Tres Tentaciones en la Iglesia (V)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Alain Besançon · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 2002 · Source: Perrier-París.
Estimated Reading Time:

ateismo cristianismo dios religion jesus agnostico creencia fe iglesia evangelio biblia creyentes catolica tentacion pruebas sufrimiento resistir adan manzana6.- GNOSIS, IDEOLOGÍA, MARCIONISMO

Tres palabras que he usado piden una aclaración teológica. He evitado arriesgarme en este terreno, que interesa más todavía al bien de las almas que al de la política a la que me he circunscrito. Pero el público menos teólogo quizá (si ello es posible) que yo, está en su derecho a saber en qué acepción he tomado gnosis, ideología y marcionismo.

I

Que la salvación llega por el conocimiento, que el hombre se pierde por una ilusión, error del que el conocimiento -gnosis- viene a liberarle, es una idea anterior al cristianismo. Se la encuentra, bajo diversas formas, en la filosofía griega, en las religiones de la India, en el budismo. Asimismo se la encuentra en el judaísmo y en el cristianismo más ortodoxos. Según los Padres alejandrinos, en particular, la fe no existe sin recurrir al conocimiento. Pistis y gnosis, siendo distintas, pueden estar en armonía y comodidad mutuas. Pero pueden entrar también en oposición, o, peor aún, en confusión. Entonces la gnosis –llamada por estos mismos Padres falsa gnosis- se convierte en un peligro más mortal todavía que la herejía y reclama para extirparla las medidas más extremas. De hecho, la gnosis acompaña al judaísmo tardío, al cristianismo naciente, al islam y no los abandona nunca. Mientras que la religión hindú prolifera sin inconvenientes bajo las formas gnósticas más floridas, las religiones de la fe padecen, por el hecho de la gnosis, una amenaza permanente de corrupción.. la actitud gnóstica, por lo general benigna, llega a ser ruinosa cuando se la aplica a la fe. Se puede decir, al contrario, que es la fe la que da a la gnosis formas virulentas y malignas. Para poner una comparación, la gnosis es con respecto a la fe como la malformación genética imperceptible que, de un ser sano, hace uno enfermo o un monstruo. No resulta fácil explicar porqué. Nos atendremos a los aspectos formales de la creencia.
La propia fe se describe como un asentimiento a la palabra de otro a quien corresponde definir lo que se ha de creer, el objeto de la fe. Entendida así, es un acto que no deja de correr riesgos, pues lo que se cree no es ni visto ni sabido con una evidencia racional. El sujeto está siempre libre de rechazar su asentimiento, de no creer, y su acto no tiene valor más que cuando esta libertad quede a salvo y su responsabilidad sea completa. Por fin, el creyente no controla el objeto de su fe. Puede parecerle a posteriori como racional (fides quaerens intellectum), pero nunca penetrable de parte a parte. Por más clara, elaborada, argumentada que sea la fe, por lejos que vaya en la definición de su objeto, éste sigue siendo tan poco visto y sabido como el primer día, el riesgo del asentimiento tan grande, el libre albedrío tan solicitado,
Sobre todos estos puntos la gnosis introduce una discreta subversión. Ofrece su asentimiento no al dato revelado, tal y como se da, sino al sentido que extrae de él. Este sentido no es el sentido literal: la hermenéutica gnóstica descubre detrás otro sentido, el único real, el único interesante y que suprime en principio el riesgo de la fe, ya que se da con derecho como una evidencia, racionalmente demostrable. Pero frente a esta evidencia, el sujeto, que la intuye por la razón y la controla por completo, no es libre de negar su asentimiento. Claro que todos no se adhieren a la gnosis. Pero es por un accidente del que la gnosis misma da cuenta y que no compromete la responsabilidad del sujeto, ya que es debido a una situación que no domina por la que se ve privado del conocimiento salvífico. Al negar el libre albedrío, los gnósticos seguían fieles a su experiencia vivida. En la fe, es el saber el que escapa al control y el asentimiento el que depende de la voluntad libre. En la gnosis es el saber el que es controlado, ya que el gnóstico no se adhiere más que a lo que le presenta como evidente su propio entendimiento, pero es el asentimiento lo que se le escapa, el cual depende de circunstancias objetivas incontrolables al menos mientras la gnosis no se haya recibido.
La gnosis ofrece tales ventajas sobre la fe, que uno se pregunta cómo ha subsistido ésta, mientras que aquella, desde un principio, constituía una tentación tan irresistible. La gnosis se da por racional y lo parece a los ojos de muchos. Se desarrolla sistemáticamente, de manera coherente, y si se acepta un punto del sistema, pronto se está preparado a aceptarlos todos, de tal manera se deducen unos de otros. La fe se contenta con entrever, de lejos, de lado, los signos más periféricos de un misterio que sigue siendo tal. La gnosis se instala en el corazón del entendimiento divino. No es una visión por reflejo, como la de Moisés, sino una visión central que unifica el cosmos, relaciona las apariencias, coordina los dominios más diversos. La fe sabe poco de las cosas y las sabe mal. La gnosis tiene una explicación para las fases de la luna, para las enfermedades, para los temblores de tierra, para todos los sucesos ordinarios y extraordinarios que aportan, según su manera, otras tantas pruebas nuevas del sistema gnóstico. La fe es ortodoxa, pero la gnosis es superortodoxa, ya que su exégesis es sutil, sabia, ingeniosa, y acoge sin dificultad todos los dogmas con tal de entenderlos con un sentido ligeramente desviado, pero que envuelve también el sentido correcto, de tal forma que resulta imposible sorprenderla en flagrante delito de herejía. La fe es vacilante, ya que no resulta fácil poner la confianza en otro. Pero la gnosis es inconmovible, que es en definitiva una fe en sí misma, una confianza otorgada a los datos del propio entendimiento. De ahí que los mártires de la fe sean raros, mientras que son sin números los testigos de la gnosis que se dejar degollar. ¿Por qué iban a dudar, puesto que la gnosis da lo que falta a la fe, la certeza de la razón, que lo que le falta a la razón, el punto de vista central, esclarecedor, transformador, generador de salvación?
Y aquí es donde triunfa la gnosis: es más virtuosa. En efecto, la fe no lleva consigo moral; el creyente se ve obligado a vivir según la moral común, sabe bien, por experiencia, que no sobrepasa al increyente en la virtud. Por el contrario, la gnosis lleva consigo una moral, y ésta se define por la ejecución del plan cósmico que ha descubierto la gnosis. Ser gnóstico es a la vez obedecer a las exigencias de la gnosis, es además conformarse a los imperativos de su propio entendimiento. Por eso, la moral gnóstica es de una ejecución más fácil que la otra, ya que para el gnóstico es su propia moral, son los mandamientos que se da a sí mismo. Entre la moral común y la moral gnóstica no existe ninguna comunidad de esencia, ninguna relación. No obstante, se recubren en ciertos puntos y se parecen en lo exterior. No es debido a las mismas razones si el creyente y el gnóstico son desinteresados, o castos, o devotos. Pero, visto por fuera, lo son idénticamente, y el gnóstico lo es más porque lo es con mayor facilidad.

II

Tales, poco más o menos, fueron las gnosis clásicas de la Antigüedad, las de Simón mago, de Cerinto, de Valentín, de Basílides, de Mani, etc. Tales también las que los sucedieron, paulinos, bogomilos, cátaros, y otros. También aquellos que vivieron a costa del judaísmo tardío medieval y del Islam. No es que exista una tradición gnóstica, sino más bien que la fragilidad propia de fe la expone la expone a cada instante a la mutación gnóstica . una vez efectuada ésta, la gnosis se busca y encuentra una tradición. La guerra entre la gnosis y la ortodoxia fue una guerra a muerte, pero cuando ésta se hundió por algún tiempo, cuando perdió su poder disciplinar, es decir en la época moderna y en concreto a partir de principios del siglo XVIII, la gnosis recuperó su esplendor bajo formas nuevas. Pronto recuperó la libertad especulativa y la productividad mitológica de las gnosis antiguas. La francmasonería mística, una gran parte de la filosofía romántica alemana, la armadura conceptual subyacente de la poesía de Blake y de Shelley, de Lamartine y de Hugo son del tipo de las gnosis religiosas. A medida que se apartan del cristianismo y se olvidan de él, recuperan la inocencia y la benignidad primitivas, porque en la mezcla está el veneno. Pronto adoptó un nuevo rostro: la ideología.
La ideología es una gnosis en la que el principio de certidumbre no es la autoridad de un contra-dogma, paralelo o isomorfo al dogma religioso, sino que está tomado (o prestado) de la ciencia en el sentido que ha adoptado esta palabra en la época moderna. La ciencia moderna obtiene la certeza y se la hace reconocer a toda mente razonable, pero tan sólo en el terreno estrechamente limitado en que es capaz de operar con rigor. La ideología pide a la ciencia que garantice su sistema haciéndole salir del dominio en el que es cierta y por consiguiente científica. Por ello lleva consigo una corrupción de la ciencia. Por lo demás, salvo en lo concerniente al principio de certidumbre, el saber ideológico es de la misma estructura que el saber gnóstico. La ideología es racional, central, enciclopédica. Supone una moral, deducida de la doctrina y relativa a la ejecución del plan cósmico, cuya realización, guiada por el conocimiento teórico, equivale a la obtención de la salvación.
Sin embargo, la asociación con la ciencia lleva consigo para gnosis, -ya ideología- varias consecuencias. Se priva de sus facultades especulativas, poéticas y mitológicas. La esterilidad artística de la ideología contrasta no sólo con la fecundidad de las religiones, sino con la de las gnosis de fondo religioso. La imitación, exterior y formal, de la seguridad científica, a falta de lograr una verdadera seguridad, obtiene la sequedad y ya que no el vigor al menos la jerga y la pedantería. Rompe toda referencia a la religión. Desde luego que guarda en común con ella la aspiración a la salvación, y la suya se tiene por más realista. Conserva también algunas ideas formas (mesianismo del pueblo en el nazismo, mesianismo de la clase obrera en el comunismo) que vienen de la religión, pero están hasta tal punto deformadas y transfiguradas que el recuerdo de un parentesco queda borrado, y, con toda buena fe, negado enérgicamente. Existe en la práctica ideológica una especie de culto y el desarrollo de un ritual, pero son como impuestos por la lógica de una situación , sin que reciban el menor valor salvífico, sin que tampoco se los perciba conscientemente ni reconozca como culto y como ritual. . es que efectivamente la asociación con la ciencia, por costosa que pueda parecer, ofrece a la ideología una ventaja decisiva sobre todas las gnosis anteriores la universalidad. A medida que las gnosis parasitaban las religiones, se encontraban con los límites que encerraban a éstas últimas. La gnosis cristiana salía raramente del dominio cristiano, la gnosis judía del dominio judío. Con la ciencia., o más bien con lo que ella imputa a la ciencia, la ideología no tiene solamente una convicción más sólida, más demostrada, más argumentada, más verosímilmente de lo que podían suponer los fantásticos sistemas gnósticos del pasado, ostenta un principio que franquea todos los tabiques nacionales, abate las fronteras religiosas, anula todas las herencias culturales y se dirige, inmediatamente, a la humanidad entera. Es por lo menos cuanto hace la ideología más acabada, la única que haya triunfado a escala planetaria, el marxismo-leninismo.
Hay otra consecuencia. La sistemática de las antiguas gnosis, por más que se la daba por racional, no podía aspirar a la demostración positiva. Era un «inteligencia» global, a la que había que adherirse para llegar a conocerla. Tomado en su conjunto, el «conocimiento» superior era coherente, pero cada una de sus acciones no era más demostrable que el dogma religioso en el que estaba injertada. Al contrario, la ideología –en primer lugar el comunismo- aspira a lo positivo. Está obligado a desarrollarse no en mito –que, no siendo ni verificable ni falsificable, guarda cierta autenticidad y no miente sobre su naturaleza- , sino en ciencia. Pues bien, esta ciencia sacada de su órbita, de su campo de aplicación, de sus condiciones de validez, es una apariencia de ciencia, una falsa apariencia de ciencia –en definitiva una charlatanería. Así como la antigua gnosis conservaba el tono y el aspecto de la fe, la ideología conserva el tono y el aspecto de la ciencia, si bien, en ambos casos, se trata de algo bien distinto.
Y así, por un lado, la referencia a la ciencia da a la convicción ideológica más solidez todavía que la convicción, simplemente racional, de la antigua gnosis, pero, por otro lado, el hecho de que esta «ciencia» sea positivamente falsa, y que en todo momento se pueda constatarlo empíricamente, da a esta misma convicción ideológica una precariedad fundamental. El ideólogo, como el gnóstico, otorga su confianza a la evidencia de su entendimiento, pero la evidencia es falsificada y el entendimiento desreglado. La ciencia, violada, se toma su revancha: no da la certeza al ideólogo, sino a cambio de que consienta en el desatino.
Quizás no sea temerario adelantar las dos proposiciones siguientes: 1. la gnosis es una corrupción de la fe por la especulación, y de la especulación por la fe. La actitud gnóstica se pude adoptar sin perjuicio fuera de las regiones de la fe; pero la presencia simultánea de la gnosis y de la fe corrompe a una por la otra y crea esa mezcla temible que la ortodoxia trata de conjurar con el nombre gnosis. 2. la ideología es una corrupción de la gnosis por la ciencia y de la ciencia por la gnosis. Sólo puede nacer en la época moderna, y sobre la base de éxitos prodigiosos de la empresa científica y técnica. Entonces una fracción de las corrientes gnósticas se separa del tronco común para acudir a la ciencia a buscar el principio de la certeza y el secreto de la universalidad. La ciencia falsificada le otorga un delirio sistematizado y la aniquilación de todas las diferencias en la nada.
Como se ve, la ideología no es otra religión, ni siquiera directamente la corrupción de la religión. Entre ésta y la ideología, está el grado intermedio de la gnosis. Por ello la ideología puede negar fácilmente la religión y proponerse destruirla, allá donde la gnosis se contentaba con pervertirla. Mas por otra parte,, a causa de su genealogía gnóstica, guarda un parentesco lejano y como una complicidad con la religión. Por eso constituye para ésta una tentación. El comunismo leninista se ha nutrido de la infidelidad de los judíos y de la apostasía de los cristianos.
Si la ideología es en verdad lo que se acaba de decir, se ve qué política intelectual podía emplear la Iglesia en su situación. No hace falta naturalmente llevar el debate al terreno religioso, ni tampoco al del ateísmo.. En efecto, eso se reduce a pedir a la ideología que vuelva a la gnosis. La ventaja no es grade, y no puede llevar más que liberar las tendencias gnósticas siempre en acción en el mundo religioso. Se produce lo que se constata desde hace cincuenta años en Francia en la frontera del mundo comunista y del mundo católico: los comunistas permanecen firmes, salvo un Garaudy o dos que se pasan a la gnosis, y los cristianos se pasan en masa a ésta, creyéndose con autoridad para hacerlo, con tal de sobrecargar la ideología con un poco de fervor místico.
En el terreno de la realidad es donde está la pelea. La gnosis constituía una amenaza para la fe, pero la ideología constituye una amenaza para la razón, lo que es más grave, ya que, después de la gracia, se ve afectada la naturaleza. Lo es porque la ideología afirma que es científica y que no lo es. Esta es la contradicción que se ha de poner de manifiesto, y hacerla estallar ente los ojos de todos es suficiente para recuperar el terreno de lo real y enderezar el sentido de las palabras. Ello dicta una política de alianza. En la coyuntura presente, el fervor vago, la religiosidad entusiasta, el espiritualismo heterodoxo son sospechosos de abrigar virtualidades gnosticisantes. Son aliados poco seguros y no se ha de contar con ellos. Atraen, sin embargo de un siglo a esta parte, infinitamente más simpatía en el medio católico que cualquier otro sector del pensamiento cuyo trato, por el contrario, sería útil: quiero hablar del positivismo, en sentido amplio. Es verdad que los positivistas son agnósticos y que consideran los dogmas cristianos como un tejido de absurdos. Pero piensan lo mismo de la ideología. Bien porque están acostumbrados a probar la validez de una doctrina y la pertinencia de un vocabulario, bien porque se sienten menos inclinados a creer, y sienten menos apetito por la salvación que promete, nunca se «pasaron» a la ideología, la han considerado siempre como un puro sin-sentido. Verdad es que se aferran a ello creyendo haberlo hecho todo cuando han demostrado las incoherencias y los errores lógicos de la ideología. Que a pesar de ello tenga sus adeptos después de todo su (¿) parece tan absurdo como la creencia religiosa, a la que la asimilan sin remilgos. Sin ningún como ya se ha visto, y eso les fastidia en la comprensión del fenómeno. Pero, sobre lo que es verdadero y sobre lo que es falso, no hay quien les haga moverse un centímetro, y este buen contacto con lo real así como las virtudes intelectuales que supone son un ejemplo que imitar.

III

Marción nació en Sinope, en Asia Menor, hacia el año 86 de nuestra era. Su padre era probablemente el obispo de esta ciudad. Sacerdote, formó parte del presbyterium de Roma, del que fue excluido en 144, bajo el pontificado de Aniceto. Esta fecha señala el nacimiento de la Iglesia marcionita que prosperó durante dos siglos al menos y movilizó contra ella los esfuerzos de los apologistas entre los cuales de Ireneo de Lyon y Tertuliano.
Marción había compuesto Antitesis hoy perdidas, donde oponía Dios a Cristo, la Ley del Evangelio, Pablo a los otros apóstoles. Había constituido un canon de las Escrituras el Instrumentum, que excluía el Antiguo Testamento. Luego, dentro del Nuevo, suprimía los evangelios de Marcos, Mateo y de Juan, las cartas de Santiago, Juan, Pedro, Judas. Quedaba el hábeas paulino (menos Timoteo 1 y 2, Tito, la epístola a los Hebreos) y el evangelio de Lucas, expurgado también del evangelio de la infancia, de las menciones de la madre de Dios y todo lo que se refería a la genealogía del Salvador según la carne.
Su sistema era sencillo y no desprovisto de coherencia. Separaba el Antiguo y Nuevo Testamento. El primero da testimonio del Dios de Abrahán, organizador de un universo manifiestamente defectuoso, dios celoso, vengativo, justo al menos, pero de una justicia caprichosa e imprevisible. Este dios terrible por la multitud de sus mandamientos reduce al hombre a la servidumbre. El segunda da testimonio de un Dios infinitamente bueno, el Padre, oculto, totalmente extraño a los hombres. En su misericordia viene a librar a los hombres de la justicia y a traerles el Amor. Les envía pues a su Hijo. Jesús es este Dios bueno . es la manifestación del Padre, apenas distinto de él. No nació de una mujer y aparece de repente en estado adulto en la sinagoga de Cafarnaun para entregar su mensaje. La cristología de Marcon es netamente doceta y modalista: es un phantasma carnis, una caro putativa que sufre la Pasión tras lo cual Jesús, despojado de su vestido de préstamo, regresa a su primer estado de Dios bueno.
Después de su pasión bajó a los infiernos donde el Dios justo tenía prisioneros a los malditos de la antigua ley. Éstos le reconocen mediante un acto de fe que basta para liberarlos. Porque es la fe la que salva y no las obras. Es indigno en efecto del Padre juzgar. Gratuitamente arranca a los hombres a la desgracia liberándolos de la Naturaleza. No se trata de una resurrección de la carne, la cual es obra del otro Dios, y son solamente las almas las que son liberadas. El Padre no se rebaja a perdonar a culpables. Por eso no arranca de los infiernos a los justos del Antiguo Testamento, ni a Abel, ni a Abraham, ni a Moisés, sino por el contrario a Caín, a los Sodomitas, a los Egipcios quienes se habían negado a someterse a la antigua ley
El marcionismo propone pues una moral anomista (sin ley) e incluso antinomista. La antigua ley está dominada por el terror y exige obediencia. Al contrario la ley nueva está más allá del legalismo. Es una ley de amor, que se comunica mediante una emanación de la bondad del Padre hacia el prójimo. Pero como todas las morales antimaterialistas es una moral rigorista, superascética, que obliga al ayuno, al celibato estricto y condena todo lo que puede contribuir al bienestar de la carne y del cuerpo..
Marción se consideraba cristiano, como discípulo más fiel al Evangelio que la Iglesia. La suya no formó una secta, sino una gran Iglesia multitudinaria. Las ceremonias eran públicas, sin misterios. Los catecúmenos y hasta los paganos eran convidados a ellas. Las mujeres desempeñaban importantes funciones litúrgicas allí y distribuían los sacramentos.
A los ojos del historiador, el marcionismo está en el orden de las cosas. Desde el momento que los judíos, o al menos la mayoría de ellos, no reconocían en Jesús al Mesías, el marcionismo constituía una solución tentadora. A los judíos no les molestaba que los cristianos rompieran el cordón umbilical que los ligaba con ellos. Si estos gentiles se daban un religión que se bastara a sí misma, que les aproveche: no era más que un avatar de más del eterno paganismo. Empujaban al marcionismo a los cristianos ortodoxos de la misma forma que rehusaban admitirlos en su comunidad, en la que no se reconocían paternidad adoptiva para con ellos, en la que no pensaban que hubiera lugar a distinguir ortodoxia y marcionismo. De parte del cristiano la pendiente marcionista podía parecer natural. En una Iglesia donde los judíos representaban una minoría cada vez más reducida, ¿por qué no cortar las amarras con un pasado que presentaba un cariz revuelto, con un pueblo que no deseaba, por su parte, más que esta separación? Como el mismo Marción repetía, no echamos vino nuevo en odres viejos, no cosemos una pieza nueva en un vestido viejo. La sutil dialéctica paulina que quiere tener a la vez lo mismo y lo otro, la ley y la gracia, la antigua y la nueva alianza, ¿no resulta insostenible a la larga? Pablo, a fin de cuentas, ¿no está judaizando? ¿No resulta demasiado tímido y no es entrar en el sentido de sus intenciones profundas al suprimir los lazos subsistentes entre las dos economías de la salvación?
La Iglesia condenó al impío Marción y sus doctrinas. Pero este episodio revelaba una fisura del terreno, un punto débil, y también un mal latente , nunca curado del todo,, que circunstancias apropiadas –y no faltaron durante veinte siglos- podían en cualquier momento despertar e «incendiar». Se ha cuestionado si Marción debía ser colocado entre los gnósticos. Se trataba en todo caso de la opinión de Ireneo quien le cita después de Valentín, Basílides, Carpócrato, sin hacer diferencia entre ellos. En sentido contrario opinó el ilustre Harnack en su libro: Marcion: Das Evangelium von fremden Got, Leipzig, 1921¿Cómo podría ser gnóstico Marción, cuando proclama con tanta sinceridad su fe en Cristo? Se dirige a todos aquellos, quien quiera que sean, que quieren tomar el mensaje de Cristo en serio y no , como Valentín y los otros, a una elite de espirituales. . no se encuentra en él ni producción mitológica, ni tradiciones secretas, ni esoterisno. Para él, el Evangelio basta para todo y descansa en la lógica de la lectura de san Pablo. Con él, la Iglesia se desembaraza del peso muerto de la Sinagoga, de las especulaciones inútiles sobre la cosmología y la filosofía helenística. Ella proclama la salvación por la fe. Marción es un reformador: anuncia a Lutero.
No nos pondremos aquí a discutir con el sabio autor de la Historia de los dogmas. El dualismo, el anomismo, la condenación de la carne, de la naturaleza, el horror de la gestación y del parto son rasgos marcionitas que se encuentran en la gnosis. Otros no. Pero sobre un punto el eminente representante del protestantismo liberal que era Harnack ilustra bien lo que se podría llamar el marcionismo moderno, en lo que tiene de más gnóstico. Es considerar al cristianismo como un mensaje.. se sabe que La palabra cristianismo y el título mismo de cristiano no son de origen, si se puede decir, cristiano, sino pagano. Griegos, funcionarios romanos, interrogando a un grupo de judíos y de prosélitos quienes, procedentes de Antioquia, afirmaban que el Mesías (en griego: Christos) había venido, creyeron que seguían la doctrina de un tal Chrestos. A estas gentes de Antioquía pues se les declaró cristianos, con la misma acepción con que un grupúsculo dado puede ser declarado marxista, maoísta o leninista.
El Chrestos en cuestión salva por lo que dice y no por lo que es. No llegó al cabo de una larga historia completa de la que no se puede hacer la síntesis y que define su naturaleza. Marción distinguía el Mesías judío y el Mesías del Padre, fundador del «cristianismo». Es en eso en lo que el fundador de una «nueva religión», en la forma que lo entendían Marción y Harnack, no es más que uno con el Salvador gnóstico. Toda la historia religiosa lo muestra abundantemente: el marcionismo, al eliminar el Antiguo Testamento de las Escrituras transforma inevitablemente al Nuevo en una gnosis, ya que priva a éste último de toda otra hermenéutica que la gnóstica. A la inversa, la gnosis, arrojando por la borda la historia concreta, privando a los acontecimientos de su peso, rechazando el texto literal que la constituye, no hace otra cosa que convertir la Biblia en trivialidades, acaba de lleno en el marcionismo.

IV

Me había prometido no remontarme más allá del pontificado de Pío VII. Con Marción, ya me encuentro en el pontificado de Aniceto. ¡Qué difícil es, en esta materia, no buscar las causas siempre más arriba, y llagar hasta el diluvio! El hombre de Sinope, sus Antítesis, su Instrumentum no están claramente por nada en el asunto que nos ocupa.Eefectivamente, pero si Marción no es causa, es tipo. puede servir para designar cómodamente una enfermedad recurrente, a la que cada siglo aporta su semiología particular. para claridad de lo expuesto, hemos opuesto fe y gnosis, gnosis e ideología, como formas puras. son tipos ideales, cuya realidad no nos remite sino reflejos imperfectos y entre mezclados. No hay gnosis, salvo excepciones, sin un poco de verdadera religión; no hay fe, salvo excepción, sin que un grano de gnosis venga a consolidarla por un lado, y a debilitarla por otro. el marcionismo, susceptible por un lado de muchos matices y muchas atenuaciones, forma parte de estas formaciones intermedias. pero, como tipo, puede, si se le utiliza a sabiendas, hacernos llegar a la inteligencia de nuestro asunto.
Las posiciones heréticas tienen de común con las posiciones eróticas el número pequeño y el espíritu de reiteración. son siempre las mismas que se repiten desde las herejías inaugurales de los primeros siglos, como opiniones con relación a una posición de equilibrio en la que resultaría utópico querer que la Iglesia se mantenga constantemente sin esfuerzo. el adagio clásico: semper reformanda está ahí para recordarlo. Pero nuestra intención de historiados está en otra parte. el marcionismo se toma como un concepto cómodo que nos ofrece no sólo una perspectiva muy anterior, para regocijo siempre del espíritu histórico, sino un punto de vista de conjunto para examinar los fenómenos, aparentemente sin relación, que hemos visto en nuestro breve estudio. Bajo el capítulo del romanticismo, hemos colocado el odio al derecho, el desprecio de la moral de los mandamientos: esto es Marción. Estos asociales, estos delincuentes, estos guerrilleros de toda clase, especialmente «islamo-progresistas», hacia los cuales cierta prensa católico experimenta tanta ternura, ¿no son estos Sodomitas y estos Egipcios a quienes el Cristo marcionita venía a recompensar por su rebelión obstinada contra el Dios de Justicia? es un rasgo estadístico del discurso católico contemporáneo ( y del protestante también), observado por Pierre Chaunu y sus colaboradores, la caída vertical de frecuencia en las menciones del nombre de Dios y, luego de la Virgen. Esto es un buen índice de un «cristismo», en el que la relación de Cristo con su Padre se ve velada por un modalismo latente que hace de Cristo una emanación o un avatar divino (alternativamente: humano), lo que implica por igual la desaparición de la mariología, la emanación que hace inútil la encarnación.Recorta también «el evangelismo», tan inveterado desde hace un siglo, ya no sola scriptura, sino scriptura emendata, según la línea del instrumentum olvidado.
A la desestabilización, pero sub specie Marcionis, referimos las tendencias a presentar el cristianismo como un «ismo», como un universalismo abstracto. Según lo quería el autor de las Antítesis, la pertenencia a un pueblo ya constituido no define la identidad cristiana, sino la adhesión a una doctrina intemporal, llegada de súbito desde arriba, del Dios oculto o de los hermeneutas. El marcionismo arrancaba el cristianismo de Israel, pero también se lo arranca al propio pueblo bautizado, allí donde se encuentre, en las parroquias, en las formas litúrgicas y familiares de su asociación.
El comunismo ejerce su llamada sobre todos aquellos que, vagamente gnósticos o marcionitas, alimentan desprecio por el cuerpo y por la materia, que admiran un ascetismo que apunta hacia su extinción, que aspiran a la erradicación de la cultura adquirida y de la civilización. Que no se vaya a creer en efecto que el marcionita, puesto que odia a Jerusalén, quiera acercarse a Atenas. Al contrario, después de destruir a la primera, aspira a destruir a la segunda en nombre del sistema gnóstico que trata de implantar. Observemos la historia de la Iglesia: no es ella la que destruyó las bellas artes, ni las mitologías de Grecia y de Roma. En su conjunto, as mantuvo con atención. En los colegios de los jesuitas de los buenos tiempos pasados, se veía a jóvenes desempeñar en un latín puro, en hexámetro fluidos, las más terribles tragedias de la Antigüedad, podadas apenas de cuanto podía ruborizar la honestidad. Fue un error del humanismo su ingratitud para con la Iglesia: cuando ésta no se ha encontrado en condiciones de protegerle, se hundió al mismo tiempo que ella.
Y no es debido a que el comunismo se declare materialista que la Iglesia deba creerle. Viendo las cosas más de cerca, se constata por el contrario que el leninismo es la doctrina prácticamente más realista que el mundo haya conocido jamás, la primera en todo caso que sea responsable de una aniquilación de a materia a una escala tan grande. Por ello una predicación espiritualista, antimaterialista, que denuncia el apetito de gozar, la sociedad de consumo, etc., muy lejos de dañarle, le robustece por el contrario, aunque todo el mundo sepa muy bien que Marción mismo se asustaría de las condiciones de vida que prevalecen en Tambov, Han-Kéou y Tirana. Si Francia desde 1945 evitó probables convulsiones políticas y sociales, si supo atender a su interés y elevarse hasta la virtud de la prudencia, quizás se lo deba (más que a una sección de su clero) a sus cocineros, a sus vendedores de asados y a sus salseros. No hay que desanimarlos. Sobre la relación del marcionismo con el antijudaísmo, el antisemitismo, las cosas están bastante claras y he dicho suficiente. Parece que, en la Iglesia, muchos toman conciencia de ello en este momento, si bien es cierto que las cosas en general continúan en la misma dirección. Dejemos a un lado la política del Oriente Medio. ¿Habrá que culpar al mismo movimiento por la inconsciente facilidad con que se ha suprimido la fiesta de la Circuncisión, las tentativas para fijar la fiesta de Pascua, sin referencia al mes de Nisan?
No sé, pero los esfuerzos obstinados para confiar a las mujeres ministerios que la Biblia reservaba de siempre a los hombres contienen algo para que los rabinos se rían en sus barbas, quienes reconocen inmediatamente un tímido regreso a prácticas cananeas, y una confusión de los sexos de la que la Tora los ha liberado.
Se hace una última pregunta: ¿por qué, en la época moderna, este puje del marcionismo? Una respuesta adecuada debería recurrir a demasiados factores para pensar tan siquiera esbozarla aquí. Para limitarnos, consideremos esta seria: ortodoxia, marcionismo, gnosis, ideología. Es una serie ordenada. Un paso hacia el marcionismo, según se ha dicho, nos acerca a la gnosis, y luego a la ideología. Pero se puede ver también en cada uno de estos grados un punto de anclaje que impide el paso hacia el siguiente. Hemos visto que bajo el asalto de la ideología, el medio católico buscaba instintivamente replegare en la gnosis. Pero como no se siente cómodo en esta posición, se puede decir que, ante la ofensiva gnóstica, se repliega sobre las posiciones del marcionismo. El marcionismo es pues utilizado alternativamente como puerta y como cerrojo para entrar y para no entrar. ¿Cómo funcione en este último caso? La literatura católica de movilidad dostoievskista, bernanosiana, peguyista lo muestra bastante bien! Excluyendo el mito adventicio, también empleado en la biología, en la sociología, en la psicología más seductora, se repliega en el puro Evangelio que se convierte por sí mismo en su propia gnosis. Pero si esta posición, a su vez, no ofrece satisfacción, queda restablecerse en la simple ignorancia de la que habábamos anteriormente, o bien, quién sabe, en la docta ignorancia, de la que habla Nicolás de Cues, es decir en la ortodoxia. Enseguida llega a su término la confusión de las lenguas.

de Alain Besançon
Perrin 2002, París.
Tradu. Máximo Agustín

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *