Ella se confundía con la maldición que los golpeaba.
La tercera serie de utopías, mucho más peligrosas para la Iglesia -porque entonces no sólo se siente comprometida sino tentada-, se desarrolló al contacto con la idea socialista. Enumero con rapidez, y por orden cronológico, los principales componentes:
1. En el fondo, y como una base cifrada que acompaña a todo el episodio, la vieja herejía milenarista, resucitada por el jaoquimismo, y luego por el romanticismo: sueño de una sociedad perfecta, regida por el amor, y no por el derecho, por el don y no por el intercambio, en el reparto absoluto de los bienes y la desaparición de las condiciones.
2. La decepción provocada por los conservadores, los nostálgicos del Antiguo Régimen, o las alternativas de carácter reaccionario del Nuevo. entre clérigos o laicos, en general de educación y de costumbres de derecha, esta decepción provoca una mutación brusca y un dalta en la esperanza revolucionaria de izquierda. El prototipo de estos mutantes es Felicitas de Lamennais. Toda una posteridad le imitará, ya por la parte de acá de la reacción, ya más allá del progresismo, pero siempre irreconciliable con la democracia burguesa instalada y con la economía de mercado desarrollada.
3. El impacto formidable del marxismo-leninismo, por su duración casi secular, su extensión mundial, su intensidad, no puede ser analizado en dos palabras. Fue para el cristianismo uno de los desafíos más mortales de su historia. El magisterio católico le tomó rápidamente la medida, como dan prueba las encíclicas y la firme actitud de los papas Pío XI y Pío XII. Pero desde la muerte de este pontífice, a causa de las circunstancias de la guerra que habían debilitado la posición moral de la Iglesia, a causa del efecto de terror irresistible que desaconsejaba incluso hasta llamar al enemigo por su nombre. a causa del celo por las cristiandades encerradas bajo el dominio comunista, a causa en fin de la infiltración de las ideas comunistas en una parte del clero, el magisterio guardó un silencio del que la Iglesia tendrá que pagar sin duda el precio.
Con el favor de este silencio, se desarrollaron tres utopías. La primera fue una tentativa por bautizar al comunismo, admitiendo su visión de este mundo y añadiéndole un poco de espiritualismo o de idealismo de carácter cristiano. Lo que fue el progresismo y más tarde la teología de la liberación.
La segunda fue la búsqueda de una tercera vía o de una equidistancia. Es la más utópica de las utopías. Se comienza por admitir que la utopía socialista está realizada, es decir que existe una sociedad socialista. Luego se acepta la definición leninista de nuestra sociedad como capitalista. Por fin se sitúa imaginariamente fuera de esta doble realidad que es ya imaginaria.
La tercera utopía es el apolitismo. Pero como se prolonga en el nuevo estado donde entra la Iglesia, hablaré de ello en su lugar: la Iglesia en el cuadro de la democracia incontestable y incontestada.
La estrategia de Babel
La Iglesia a partir de 1945 se decidió en favor de la democracia, a pesar de todas las secuelas y de las cicatrices de los tiempos pasados, esta línea quedó confirmada y no fue ya seriamente contestada en la Iglesia misma. Pero ¿significa esto que, por las mismas, la Iglesia se convirtió, o deba, o pueda convertirse al ideal democrático? Nada menos cierto.
En lo relativo a su misión, que es llevar a los humanos a la salvación eterna, el Nuevo Régimen no disfruta de ninguna superioridad con relación al Antiguo. El principio democrático quiere que el ciudadano obedezca a sí mismo en función de los intereses y de las preferencias que él mismo define. En este sentido, el ideal democrático es inferior al de las ciudades antiguas y de los regímenes democráticos que no perdían de vista en principio la educación del ciudadano en la virtud ni en la búsqueda de un bien común transcendiendo el interés individual. La prevalencia de la voluntad humana sobre la voluntad divina, la discordancia aceptada de la ley humana positiva con relación a la ley natural y de la ley eterna no tienen razón alguna de recoger la adhesión entusiasta de la Iglesia.
Con mayor precisión, el régimen democrático desacredita en principio la idea de verdad, de una verdad absoluta por revelada y transmitida por la tradición de la Iglesia . Lo cual está escrito en la fundación de la primera y más ejemplar de las democracias, la de los Estados Unidos.
Una gran parte de los Americanos habían atravesado el Atlántico para ponerse al abrigo del conflicto religioso, disidentes ingleses, armenios de Holanda, luteranos antipietistas de Alemania, hugonotes franceses, judíos. Cuando pensaban en establecer un gobierno libre, los constituyentes americanos pensaban evidentemente en la libertad religiosa, en el derecho de cada uno a no verse inquietado por causa de sus convicciones y de su culto particular. ¿Mediante qué dispositivo «artificial» impedir el conflicto religioso y la persecución? La solución de Mdison fue de multiplicar los derechos y los sujetos de derechos, es decir asimilar la multiplicación de las convicciones religiosas a la multiplicidad de los intereses: «En un gobierno libre, la protección de los derechos civiles debe ser la misma que la de los derechos religiosos. El medio es la multiplicidad de los intereses en un caso, y en el otro la multiplicidad de las sectas «.
El punto de vista de Madison se acerca ciertamente a la idea de tolerancia tal y como había evolucionado a partir de Locke y de las Luces anglo-francesas. Pero contiene también un sabor bíblico. El calvinismo americano mantenía, frente al optimismo de las Luces europeas, la conciencia del pecado original. Madison no trata de hacer bueno al hombre ni tampoco cuenta con su bondad, conoce su corrupción y por eso despliega lo que llamaré la estrategia de Babel. A imitación del Eterno, que había dispersado a los hombres para que no se unieran hacia un fin fatalmente malo, Madison dispersa a los ciudadanos en innumerables grupos de intereses y de denominaciones religiosas, para reducirlos a la impotencia de construir la Ciudad totalitaria, de perseguirse, de oprimirse, lo que tendría lugar si una denominación se hiciera tan poderosa como para imponer su voluntad por la vía política. Como los hombres, en virtud del pecado original ven sus planes más sublimes (sobre todo esos) convertirse en desastre y en crimen, dividámoslos para que sólo sean capaces de males parciales y localizados. Y como el gobierno de los Estados Unidos se abstiene a perpetuidad de legislar en materia religiosa, las denominaciones dispersadas y lo más numerosas que se pueda (cuantas más haya, mejor) ven que se les retira el instrumento por excelencia de su voluntad maligna, el poder del estado. La estrategia de Babel alcanzó maravillosamente sus fines. Las diversas denominaciones pudieron despreciarse, odiarse, enfrentarse, pero nunca pudieron entrar en guerra ni oprimirse seriamente. ¿Cómo andan las cosas hoy dos siglos después?
Los diferentes grupos religiosos encontraron motivos de satisfacción en el apartheid generalizado. Tranquilos, al abrigo unos de otros, se organizaron y prosperaron. Dios, introducido, después, en la redacción de la Constitución, es hoy objeto de una devoción y e una reverencia más sinceras y más generales que en la mayor parte de los países de Europa . Este Dios preside una especie de jardín de infancia de las religiones, un vasto patio de recreo en el que todas las denominaciones pueden jugar a la vez, sin hacerse daño, bajo la supervisión bondadosa de la regla constitucional. Como ninguna puede hacer triunfar su pretensión a la verdad, la búsqueda de la verdad se ha convertido en cada una de ellas en algo secundario. La religión se ha constituido en un community affair, entregada a la prosperidad de la comunidad, a las obras caritativas, a la buena salud moral de los fieles. Pero ninguna verdad religiosa puede arrogarse un estatuto superior al de una persuasión, de una opinión legítima que la Constitución autoriza como opinión, pero no como verdad. El beneficio político de un dispositivo así es evidente e inmenso. Pero no todos experimentan la misma suerte.
Los más afortunados fueron los judíos, quienes por primera vez fueron reconocidos como ciudadanos de pleno derecho, libres por completo de llevar una vida privada decente y productiva, lo que colmaba sus expectativas. Luego los protestantes que habían huido de Europa para poder llevar la misma vida privada, decente y productiva. estaban habituados a la religión individual, a la luz interior, a la comunidad religiosa de corto alcance, a la escisión de las Iglesias y a las variaciones del dogma.
No se podía decir lo mismo de los católicos. Por más que han prosperado, y dado pruebas de una lealtad irreprochable, tenían un mal y la democracia americana no tenía total confianza en ellos, en el fondo con razón.
En primer lugar la Iglesia católica alcanzó un volumen demasiado considerable para el espíritu de la Constitución de Madison. Es dos veces más numerosa que la denominación que viene tras ella, la de los baptistas, que se encuentran fragmentados. Si se producen, como es de temer, cismas, habrá que hacer intervenir al factor «constitucional», es decir las líneas de fracturas que Madison previó y deseó en razón del bien público.
Luego la Iglesia católica no puede renunciar del todo a su pretensión de detentar la verdad. Cierto es que en América la ha puesto entre paréntesis siempre que ha podido, y apenas se ha preocupado por la teología dogmática, pero esta renuncia no puede ser completa.
Finalmente la Iglesia es jerárquica, y esta jerarquía se designa por la monarquía romana. Ello contraviene no sólo al principio sino a las costumbres de la democracia americana en la que la elección del superior por la comunidad es la fuente única de su legitimidad.
La renuncia práctica a su pretensión a la verdad debilita a la Iglesia. En efecto, pierde su título a definir la regla de las costumbres. Las costumbres en democracia son como el poder práctico, en el campo de la voluntad humana. Son, como las religiones, relativas al grupo humano que, gozando de una legitimidad democrática, les confiere por ello una legitimidad moral. La reivindicación de igualdad para la mujer derriba la barrera frágil que rodea a la Jerarquía eclesiástica. La reivindicación de legitimidad moral del divorcio, del aborto o de la homosexualidad se autoriza igualmente por el principio democrático y por el relativismo que de ello se desprende. Para resistir a lo cual, la Iglesia se ve obligada a certificar una autoridad divina en materia de verdad moral que la democracia no puede sino rechazar En esta situación de malestar cómodo pero que puede llegar a la anestesia fatal, ¿qué puede hacer la Iglesia católica ahora inmersa de buen grado en la sociedad democrática?
¿Esplendor de la verdad?
Se ve tentada a menudo de apolitismo como principio. El apolitismo es una manera de tomar nota de los errores políticos en que se extravió la Iglesia en los tiempos predemocráticos. Como sus intervenciones se han visto tan poco coronadas con el éxito, ¿no es tentador no volver a intervenir otra vez en absoluto? El apolitismo es también un modo de dar fe de la situación en que coloca la democracia a la religión: un asunto privado. Pero se trata otra vez de una utopía. La Iglesia debe hacer política para asegurar su existencia y su estatus en la Ciudad. Y debe hacerlo porque no puede interesar a los hombres sin tener en cuenta su naturaleza, que es, como se sabe desde Aristóteles, política. Sería un tanto ridículo legislar con tanto cuidado y hasta el menor detalle sobre la práctica sexual, y dejar a los fieles sin orientación en lo que constituye una dimensión esencial de su vida. En una palabra, descansando en el hecho y dogma de la Encarnación, la Iglesia no puede dejar flotar su enseñanza en el espacio de lo ideal y de la opción interior individual sin ninguna esperanza de verlo encarnarse en el mundo real, concreto, social .
Otra tentación es confundir su predicación con el discurso de la democracia. Muchas homilías hoy mandan al cristiano que sea bueno, que sea solidario, que sea responsable y equitativo, que lleve su ternura a los «excluidos», a los inmigrantes, a los impedidos, por último a los animales. Pero en ello no hay otra cosa que una explicación del discurso democrático. La democracia contiene un programa indefinido de englobamiento de todos los seres humanos -y pronto de los animales- en una comunidad igualitaria. El comunismo era, ya lo dijimos, una perversa imitatio del cristianismo que ha servido de señuelo para muchos cristianos. Pero hay también una imitatio, más perversa sin duda, y más pasable, en el ideal democrático, que desde el origen se proponía como meta una sociedad de tipo cristiano , una vez que la Iglesia, principal obstáculo, fuera colocada fuera de estado de causar daño.
Con todo ello, la confusión del discurso democrático y de la predicación cristiana no le sirve de ningún consuelo al hombre moderno en lo que se refiere a su mal íntimo, la privación de la verdad. En el comunismo, lo contrario de la verdad era la mentira y la mentira era la naturaleza misma del comunismo. En la democracia, lo contrario de la verdad es lo insignificante, y lo insignificante es una amenaza para la vida democrática. La relatividad de la verdad, su reducción a la opinión, la insipidez progresiva de la opinión crean un vacío metafísico que hace sufrir al hombre moderno y, si no le hace sufrir, le disminuye y le mutila, algo que es peor. Eso es lo que vieron y denunciaron mentes tan diversas como Tocqueville, Flaubert, Nietzsche, o Péguy.
Desde hace más de un siglo la Iglesia se esfuerza en promover el espíritu social. Con lo que ha prestado grandes servicios a la democracia, razón por la cual ésta ya no la persigue. Pero no ayuda a la democracia curarse de este déficit de verdad que es su mal secreto y penetrante. El esfuerzo de la Iglesia estaría mejor empleado en curarse a sí misma del déficit intelectual que impide a esta verdad, cuyo privilegio cree ostentar, fructificar, brillar, convencer. Debe reflexionar sobre el hecho vertiginoso que al cabo de tres siglos ningún filósofo -Leibniz, Kant, Hegel, Montesquieu, Rousseau, Hume, Comte, Weber, Heidegger-, aunque cristiano de nacimiento encontró su satisfacción o su alimento en la ortodoxia cristiana.
Si por una parte la democracia es inevitable y por otra la Iglesia no puede subsistir en ella, se presenta la tentación nihilista, que en la Iglesia toma la forma de milenarismo. Para rechazar la tentación, la Iglesia no ofrece nada mejor que hacer que dar al hombre demócrata el placer que recibe la inteligencia en buscar la fe y la fe en buscar la inteligencia. Este placer saludable es el que busca el hombre demócrata a tientas y en la oscuridad, lo que le hace a menudo caer en religiones inferiores o ideologías mortales. Si la Iglesia, capaz de una caridad bien ordenada, presta al hombre demócrata este eminente servicio, es también la democracia la que resultará apta para vivir y aceptable para ella. Mas para ello es menester que se ponga a pensar.
de Alain Besançon
Perrin 2002, París.
Tradu. Máximo Agustín






